El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #13
Se murió Harriet, dice ella, y decirlo lo hace por fin real.
Real de un modo que había estado evitando al no soltar el teléfono, al repasarse la broma en tres actos e intentar regresar al enojo previo a la llamada: los hongos, la furia, todo menos la llamada.
Pero una vez que lo dice en voz alta la furia se esfuma.
La broma es su vida y las lágrimas se sueltan.
¿Qué pasó?, pregunta Andreas.
Un neumotórax, dice Vica: No sé ni qué es.
Es cuando se colapsa un pulmón y…
¿Cómo le voy a decir a Pina, cuando se despierte? ¿Y cómo le voy a decir a Mandi?
Yo le digo. Tu ocúpate de Pina, yo me ocupo de Mandíbula.
¿Sabes cómo encontrarlo?
Ya veré, no te preocupes, ¿qué más puedo hacer por ti?
¿Me contarías un cuento?
Ok… dice Andreas: ¿Uno del Struwwelpeter?
Sé que es una tontería, dice ella y empieza a llorar otra vez: Sé que es larga distancia.
No pasa nada, V, te voy a contar tu favorito, el del niño que mira al cielo, ¿sí?
Sí, dice ella: Gracias.
¿Quieres que te cuente una versión donde el niño no se cae al agua?
No, dice ella: Sólo quiero que al final pueda salir del río.
Genau, dice él: Siempre siempre saldrá del río.
Vica desdobla la escalera, la apoya contra el armario.
Subió sus maletas el día que llegaron, y no las ha vuelto a tocar.
La suya sobresale de un modo que solía molestarla pero que hace meses dejó de notar y que, esta noche, la reconforta: es un techito ínfimo, pero un techito suyo.
Desde que huyó de México con sólo una mochila, a Vica le gusta pensar en sí misma como una persona portátil.
Su maleta es su patria: un enclave, una embajada.
Se sube a la escalera y la baja. Pesa más de lo que recordaba: por un instante se desbalancea.
Había olvidado que la maleta está medio llena con cosas que nunca necesitaron aquí: abrelatas, cafetera, manta eléctrica: los pequeños lujos del nómada.
Saca todo y empieza a llenarla con lo básico: ropa interior, calcetines, cada categoría un viaje a los cajones.
¿Mejor hacerle una maleta separada a Pina?
No, no puede arriesgarse a que la niña se niegue a cooperar.
Medias, camisas, el uniforme. No, no. Será otra escuela donde sea que terminen.
Uniformes fuera. Un sólo peluche, el más viejo y querido.
Dos libros, un par de botas de hule, ahora la maleta está llena con cosas de la niña, eso no tiene sentido.
Saca casi todo y mete su mejor ropa: vestido mexicano bordado, suéter de lana y las botas que ya nunca usa pero que no se anima a tirar porque le recuerdan a la mujer que fue antes de todo o tal vez porque, como le dijo una vez a Harriet, son tan toscas que la hacen sentirse femenina.
Mira el reloj y entra en pánico. Desde la llamada, el tiempo ha transcurrido, a la vez, como agua y como chapopote: a la vez demasiado lento y demasiado rápido.
Tiene que empacar antes de que amanezca.
En el baño, agarra perfume, medicina, secadora de pelo, luego lo deja todo en el lavabo.
Sus movimientos son controlados pero aleatorios.
Va a la sala y se detiene frente al alebrije.
Pensó, por un instante, en robárselo. Fue un impulso idiota, es demasiado grande.
No está pensando claro. Se bebe de un trago el whisky que se sirvió hace horas.
Va al piano, la panza llena de piedras: levanta la tapa del banquito y saca las partituras, Harriet hubiera querido que Pina se las quedara.
Mira alrededor del departamento y siente tanto alivio como depresión de confirmar que nada le pertenece.
De vuelta al cuarto no hay espacio para las partituras, así que las abandona en el escritorio.
Ay, el escritorio. A pesar de estar furiosa con Harriet (¡por mentirle!
¡Por morirse!), siente una ola de gratitud por esta esquina.
Abre el cajón y saca todos sus cuadernos.
Para esos sí hay espacio, tiene que haber espacio.
Fue gracias a ellos que Vica volvió a sentirse, por primera vez en años, anclada en vez de flotante.
Descubrió que, en el cuaderno, puede abolir fronteras, construir nuevos mundos, imaginarse como directora de cine o artista performancera o, en realidad, artista de lo que sea, todas las artes caben en la punta de una pluma.
A través de esa punta, y del Pitman, una y otra vez escuchó lo que los dioses, o su imaginación —¿cuál es la diferencia?
, ninguna— tuvieron a bien dictarle. Vica transcribió y al transcribir se teletransportó hasta los mejores puentes, monumentos y museos del mundo y, una vez ahí, esculpió con materiales imposibles, tiñó cascadas, creó exposiciones de locos, desafió las reglas de la luz y la lógica y la pertenencia.
