La separación o la unión (Umbría, 2005) #8
No había mucho espacio —piensa mientras camina a los estudios por segunda vez hoy— para sutilezas en su empresa.
Crear, disfrazarse, intoxicarse, posar, coger, repetir, crear más.
Pasarle a él las piezas para que las vendiera porque ella se quedaba sin espacio.
Tor no planeaba su trabajo, se deshacía de él por necesidad.
Si no lo tuviera a él para vender, seguramente hubiera tirado sus obras por la ventana para que alguien se las llevara.
A veces él le pedía que bajara el ritmo, decía que los precios se verían afectados si seguía produciendo tanto, lo cual a ella sólo le daba ganas de producir aún más.
Por cada pieza que ella daba por terminada, él inventaba una historia teórica que parecía más bien fantástica.
No es que Tor tuviera la paciencia para sus rollos, pero a veces terminaba leyéndolos en las fichas de las galerías, en el último año incluso en algunos museos.
E inevitablemente le daban pena ajena. Pena ajena que, dada su particular situación, se le mezclaba con la vergüenza propia.
Y lo único que se la quitaba era levantarse otra vez temprano, volver a trabajar.
Su eterna insatisfacción era el combustible de la empresa.
La ambición de él, las ruedas. Pero hace tiempo, se da cuenta ella ahora, que avanzan sólo en círculos, muy cerca al precipicio.
Tor entra a los estudios en silencio, sin ganas de toparse con nadie.
Pero deben de andar protestando, o cazando a los cazadores, o más probablemente durmiendo la siesta, porque el edificio está tan solo como ella.
Se siente a punto de reventar de ideas. O no exactamente ideas, sino intuiciones, intenciones.
Pero cuando la puerta principal del edificio se cierra tras de ella, Tor se congela frente a las áreas comunes.
La luz de la tarde, a través de las ventanas altas, ha dibujado en el suelo una línea de rectángulos iluminados.
Sin pensarlo, salta. Y luego avanza hasta su puerta así: dando brincos precisos desde un rectángulo de luz hasta el siguiente, esquivando las partes en sombra.
Al llegar a su estudio y darse cuenta de que está sonriendo, el recuerdo de Mana la golpea en el pecho. ¿De qué te ríes? No tienes derecho.
Ya, ya, se ordena, tragándose las lágrimas: Ponte a trabajar.
Tor echa el seguro a su puerta y va directo por uno de los muchos lápices que asoman ansiosos de un bote. Están todos perfectamente afilados; ¿quién hace eso? ¿Bettina? ¿El jardinero? ¿Corsini en persona? O «Los Corsini», como dijo Bob Ross, empleando un plural para ella misterioso.
Transporta la silla del escritorio hasta la pared opuesta.
Se sube en ella, luego se baja, todo el tiempo con la punta del lápiz presionando el muro.
Al terminar, da un gran paso para atrás y mira lo que trazó.
Está bien. Nadie diría que es perfecto, pero todos coincidirían en que es un rectángulo.
Más o menos del tamaño de un hombre imaginario de verdad o un hombre de verdad imaginario pero en todo caso un hombre alto.
Encuentra cinta adhesiva y pegamento. En un estado febril, usando el muestrario que había dejado en el piso, bajando y subiendo de la silla, va llenando el rectángulo poco a poco.
Es una improvisación, una danza y, en términos técnicos, un collage.
Sin pintura; sólo sus manos y dientes, los pegamentos y las muestras de color que ha ido reuniendo por semanas y que ahora rasga en pedacitos para unirlos a otros, como un pájaro construyendo su nido.
Se sorprende, pero no se inquieta, al ver que lo que lentamente emerge es un coloraje.
Es decir, un paisaje hecho de color. Y no un paisaje cualquiera, sino el que ha estado observando desde el ático por semanas.
Se lo aprendió de memoria. Lo interiorizó.
A Philip le dará gusto encontrar rotas algunas de las muestras de color que detesta, piensa mientras el suelo comienza a llenarse de retazos descartados.
Pero el simple hecho de invocar su opinión le provoca una pesadumbre en los huesos, ralentiza sus movimientos.
Se quita los jeans. Un poco más ligera, sigue trabajando.
Philip no tiene idea de cuántas muestras más tiene.
Ni cuántas más está por producir. No sabe que sus simples postales cotidianas acaban de graduarse de ejercicio a material, de notas a borradores.
Oh, ¡Philip va a odiar tanto esta pieza!
Y cuánto gusto le dará a ella que él la odie.
Aunque ella luego odiará lo mucho que él va a disfrutar al inventarse un rollo rebuscado para explicar la pieza que en realidad odia.
