Wishbone La separación o la unión (Umbría, 2005) #2
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La separación o la unión (Umbría, 2005) #2

La mañana arranca no como un hecho, sino como una sugerencia.

Antes del amanecer, el lago, los montes y el cielo comparten el mismo azul oscuro casi negro, interrumpido apenas por puntitos temblorosos de naranja y amarillo: flores eléctricas que titilan.

A veces Tor las piensa como lo que realmente son (casas) y se imagina a las familias dentro, apuradas y medio dormidas, los niños recibiendo órdenes (vístete, péinate, come algo) enunciadas con creciente impaciencia, los padres poniéndose una musculosa blanca, luego enterrándola bajo la camisa, las madres trenzando cabellos, comiéndose las sobras antes de enjuagar los platos, ansiando con cada célula de su ser el momento en que todos por fin se vayan y le dejen tener un poco de paz.

Pero la mayoría de las veces, Tor no piensa en esos puntitos como casas.

Son sólo luces bailando para quien despierta temprano y ha sido bendecido con un mirador.

Esto es lo que Philip no valora, ni siquiera entiende: que al designarles el ático les concedieron una torre dorada, un punto de observación privilegiado desde donde poder ver al mundo: lo común y lo extraordinario.

En quince minutos, el alba como sugerencia ha terminado.

Ahora el sol irrumpe, se explaya, soberbio, desdibuja las flores de luz, parece querer recordarles que son nomás casas y, como prueba de su superioridad de ser volador, les da paredes y techo, las ancla al suelo.

Se siente como el final de una fiesta, esta intrusión abrupta de la autoridad, de un gran ojo en lo alto que antes, hace ni media hora, era benévolo y, de pronto, se volvió vigilante, dispuesto a acechar, con ganas de poner en evidencia, de condenar.

Y a la vez es como si la luz diera un pitido de arranque para los sonidos, que aparecen en orden, en rápida sucesión: pájaros, coches, la moto del cuoco.

La neblina bosteza una última vez antes de pasar a retirarse.

El paisaje se sacude su ropaje nocturno bidimensional.

Entra en escena una desnudez más compleja: volumen, formas, la tercera dimensión. Italia, comenzando su día.

Tor quisiera ponerle pausa a la escena pero el tiempo, ese motor tramposo, la cuarta dimensión, no se lo permite.

El dictum del tiempo la invade, la sacude.

De pronto, Tor quiere entender, quiere producir, saca las pinturas.

Quiere estar en control, afirmarse como la observadora estricta.

Se endereza, no está de vacaciones. ¿A qué hora, a qué hora exactamente, va ese negro a volverse verde?

Mira el reloj y anota la hora, como si tuviera alguna importancia.

¿Y en qué momento, exactamente, empezó el azul gris del lago a soltar esos destellos brillantes?

Parecen joyas. Qué presumido. Ya es de día y aquí está Tor otra vez: no como una presencia mística en lo alto de una torre, sino como una mujer terca, tratando de ordeñar el paisaje con sus pinceles, de sacarle una gama, un dibujito, o alguna otra cosa que pueda copiarle, algo que pueda vender.

Tor tiene establecida una hora para dar por terminada cada sesión matutina y es el momento en que su piel, incolora durante la transición de noche a día, por fin cobra su propio tono. Ya amaneció. Es hora de irse a dormir.

Es hora de despertar, dice Philip sacudiéndola un poco: ¡Vamos a cazar un oso!

¿Qué?, pregunta Tor sentándose y recibiendo la charola que él le pone en las piernas.

Bueno, se corrige él: En realidad vamos a cazar un jabalí.

No es del todo inusual que Philip le traiga el desayuno a la cama, pero lo hace sólo cuando quiere obtener algo a cambio. Se lo explica mejor: los invitaron a una verdadera cacería tradicional.

Pero no vas a ir, concluye ella después de su primer sorbo de capuccino.

Vamos a ir los dos, responde él, limpiándole el bigote de espuma de leche con el pulgar.

Pero si eres pescetariano, le recuerda.

¡No nos lo tenemos que comer!

Sólo matarlo.

O salvarlo, propone él: Podemos distraer a los cazadores, o hacer ruidos raros a espaldas de los cinghiali, así se dice jabalíes en italiano, ¿sabías?

Podrías cantar, eso seguro los espanta.

Will you still love me…

¡No, por favor!

… will you still need me?

No te necesito, Philip. Yo quiero trabajar, tú puedes ir a cazar mariposas solo.

Sabes que no puedo ir solo.

Tampoco puedes obligarme a ir. ¡Matar a un animal me mataría!, dice ella imitándolo, aunque él ni cuenta se da. Sigue: Destruiría mi sensibilidad, mi creatividad, ¿y luego qué hacemos? Vas a tener que ir sin mí.

Ok.

¿Ok?

Sacrificaré mi inocencia. Por la causa de nuestra empresa.

Estás bromeando, dice ella. Está tan sorprendida que casi ni siquiera se logra enojar.

No han ido a ningún lado el uno sin el otro en años.

No a un lugar público relacionado con el mundo del arte.

Se han peleado más por este tema que por cualquier otro término de su acuerdo.

