El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #11
El recuerdo le provoca una sonrisa, que se borra cuando al otro lado de la puerta corrediza percibe un movimiento.
Va al vidrio y junta las manos y pega la nariz a la puerta para poder ver más allá de la luz reflejada.
Pero no ve nada. Tal vez fue una ardilla.
Los cobertizos están cerrados y Alex no se ve por ningún lado.
Debe de tener llave directa al jardín porque Vica nunca hasta hoy lo había visto dentro de la casa.
Echa el seguro a la puerta y piensa que le preguntará a Harriet después de dormir a Pina: Él no tiene llaves de la casa, ¿o sí?
No lo quiere cerca. Está frío el vidrio de la puerta.
Estoy iluminada, piensa de nuevo, pero esta vez el recuerdo sólo le provoca dolor.
Vica nunca sabrá si perder a su hermana hubiera dolido menos si su hermana no hubiera sido tan luminosa. O si supieran lo que le pasó.
Porque en realidad sí es posible chocar y hundirte e incendiarte, todo al mismo tiempo. Esto es, de hecho, lo que te pasa cuando nadie sabe qué te pasó: todo te pasó.
Es un chiste, piensa Vica inmediatamente después de colgar el teléfono. Es una broma de mal gusto. Una broma insoportabilísimamente larga: veinticuatro horas y contando. Un chiste en tres actos.
El primer acto establece la domesticidad, hecha de horas juntas concentradas, practicando el piano y el Pitman y la jardinería de hongos de cocina, tres artesanías sin relación una con la otra pero entretejidas por la presencia de las tres artesanas.
El primer acto fue, ahora le resulta obvio, demasiado bueno para ser verdad.
Debería haberlo notado, conforme los días se volvieron cortos y el otoño dio paso al invierno, a la Navidad acechando, Vica debió saber que tanta calidez de interiores no era normal, que no podía durar.
Se queda sentada donde colgó el teléfono, tratando irracionalmente de entender en qué momento se equivocó, en qué momento bajó otra vez la guardia.
¿Fueron los paseos? En el primer acto, Vica aprendió a pasear.
Durante meses, cada mañana, habiendo dejado la casa limpia y el desayuno listo, después de dejar a su hija en la escuela, Vica camina como si andar sin destino fuera su destino.
Cuando ya no puede de frío se mete a algún sitio y se toma un café caliente y caro, algo que antes jamás se hubiera permitido.
Luego sigue caminando y sonríe como una turista, como una imbécil cuando al doblar una esquina encuentra una calle llena de luces.
Hileras de foquitos que conectan las fachadas de ambas aceras como una telaraña encantada.
Y entonces Vica, que usualmente detesta la época navideña (porque hace años que le significa nada más limpiar el doble por el mismo sueldo, y angustiarse de todo lo que no le puede dar a su hija: no tanto los regalos, que siempre consigue, sino una chimenea, una familia, una cantidad estúpida de lucecitas y la no tan estúpida felicidad que encienden), se emboba con las decoraciones.
Siente como que ha llegado a algún lugar, a otro plano, a una vida decente que, por primera vez en años, no quiere cambiar por otra.
Al principio del año se salvó del hombre ese, y estaba pensando para qué me fui de México, estoy en peligro en todos lados.
Pero ahora el año va a cerrar muy distinto, y ella es ya distinta, y pronto van a ser diez años de que desapareció su hermana.
¡No! No te pongas a pensar en eso ahora.
Piensa en los foquitos. Piensa en el escritorio.
En los artículos enmarcados en la pared.
Qué tal si ella enmarcara uno de sus textos, ¿no sería un buen regalo de Navidad para Harriet?
No. No seas tonta. Piensa en la cena de Navidad, mejor, en qué vas a cocinar.
Se detiene en una esquina y compra un gorro de Santa Claus en un puesto.
Luego se siente aún más tonta por esa compra impulsiva y luego, sin transición, avergonzada de estar viva.
Y avergonzada de haber intentado enterrar el pensamiento (se van a cumplir diez años) bajo un poquito de oropel.
En cuanto vuelve al departamento Vica sabe que no hay nadie, por la ausencia de Radio 4.
Camina hacia la esquina-galería y le pone al alebrije gigante el gorro de Santa.
Ve lo que imaginaba: la puerta corrediza no tiene el seguro puesto, lo que significa que Harriet debe de estar en la covacha, o en el cobertizo.
De todos modos Vica siente la necesitad profesional de verificar y sale hasta su frontera permitida, el bote de la composta, desde donde grita: ¡Ya regresé!
El cobertizo tiene la puerta abierta, inusual para un día tan frío. Tiene prohibido acercarse pero cuando no hay respuesta a su segundo o tercer aviso, Vica camina hacia la puerta abierta.
¿Harriet?, pregunta.
En cuanto mete la cabeza la oye: un quejido.
