Wishbone La separación o la unión (Umbría, 2005) #9
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La separación o la unión (Umbría, 2005) #9

Tor se ríe tan fuerte que el aperol se le va chueco.

¿Cómo es posible que nunca haya reparado en esa referencia tan obvia, tan cursi, la media naranja, si antes se decían «orange» el uno al otro?

Seguro que en algún momento se le ocurrió, pero debió de haberlo bloqueado.

No hay otra explicación para semejante omisión.

Se distrae porque una inusual ola de testosterona invade la terraza.

Media docena de hombres, la mayoría de los cuales Tor nunca ha visto, se aglutinan junto a la mesa de bebidas.

Un grupo interesante, mezclado en edad y en modales.

¿Será la caza de jabalíes un igualador social?

Lo duda. Es sólo una ilusión creada por los chalecos fluorescentes idénticos que todos llevan puestos.

Pero no pueden ser todos los cazadores, porque su media naranja no está ahí.

Un hombre chaparro con bigote frondoso golpea su copa de prosecco con un tenedor.

Tor intuye su poder por la rapidez con la que todos callan a su alrededor.

Tiene la espalda recta, la panza salida, poco pelo y, en contraste con su piel muy bronceada, su bigote parece de un blanco amarillento, casi Magnolia, como el de las, presumiblemente suyas, paredes del palazzo.

Alza la copa y la voz. Peccato, dice: No atrapamos ningún jabalí. Pero nos divertimos mucho.

¿Quién es ése?, susurra Tor. Tanto Zakiya como Teko le hacen cara de qué pregunta tan estúpida.

Jasper se acerca corriendo. Anuncia: ¡No atraparon nada! Nada de nada.

Sí, ya oímos al jefe, dice Teko.

Si yo te lo acababa de decir, Jasper, dice Zakiya: ¿Por qué algo tiene que venir de un hombre blanco para que lo creas?

Pero ése no es cualquier hombre blanco, responde Teko.

Jasper le toma el brazo a Zakiya pero no le contesta porque se quedó mirando hacia el jardín y luego hace un gesto diagonal con la cabeza, dirigido a Tor.

Ella tiene que arrancar los ojos de todos esos hombres blancos enfundados en neón y voltear hacia donde apunta Jasper con la cabeza.

Luego camina obediente hacia un brazo que la llama desde atrás de un árbol.

En cuanto vuelve a cruzar hacia la parte boscosa, Philip la abraza fuerte, de una forma en exceso aferrada, ligeramente aterradora.

¿Me puedes traer algo de comer?, susurra él al cabo de un rato: Me estoy muriendo de hambre.

¿Y por qué no vas tú?, pregunta Tor.

Como respuesta, Philip da un paso atrás y se mira la camiseta.

¿Y por qué estás lleno de sangre?

Me zumban los oídos, dice Philip.

Tor y Tor están acostados en la cama después de una cena frugal robada de la despensa del sótano y consumida en el ático, sólo ellos dos, después de que él se bañó y ella tiró a la basura la camiseta porque no hay manera de salvarla.

Ella intuye estar jugando un rol antiguo, como de esposa de soldado, y lo resiente.

Philip se está comportando como si hubiera vuelto de la guerra, cuando en realidad no hubo batalla.

O, si la hubo, pues fue él quien eligió enlistarse de voluntario.

Es el silencio, dice ella, tratando de invocar compasión: Hoy descolgué todas las muestras de color y ya nos habíamos acostumbrado al sonido que hacían con la brisa, nos arrullaba.

No, dice él, sentándose en la cama: Es la cacería, no me puedo sacar los ruidos de la cabeza.

Ah, dice ella, gratamente sorprendida. Tor no es muy auditiva. Le gusta la música como a cualquiera, pero nunca es la que piensa en poner algo. Pregunta: ¿Te refieres a los disparos?

Pero también los perros, dice él, ahora de pie, buscando algo en la oscuridad: Y los gritos salvajes que hacen los hombres, en vez de usar los walkie talkies que traen colgando.

Pero lo peor de todo son los perros, Tor, son muchísimos, ladrando como bestias frente a carne fresca, que, bueno, supongo es exactamente lo que son. Y, uf, el sonido de los jabalíes…

¿Qué sonido hacen los jabalíes?

No quieres saber, dice él: Créeme. ¿Has visto mi tabaco?

Ella extiende una mano y enciende la lámpara de noche, encuentra la bolsita en el buró.

Se sienta, saca un papelillo, un filtro, una pizca de tabaco.

Mientras le enrolla un cigarro, le entra un miedo irracional de un día mirar para atrás y darse cuenta de que en realidad no fue artista, sino más bien esposa de artista: lavándole la ropa, localizando sus cosas, liando sus cigarros por el resto de los tiempos.

Pero cuando lo mira, Philip tiene los ojos cerrados y se está tapando una sola oreja con las dos manos, y el resentimiento se disipa.

¿Por qué Corsini miente sobre la caza? Se lo pregunta para distraerlo, pero es una curiosidad real.

Porque ella pensaría que Corsini querría presumir a los cuatro vientos sus presas, en vez de ocultarlas como hace.

Le dice a Philip: En la comida Bettina nos dijo que nunca cazan nada, así que se ve que miente siempre.

