Wishbone La separación o la unión (Umbría, 2005) #6
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La separación o la unión (Umbría, 2005) #6

El comedor donde están solía ser la cocina de invierno, está explicando Bettina al grupo.

La cocina actual, en la planta baja, solía ser la cocina de verano.

Hoy en día la gente ya no necesita dos cocinas porque puede controlar los elementos.

Así lo dice y eso hace que Tor revisite su teoría secreta de que el palazzo se ha propuesto educar a Philip.

Se le aparece de pronto la imagen de un cuarto secreto en lo alto de la torre, donde un titiritero controla los elementos como a veces ella se imagina a sí misma, desde su ventana en el ático, dirigiendo los colores del paisaje.

Tor está tan metida en su pasta y sus teorías fantásticas que no oye el comentario de Justine.

Pero algo debió decir porque, tras un bocado, Tor levanta la vista y la encuentra mirándola como si esperara una respuesta.

Justine es una grabadora francesa que siempre lleva un cárdigan color paja, haga el clima que haga, pero que de todos modos, la única vez que Tor & Tor hablaron con ella, se burló de ellos por usar lo que llamó un uniforme.

Sorry?, dice Tor, y le choca el sonido de su propia pregunta, tanto por lo mucho que suena a una imitación de Philip, como por haberse dirigido a Justine en inglés cuando ella, Tor, lleva media década viviendo en París.

¿El otro Tor fue a la caza?, repite Justine, claramente asqueada con la idea.

Detrás de su fleco grasoso, sus ojos gris pálido se asoman cual topos a la entrada de su madriguera, como indecisos entre asomarse o esconderse.

En su plato hay insalata di farro, lo que el cuoco les sirve a los vegetarianos todos los días.

Tor asiente y retuerce la boca en lo que espera se lea como una mueca empática. Justine niega con la cabeza y se retuerce con asco.

Ragazze!, dice Bettina a propósito de tanto retorcimiento: Todos los años van y todos los años regresan con las manos vacías.

Esto tranquiliza a Justine pero alarma más a Tor.

Entonces ¿para qué es la cacería? ¿Para conocer a Corsini?

¿Para parecer machos, atrevidos y valientes frente a él?

¿Será cazar jabalíes la versión umbra de jugar a golf?

Sólo ahora, viéndose entre los residentes menos populares y/o más introvertidos, Tor se pregunta qué se estará perdiendo.

Hay nada más otras tres personas en el almuerzo.

Está Jasper, un danés con barba de vikingo que es exasperantemente dulce.

Tor a menudo reprime el impulso de pellizcarle un cachete.

Últimamente ha estado mezclando tierra de los jardines, arena del lago y polvos que extrae rascando las piedras del palazzo, en aguadas de tinta, casi transparentes.

Su barba está espolvoreada con los restos del trabajo de esta mañana.

Luego está Huong, una mujer Mnong de Wisconsin que podría tener veinte o cincuenta años.

Tiene un cuerpo compacto pero una postura que impone atención en cualquier cuarto donde entra.

Es como una niña inquieta cuando conversa con Bob Ross, llena de referencias gringas que a todos los demás les resultan oscuras, pero se vuelve sabia y paciente cuando se trata de su obra.

¿Cómo lo haces?, le preguntó una vez Tor, mientras sus dedos exploraban las capas de telas con hoyos, unidas con hilo, con puntadas estratégicas que generan una topografía intencionada, simplemente hermosa.

Poco a poquito, fue lo único que respondió Huong: Poco a poquito.

El tercero es Teko, un escultor colombiano que trabaja con madera para crear piezas pesadas y minimalistas que luego cuelga desde puntos altos.

Últimamente ha estado usando madera conseguida alrededor del palazzo, lo cual, esta mañana, cobra un nuevo tipo de sentido para Tor.

Igual que la arena de Jasper. Serial, temático, relacionado con la tierra que pisamos, ¡ajá!

Pero no se atreve a preguntar. Teko conocía la obra de Tor & Tor y ha dejado claro desde el primer día cuánto los admira, pero eso no significa que sea amistoso, o al menos no siempre.

Con él todo depende de la hora del día, es decir, del porcentaje de alcohol en su sangre.

Teko es sombrío en el desayuno, civil al almuerzo, hablador en el aperitivo y sociable a la hora de la cena. Ya le preguntará más tarde.

Aunque ahora mismo el alcohol no falta. Bob Ross parece determinado a vengarse de haber sido excluido de la caza con unas llaves a las bodegas, porque va colmando los vasos de todos generosamente y sin preguntar.

Bettina dice «basta, basta», pero él le rellena la copa igual.

Ella grita que quiere un café y Tor levanta la mano para pedir uno también.

Creo que deberíamos organizar una protesta, dice Justine: ¡O una huelga!

Tor asiente sin comprometerse. Ha vivido lo suficiente en Francia como para saber que hacer huelga es el deporte nacional. Bob Ross también asiente, pero Tor percibe su ambigüedad. Una cosa es vengarse a escondidas y otra muy distinta poner en riesgo su trabajo.

Huong, en cambio, explota de entusiasmo frente a la idea. Abso-fucking-lutely, dice: ¡Vamos a recordarles que ya pasó la Edad Media!

Mientras los demás planean el caos, Tor y Bettina se mudan a una mesa junto a la ventana y, después de terminarse sus espressos y sus cigarros, Tor se inclina para hacerse oír sobre los gritos entusiastas detrás de ellas (Huong se quitó la camiseta y alguien está escribiendo con salsa de tomate sobre su panza), y dice: Estaba pensando, Bettina, ¿me podrías conseguir unos lienzos grandes?

¿Qué tan grandes?

Un metro de ancho, dos de alto.

Tamaño hombre, dice Bettina: Tamaño hombre de verdad.

Tor se ríe primero, luego siente un pinchazo rápido como cuchillada. Ésas son, de hecho, las dimensiones aproximadas del hombre al que ama, el hombre altísimo al que no ha tocado ni visto desde hace cinco años.

Bettina guiña el ojo, sus pestañas postizas aletean, llenas de promesa, nada menos que como la lámpara de Aladino o los zapatos rojos de Dorothy. No necesita decir más nada, pero lo hace. Bettina dice: Certo.

El hombre que Tor ama no es un hombre de verdad.

O no aquí, no por ahora, no del modo en el que solemos pensar la realidad.

Como sea, Tor piensa, le damos demasiada importancia a la realidad.

Por ejemplo, la palabra «certo» significa «cierto» pero también significa «por supuesto», como si estar de acuerdo equivaliera a validar la veracidad de lo que el otro dijo.

Porque son realmente nuestras certezas, o nuestras creencias, y no la realidad, lo que hace que las cosas sean reales.

Tor se detiene para quitarse las sandalias y, al agacharse, nota que está bastante borracha.

El pasto se siente duro y picudo bajo sus pies, pero no hace ningún ruido conforme ella recorre los jardines, decidida a echarse una siesta bajo la sombra de algún árbol.

Últimamente, algunas madrugadas, lleva tanto tiempo mirando por la ventana que ya no logra verla como una ventana, ni siquiera como una pantalla, sino que empieza a verla como si fuera una de las caras de una caja transparente.

De una pecera rectangular. Un espacio tridimensional pero finito: el espectáculo de un hábitat encerrado que incluye la vista y el horizonte.

Ella está afuera de la caja, asomándose.

Y en algún punto allende el Trasimeno, se juntan las otras tres paredes transparentes y la pecera se completa con cuatro vértices invisibles.

Y, tal vez, quizá, desde aquel otro lado de la pecera alguien más observa el mismo paisaje, sólo que a la inversa: de allá para acá.

Alguien que comparte el impulso religioso de asomarse cada amanecer en la vasta pecera a esperar y a ver aparecer todos los colores.

Religioso en el sentido de lo asiduo, pero también de la fe.

O no. No importa. No es imposible, eso es lo único que importa.

Podría haber alguien. Alguien siempre ahí al modo en el que el lago está siempre ahí.

Un día, cambia de tema en su mente mientras sigue buscando la combinación correcta de sombra y pasto, le gustaría adoptar un pez.

O no, no un pez, son demasiado resbalosos, demasiado inexpresivos.

Alguna otra criatura que pueda vivir en una pecera.

¿Una serpiente? No, le daría cosa. ¿Qué animal podría observar sin aburrirse?

¿Qué animal puede ser como un paisaje que cambia de color conforme pasan las horas?

¿Un pulpo? ¡Sí! Pero no. No se puede tener un pulpo en una pecera.

Lo que en realidad quisiera es que su arte sea como un pulpo.

De otro mundo pero en éste. Algo que alguien quiera mirar durante horas, con tal de no perderse ni una sola de sus sutilezas.

Todo su trabajo de los últimos años de pronto le parece demasiado atiborrado y demasiado obvio.

Quiere hacer algo más sutil. Algo como el amanecer, como crecer, algo que no puedas notar el momento exacto en que te transforma, hasta que ya ocurrió.

Ya te tocó, ya te cambió. Y entonces ya no hay vuelta atrás.

No muy distinto, supone, a un crush. A encapricharte con alguien.

El opuesto de una pérdida repentina es este llenarse lentamente.

Amor platónico, podría llamarse. Pero también podría llamarse amor a secas, ¿por qué no?

De pronto se da cuenta de que está dando vueltas en círculos cuando ve a Jasper, Justine, Teko y Huong saliendo del comedor.

Van todos de la mano y cantando. Ella gira y camina en dirección opuesta para evitarlos.

Es mucho más fácil decirlo que hacerlo: un arte más sutil.

Es como querer una piel más suave, o el cabello más rizado.

¿Qué tiene ahora realmente? Muestras de color.