Wishbone La separación o la unión (Umbría, 2005) #3
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La separación o la unión (Umbría, 2005) #3

Se detiene frente a los estudios. Es la única construcción moderna en el terreno.

Todo de acero y vidrio. Sobrio, aunque no precisamente discreto.

Impresiona, pero sólo por lo funcional. Tor respeta un edificio con propósito claro.

Los ventanales permiten ver grandes mesas de trabajo, lámparas de cuello largo, paredes llenas de papeles pegados de todos los tamaños y otras señales de obra en proceso.

Tiene todo el sentido que este espacio exista en un lugar como éste.

Pero también la intimida. Claramente está hecho para gente que sí sabe lo que está haciendo.

No sabe bien por qué no se ha sentido tentada a usar el estudio, pero justo en ese momento siente que algo cede, el edificio por primera vez le huele a parque, le hace un guiño: Acércate a jugar.

Entra. Las áreas comunes están inundadas de luz.

Una serie de ventanas altas, sumadas a las paredes blancas, hacen que el interior resulte aún más brillante que el exterior umbro de media mañana.

Hay una cocineta y una sala con biblioteca, que ella va cruzando cuando una figura se levanta bruscamente de un sillón de lectura y dice: ¡Ajá! ¡Otra paria!

Tor se cubre los ojos del resplandor para identificar al hombre al que todos, a sus espaldas, llaman Bob Ross.

Un hombre que vive ahí, en el palazzo, o bien trabaja en el palazzo y vive por ahí cerca.

Tor no recuerda cuál es su rol, jefe de algo.

En su mente Bob Ross quedó registrado desde el principio como «el hombre cuyo trabajo hace, en realidad, Bettina».

Fue un tip que alguien le pasó al inicio: Si necesitas algo, mejor pedírselo directamente a Bettina.

Pero a Tor le cae bien Bob Ross. Desde lejos.

Le cae bien sólo porque siente que, aunque él no lo sepa, es el patito feo de la institución.

Ella nota cómo lo miran los demás, con un toque de ironía, porque en sus mentes la gringuez de Bob precede, incluso tal vez remplaza, a su personalidad y hasta a su persona.

Nunca ha hablado con él más allá del saludo, pero ahora parece que eso está por cambiar.

Buenos días, dice Tor. Empieza a sonreírle pero se detiene al notar que él está alterado.

De hecho, el tipo está tan enojado que Tor inventa ahí mismo un nuevo color: Rubor Bob Ross Furioso.

Y viene directo hacia ella. Ella sigue caminando hacia su estudio, apura el paso, pero él la sigue, hablando a toda velocidad: ¿Sabías que hay una cacería y que ni tú ni yo fuimos convocados?

Eso no está nada bien. ¿Invitaron a tu novio?

Tor dice mmm-hm mientras abre la puerta.

Él la sigue incluso dentro del estudio. Ella deja las llaves junto a la computadora, en un escritorio de esquina; luego las muestras sobre la mesa de patas rojas, y se va a abrir las cortinas de algodón.

Esta habitación de verdad es una maravilla.

Lo dice en voz alta, para ver si logra cortar la ráfaga de quejas de Bob Ross. Y funciona.

¿Nunca la habías visto?, dice él, y sólo entonces mira a su alrededor, probablemente notando que este estudio, a diferencia de los otros, supone Tor, está básicamente igual que el primer día de la residencia, hace casi dos semanas.

¿Dónde demonios está su obra?, pregunta, como si el vacío lo ofendiera personalmente.

No es su obra, responde Tor. Luego se obliga a agregar: Somos un equipo.

¡Eso no lo puedes presentar al concurso!, dice Bob señalando las muestras de color sobre el escritorio. ¿Los ganadores anteriores? Todos, cien por ciento, trabajaron en formatos grandes.

¿Qué concurso?, pregunta ella.

Él se ríe como loco. Dice: Me caes bien, Cosa Dos.

¿Cómo me dijiste?, pregunta ella.

Ay, ten sentido del humor, niña. ¿Thing One y Thing Two?

¿Nunca oíste de ellos? De los cuentos infantiles.

Son unos gemelos idénticos. Ella niega con la cabeza.

Quiere que se vaya pero también lo encuentra adictivamente entretenido, como telebasura.

Claramente sus preguntas son todas retóricas porque no la deja contestar ni una.

Porque me caes bien y porque eres mi compañera paria, dice Bob: Te voy a decir un secreto, ¿lista? Tal vez quieras tomar nota.

Ella se da cuenta de que va en serio, así que extiende la mano izquierda como si fuera una libreta imaginaria y con la derecha finge escribir con un lápiz de aire.

Él aprueba con un guiño y baja la voz a lo que sólo puede describirse como un susurro muy fuerte.

Dice: Los Corsini son los jueces finales, pero eso ya lo sabías.

Tor asiente: no lo sabía, pero tampoco le sorprende.

Lo que le llama la atención es el plural, pero no tiene tiempo de pensar en eso porque Bob sigue: Durante nueve años consecutivos, los ganadores han sido lienzos enormes, pero seguro eso también ya lo sabías.

