El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #12
De seis grandes contenedores de plástico brotan cientos y cientos de hongos.
De un vistazo nota cuatro o cinco tipos distintos.
No son grandes pero son muchos. Como una ciudad.
Color crema y chocolate y óxido, algunos recuerda haberlos visto antes, en manos de Harriet, pero impresionan más así, en grupo: impotentes pero intimidantes, como perros en jaula, como pandillas de preadolescentes.
Toca uno redondo y éste se abre, soltando una nubecita blanca.
Vica aparta la mano como si se la hubiera quemado.
Es una reacción tonta, sólo son las esporas y lo sabe.
La nubecita se disipa y la admiración se expande.
¡Harriet! Qué labor tan inmensa, cuánto cariño y dedicación, qué producción, por qué nunca se lo quiso presumir antes.
Tanta productividad. Y tanto orden, también.
Todo está etiquetado en algo que a un ojo sin entrenar le parecerían jeroglíficos, o garabatos, pero que para Vica ahora es evidente: Pitman.
Puede leer todas las etiquetas. Pero no entiende ni una: cámara de fructificación, cosechar, sustrato, cobertura, volteo, llenado, inoculados. ¿También a Alex le enseñó taquigrafía?
En una de las paredes de la covacha hay estanterías llenas de contenedores de plástico.
Salvo por el tamaño, son idénticos a las cajas grandes en el piso.
Pero los de las estanterías, en vez de tierra, contienen montículos de pedacitos de madera.
Y por entre las grietas de estos montículos brotan un sinfín de honguitos minúsculos de diversos tipos.
Es la guarda de maternidad, supone Vica.
Un criadero. Siente tanta admiración que le duele el pecho.
Justo cuando empezaba a conocerla, casi a darla por sentada, Harriet volvió a sorprenderla.
Qué persona más rara y más mágica, qué suerte ser alojada por ella.
Al final de una estantería, en otra caja transparente, hay un montón de papeles.
Vica saca un puñado y se pone a hojearlo.
Son, sobre todo, recibos de materiales. Pero también hay recortes de revistas y artículos, Vica se detiene sólo en los de Harriet.
Entiende de inmediato la esencia de sus argumentos.
Harriet defendiendo los hongos. Harriet explicando el Drug Act de 2005 que, en un solo día, clasificó a la psilocibina, es decir a los hongos alucinógenos, previamente considerados inocuos, como una sustancia clase A, es decir como una droga igual que la heroína o el crack.
Incluso a través de su escritura elegante y clara, Harriet suena furibunda.
Cultivar estos hongos, tenerlos, compartirlos, recogerlos en el campo, de pronto equivalía a siete años en prisión. Venderlos, a una sentencia de por vida.
En la esquina hay dos o tres contenedores de plástico de los grandes, vacíos y sin usar.
Están apilados y tapados y cachan los isquiones de Vica cuando se le doblan las rodillas.
Quién sabe qué es una cámara de fructificación pero suena a lo que está pasando en su interior: tantas cosas germinando, madurando, pudriéndose dentro de ella.
Quiere ver más y también desverlo todo. Sus ojos juegan al ping-pong del pánico y aterrizan en una caja distinta, la más pequeña.
No es de plástico como todas las otras sino de metal, verde oscuro, seguramente un botiquín.
La levanta y la encuentra cerrada. De inmediato sabe que para esto es la llave más pequeña.
Abrirla resulta muy similar a cuando abrió la covacha.
No está llena de luz, pero brilla a su manera.
Y está igual de ordenada. Vica extrae un tabique de billetes y le resulta, al tacto, tan alienígena como el hongo que le escupió una nube de esporas hace sólo unos minutos.
El dinero no exhala nada pero su nube igual es perceptible, hipnótica.
Es todo tan de película que a Vica le entran ganas de reírse.
Veinte billetes de cincuenta libras, es de lo que están hechos la mayoría de los tabiques.
Vica ni siquiera sabía que existían los billetes de cincuenta.
Tienen a la reina, como todos los demás.
Hola, su Majestad. Su Majestad multiplicada por veinte, multiplicada por…
docenas. Cierra la caja y echa la llave.
Con el corazón latiéndole fuerte, Vica cruza el jardín, abrazándose contra la humedad de la noche, calculando en la cabeza.
Podría haber veinte mil libras ahí, podría haber treinta mil o más.
Piensa en «La cucarachita Martínez», un cuento que les contaba su mamá, donde la protagonista, una cucaracha muy pobre, se encuentra una moneda y luego se pasa el resto de la historia sopesando cómo se la va a gastar.
¡Shhhh!, hace Vica, previendo el comentario o la complicidad de su madre en su cabeza.
Quiere concentrarse en el enojo. Aquí lo ético es ponerse fúrica y para demostrarlo quisiera patear algo, pero teme hacer ruido, así que sólo pisa fuerte el pasto una y otra vez: un berrinche, era la cuidadora y ahora es el párvulo.
