Wishbone El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #8
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El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #8

Luego tienen que practicar sostener codo y antebrazo a noventa grados exactos y considerar, por primera vez en sus vidas, la distancia entre sus hombros y sus orejas.

No llevan ni media hora cuando Harriet se sienta en el sofá de terciopelo verde, claramente agotada. Vica, aunque estuvo sentada todo el tiempo, se siente igual. Pina en cambio está a punto de explotar de energía. Pregunta: ¿Ya puedo tocar?

Mañana, dice Harriet: Te lo prometo.

Más tarde, cuando Pina ya se durmió, Vica regresa a la cocina y encuentra a Harriet desmenuzando un trozo del hongo melena de león.

¿Qué tan buena eres para memorizar cosas?, pregunta.

Normal, dice Vica: O mala, más bien malona, tal vez incluso pésima.

Harriet no dice nada, obligándola a reconsiderar mientras prepara una infusión para ambas.

Vica es bilingüe en inglés y español, se defiende en alemán, sabe una pizca de francés.

En algún momento conocía las capitales del mundo y los ríos y montañas de su país.

Tiene el cerebro atiborrado de letras de canciones: el himno mexicano, rock alternativo de los noventa, las típicas rancheras y ahora también una balada escocesa.

Conoce los horarios, alergias y situación sentimental de nueve señoras de la limpieza empleadas por Ginny, y puede nombrar cada una de las manías de cada una de las mascotas de la prima de esta última.

En un cajón de su mente tiene grabado intacto, de principio a fin, un catálogo de colores del siglo XIX porque su hermana la retó a aprendérselo cuando tenía nueve años.

En materia de memoria, entonces, no es tan tan mala, para nada.

No tan mala, Vica dice: Me defiendo.

Temprano una tarde, cuando Vica está bajando el tendedero victoriano del pasillo (un invento genial en concepción pero que en los hechos chirría de agonía cada vez que se usa) suena el teléfono de la casa.

Vica suelta la polea y se apresura hacia la sala sólo para descubrir que Harriet se le adelantó.

Vica no sabe qué le sorprende más: si el hecho de que Harriet esté ahí de pie sin muleta o el hecho de que parece estar intercambiando cortesías banales en alemán.

Al verla, Harriet se despide de su interlocutor.

Vica sale de la sala con el teléfono inalámbrico sostenido lejos de su cuerpo, por la antena, como si trajera un ratón por la cola.

Camina deliberadamente lento hasta su cuarto (su mamá opinando en la cabeza: Sí, sí, que pague la larga distancia, oye, ¡hubiera pensado en eso antes de mudarse al otro lado del Atlántico!) pero al llegar a la puerta y ver su escritorio decide que no quiere traer a su ex al espacio sagrado del estudio y mejor opta por el baño.

Se sienta en la orilla de la tina y toma unos segundos más para jalar una nalga para un lado y la otra para el otro, hasta tener los isquiones bien plantados en el borde de hierro fundido con recubrimiento de esmalte.

Andreas nunca llama mientras Pina está en la escuela, así que Vica sabe exactamente lo que le espera, una de dos: o quiere hacer cuentas o quiere invitarlas a que lo visiten.

O quiere recalcular sus contribuciones ahora que Vica está ganando un poco más de dinero, o bien quiere presentar un plan fantástico (y fantasmagórico) que ha ideado en su cabeza, con la ayuda de quién sabe cuántas guías y mapas, para atraerlas.

Lo hará sonar cálido y casual pero estará de hecho maliciosamente diseñado para golpear en los puntos débiles de la nostalgia, la culpabilidad de madre y un nacionalismo que nadie sabe que tiene hasta el momento en que alguien te ofrece pagarte un boleto a casa.

Exhala separando sus hombros de sus orejas y levanta el auricular.

Luft, dice por fin.

¡¿Por qué lo hiciste?!, explota Andreas. Vica se da cuenta de que se ha estado inflando como globo cada minuto que lo hizo esperar.

¿Qué?, dice ella por pura confusión, pero él lo interpreta como una pregunta, y la contesta:

¿Por qué mataste a Lulú?

¡No la maté!

¿Estás tratando de demostrar algo o qué demonios es tu punto? No lo entiendo. ¿La secuestraste?

Cómo te atreves a usar esa palabra conmigo, contesta Vica furiosa.

Porque estoy perturbado, V. ¿No te das cuenta de que esto es horrible? ¿Desapareciste a Lulú?

¡Y esa palabra!, te voy a colgar.

Debías haberme consultado, dice él, sonando más como un niño herido.

El tono calma a Vica un poco, se vuelve a sentar, se invita a sí misma a ser como la tina, y dejar que se le resbale.

No sirve de nada pelearse con él cuando está ofendido.

Una vez se pelearon por días y días por una chingadera de plástico rosa de la que Agrippina se enamoró y que Vica le compró sin pensar y sin consultarlo.

No se acuerda ni qué era: ¿una casa de muñecas, o tal vez un coche?

Andreas estaba fúrico porque Vica no lo había consultado personalmente antes de comprar un objeto de plástico que, decía él, seguramente acabaría flotando en el océano.

