El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #9
Conforme avanzan las semanas, Harriet mejora.
Deja de comer en charola e incluso empieza a bañarse sola.
Por las noches cenan juntas las tres, en la mesa de la cocina.
Si Vica se distrae, Harriet intenta lavar los platos con una mano.
Tanta independencia desorienta a Vica. No siempre sabe qué hacer consigo misma.
Sobre todo porque había adoptado la costumbre de levantarse temprano, adueñarse de una hora de silencio en el escritorio, y luego ponerse con cualquier tarea de la casa, de modo que para cuando se despertaban sus cargas, es decir Harriet y Agrippina, ella ya había limpiado la mitad de la casa.
Esto funcionó muy bien mientras Harriet necesitaba cuidados constantes, pero ahora Vica ha perdido el ritmo y hasta el rumbo.
Con frecuencia se le ve girando por la casa, con ganas de, pero sin atreverse a, volver al escritorio, o echarse a leer.
No cree tener derecho a estar quieta, o tal vez nomás ya no se acuerda cómo se hace eso.
Su energía desubicada contrasta con el inmenso sentido del propósito de la anciana, que siempre tiene un plan claro y al menos una meta concreta para su día.
Cada vez pasa más tiempo en el jardín con Alex, dentro de los cobertizos.
Vica ya hasta pidió que la dejen participar, pero Harriet contestó con un amable y firme, y quizá ligeramente condescendiente, No.
Entonces Vica decidió confrontarla sobre el estado del jardín: ¿no será que le paga a Alex para nada?
Harriet se lo tomó personal. Dijo que no puedes apresurar a la naturaleza y que la jardinería es 5% trabajo y 95% paciencia. Que ya verá en la primavera y que por qué no, querida, te sales de la casa, te hará bien cambiar de aire, vete a dar un paseo.
¿Pasear?
A Vica la noción le resulta ajena.
Pero se lo toma como tarea. Por primera vez en una década, Vica tiene un poco de dinero extra y un bastante de tiempo libre.
Se obliga a pasar más tiempo fuera de casa, respirando el aire fresco, que en realidad está frío y húmedo y contaminado, perdiéndose en las calles de Londres, que antes siempre recorrió a toda velocidad, llena de urgencia.
Ahora explora con calma toda una serie de barrios distintos, cada uno es un mundo.
Desarrolla una ligera adicción a las tiendas de segunda mano, donde se reta a comprar prendas sólo si puede emparejarlas con su opuesto cromático: pantalón amarillo y suéter morado; falda azul turquesa con camisa mandarina.
Vestirse de colores complementarios es un viejo hábito que creía haber dejado atrás con el duelo y, luego, con la maternidad, pero que de pronto le parece algo vital, algo esencial, casi la definición misma de quién es ella bajo las capas y los roles que fue adquiriendo en la última década.
Pero quizá la verdadera revelación no son los lugares que visita o los hábitos que recupera, sino, simplemente, el paseo en sí.
La libertad de caminar sin mapa ni hija ni prisa ni plan.
No se lo cuenta a nadie ni sabría cómo explicar la alegría simple, pero inmensa, de este acto casi prohibido, el acto de ir por ahí sin tener donde ir.
Es la ligereza real, física, de caminar sin ir cargando sus herramientas de trabajo como en todos los años anteriores, pero también una ligereza más difícil de explicar pero que ella vive como algo concreto, casi místico.
Los huecos que dejó Harriet al ir sanando, de pronto Vica no sólo no quiere llenarlos, sino que los atesora: pasa una, dos, hasta tres horas afuera, sin más faro que el perderse.
El resto del tiempo, Vica limpia, cocina, masajea a Harriet, lleva y trae a Pina y, pese a todo pronóstico, practica obsesivamente su Pitman.
La taquigrafía se juzga, a decir de su profesora, no por la pulcritud sino por la velocidad.
Como mínimo, Vica debe lograr anotar 150 palabras por minuto.
Usa Radio 4 (la estación de la BBC que Harriet tiene puesta todo el día, su música de fondo), y transcribe lo que sea que esté pasando al aire.
Si se detiene tiene que levantar la vista y lo que encuentra, por lo general, es a Harriet con la nariz en un libro y a Pina practicando escalas en el piano, y es demasiado.
Le da vértigo. Un vértigo ambiguo. Una especie de felicidad tranquila que la espanta.
No porque no crea que es real sino porque no cree merecerla, sabe que esto no era para ella.
Vica ha tenido buena suerte, para alguien tan sinsuerte, y para bien o para mal todo lo que tiene hoy se lo debe a una pérdida.
