La separación o la unión (Umbría, 2005) #4
Mientras forma hileras con las muestras sobre la mesa, como en un juego de solitario por colores, se da cuenta de qué es lo que realmente le molesta.
No que su trabajo no se reconozca como exclusivamente suyo: eso lo ha aceptado desde el inicio.
Lo que le duele es que la perciban como tan insignificante que se le pueden confiar secretos sin miedo, porque no hay forma de que ella pudiera hacer algo con ellos.
Le dan ganas de ir a buscar a Bob Ross y confesarle todo.
Hacer que se siente y que escuche. Así están las cosas, le diría.
O le diría: Ésta es la verdadera historia de la empresa Tor Philip simplemente decidió no mencionárselo.
Tiene que revisar varias veces el monto del premio.
Suena imposible. Es más dinero del que ha visto en su vida, cuatro veces lo que gana en un año, incluso en uno bueno, como el pasado, cuando Philip logró colocar tres de sus alebrijes gigantes (los que Bob Ross llamó monstruos de tela) en galerías reconocidas.
Le sube la avaricia. Ay, ¡las posibilidades!
Se acuerda de «La cucarachita Martínez», un cuento que les contaba su madre.
Más tarde, cuando confronte a Philip sobre la omisión, todo será distinto.
Él confesará que quiere que ganen y presentará sus ambiciosos planes y su avaricia opacará la de ella, Tor lo sabe.
La ambición de ella palidecerá en comparación y, habiéndole cedido a él el rol de protector de los anhelos, ella podrá regresar a sus expectativas austeras.
Y será un alivio. Eso es lo que hace mejor Philip: liberarla de sus propias aspiraciones.
Absorberlas. Administrarlas. Volverlas realidad, a veces, pero también adoptarlas, hacerlas suyas, para que ella pueda enfocarse en lo que realmente le importa: el volumen, las formas y las superficies, la luz, todos los colores.
Y por eso, Tor le está siempre francamente agradecida.
Pero horas después, mientras rellena meticulosamente su paleta con acrílicos que extrajo de las cajas de materiales que tenía sin abrir, le sorprende darse cuenta de que sigue metida en el papel de la cucarachita Martínez.
Si ganara esa cantidad absurda de dinero, piensa, podría construir un edificio igual a este.
En México, piensa. Ay, volver. Eso no es algo que diga mucho, pero la verdad es que esa atracción secreta, falsamente reconfortante, hacia el origen de una, no desaparece sólo porque tu lugar de origen quemó todo lo que querías, te arrebató lo poco que quedaba, y luego cicatrizó sobre tu ausencia con total indiferencia.
Sería blanco, el edificio. De un blanco roto, claro, jamás un blanco puro.
Un edificio blanquecino, irónicamente dedicado al color.
Y al juego. Una casa para el color y el juego.
Una galería sobre el color. ¡Un museo del color!
¡Imagínate! En realidad, Tor ha imaginado esto muchísimas veces.
Sólo que cada vez le parece una idea nueva.
¿Cómo es posible que nadie en el mundo lo haya hecho todavía?
Un museo del color es una fantasía tan establecida en la cabeza de Tor que ella puede recorrerlo colgando cuadros, proponiendo visitas temáticas; sabe dónde va la bodega y dónde están los baños.
En ese museo, Tor le daría a todos los colores su momento estelar.
Incluso al rojo de las patas de la mesa.
Incluso al magnolia del mal. Está tan clavada imaginando su generosidad de curadora que no nota cómo, en algún momento entre esta mañana y ahora, dejó de usar el plural de la primera persona.
Se le cayó por la borda. Tal vez su ambición no se disipe esta noche, cuando estalle la de él.
Tal vez Tor ya no quiere que eso les pase cada vez.
Esta es la prehistoria de la empresa Tor & Tor.
Primero se casaron. No fue una propuesta romántica, sólo un favor.
Ella necesitaba una visa y atención médica urgente.
A él le gustaba ella y, sobre todo, el trabajo de ella.
