La separación o la unión (Umbría, 2005) #7
Ah, pero cómo ama sus muestreos. ¿Cómo explicar por qué se los toma tan en serio?
Dios sabe cuántas veces Philip le ha pedido que le explique.
Pero ella ya dijo todo lo que sabe al respecto.
Su misión es sencilla pero no fácil: observar la luz cambiante, estar con ella, quedarse ahí conforme muta.
Nombrar el matiz de las cosas. Capturarlo en pigmento.
En papel. Confiar. Esperar. Nunca queda del todo exacto, pero puedes intentar, volver a intentar, intentar una vez más.
Y si, por suerte o esfuerzo, logras dar en el clavo del color exacto, nunca puedes comprobarlo porque en el momento en que levantas la mirada, ya cambió.
Ya no está. Es un acto simple pero imposible, casi cruel.
Como atrapar colibríes. Como clavar mariposas con un alfiler.
Y sí, ciertamente, también podría llamarse una pérdida de tiempo.
Nein, nein, algo le dice por dentro, haciéndola detenerse: Si significa algo para ti, entonces vale la pena el esfuerzo.
Gracias, piensa ella, una pequeña sonrisa floreciendo en su cara.
El hombre que ama ahora está ahí, mide dos metros pero es invisible. No está ahí, claro, pero está. Es otro tipo de realidad. Una de la que Tor puede entrar y salir. Él no. Ella lo invoca, o él simplemente aparece, no se sabe. No importa. ¿Quién invoca al colibrí, quién llama a la mariposa?
Tor abandona la idea de echarse bajo un árbol y entra al palazzo por la primera puerta abierta, como si respondiera al llamado de Andreas.
Su presencia repentina dentro de ella provoca una tensión en la parte baja de su espalda, una necesidad de arquearse ligeramente.
Al cruzar el vestíbulo sus pies descalzos se sorprenden con las baldosas frías.
El palazzo se siente fresco y oscuro comparado con los jardines y en la penumbra ella empieza a caminar distinto.
Menea las caderas a cada paso. Un ritmo agradable aunque no del todo natural que guarda sólo para él.
Él la sigue de cerca, observándola, absorbiéndola.
El vaivén aumenta mientras sube las escaleras hacia el ático, cuidando de no voltear para que su amante no se esfume.
Avienta las sandalias y cierra con seguro la puerta tras los dos.
Se quita los jeans y va directo a la cama, se acuesta, lo imagina arrodillándose sobre ella, sus ojos cafés, siempre muy serios, recorriéndola.
Sus propios ojos bien cerrados para poder verlo mejor.
Levanta un brazo sobre la cabeza, gira la cara y se chupa el antebrazo, invocando su boca.
Él, por supuesto, es tan silencioso como incorpóreo y sin embargo su voz, ese bosque de voz, es parte importante de la fantasía.
Su voz es abrigo. Su tacto es bálsamo. Lo ha extrañado.
Todo funciona por unos minutos. Tor se toca y se transporta.
Sus dedos imitan el empuje de él, la única buena razón para tener un hueco al centro.
Andreas la llena. Incluso esta versión imaginaria de él.
Por un rato al menos. Eleva la pelvis y arquea la espalda para cabalgar las olas de placer, el pecho inflándose, las caderas meciéndose.
Un péndulo, un salto, una caída: el cuerpo está totalmente hecho de mente.
Luego se acuesta de lado y se queda muy quieta, tratando de sentir el pecho de él contra su espalda, su brazo rodeándola, su nariz en su pelo.
Imagina que los latidos que siente en el cuello le pertenecen a él, incluso cuando la agitación pasa y ya no logra percibir ni su propio pulso.
Debe de estar viva, eso sí. Porque sólo los vivos pueden engañarse a sí mismos.
Esta es la historia del uniforme de Tor & Tor.
No lo llaman así, pero claro que eso es lo que es: un uniforme, y uno agotador además.
Tor ya ni siquiera recuerda por qué eligieron mezclilla: una tela gruesa y pesada que lamenta profundamente mientras se vuelve a poner los jeans después de su siesta etílica.
Como todo entre ellos, fue una conversación antes de convertirse en costumbre.
De niños, ambos usaban uniforme. Él, gris y azul marino.
Sabe hacerse el nudo de la corbata con una sola mano desde los siete años.
Ella, verde botella y color vino. Calcetas hasta la rodilla y un suéter amarrado a la cintura.
Ambos usaban camisa blanca: de manga larga él, de manga corta ella.
En cierto modo, todavía lo hacen, sólo que ahora son camisetas.
En cierto modo, Philip (como Andreas, como París, como los uniformes a cuadros de su infancia) fue una herencia de su hermana.