Se identifica, sobre todo, con los rateros que llegan a saquear después de un temblor.
Y es por eso que, aunque difícil, su vida previa, su vida nómada, le sentaba mejor. Una vida a la medida de un ladrón.
En los cuatro años que llevan en Londres, se han mudado unas diez veces.
Compartieron muchos departamentos y, una vez, una casa con una familia enorme.
Ésa fue quizá la peor de todas y Vica tuvo que empacar y huir un día mientras Pi estaba en la escuela, porque uno de los tíos la atrapó contra el muro en un callejón atrás de la casa.
Logró escapar de casualidad, gracias a un repartidor que pasaba por ahí.
Fue un recordatorio de cuánta suerte tiene, porque suerte en este mundo de hombres es simplemente llegar al final de una frase sin que te interrumpan, llegar al final de un pasaje subterráneo sin ser interceptada, sacar la basura sin que te atrapen como mariposa bajo alfiler, llegar al final de una fiesta, de una noche, de una vida sin que te violen.
Pero justamente porque es pura suerte, no es posible bajar la guardia.
Vica había bajado la guardia en esa casa, confiado de más en la presencia de tanta gente y al escapar se juró que nunca más se descuidaría.
Se juró cuidarse mejor, a ella y a la niña también, a la niña sobre todo.
Se juró nunca más vivir con hombres, con cualquier hombre, con ningún hombre.
Se mudaron entonces a un estudio minúsculo que se chupaba más de la mitad de su salario pero que hubiera sido maravilloso salvo por la infestación de chinches de cama.
Probaron de todo pero, al final, las chinches ganaron esa batalla usando el mismo modelo que usan las hegemonías, las monarquías y el patriarcado para ganar siempre: el abuso de sus recursos.
Las chinches se reían de los métodos sistemáticos de Vica, le desangraban la imaginación, le robaban cada noche el poquito de energía que tenía al final de la jornada laboral.
Dejaron el estudio con la cola entre las patas.
Cuando Mandíbula se presentó en la central, Vica y Pina estaban viviendo en un cuarto rentado a una prima de Ginny, que tenía tres gatos y dos perros y les cobraba extra cada vez que se bañaban o prendían la calefacción.
Es por todo eso que ahora, algunas mañanas, Vica sale al jardín y se para donde pega un rayo de sol y le da las gracias a una serie de dioses sin nombre en los que no cree pero sí cree.
En ninguno de los sitios anteriores habían encontrado esta mezcla sana, prácticamente olvidada, de sentirse libres y sentirse en casa.
Una mescolanza grata que, en general, Vica aprecia.
Pero que, otras veces, la invade como el canto de sirena de un pasado que se le escapó, de un futuro que ya no tendrá, de otro futuro que su hermana no pudo ni experimentar, y entonces tiene que encontrar los audífonos, treparle los decibeles a la BBC y anotar, anotar, anotar hasta que la amenaza de una ola de duelo pasa.
Toma dictado en cuanto Pina se duerme, también, sentada en el escritorio, sin mirar el reloj: llenando hojas hasta quedar vacía.
No vacía como podría estarlo un contenedor sino vacía como debe de estar un tubo: por vocación, por destino.
Mientras más vacía más capaz de dejar entrar el flujo de palabras, y de verterlo al cuaderno.
Cuando fluye la taquigrafía se siente así: como drenaje.
Y luego, sólo cuando llega al punto más vacío y más lejano del yo, del ego, de cualquier atisbo de pretensión y por ende de vergüenza, sólo entonces, en un movimiento veloz que nadie notaría, si hubiera alguien para verla, le baja todo el volumen a la BBC, pero sin dejar que las palabras, que ahora vienen de otra parte, de quien sabe dónde, sigan fluyendo.
Su trabajo es el de cualquier copista, cualquier tubo y cualquier radio: permitir y encauzar el flujo, quitarse de en medio.
No está escribiendo, es lo que Vica se dice.
Está nomás tomando nota. Tomando dictado, sólo que ahora de una fuente sin nombre, de un dios en el que sí cree.
De un algo que dicta cosas que ella transcribe sin cuestionar.
No cambia de tinta ni de papel ni de ritmo, cuando pasa de un tipo de dictado al otro, simplemente es como que cambia de canal, y se deja ir en la página.
No se siente como estar inventando, ya ni siquiera se siente como drenaje.
Se siente como una inundación suave y silenciosa. Como una marea. Inevitable.
Cuando ya no puede seguir, Vica se traslada al sofá, el vacío en ella ahora convertido en otra cosa, en algo vaporoso que la llena sin aplastarla: lo opuesto a una pérdida.