No puede abandonarlos. Saca las botas toscas y se las pone.
Luego saca casi todo lo otro. Mete los cuadernos al centro y cierra la maleta.
Dejarla así, casi vacía, es un lujo sin precedentes, como esa gente que no se acaba lo que tiene en el plato, como esa gente que se va temprano de una fiesta.
Ya está, es hora, tiene que despertar a su hija.
No. Algo en la maleta vacía es como un disparador, algo que la sostiene, la empodera, la empuja.
Vica de pronto se siente superwoman. O tal vez nomás se siente emputadísima.
Pero sea como sea se para y sale del cuarto: falta algo más.
En el refri, junto al número de la ambulancia que marcó hace un par de horas, hace una vida, hay otro número que nunca pensó usar.
Lo marca. En quince minutos, le dicen. Cuelga y regresa al estudio.
Mira a Pina dormida, la escucha respirar, siempre desde chiquita duerme con los ojos ligeramente abiertos.
Vica se hinca y hurga entre el desastre que dejó en el suelo.
Encuentra una bolsa de tela delgada y asas largas y con ella en la mano camina hasta la covacha.
Está temblando pero es precisa: llave mediana para abrir, parpadear hasta aguantar la luz, llave chiquita para la caja metálica.
Se abre la sudadera polar y se cuelga la bolsa del cuello, aplanándosela contra el pecho.
Uno a uno mete los tabiques de cincuentas, acomodándolos planos y encimados, como si levantara un muro.
Cuando están todos adentro de la bolsa sube el cierre del polar para fijarlos contra su pecho.
Se acuerda de cómo su mamá les ponía, en los días de más frío, hojas de periódico bajo la camisa.
Ya, ya, le susurra en la mente a su mamá: sería un desastre que se pusiera a opinar justo ahora.
Cierra la caja, cierra la covacha, entierra las llaves bajo la composta, cuando esté bien lejos le dirá a Mandíbula donde encontrarlas.
Que se encargue él de todo esto. Que le ayude su esposa.
Aunque está sudando, se pone otro suéter encima, uno muy holgado.
Le quedan cuatro minutos. Pero es un taxi, puede esperar, a partir de este momento Vica le puede pagar por esperar.
También, se le ocurre, ahora puede comprar nuevas partituras.
Se dobla hacia enfrente, sintiendo la bolsa dentro del polar dentro del suéter, nada se mueve.
Luego se sienta otra vez en el sofá cama y pone una mano sobre su hija. Mece suavemente las cobijas.
¿Qué es una cruz?, pregunta.
Una cruz es la separación o la unión de los caminos, balbucea Pina sentándose por reflejo. A estas alturas del invierno está acostumbrada a despertar a oscuras.
Sí, le dice Vica pasándole un suéter por la cabeza aunque aún tiene medio cuerpo tapado. Pina se levanta, se pone los jeans que su mamá le da. El camisón le cuelga sobre los jeans, como una falda.
Esto no es mi uniforme, observa.
No hay escuela hoy, dice Vica y le pasa unos calcetines gruesos, y se sienta en la silla del escritorio mientras Pi se los pone.
Sobre la madera yacen las partituras, las cremas, todo lo opuesto a los siete principios escoceses para No Dejar Rastro.
Hay un aura en el cuarto y Vica está intentando absorberla rápido.
Al ojo no entrenado le parecería luz eléctrica nada más, luz que emana de la lámpara verde con dorado, que Harriet le dijo proviene de quién sabe qué biblioteca histórica.
Pero Vica ve mucho más que la luz. Ve el aura de estos meses, del silencio, de la superficie en la que Harriet, con una máquina de escribir que reposa en el librero, escribió todos sus artículos, algunos de los cuales —no los mejores, según Harriet misma, sino los que tuvieron suerte, porque todo escrito es como un virus y lo que necesita para propagarse es, sobre todo, suerte— están en la pared.
Es un aura de tonalidad común, natural y trabajadora, sin decoraciones.
105, marrón madera: el color de lo duradero pero orgánico, del esfuerzo humano, de tantísimas setas.
Vica se enfoca en tatuarse el aura de Harriet en la memoria hasta que irrumpe en el estudio una luz naranja y bailarina.
Es nuestro taxi, dice.
¿Cuál taxi?, pregunta Pina: ¿Adónde vamos?
Vica transporta su atención del aura marrón a los ojos confundidos de su hija.
Le toma las manos e intenta transmitirle calma y seguridad a través del antiguo sistema de apretar fuerte.
Con ella en la silla y Pina de pie, miden exactamente lo mismo.
Vica se inclina y pega su frente a la de la niña.
El truco la lleva profundo en un instante.
La magia, la física, la energía que las une siempre, actúa de inmediato.
Tú y yo, dice Vica: Vamos a ir a encontrar el purple hue.