Pero, al principio, Tor no quería un uniforme.
¿Cómo fue que la convenció? Recuerda un argumento absurdo pero conmovedor sobre deshacerse de su apellido (Coats) como de un abrigo literal, pesado y viejo, que pudiera por fin quitarse.
Y recuerda haber pensado, pero no dicho: apuesto a que el fideicomiso no te lo quitarías como si fuera un trapo sucio.
Recuerda también que él le mostró fotos de Art Club 2000, todo entusiasmado, y cómo ella las desechó de inmediato porque, ¿qué habían hecho esos siete bobos además de ponerse ropa idéntica de GAP y tomarse fotos?
Él se frustró con ella: ¡No entendiste nada!
Lo de GAP era un comentario sobre clase, sobre género, sobre consumo, ¡sobre todo!
Recuerda que acababan de empezar una investigación supuestamente seria sobre prêt-à-porter desde la Grecia Antigua, cuando él se quitó la ropa y se envolvió en una sábana con un solo nudo sobre el hombro, y desfiló por el departamento y luego le quitó la ropa a ella mientras ella se reía, y la envolvió en la sábana y se la cogió debajo de esa toga disfuncional, algo que en su momento ella disfrutó, cree recordar, pero que también, se le ocurre ahora, es uno de los trucos que él tiene para silenciarla.
Y no es sólo la ropa. También el peinado y el maquillaje.
A Tor no le molesta ponerse delineador, para ella es como respirar.
Pero está hasta la madre del corte bob, que deja el pelo demasiado corto para amarrarlo en el calor.
Y del fleco, que en teoría debería descansar por encima de sus cejas.
Fácil para él, con ese cabello ondulado y grueso que se retrae y se queda donde debe, mientras que el de ella es lacio y, si pasa unas semanas sin cortarlo, le empieza a picar los ojos.
Una vez, para una inauguración, ella se pintó los labios de rojo. Él la hizo lavarse la cara, argumentando que se veía sexy, sí, pero en disonancia con la estética de Tor & Tor: totalmente fuera del branding.
Philip se toma muy en serio la estética y el branding.
En La Fourche se encierra en el baño y pasa media hora alaciándose el bob para verse como ella.
Usa un cepillo redondo y una plancha de pelo que Vladislav bautizó «Smok, el dragón».
A veces Smok hace sacrificios y Claudine se queja amargamente del olor a pelo quemado.
Durante años las normas, los nombres, la fachada…
no dieron casi nada. Era como una fiesta de disfraces para dos.
Pero luego, un buen día, rindió frutos. Y luego tuvo el efecto de una bola de nieve.
Empezaron a considerarlos, a invitarlos, a llamarlos de regreso, a exhibirlos.
Les tomaban más fotos a ellos que a la obra.
A ella eso le daba rabia y a él lo hacía despotricar.
Pero cuando ella propuso abandonar el uniforme para dejar que la obra hablara por sí misma, él dijo que eso equivaldría a destruir toda la empresa.
Ella entonces pidió aparecer menos en público.
Él alegó que eso también sería perjudicial para el proyecto porque un Tor solito nunca resultaría tan interesante como el dúo: se desdibujaría en sociedad.
Sacaron la libreta. Llegaron a nuevos acuerdos.
Ella seguiría apareciendo en público siempre y cuando sus jornadas laborales se volvieran sagradas, intocables.
A cambio de este respeto total por sus horas en el estudio, ella aceptaría todo lo que él propusiera para las noches, fuera en la ciudad o en la cama.
Los días se le hacían cortos, las noches largas.
Pero estaba bien, la vida era mejor cuando él estaba de buen humor.
La vida era mucho mejor cuando ella misma estaba de buen humor.
Creció la domesticidad. Empezaron a vivir juntos de verdad.
Ella aún dormía a veces en el estudio, pero cada vez más se iba con él a casa después de sus muchas fiestas y cada vez bebían más, y cada vez él se metía más coca para animarse, para seguir explicándole a quien fuera (y siempre había alguien, París en eso sí era generoso) los fundamentos, la estética, la ironía de la empresa Tor & Tor.
Y cada vez más ella también se metía coca, para poder levantarse temprano tras una noche de fiesta pública o privada, y salirse de la casa antes de que él despertara, para poder encerrarse en su taller a sudarlo todo, a producir algo, a volver a sí misma.
Él opinaba que ella era rígida, ella opinaba que él era flojo.
Ella también se consideraba floja, sin importar cuánto trabajara.
Él opinaba que ella estaba siempre autoexplotándose.
Ella pensaba estar meramente viviendo la vida al máximo, pagando la cuota por ser la que sobrevivió.