Vica dice ahora lo que debería haber dicho entonces: Andreas, tu nunca jamás nos has consultado, ni a Pina ni a mí, antes de cambiar de trabajo, mudarte de continente, hacer de tu vida un cucurucho, ¿qué te hace pensar que nosotras debemos consultarte a ti?

Sigue una breve pausa que le permite a Vica recordar: ¡Era una carriola de muñeca! Preciosa. Las niñas quieren jugar a la mamá, ¿qué le va una a hacer? Ni idea, eso sí, de dónde terminó, seguramente atrapando peces en algún lugar.

Discúlpame el mal tono, pide Andreas.

Wow, eso es nuevo, comenta su madre en su cabeza: Debe de estarlo entrenando bien la nueva novia.

Vica habla para callar a su mamá antes de que ésta recuerde que, en realidad, es con él con quien está de acuerdo en este asunto.

Dice para ambos: Era hora de soltar a Lulú, dejarla ir, como con la carriola rosa.

¿La qué?, pregunta Andreas.

Vica sigue: Agrippina está aprendiendo a tocar el piano, algo que hace muchos años quería hacer y que antes no podíamos permitirnos. Vica no aclara que no está pagando por las clases, porque entonces abriría la puerta al ajedrez de la contaduría.

Hay otra pausa, durante la cual Vica se lo imagina ejerciendo presión, entre índice y pulgar, sobre el tabique de su nariz, empujando hacia arriba los lentes, que es lo que Andreas siempre hace cuando quiere tomarse una pausa en una charla, como si tuviera que extraerse de la conversación durante el tiempo que le toma a su cerebro realinearse.

Un hábito, por cierto, que Vica siempre le ha envidiado.

Nadie te dice esto sobre las separaciones, que jamás olvidarás el alfabeto de los gestos del otro.

No estoy entendiendo la causalidad, dice Andreas: ¿Qué tiene que ver aprender el piano con la desaparición de Lulú?

¡Lulú no desapareció, no digas tonterías! Lulú se fue a la escuela para gente invisible.

Yo… Uf, no sé que decir sobre eso.

¿Qué tal gracias? Gracias por encontrarle un final hermoso a esta larga historia, gracias por criar a tu hija mientras tú…

Gracias, Vica. Estoy agradecido por todo lo que haces, todo el trabajo y todas las maneras, siempre originales, que has encontrado para mantener a Agrippina contenta y curiosa y segura en un mundo que es tan injusto y cruel, muchas gracias.

Ahora es ella la que no sabe qué decir. Está doblada hacia enfrente, las nalgas flotando sobre la tina, los isquiones olvidados, sintiendo cómo una emoción rara pero agradable, aunque no del todo cómoda, la infla como si fuera un globo, como si le hubieran inyectado algo: es el reconocimiento, funciona como el helio.

De nada, dice finalmente.

Pero luego él pincha la burbuja que acababa de crear, al decir: He estado pensando en Veracruz.

Mientras sigue hablando (vuelos casi directos, hotel en la playa) Vica piensa lo que piensa cada vez que sale con algún plan: Si te alcanza para llevarnos de visita, te alcanza para mandarnos un poco más cada mes.

Andreas ahora gana en pesos mexicanos y ayuda a mantener no sólo a Pina sino también a su mamá en Alemania, así que siempre está diciendo que no tiene dinero.

Pero Vica sabe, porque lo conoce, que lo primero que hace cuando le entra el sueldo es apartar algo para su ahorro y que sólo después les manda dinero, tanto a ellas como a su madre, y sólo después anda diciendo que no le alcanza.

Vica sabe todo pero no dice nada, porque ni le va a andar rogando ni, para bien o para mal, dejará nunca de querer demostrarle que ella es capaz.

Su mamá siempre la regaña por terca pero Vica le llama orgullo necesario.

Su mamá es un fantasma adorable pero en vida siempre pagó las vacaciones con una tarjeta de crédito que ni era suya, y ése es un patrón que Vica no va a repetir.

Así que cuando él por fin para de exponer su plan, ella nomás contesta: Padrísimo, ¿por qué no se lo propones a Lulú?

Estás siendo agresiva, dice él.

No, Andreas, tú y yo sabemos que, para una mujer, la única manera cien por ciento segura de poder sobrevivir en México es siendo invisible.

No tienes que contestar ahora mismo, piénsalo.

Ya lo pensé, y ya te contesté.

Más tarde, cuando Vica le lleva su almuerzo a Harriet, que está echada leyendo en el sofá de terciopelo verde, Harriet baja su libro y dice: Ese alemán siempre estaba tarde con la renta.

Vica sabe que eso no es verdad, porque la única cosa para la que Andreas ha estado tarde en su vida es para entender los chistes, pero le agradece la solidaridad mientras deposita la bandeja con sándwich y ensalada encima de una torre de libros-por-leer que Harriet siempre tiene junto al sofá, y que van de lo serio a lo más serio y que actúan, para todos los efectos prácticos, también como una mesa.

No me acordaba que hablas alemán, dice Vica, poniéndole una servilleta de tela en el regazo.

No hablo alemán, dice Harriet: Pero ya sabes cómo es con los idiomas, hay que fingir hasta que…

¿Hasta que lo logras?, interrumpe Vica.

No, dice Harriet: Hasta que te cachan.