Cada vez que ella ha querido ir sola a algún lugar, él ha insistido en ir también.

Y viceversa: Philip la ha arrastrado con él a todos lados.

Ahora él debe estar cayendo en cuenta de su contradicción, porque levanta un pastelillo de la charola y se lo pone en los labios: una disculpa.

Vas a ir sin mí, dice ella una vez más, para confirmar. Luego muerde el pastel y la crema dulce le inunda la boca y, por un momento, todos los sentidos.

Voy a ir sin ti porque es verdaderamente importante, dice él: Crucial, de hecho. Esta cacería podría multiplicar o, al revés, reducir nuestras oportunidades.

Ella se limpia la boca con el dorso de la mano y pregunta: ¿Nuestras oportunidades de qué? ¿De morirnos sin haber disparado un rifle?

Sé que quieres que tu obra hable por sí misma, dice él.

¿Pero?, dice ella entrecerrando los ojos. Viniendo de Philip, este tipo de comentario nunca viene solo. Siempre viene espolvoreado de sentido común, con una guarnición de privilegio: Pero los contactos importan / pero you work, I network / pero el dinero mueve al mundo, etcétera.

Pero nada, responde él, y empieza a cambiarse de ropa, silbando.

Ella lo observa cambiarse los jeans no una, sino dos veces, quizá inseguro sobre cuáles impresionarán más a los jabalíes, aunque todos los jeans que tienen son iguales salvo por las manchas de pintura.

Mientras tanto, Tor nota la emoción creciendo en ella.

La idea de un día sin él es un regalo inesperado.

Como cuando era niña en la Ciudad de México y, a veces, el smog se ponía tan mal que declaraban un día de Contingencia Ambiental y cerraban las escuelas y ella y su hermana podían pasar el día entero con su mamá, en el museo.

Ya vestido, Philip dice: Puede que Signore Corsini esté ahí, es su cacería de cinghiale.

Pum, ahí está: sé que quieres que tu obra hable por sí misma… pero Signore Corsini puede que esté ahí y, como sabes, tu obra en realidad nunca es suficiente sin mí para promocionarla…

Pero Tor sólo contesta: Qué bien, ve tú y diviértete, yo llevo años diciéndote que no es necesario que estemos pegados todo el tiempo como siameses.

Él se sienta en la cama y coloca su frente en el espacio entre el cuello y el hombro de Tor.

Los rostros de ambos suben y bajan conforme ella mastica.

Él desliza su mano por detrás de ella y la abraza fuerte por la cintura.

Desde su cuevita en la clavícula de ella, él murmura: ¿Algún día harás lo que yo diga?

Sí, dice ella y se mete el final del pan cremoso a la boca.

Él levanta la cabeza. La mira con sospecha y pregunta: ¿Cuando estés muerta?

Juenaimsisifo, responde ella con la boca llena.

Él espera. Ella traga. Se chupa el azúcar y la grasa de cada dedo y, finalmente, canta su respuesta: When I’m sixty four.

Aunque llevan cinco años casados, cuatro siendo pareja y más o menos tres viviendo juntos, Tor y Philip nunca habían compartido un espacio tan reducido durante tanto tiempo.

Durante estas primeras semanas en la residencia, a ella la ha estado irritando más y más la presencia de él: la manera en que finge no notar sus investigaciones mañaneras, cómo desestima su espacio de trabajo en el suelo, el modo en que su silencio juzgón llena el ático como un vapor espeso.

Y sus vapores literales, también. Ronca, se suena con fuerzas, orina con la puerta abierta y toma siestas larguísimas a mitad del día que es imposible no interpretar.

Pero ahora que él por fin no está, a ella le entra una inquietud rara.

No es la primera vez que lo nota: la agitación de Philip la aterriza, y al revés, cuando él está tranquilo, la mente de ella empieza a girar sobre su propio eje, dándose de topes dentro del cráneo como pollo sin cabeza.

El estrés de él es molesto pero, si no está a la mano, entonces el de ella sube a la superficie.

Preocupaciones inútiles, amores no correspondidos, miedos irracionales: todos punzan y apuntan hacia un pozo de tristeza más hondo al que no quiere ni asomarse.

Así que, aunque había planeado quedarse en cama y disfrutar la soledad, termina levantándose y vistiéndose.

Se pone uno de los jeans que él dejó tirados en el suelo, una de las camisetas blancas, unas sandalias.

Zapatos y ropa interior es lo único que no comparten.

Descuelga del hilo las muestras de color que colgó a secar ayer y antier y hoy.

Va ya eligiendo y descartando mientras las apila.

Luego cruza lentamente los jardines del palazzo, fijándose en cómo la luz del sol atraviesa las ramas de los árboles y tiñe, entre la sombra danzante de las hojas, trozos de hierba en tonos que van de la miel quemada a la cáscara de limón.

El aire huele a pinos, lo cual aún le resulta un contraste sorprendente con el calor del día.

Las dicotomías aprendidas temprano son difíciles de soltar.

Viajó poco de niña, pero cuando lo hacía era para pasar la Navidad en los bosques fríos de Hidalgo (pinos) o la Semana Santa en las playas de Veracruz (calor).