Ahora veo lo que tu novio, digo, tu novio y tú, están tramando aquí, arriesgándose, persiguiendo la originalidad, pero si yo fuera tú, no se lo permitiría.

Corsini no aprecia la originalidad, ni siquiera la genialidad.

Ya en el pasado ha habido quien experimente con formatos chicos, sin éxito, eso es lo que muestra mi base de datos.

Llevo archivando información aquí una década y, aunque se ha producido de todo tipo de arte, en más del 90 por ciento de los casos, los ganadores fueron series de lienzos grandes, con temática clara.

Contaban una historia. Enseñaban algo. De preferencia, de algún modo celebraban La Repubblica.

Corsini es un nacionalista. Podrá ser rico pero es básico, le gustan los slogans que pueda repetir y las toallas que arrancan piel.

No puede ocultar hacia dónde se inclina su virtù. ¿Conoces el término virtù?

Ella niega otra vez. Considera decir que está de acuerdo en lo de las toallas, pero él no se detiene.

Es un término del Renacimiento, dice Bob: Significa seguir la inclinación de tu alma.

Corsini tiene un alma sentimental, paternalista, rudimentaria.

Come siempre a la misma hora, le gusta mezclar generaciones pero con la jerarquía siempre clara; vive en el segundo piso en invierno, en la planta baja en verano…

su frase se desvanece como si se acordara de algo, luego vuelve.

Tengo que regresar a mi oficina, dice: Qué gusto conversar contigo, no hablas mucho, ¿verdad? ¿Escuchas? ¿O sólo parece que escuchas?

Grande y temático, dice Tor, escribiendo con su lápiz de aire sobre su libreta de aire: Un poco didáctico y algo italiano.

Exacto, Cosa Dos, exacto, ¡incluso sus monstruos de tela tendrían más oportunidad que estas miniaturas! Ahora, dice mientras se cierra los labios con un cierre invisible: No lo escuchaste de mí.

Ella se lleva el lápiz de aire a los labios: ahora es una llave y la gira en la comisura, para encerrar el secreto dentro de ella.

Bob Ross aplaude y se va.

¡No son sus monstruos de tela!, empieza a decir ella, pero él ya va a medio camino por la biblioteca, saludando con la mano mientras se aleja, sin siquiera voltear a verla.

Cosa Dos. El aplauso. Saludar sin verla.

Todo eso parece entretejerse, formar una especie de comentario.

Y ella se queda ahí, de pie, tratando de unir las piezas.

Los apodos, los consejos. Qué lindo tu dúo, parecen decir, no sin ironía.

El secreto. El «compañera paria». Parecen decir: Buen esfuerzo, niñita, pero de todos modos quedas en segundo lugar.

¿Será ésta, en realidad, la suposición colectiva?

¿La conclusión privada de todos? A pesar de que firman todo juntos, de que hacen tanto escándalo por no diferenciarse, de que no sólo se visten igual sino que hasta usan el mismo nombre.

¿Y para qué? ¿Cuál es el punto de la fachada compartida si la gente igual va a asumir que el artista es él?

Ya ha pasado antes. Lo ha visto, incluso, impreso.

A veces él lo minimiza, otras se lo toma demasiado a pecho, declara que va a escribir cartas a todos los contactos que tiene, que ya verá ella, que ese periódico misógino y retrógrado se va a caer, que arda, que su piel muerta les sirva de combustible.

Cuando él se incendia, ella se calma. Ve las preocupaciones de ambos como lo que son: mezquinas, pequeñitas, ahogadas en privilegios.

Porque, en realidad, nada de todo esto significa nada de nada.

Tor lo sabe: el arte es un juego y hay quien lo juega por divertirse y hay quien lo juega por prestigio.

Que él juegue a lo que él quiera, siempre y cuando la deje a ella seguir haciendo cosas, y que él luego las venda, para que ella pueda comer, pagar su renta, seguir creando.

Tor siente el sudor acumulándose bajo los senos, detrás de las rodillas, desearía traer puesto un vestido.

Ya lo ha hablado con Philip, pero él siempre responde con un rotundo no: tienen que vestirse igual todos los días, y él no va a usar vestido.

No trajo ninguno, es su excusa. ¡Agh! «Sus» monstruos de papel.

«Sus» postales de color. Cuando en realidad lo único que es de Philip es el código de vestimenta.

Después de forcejear un poco con el ventanal, logra abrirlo.

El inmenso panel de vidrio se inclina hacia ella y por un instante teme que le caiga en la cabeza, pero se queda ahí, en diagonal, dejando entrar una brisa tranquilizadora.

Le recuerda que hace un momento estaba afuera, admirando el edificio.

Fue hace nada. ¿Cuánto tiempo estuvo Bob Ross en su estudio?

¿Diez minutos? ¿Ni eso? Pero se siente como si hubiera pasado un tornado.

Qué tipo tan invasivo, dando consejos que nadie le pidió.

Y si hubiera sabido la verdad, ¿Bob igual se los habría dado?

Claro que no. Lo hizo porque se sentía excluido y necesitaba vengarse, pero también porque percibe a Tor como inofensiva.

Cosa Dos, por definición, no tiene poder, no representa ninguna amenaza. ¿Quién es el patito feo ahora?