Wishbone La separación o la unión (Umbría, 2005)
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La separación o la unión (Umbría, 2005)

Les designaron el ático.

Hay un baño amplio —mármol, cobre, madera oscura, pero también unas toallas rasposísimas, como para que nadie pueda decir que no se conservó, dentro del lujo, alguna conexión con el principio católico del sacrificio— y una recámara.

Es evidente que el ático se restauró con buen gusto, está bien insolado, se erradicaron las termitas del techo, se trató con cuidado a la madera y los espacios entre las vigas se resanaron y pintaron del mismo beige amarillento que reina en el resto del palazzo.

Se llama magnolia y es uno de los poquísimos colores que Tor nomás no soporta.

El espacio no es demasiado oscuro y sí sorprendentemente fresco para estar a la mitad de julio, en la mitad de Italia: un cuarto, de hecho, con una brisa agradable y constante.

Pero, de todos modos: un ático.

Philip puede ponerse de pie únicamente bajo la viga central.

En cualquier otro punto debe encorvarse.

El efecto le resulta tan cómico a Tor como desesperante a él.

Conforme pasan los días le parece más y más factible a Tor que tal vez hay algo operando más allá de la distribución aleatoria.

No que sospeche de Bettina, la mujer que les mostró el ático el primer día y les aseguró, como previniendo cualquier queja, «Los cuartos se designaron de manera aleatoria», ni de ningún otro de los organizadores, sino más bien del palazzo mismo.

Como si, fruto de una sabiduría acumulada siglo con siglo, el palazzo hubiera decidido asegurarse de que para cuando termine el verano, por el simple acto de estarse agachando todo el rato, este hombre habrá aprendido algo de humildad.

El hombre es Philip. El compañero de Tor.

Su marido, de hecho, aunque eso nunca lo mencionan.

Todo el mundo lo conoce a él por el mismo nombre que a ella: Tor.

Y es cierto que el otro Tor, piensa la Tor real, se merece el maltrato.

Porque fue él quien quiso sacarla de su amado estudio en París, él quien insistió en pedir esta residencia aunque ella había dejado en claro que no quería ir a ningún lado, él quien metió los papeles sin decirle nada y él quien, una vez que los aceptaron, declaró no que él se sumaría a la expedición sino que él iba y que ella debía acompañarlo y, encima, estar agradecida por la oportunidad.

Fue tramposo y egoísta y el palazzo lo sabe.

El palazzo no se lo perdona. Tor no le ha mencionado esta teoría a Philip.

Igual que no menciona la pequeña punzada hilarante que siente cada vez que lo ve encorvarse, seguida de un comentario amargo en su cabeza: de que sólo parece alto porque el techo es bajo, y también porque Andreas no está aquí para hacerlo ver chaparro por comparación.

Es posible que la Tor verdadera esté todavía un poquitín enojada con el otro Tor.

Todo un logro. Es muy difícil permanecer enojada con Philip por más de una tarde porque es encantador y se le hace un hoyuelo en el cachete cuando sonríe.

La brisa agradable y constante en el ático se debe a dos ventanas opuestas.

La primera da a un patio sin chiste, en donde Tor ha adquirido la costumbre de espiar al cocinero de la residencia mientras éste fuma.

Ella aún no tiene ni idea de cómo llegar a ese patio aunque, como puede verse desde su ventana, al menos una puerta y una ventanita dan ahí.

Incluso ha preguntado, pero al seguir las instrucciones recibidas siempre terminó en otros patios, más bonitos y más amplios.

Nunca en el sencillo patio cuadrado donde el cocinero, al que todo el mundo llama «il cuoco», fuma.

Es posible que se trate de un patio que existe sólo para él, y que para accederlo haya que pegarle tres veces a un sartén específico con una cuchara mágica.

A estas alturas más bien tempranas de la residencia, que durará todo el verano, lograr llegar a ese patio le interesa tanto como lograr entender qué está haciendo con su trabajo. Quizá incluso un poco más.

Las ventanas son un obvio resultado de la restauración del siglo XX .

Dos vigas de acero, discretas pero distintas de las de madera, permitieron las aberturas, cada una de dos metros de ancho.

Pero, debido al techo en dos aguas, las ventanas empiezan a nivel del suelo y terminan a la altura de la cadera.

Para apreciar la vista uno tiene que acuclillarse o de plano sentarse en el piso, que es exactamente lo que Tor ha estado haciendo por dos semanas.

Se sienta en el piso junto a la segunda ventana, desde que amanece hasta que anochece, salvo por las comidas, el baño, las caminatas, y los periodos que pasa espiando al cuoco en la ventana opuesta y que se inician en el instante en que siente el olor a cigarro.