Ya había vendido algunas de sus obras aquí y allá, y sentía que podría vender muchas más.
La llevó al hospital y quedó impactado por el maltrato que recibió.
Ante las prácticas discriminatorias de la clínica, él sugirió casarse como solución.
O tal vez como redención: perdona a todo mi continente racista, yo soy distinto. Yo te voy a cuidar.
Ella se aferró a su generosidad como a una boya.
Un salvavidas. No le contaron a nadie, sólo a las autoridades y a Claudine y Vladislav, los compañeros de casa de él, por si alguien llamaba por teléfono al departamento que compartían y al que todos llamaban La Fourche, para verificar su relación.
El día del casamiento comieron kebabs grasosos, como si fuera cualquier otro día, salvo por la ida al ayuntamiento y porque brindaron con vino en lugar de con sus típicas Oranginas con piquete.
Fue entre las paredes de la clínica (pistache desgastado) y de la Mairie (beige sucio) y de la Préfecture (beige aún más sucio), donde empezaron a conocerse mejor.
Él estaba lleno de rabia contra la burocracia, mientras que ella se sentía agradecida por un sistema que, aunque a ratos kafkiano, funcionaba más o menos como estaba escrito en el papel, en vez de mal funcionar a base de promesas y mordidas, como todo lo que ella había conocido antes.
Les advirtieron que tendrían que contestar preguntas diseñadas para confirmar que el suyo no fuera un matrimonio por conveniencia, que era exactamente lo que había sido, así que durante semanas se interrogaron uno al otro, hasta altas horas de la noche.
Recuerdos de infancia, número de primos, lunares, alergias, piercings y tatuajes, pasta de dientes preferida y de qué lado se aprieta el tubo, y qué posición disfrutas más en la cama, lo cual resultó más fácil demostrar que explicar.
Eventualmente, Tor obtuvo la carte de séjour: podía quedarse en París.
Los interrogatorios resultaron fructíferos no sólo para conocerse entre ellos, sino también para conocerse a sí mismos.
Cuanto más aprendían del otro, más crecía dentro de cada uno la estimulante noción de poseer una personalidad propia.
Más allá de las diferencias culturales, incluso, sus manías y hábitos parecían definirlos, dotarlos con un Yo.
O, al menos, donde antes sólo percibían intentos borrosos de imitación, o posibilidades sin límite, o los abismos sin fondo que les habían dejado pérdidas tempranas y dolorosas, de pronto empezaron a percibir algo un poco más definido: tal vez no una figura pero sí un contorno.
Un borde. Una silueta. Me gusta esto y esto otro no, de aquí vengo, así soy yo.
Y, además, claro, una vez que miras de cerca, puedes enamorarte de cualquiera, así que hicieron eso también.
Entonces, primero se casaron y luego se emparejaron y luego, incluso, se enamoraron, pero nunca mencionaban estar casados.
Sólo si había que hacer un argumento sobre las injusticias del sistema migratorio.
El resto del tiempo se referían al otro como «orange».
Eso también lo pensaron bien, lo discutieron largamente.
El término que eligieran, ahora que estaban casados y emparejados e, incluso, enamorados, debía funcionar en ambos sentidos.
No cambiar según el género. Partner funcionaba en su burbuja angloparlante, pero no en el contexto parisino.
Los términos locales (petit copain, petite copine, ma meuf, mon mec) estaban descartados de entrada.
Coquetearon con toda terminología neutral que se les ocurrió.
Muchos animales, algunas verduras. Sus amigos votaron.
Al final, ella empezó a probar con colores: si otros amantes se decían conejito o repollo, ¿por qué no azul o rojo?
En algún momento Tor dijo «Orange» y a los dos les gustó.
Era fruta y color. Sin género, pero brillante y jugoso.
C’est parfait! Tu es mon orange! Je suis ton orange!
Nadie le dio importancia al carácter acaparador del adjetivo posesivo empleado, lo cual, en retrospectiva, fue ciertamente un descuido.