Se enoja aún más al recordar a Harriet diciendo: Yo no soy muy de negocios.
¿O tal vez Harriet no sabe? Tal vez es todo Alex.
No, claro que no, Vica no se puede mentir ni un instante más, si antes no lo quiso ver, ahora no hay manera de recuperar el velo. Entra a la casa y cierra la puerta con seguro, pero el enojo le impide estarse quieta, da vueltas por la sala, se sirve otro whisky pero luego no lo bebe.
Se queda por fin sentada y entonces el ping-pong se traslada a sus adentros.
Pasa de un sentimiento a otro (del enojo a la curiosidad a la intriga a la confusión) a gran velocidad y, al mismo tiempo, como a cámara lenta.
Cuando la furia regresa, está dirigida en contra de ella misma.
No sólo falló en cuidar a Harriet, sino también en verla por quién es.
Vica falló también en cuidarse ella y a su hija.
Bajó otra vez la guardia. Claro que todo era demasiado bueno para ser cierto.
Por una vez no vivían en un chiquero, por una vez Pina tenía estabilidad más allá de los ritmos de la escuela de gobierno, pero todo era una mentira, una nube de esporas, porque todo estaba sucediendo en una casa que es una mina, una trampa.
Leyó en uno de los recortes la historia de los dueños de un edificio donde había una discoteca: serían sujetos al proceso penal aunque juraban no haber sabido que se vendían hongos dentro de su inmueble.
Entonces ¿qué pasaría con las dueñas de departamentos de ensueño?
¿Y con sus cuidadoras? Y cuando escriben «el inmueble», ¿eso incluye a los niños dentro?
El segundo acto rompe el patrón al romper el patrón en el segundo acto.
Vica escribe una retahíla de mensajes de texto furiosos, que luego no manda.
Un residuo de instinto, o un residuo de haber vivido en México y haber intentado en vano encontrar a su hermana desaparecida, o quizá nomás un residuo de las novelas policiacas que ha leído, le advierte que debe seguir los lineamientos de No Dejar Rastro.
Cuando el teléfono suena, Vica pega un brinco.
Seguramente Harriet va a decirle, con su voz de inocente, que pasará la noche allá porque ya es muy tarde, y que le prepare huevos rancheros para el desayuno.
Pero ni la costilla rota es excusa y Vica contesta dispuesta a pronunciar en voz alta su ultimátum: O te deshaces de todo eso o nos vamos nosotras.
Pero no es Harriet al teléfono.
De hecho, la llamada es el segundo acto y el segundo acto es la broma.
La llamada destruye todo y, de paso, restablece el orden de las cosas dentro de la jerarquía que Vica conoce y entiende: la supremacía de la pérdida.
No es verdad, concluye Vica después de su recuento.
¿Cómo es eso que dice Andreas? ¿Que la solución más sencilla es la más probable?
Exacto: no está sucediendo. No es real, no está pasando, es una broma.
Vica aún tiene el teléfono inalámbrico en las manos y nota que se sacude levemente.
Sus manos tiemblan y también sus piernas.
No es real y por ende merece ser tratado como un chisme.
Como una papa caliente, hay que pasársela al siguiente.
Pica botones del aparato y en la pantallita desfilan los últimos números usados, está buscando un 34: España.
Mallorca está en España, se dice a sí misma: España está en Europa, no está lejos, Mandi puede llegar hoy mismo.
Pero antes del 34 se le aparece un 52: México.
Andreas está lejos, no puede llegar hoy ni la puede ayudar, pero de todos modos ya le está marcando, pip, pip, pip, Andreas odia los chismes.
¿Bueno?, contesta él, como si fuera mexicano.
Hola, dice ella.
¿Vica?, dice él. ¿Qué pasó?
Pina está bien, dice ella y él exhala de un modo tierno y desconcertante que no le conocía.
¿Y tú estás bien?, pregunta él.
Sí… empieza Vica, pero no logra seguir.
Qué bueno que me llamas, dice él tomando las riendas tras un breve silencio: Estoy un poco preocupado por Agrippina, por su imaginación.
¿Su imaginación?
Sí, necesita un Auslauf.
¿Lauf no es risa?
Una salida, dice él: Necesita una manera más productiva de salir, ahora que Lulú ya no…
Qué alemán de tu parte, dice ella: Querer que la imaginación sea productiva.
Qué mexicano de tu parte, dice él: Tenerle miedo a la palabra productiva como si fuera a morderte la nalga e infectarte de propósito. Pero, ya, en serio, creo que está inventando cosas.
¡Claro que está inventando cosas, tiene ocho años! Vica no tiene idea de cómo llegó a esta conversación.
¿Y no te parece un problema?
No, dice ella: Porque Pina no sabe mentir, se le pone roja la cara, como a su papá.
Oh, dice él.