Para traducirla a algo que él entienda, y pueda controlar, algo que luego pueda vender.
Ya está temiendo tener que escucharlo: el Trasimeno, los pescadores, la luz de Umbria, la alcurnia de Perugia, la pasión, el color, la virtù renacentista, hasta la pinche caza de jabalíes va a meter en la perorata si lo deja.
Él no tiene idea de cómo funciona un coloraje, de cómo funciona la intuición cromática de ella, no entiende nada, no la conoce en absoluto.
¿Cómo se puede compartir la vida con alguien y aun así acabar como extraños?
Tor trabaja hasta que la luz de afuera ya no alcanza.
Tiene la garganta seca. Enciende una lámpara, cruza el cuarto, llena un vaso en el fregadero y lo bebe tan rápido que se le derrama y le moja la camiseta.
Vierte el resto en su cuello, en sus piernas desnudas.
Se queda parada en un charquito que la refresca.
Parada y mirando. Entrecierra los ojos y observa.
Los dos tercios inferiores del rectángulo ya están llenos de verde, marrones, azules y una sola mancha color terracota.
Se queda ahí, tratando de mirar lo que hizo, pero lo único que ve es lo que hará más adelante.
De vez en cuando, los residentes se saltan una comida, si ya no aguantan al grupo o a la pasta, o si les llegó un raro ataque de inspiración. Pero nadie, nunca, se pierde el aperitivo, servido todos los días a las siete en la terraza principal.
Tor sabe que, al igual que ella, todos deben de tener implantado el chip de no dejar pasar la oportunidad de una copa gratis.
Pero también sospecha que hay algo más detrás de ese encuentro casi religioso.
Y es que, para las siete, cada quien ha estado tantas horas a solas con su trabajo que ya resulta insoportable.
Horas tan largas que la obra se convierte en otra persona en la habitación, probablemente una que sabe más, que ocupa más espacio, y con la cual sólo puedes lidiar o bien rindiéndote a ella (en un buen día) o enjaulándola, como para dejarle claro quién manda, e ir a ahogar en un vino la vergüenza de no estar, en realidad, al mando de nada.
Pero hoy Tor se siente al volante. Le gustaría decirle a alguien: ¿no es rarísimo cómo funciona esto del arte?
¿Cómo un día la obra es un cachorro hiperactivo y al siguiente un gato romano adormilado?
Pero no dirá nada de eso. Al igual que las buenas noticias, el buen trabajo se echa a perder si se comparte antes de tiempo.
Es una superstición, sí, pero una cierta.
Simplemente no es algo que se pueda compartir, la gestación de una pieza, sería como explicar qué se siente cuando un bebé patea dentro de ti.
Aunque ella no tiene idea de qué se siente cuando un bebé patea dentro de ti.
Tor emerge de la zona boscosa y entra al jardín, como quien cruzara una pared sólida.
Tiene algo de truco mágico, algo de revelación.
Le gustaría construir algo así algún día, por ejemplo alrededor de una casa: un muro verde, una pared viva que aísle un lugar del resto del mundo.
Escanea la terraza pero no ve a Philip entre los comensales del aperitivo.
Sube las escaleras y va directo hacia el spritz que Zakiya le tiende.
Zakiya es una videoartista de Nairobi. Está haciendo un documental sobre la relación de las mujeres con su propio útero, que planea proyectar en pantallas integradas a las paredes internas de una cueva, a la que se accederá por una vulva del tamaño de una puerta hecha de goma o tal vez de tela, todavía no sabe.
Te ves fatal, le dice Tor, quitándole una hoja del cabello: ¿Mataste un jabalí? Tienes cara de que mataste un jabalí.
No, dice Zakiya, con los ojos muy abiertos. Luego añade que si los hombres pueden cazar, las mujeres también pueden cazar.
A Tor le parece, por lo poco que sabe de su vida y su trabajo, que esa frase podría ser toda la declaración artística de Zakiya.
El hecho de que esté aquí fue un esfuerzo colectivo de su familia, que se organizó para cuidar a sus tres hijos.
Y lo primero que le dice a todo el mundo es que ella es Zakiya, artista y mamá, no una u otra.
Pero ahora no dice nada más, sólo se empina su bebida con una mano que tiembla.
Tor va a preguntarle qué le pasa cuando Teko se les une en la terraza y les reparte más tragos, de modo que ahora cada una carga con dos copas.
Teko, dice Tor: Sobre este concurso…
¿Quieres decir esta protesta?, responde Teko.
No, digo el concurso. Estás haciendo una serie ahora, que no era tu plan original, y me preguntaba si…
¿Te quedaste soltera?, la interrumpe Teko: ¿Dónde está tu media naranja?