¡Harriet!, grita Vica cuando la encuentra, tirada en el piso entre filas de grandes cajas de plástico y costales de fertilizante.
Vica se acuclilla: ¿Qué pasó?
La buena noticia, dice Harriet, con dificultad: Cadera ok.
Ok, dice Vica, ahora a cuatro patas para poder oírla bien: ¿Cuál es la mala noticia?
Costilla, dice Harriet: Creo. Cada palabra que exhala es como un pajarito sin aliento.
Mierda, dice Vica: ¿Llamo a una ambulancia?
Las costillas… rompen… muy fácil.
El comentario pedagógico calma un poco a Vica, pero el tono no.
Llama a una ambulancia y luego se pasa los siguientes diez minutos yendo y viniendo del cobertizo, no atreviéndose a mover a Harriet pero preocupada también de no oír el timbre cuando lleguen.
Pone agua a calentar y luego se da cuenta de que no podrá beber un té en esa posición.
Le lleva mejor unas cobijas. Encuentra analgésicos y luego no se los ofrece, no sabe qué es lo correcto.
Se para en la puerta, se acuclilla junto a Harriet, que intenta decir algo.
Vica le aprieta la mano y le pide que deje de hablar, que no gaste su energía.
No hace falta oír el timbre porque la ambulancia llega con la sirena puesta. Sacan a Harriet en una camilla. En la calle, Vica pide ir con ella pero Harriet misma la despacha: No… tu Pina… yo regreso… cena… lentejas.
Vica acepta de malas que no será de mucha ayuda en el hospital. No pudo ni contestarles a los paramédicos la pregunta de qué provocó la caída.
La edad, contestó Harriet.
Harriet no regresa para cenar. Pina y Vica se comen las lentejas sin hablar, como si no quisieran molestar a la ausencia de Harriet, que tiene forma, ocupa espacio.
¡Va a estar bien!, le asegura Vica a su hija.
Pero no logra quedarse quieta. Incluso después de que ya limpió todo y Pina practicó sus escalas y se fue a dormir.
Vica le quita el vergonzoso gorro al alebrije y luego se lo vuelve a poner.
Se sirve un dedo de whisky y lo bebe de golpe.
Le quema la garganta. Ojalá estuviera Mandi aquí.
O Andreas. O incluso Alex. ¿Dónde estaba el pinche Alex cuando Harriet lo necesitaba?
¿Y por qué se cayó Harriet? ¿Se tropezó, se desmayó?
Va a tener que hablar con sus doctores porque duda que Harriet confesará, si es que se acuerda.
Carajo, Vica estaba a cargo y, en vez de cuidarla, la dejó comportarse como una niña consentida, demarcando zonas prohibidas, zonas donde era imposible cuidarla.
Quién sabe cuántos peligros esconden la covacha y el cobertizo: madera podrida, zonas resbalosas, clavos oxidados, se podría haber pegado en la cabeza al caer, se podría haber roto mucho más que una costilla.
Vica desliza la puerta y sale al jardín.
Se detiene en la composta por costumbre, pero luego se empuja a seguir.
No ha pasado un minuto afuera y ya está titiritando de frío.
Pero le sienta bien, el aire fresco, le vacía la cabeza por un instante.
Mira al cielo, algunas pocas estrellas son visibles a pesar de la mucha luz que emana la ciudad.
O tal vez son planetas, no tiene idea. Los planetas, cree recordar, son más estables, no están muriéndose todo el tiempo como hacen las estrellas, así que se dirige a los planetas cuando envía un rezo por que Harriet regrese pronto y sana.
Revisa el cobertizo donde sucedió la caída pero es difícil bajo el único foco débil que lo ilumina.
Ya no va a dejar que Harriet pase tiempo sola aquí.
Y va a insistir en que pongan más luz, no se ve nada.
Se encuentra tiradas las llaves de Harriet y se las guarda en el bolsillo.
Pero no hay mucho más que pueda poner en orden.
Incluso en la penumbra es evidente que el siniestro de Alex es muy organizado.
Debería checar la covacha ahora, pero la encuentra cerrada.
Va a volver al departamento cuando recuerda que tiene las llaves en el bolsillo.
La humedad del pasto penetró sus pantuflas y le castañetean los dientes.
Prueba la llave más pequeña y no funciona.
Pero la segunda sí. Abre la puerta y tiene que cerrar los ojos.
Da un paso atrás, como si la hubieran empujado.
Al revés del cobertizo, la covacha está tan iluminada que Vica debe parpadear varias veces antes de poder abrir los ojos.
La luz proviene de una serie de lámparas LED, o algún otro nombre exótico para decir demasiado pinche potentes.
El efecto, además, se multiplica gracias a que el techo está cubierto con mantas reflejantes.
Le duelen los ojos. Es todo tan raro que le toma un momento descubrir qué están iluminando (¿o calentando?) las lámparas. Esto es lo que ve: