Wishbone El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #10
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El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #10

Hoy Pina está abierta como estrella de mar y no se hace ni un poquito para allá cuando Vica se mete bajo el edredón.

El Pulpo, es como la apodaban de pequeña: toda extremidades.

Vica empuja suavemente un brazo, una pierna, tratando de hacerse espacio.

Conforme se acomoda puede sentir la estructura huesuda de su hija contra su propia carne, más amplia y más blanda.

Le es imposible no pensar en sus cuerpos como trazos de taquigrafía: líneas y curvas.

Letras en un alfabeto extraño donde, como con el Pitman, no se trata ni de significados ni de ortografía.

Se trata simplemente de un código compartido, el código Vica-Pina, y de encontrar una y otra vez la flexibilidad suficiente para resonar juntas, sin importar cuánto cambien ambas.

Se trata de la niña creciendo como si fuera una carrera hasta que un día, Vica lo sabe, no cabrán en el mismo enunciado, no compartirán ni cama ni, seguramente, casa.

Pero por ahora aquí están: un palito, un semicírculo, trazo suave o trazo fuerte, el cuarto imbuido en sus respiraciones que, poco a poco, se sincronizan.

Vica quisiera poder embotellar el sentimiento, o por lo menos aprendérselo de memoria.

Manda un rezo difuso, pidiendo que aun si sus caminos se separan, nunca se bifurquen del todo.

Vica no da esto por sentado. Para nada. Sabe (y teme) que todo puede romperse, separarse, desparejarse.

Creció en un cuarto como éste, donde siempre había otra persona, y luego esa persona dejó de estar.

Rara vez se deja pensar en esto. Al instante su estómago se contrae como si la acuchillaran.

La ola de duelo viene y esta vez no intenta frenarla.

Se gira y gotea y deja que la almohada se empape.

Luego de un rato para de llorar y está como a la orilla del mar, revolcada pero, al mismo tiempo, intacta.

Se gira hacia el otro lado, de frente a su hija y le pasa un brazo por encima.

Pina suspira en respuesta, pero no se despierta.

El día que Agrippina salió de su cuerpo, Vica levantó su rostro frente al de ella y descubrió este truco del magnetismo o de la maternidad.

Que sus frentes al juntarse emiten una frecuencia suficientemente poderosa como para acallar el mundo afuera e incluso, aún más difícil de lograr, el ruido de adentro.

Nunca le ha dicho a Pina del truco de las frentes, pero está segura de que ella también lo siente, incluso ahora, incluso dormida.

Es un truco de magia pero también algo de la física.

Una suerte de estática compartida, un intercambio de ondas de energía.

Andreas seguramente no estaría de acuerdo pero Vica está segura de que están todas emparentadas, la física y la magia y la energía: una y la misma.

La tormenta arreció, dice Pina parada en un banquito, frente a la estufa.

Tiene la carita inclinada sobre el vapor de una olla.

Está todavía de uniforme y con una cuchara de palo revuelve algo en la olla, hasta que se detiene para hacer un énfasis en su historia: ¡Y entonces sus papás se estrellaron contra el mar y nunca más los volvió a ver!

No te puedes estrellar contra el mar, dice Harriet, que está a su lado, una mano apoyada en la muleta y en la otra una espumadera. Explica: O te estrellas contra algo duro, o te hundes, y tal vez te ahogas, en el mar. ¡Sigue dándole vueltas o el huevo se te va a hundir como el barco!

Pina está aprendiendo a pochar huevos. Harriet le advirtió que lo único más difícil que pochar bien un huevo es poner un huevo cuando no eres una gallina. Al oír esto, la mamá dentro de la cabeza de Vica protestó: Pinche Harrieta anda condicionando a mi niña para el fracaso.

Cada vez que Harriet le presenta un reto a la niña, la abuela muerta se angustia.

Pasó lo mismo con Bach y ahora Pina lo toca sin mirar la partitura.

Es verdad que resulta que Bach escribió unas piezas muy sencillas, pero ése no es el punto.

El punto es que tú y yo calladitas nos vemos más bonitas, le resume Vica a su mamá.

Entonces ¿cuál fue?, pregunta Harriet.

Las dos, dice Pina: La mamá se estrelló contra un iceberg y el papá se hundió y también se ahogó. ¡Y luego los dos se incendiaron!

¡No te puedes incendiar en el mar!, protesta Harriet.

Vica se ríe, y luego pega un grito que hace gritar a las otras dos. Harriet además deja caer un huevo crudo que explota en el piso.

Ay, por dios, dice Harriet: Si sólo es Alex.

Es sólo Alex, parado al otro lado de la puerta corrediza, los ojos bien abiertos frente a la gritadera que provocó, aunque apenas visibles bajo la capucha de la sudadera negra, siempre subida.

Abre y cierra la puerta con una mano, mientras con la otra coloca en la mesa una caja de plástico llena de macetas minúsculas, cada una con un poco de tierra y, tal vez, semillas de algo.

No es la primera vez que Vica piensa que debe exigir un trato justo: si ella y Pina no pueden pasar de la composta para aquel lado, ¿por qué Alex sí puede cruzar de éste?

Déjame a mí, le dice Alex a Harriet, quitándole el trapo de las manos y agachándose a limpiar.

Ah, opina la mamá de Vica: Sí sabe hablar el muchacho.

Eché a perder otro huevo, se lamenta Pina, mientras Harriet lo saca de la tormenta con la espumadera. Parece un pulpo muerto en la cuchara, pero Harriet dice: Este me lo comeré yo. Luego le pasa un huevo nuevo a Pina y dice: La tercera es la vencida.

Alex, aún limpiando el piso, dice: La tercera forma el patrón.

¿Qué?, pregunta Vica, que aún está sentada pero dejándole menos peso a la silla, porque su cuerpo opina que es ella quien debería pararse y limpiar y asegurarse de que no quede pegajoso el piso.

Pero Alex parece leerle la mente porque va al lavabo y enjuaga el trapo y regresa a la mancha para quitar los últimos rastros y mientras hace todo eso explica: Se necesitan tres instancias para establecer un patrón. Por ejemplo si te digo dos, tres, cinco, ya sabes qué sigue.

Siete, once, trece, dice Pina sin dejar de menear la cuchara.

¡Muy bien!, le dice Alex como si fuera su profesor: Estoy impresionado, mi hermanito ya tiene doce años y no me supo contestar.

Es porque yo tengo un papá científico, dice Pina sin adornos ni comentario.

Vica está confundida: Dos, tres, cinco, siete, ¿qué?

Harriet se apiada: Son los números primos.

Ah, piensa Vica: Ya veo el patrón, hay tres personas inteligentes y luego tú, siempre la más tonta en el cuarto. Pero sólo dice: Cuando yo era niña contábamos chistes en tres actos.

Eso suena insoportabilísimamente largo, dice Pina.

Todos los chistes tienen tres actos, dice Alex.

Es hora de sacarlo, dice Harriet, a propósito del huevo.

¿Cómo?, dice Vica, tratando de no mostrar la irritación que siente cuando Alex saca una silla y se sienta a la mesa, frente a su charola de semillas.

En el lavabo llenó algo de agua y ahora Vica puede ver que se trata de un gotero, con el que se pone a alimentar las macetitas con tierra, como si fueran gatos recién nacidos.

Primer acto, dice Alex: Estableces el tema del chiste. Segundo acto, estableces el patrón. Tercer acto, rompes el patrón.

Vica protesta: Pero si acababas de decir que toma tres repeticiones establecer un patrón.

¡Ja!, grita Harriet desde la estufa, consumida por un placer sofista.

Haberle provocado esto alegra mucho a Vica, le recuerda cómo era vivir con su hermana y ganarle, a veces, aunque la verdad las menos de las veces, en la competencia permanente de arrancarle a su madre una sorpresa, una sonrisa.

Alex termina de hidratar las macetas y luego las levanta una por una y les da dos golpecitos antes de reacomodarlas en la caja. Vica por primera vez logra ver, quizá, tal vez, por qué Harriet lo llama «dulce». Él la cacha mirándolo y le pide: ¿No nos vas a contar un chiste en tres actos?

Vica intenta recordar alguno pero nada le viene a la mente. Entonces intenta explicar cómo funcionaban: decías tres cosas similares y luego preguntabas ¿Cómo se llamó la obra?

Pina pone los ojos en blanco.

Ya te acordarás de alguno, dice Harriet.

En medio de la noche, dice Alex, mirándola a los ojos con un destello de algo que Vica percibe como amenaza.

Dura un segundo, pero Vica está segura de no haberlo imaginado.

Luego Alex se pone de pie, levanta su charola, les da las gracias y sale de la cocina como un intruso bien educado.

Vica está confundida. Es dulce, pero también siniestro.

O no, no, está proyectando otros hombres en el pobre Alex, déjalo en paz.

Pina y Harriet celebran un huevo pochado perfecto y Vica se acerca a verlo. Cuando acumulan varios, las manda a la sala mientras ella pone la mesa, prepara una ensalada, corta pan.

Harriet y Pina ponen la canción de Loch Lomond en el tocadiscos.

Es algo que escuchan con frecuencia, en bucle, como si fueran dos adolescentes, o dos bebés adictas a una misma sonatina, y luego Vica no logra sacársela de la cabeza, a veces durante el día se encuentra a sí misma sin razón tarareando: I’ll take the high road, and you’ll take the low road y preguntándose si bonnie es un término cariñoso o despectivo y, sobre todo, preguntándose qué es exactamente el «purple hue» de la canción.

¿Es lluvia o niebla o aura? Y de qué morado, exactamente, se trata.

Vica nunca ha estado en Escocia y se la imagina más bien verde o tal vez azul, pero morada no.

Le hace pensar en cómo, cuando tenía la edad de Pina, su hermana le enseñó a entrecerrar los ojos para poder distinguir bien un color.

Una vez, Vica le dijo: Estás obsesionada con los colores.

Y su hermana, siempre traviesa, siempre coqueta, contestó: ¡Más bien estoy iluminada!