Enciende el cigarro y se lo pasa, luego arma uno para ella.

Dijo que no quiere hacer infelices alle donne, dice Philip.

¿Qué mujeres?

A la señora Corsini, supongo. Aparentemente es muy sensible. Ella organiza todo esto, ¿sabes? A él el arte le interesa muy poco, por lo que entendí, todo es por ella. Y de ella, también. El dinero viene todo de la familia de ella, por supuesto.

¿Por qué por supuesto?

¿Cómo me quito el zumbido del oído, Tor? Especialmente el izquierdo. Creo que está roto.

No está roto, sólo deja de ponerle atención. Cuéntame de los colores, pide ella recostándose sobre las almohadas. ¿De qué color es la caccia al cinghiale?

Naranja, dice él. Y verde.

¿Tierra y… hojas?, pregunta ella.

No. La tierra es gris, hay muchas piedras. El naranja es el fosforescente, de los chalecos de visibilidad. Y el verde es verde militar. Camuflaje y chalecos de seguridad, todos nos los tuvimos que poner. Había montones en la camioneta.

¿En serio? A Tor le cuesta imaginar a Philip obedeciendo estas normas sartoriales exteriores a la empresa.

Intuye que así se sienten las madres cuando sus hijos se van a la escuela y comienzan sus vidas paralelas, sin supervisión.

Naranja neón y verde oliva, trata de visualizarlo.

Se da cuenta de que la imagen mental que tenía de hombres cazando venía de otro siglo, o más bien de películas gringas ambientadas en otro siglo y quizá más bien en Inglaterra.

Aunque están en Italia y es el verano de 2005 y ella apenas aguanta su propio uniforme de algodón, Tor se los imaginaba de tweed: de cuero y tweed.

Me gustaría haberlos visto desde mi ventanita, dice: Los puntos naranjas neón entre los árboles… Aún no le ha contado nada a Philip de su día en el estudio, del nuevo boceto en la pared, de las ideas inflándose dentro de ella cual masa con levadura.

No se vería desde aquí, dice él: Estábamos a una hora de camino, hacia Perugia. Pero sí lo pensé estando allá, que los colores te gustarían. Se veía como si al bosque le hubiera dado varicela. Una varicela nuclear. Hasta los perros tienen que usar chalecos fosforescentes.

¿Por qué?

¿Cómo que por qué? Para que no les disparen por error.

Ella hace una mueca de espanto y él le sonríe. Y así, los roles se invierten. Ella es la que sufre, él el que cuida. Nunca se le había ocurrido que los cazadores pudieran disparar al blanco equivocado. La llena de una ofensa tardía. Pero también, la imagen la atrapa, la intriga.

Deberíamos venderle esto a uno de tus amigos galeristas.

¿Vender qué?

La idea. El concepto. Una exposición sobre los puntos naranjas. Podríamos colocarlos por el bosque, como soldados caídos.

¿Y mostrar qué, fotos?

No, sería más inmersivo, más vivencial. Como convertir el interior en exterior. Traer el bosque a la galería, pero también la caza. Los colores, los sonidos, los perros ruidosos con chaleco. Podríamos prestarle a cada visitante un walkie talkie. Recrear la caza adentro de la galería.

Imagínate los costos, Tor, ¿y para vender qué? Realmente no tienes cabeza para los negocios. Él vuelve a meterse a la cama y ella se baja de un salto, ofendida. Él protesta: ¡No me veas así! Eres una artista talentosísima, no necesitas tener cabeza para los negocios. Para eso me tienes a mí.

Soy perfectamente capaz de ponerme en mentalidad de negocios, se defiende ella: Y te estoy diciendo, con mi cabeza de negociante puesta, que esto sería un éxito.

Tor sabe que en realidad está hablando de otra cosa pero no sabe exactamente de qué, y en todo caso no logra obligarse a redirigir su argumento.

Tampoco logra frenar su defensa. Continúa: Yo podría perfectamente montar una exposición.

Podría montar una pinche galería, si quisiera.

¿Y sabes para qué la usaría? Para mostrar a los invisibles.

¿A los quiénes?

A artistas subrepresentados. Artistas indígenas, mujeres indígenas. ¡Artistas mujeres en general!

¿Ves? Ya perdiste antes de empezar. Claro que todo eso es muy importante, pero la verdad es que necesitarías al menos un par de peces gordos para financiar tus muestras de beneficencia.

Ella inhala y, entonces, un milagro: de súbito se le evapora la necesidad de convencerlo.

La deja ir. Para de hablar y va a dejar el cenicero lejos y regresa a la cama y apaga la luz.

No porque él tenga razón, sino porque perder tiempo tratando de convencer a hombres blancos del valor del trabajo de todos los demás, y tener que hacerlo encima de hacer el trabajo propio, es parte del problema, y parte de lo que mantiene al resto de la humanidad agotada y sobresaturada.

Tor ha tenido apenas dos o tres conversaciones con Zakiya este mes, pero si es honesta consigo misma: ya nota sus propios razonamientos transformándose como resultado de esas charlas.

Se gira en la cama en silencio, dándole la espalda.

¿Estás enojada conmigo?, pregunta Philip en la oscuridad: Sólo estoy tratando de educarte.