Esta corta lista de actividades repetitivas está volviendo loco de remate al otro Tor.

En la primera ventana, Tor tiene un cuaderno pequeño donde anota todo lo que el cuoco grita, o a veces susurra, en su telefonino.

A Philip le dice que está aprendiendo italiano.

También dice que las palabras en italiano contribuyen una aportación muy importante para el arte sucediendo al otro extremo del ático, frente a la ventana dos.

Ante esta aseveración, Philip jamás logra contener el impulso de alzar al menos una de sus dos cejas pobladas.

Junto a la segunda ventana, Tor tiene instalada una suerte de alfombra gruesa hecha de periódicos viejos y, encima, una caja de acuarelas, tubos de tempera, pinceles, recipientes con agua.

Lo básico. Un poco demasiado básico para Philip, quien opina que, además de castigarse sola, Tor está reduciendo, casi destruyendo una gran oportunidad.

Hay que decir que Philip tiene un punto.

Porque uno de los muchos beneficios de la residencia es que viene con un espacio para trabajar.

Es sólo para ellos y tres veces más grande que el de París.

Tiene un rincón como de oficina y el resto es un amplio taller de artista, con ventanales que dan al jardín.

Está sólo a diez minutos del palazzo y sin embargo, en las dos semanas que llevan aquí, Tor sólo lo ha visitado un par de veces, por el internet.

Para checar sus correos en la computadora e investigar brevemente nuevos materiales.

Mientras tanto, los materiales que había tenido la intención de usar, cajas enteras de tela, sobre todo wax africano enviado desde Holanda, están apiladas en una esquina del estudio, esperándola desde antes de que Tor aterrizara en Italia, sin tocar.

A través de la segunda ventana, su verdadero taller de momento, puede verse el lago Trasimeno.

O no siempre puede verse pero siempre está ahí.

A veces las nubes o la niebla se lo comen y en la noche no se distingue de otros charcos de oscuridad que separan los pocos pueblos en las colinas.

Esta no es la primera vez que Tor visita Italia, pero ahora le parece que las otras veces nomás no puso atención.

Podría decirse, por ejemplo si le preguntaran el nombre de la ciudad a la que los llevaron ayer a comer gelato, que esta vez tampoco está poniendo atención, pero nadie diría eso al verla en el ático, pegada a su ventana baja, registrando obsesivamente los sutiles cambios de color del paisaje en un catálogo cada vez más grande.

Las muestras del día cuelgan, con pinzas de ropa, de un hilo transparente, como de pescar, que ató de una viga a la otra creando un tendedero en forma de zigzag.

Cuando se queda sin espacio descuelga las muestras y es cuando visita lo que Philip llama «el magnífico estudio» y que ella llama «el café internet», donde las abandona sin ningún ritual en una mesa de madera, simple pero enorme, con las patas metálicas pintadas de un rojo primario.

En el tour del primer día, Bettina les dijo que ese escritorio era una pieza de un diseñador de Milano, cuyo nombre Tor ha olvidado, pero cuya elección de rojo encuentra deplorable.

Sus muestras no pueden competir contra ese rojo.

De hecho nada en la naturaleza puede competir con ese rojo, excepto quizá una amapola.

Las muestras de Tor, tomadas en acuarela y gouache, son sutiles y, podría decirse, orgánicas.

Marrones y sepias, un degradado de azules que funden a negro, una variedad casi cómica, por escasa, de verdes.

No es que haga falta vegetación, sino que hay muy poca variación. Hay mucho verde, pero no muchos verdes.

Y luego están las nubes, que van del gris melancólico al blanco difuso.

A veces aparece el azul clarito clásico (y tan molesto, porque es imposible reproducirlo sin caer en la caricatura) de un cielo soleado.

La tierra ocre de los cerros. El rosa chillante de una alberca inflable abandonada en una azotea.

Y el hermoso terracota de una casona vecina.

Cada mañana Tor se despierta justo antes de las cinco, sin despertador, como si el palazzo le hubiera jalado los párpados.

Se envuelve en un chal, se pone calcetines y baja de la cama a los cojines junto a la ventana número dos.

Los materiales que dejó preparados la noche anterior la esperan, la invitan.

Ella los ignora. Abre la ventana apenas una rendija.

Siente el peso de mil piedras internas en el pecho.

Si fuera otro tipo de persona saldría a correr o a gritar, lo que fuera con tal de sacudirse la ansiedad, la nostalgia, las garras del duelo.

Pero no. Tor se sienta, entrecierra los ojos. Espera. Observa.