Wishbone La separación o la unión (Umbría, 2005) #5
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La separación o la unión (Umbría, 2005) #5

Llevaban un año juntos cuando ella se enteró, por accidente, de que al menos en una de las galerías a las que él había estado vendiendo su obra creían que él era Tor.

Primero se confundió, luego se enfureció.

Se sintió traicionada. Le aventó un par de libros a la cara.

Un gesto que, ahora que lo piensa, ya era señal de cuánto empezaba a perder sus propios límites, su recién adquirido borde, y a fundirse en él, en sus valores, en sus dramones de niño rico.

En su léxico. En su tendencia a nombrar no sentimientos, sino teorías.

Explotación femenina, dijo ella. Y también explotación racial.

Lo acusó de todo lo negativo que se le ocurrió.

Macho, posesivo, enfermo, mentiroso, no soy tu pinche esclava latina.

Él lloró. Se disculpó una y otra vez, pero no dijo nada más, no se excusó, dejó que ella siguiera insultándolo hasta que todo se puso tan oscuro que eventualmente fue ella quien debió disculparse.

Hicieron las paces. Hicieron el amor y comieron compota de manzana directamente del pecho del otro.

Y luego, lentamente, con mucho cuidado, el asunto se volvió una conversación.

Sobre género, sobre valor, sobre los límites entre lo público y lo privado, sobre tabúes y hábitos de consumo.

Eran socios, decía él: eso era lo que mejor sabían hacer, poner todo sobre la mesa, hablarlo con la mayor claridad posible, que no era mucha, pero se prometieron siempre compensar la falta de claridad con honestidad.

Evaluaron los pros y los contras, los miedos, la vergüenza, y luego llegaron a un acuerdo.

La forma final de la empresa se le ocurrió a ella, de repente, como cuando ves una cara en una mancha.

Él estaba ahí, y ella lo dijo en voz alta: ¿Qué tal si… los dos somos Tor?

Estaban sentados en la terraza soleada de un bar, y la típica silla de ratán sintético no resistió el peso del entusiasmo: Philip se cayó de espaldas en la banqueta.

¡Eso es lo más brillante que he escuchado en mi vida!, dijo después de volver a sentarse.

Con sus talentos combinados, argumentó, podrían crear un personaje magnífico.

Una figura única. Un equipo asombroso, ¡un arquetipo nuevo!

Un dúo. Pero en lugar de marido y mujer, o artista y representante, se fundirían en uno, se volverían indistinguibles.

Dos caras de la misma moneda. Dijo: ¡Somos dos pero somos uno pero somos dos pero nadie sabe quién es quién ni cuál es cuál!

Eso era lo que Philip sabía hacer mejor.

Ése era su mayor talento: el de absorber de inmediato, voluptuosamente, las ideas ajenas.

Robaba, sí, pero también dejaba a la víctima sintiéndose agradecida por la atención, por la amplificación.

La apropiación pasaba desapercibida entre tantos halagos, tanta euforia, y se convertía en otra cosa: en un evento, en una consagración, en un favor.

El robo se percibía como un regalo. Era imposible no contagiarse de su pasión; era como una sanguijuela, como un virus, pero en lugar de enfermarte, te provocaba ganas de participar.

De improvisar. De exagerar. De construir puentes.

De aceptar el juego que él te ofrecía, y olvidar por completo que ese juego había sido, en realidad, idea tuya.

Y ella lo amaba por eso. De verdad. Porque su fervor se sentía como lo opuesto a la soledad.

Y entonces, ese día, ella también empezó a ver genialidad en lo que había dicho como una broma.

Propuso cláusulas, excepciones, términos, y al hacerlo, los aceptó todos.

Le gustaba la idea de formar parte de algo.

O quizá solo le gustaba la idea de no tener que cargar sola con el peso de ser una persona.

Como cuando tenía hermana: compartían la enfermedad de su madre y sus cuidados y, antes, sus regaños, sus defectos.

Con él, compartiría los defectos y regaños y enfermedades del mundo del arte.

Sí, tenía todo el sentido. De repente, le parecía absurdo siquiera intentar navegar esas aguas traicioneras sola.

Mucho mejor tener un cómplice que fuera también un doble.

Aun así, primero se burló un poco de él.

Como en esas caricaturas, dijo Tor, donde un niño se sienta sobre los hombros de otro y se ponen una gabardina larga para parecer un solo adulto.

Tor esperó el reproche, la mirada ofendida, pero, tras pensarlo un poco, Philip sólo dijo: Exactamente.

Ahí mismo decidieron fusionarse. Escribieron un contrato en una servilleta.

Ella crearía, él vendería, pero nadie afuera de ellos dos debía saber quién hacía qué.

Tendrían un solo nombre. Dejarían atrás el apodo Orange.

Los alebrijes, o cualquier otra obra, seguirían firmándose simplemente como «Tor».

Pero en público, ambos se presentarían como Tor y se negarían a acreditar el trabajo a uno o al otro.

Un look (corte de pelo tipo bob, camiseta blanco puro, jeans manchados de pintura), un email, una casa, un estudio, un nombre.

Se hizo una excepción con los celulares: cada quien tenía el suyo.

Para asuntos de trabajo, se daba el teléfono fijo de La Fourche.

La confidencialidad era obligatoria. Vivir juntos era opcional.

Ella quería poder quedarse a dormir en el estudio si se desvelaba trabajando.

Acostarse con otras personas era aceptable, siempre y cuando no fuera con alguien cuyo «karma sexual» cualquiera de los Tors no quisiera recibir, lo cual, descubriría muy pronto ella, para él significaba literalmente cualquier hombre sobre la faz de la tierra. Mal karma todos ellos.

Ese mismo día, rápidamente la servilleta les quedó corta y él salió corriendo a la papelería de la esquina por una libreta.

Cuando terminaron de anotar todas las reglas de la empresa, le pusieron fecha, y lo firmaron.

Philip sacó la tarjeta de crédito de su papá y pidió una botella entera de champaña.

Brindaron (esto les parecía un compromiso mucho más serio que su matrimonio) y toda la tarde sus copas descansaron sobre la libreta, donde Philip había escrito:

Tor su maquillaje parece aplicado con técnicas usualmente reservadas al betún de los pasteles.

Labios fucsia, párpados verde botella. Cero zancos mentales.

La seguridad de Bettina habla de madurez.

Sus decisiones sartoriales la anclan en la esencia misma de la humanidad, es decir en la contradicción.

Su bisutería barata prueba que Bettina está más en este mundo que todos los demás juntos.

Y qué valiente vestirse como se te de la chingada gana.

Y cuán lejos está Tor de esa libertad tan simple, de ese placer tan básico, se da cuenta de golpe, cuán atrapada en una estricta paleta que, pensándolo bien, ni siquiera eligió.