El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #7
¡Basta!, te estás comportando como la cómplice hippie de la bruja esa. ¿Qué tal si Andreas tiene razón y está consumiendo hongos ilegales?
Basta, tú. Andreas lleva diez minutos viviendo en México y ya cree que todo el mundo es narco.
Pero ¿por qué no le preguntas?, derechito: ¿estás consumiendo hongos mágicos, Harrieta?
No entendiste nada, mamá, todos los hongos son mágicos.
¿Ves? Te va a dejar el cerebro lavado y lisito, como champiñón.
No es lluvia, hoy, no exactamente. Apenas su esbozo: un drip drip ligerísimo, pero persistente, que, en el par de minutos que les toma caminar de la parada de su autobús a la estación de King’s Cross, las deja a ambas como flores cubiertas de rocío.
Ni bien entran a la estación, Vica y Agrippina se bajan las capuchas de sus respectivos impermeables y el sonido de la estación invade sus orejas.
La estación cruje como una criatura inmensa, de otro mundo pero cuyo quejido resulta, irónicamente, más humano que todos los humanos callados, resignados, cruzando el vasto recinto cual autómatas: casi todos solos, con prisa, con audífonos.
Pina mejor se vuelve a subir la capucha, como para bloquear el lamento de la bestia.
Su madre le toma la mano y la jala suavemente, como si supiera adónde va.
Va pensando en que Pina tiene razón en no querer ver King’s Cross a la cara; en que ya no queda ni un ápice de romanticismo en las estaciones de tren: en que la idea del viaje ha sido desplazada por la urgencia del commute y cualquier localismo erradicado a favor de los Prets y los Costas y todos los otros llenadores de panzas y apagadores de consciencia del Reino Unido de hoy, un aparador tras otro, todos llenos de néctar falso, de flores artificiales para los millones de abejas obreras: los mimados y los maltratados, todos tratando de comprar algo o tratando de evitar comprar algo para tan sólo poder llegar a casa y subir los pies y embrutecerse con alguna serie, suspirando con los anuncios por el próximo gadget que sí desearán, en el cual sí puedan depositar sus ahorros y su fe.
O quizá la niña nomás tenía frío en sus orejitas.
Sea como sea, Vica se sube la capucha también.
Interesante, sentirse así, casi como que superior a los demás.
Como si pasar las mañanas solita, en silencio, en el escritorio, la dejara flotando muy por encima del capitalismo.
Una sensación que, nomás recordarla, le renueva y redobla la determinación de hacer lo que está a punto de hacer.
Es hora. Llegó la hora. Hace tiempo que lo sospechaba pero claramente hacía falta una opinión externa, porque ella está demasiado metida, cercana, implicada en la situación, y Andreas también, ambos están demasiado acostumbrados a la mezcla exótica de alma vieja y bebé postergado que es su hija, que nunca suena como de la edad que tiene, siempre demasiado madura o demasiado pueril.
Siempre o muy atrás o muy por enfrente de los marcadores de desarrollo, algo que Andreas llama, no sin orgullo, las «desviaciones estándar de Agrippina».
Vica ubica una reja abierta y guía a su hija discretamente hasta el andén, donde encuentra una banca para sentarse.
O más bien Pina se sienta, y Vica se arrodilla frente a ella y saca un paquete de su bolsa.
Es un itacate hecho con una pañoleta de rosas que consiguió en la tienda de ropa usada.
Pina se sorprende, acepta el atado, pero no lo abre.
¿Estás aquí, Lulú?, pregunta Vica.
Pina asiente y mira el reloj en la pantalla de anuncios: el tren de Lulú es en doce minutos.
Vica dice: ¿No quiere abrir su regalo de despedida?
Pina niega con la cabeza, y le pide a Vica que las deje solas.
Vica esconde la desilusión y dice que claro que sí.
Le da un beso en la cabeza a su hija y, cuando habla, se dirige al espacio que queda vacío en la banca: Te queremos mucho, Lulú, te vamos a extrañar, ya sabes que siempre nos puedes visitar.
Los ojos de Pina se abren grandotes y Vica quiere autoinfligirse una cachetada.
Se ha esforzado un montón en organizar esta despedida y ahora posiblemente acaba de estropearla al abrir, en un descuido, una puertita para su retorno.
Improvisa: Sabemos que esta escuela es un sueño hecho realidad para ti, pequeña, que vas a ser muy feliz ahí por muchos años y, bueno, ba-bai Lulú.
Se para y va a recargarse contra una pared de tabique, los ojos mojados. Desde aquí no puede ver lo que hace Pina, pero puede vigilar que nadie se le acerque.
En el atado, Pina encontrará un pañuelo blanco para sacudir en la despedida, un pepinillo envuelto en papel de aluminio, la botana predilecta de Lulú.
También: un lápiz chiquito y un libro titulado El hombre invisible .
Ésta fue la parte más difícil de la sorpresa.
Vica tuvo que encargar el libro en la biblioteca y luego reportarlo como perdido.
Luego separó la portada y se la pegó a un cuaderno de las mismas dimensiones, con las hojas blancas.
Luego le pegó un subtítulo: Colegio para gente invisible, Años I, II y III .
Es la guía de estudios de Lulú, está impresa con tinta invisible para gente invisible.
Desearía más que nada poder ver la cara de su hija al encontrarlo, pero desde donde está sólo le ve la espalda.
Eventualmente, la ve levantar el brazo y agitar el pañuelo blanco hacia, supone, el tren de Lulú saliendo de la estación.
Con ese simple gesto de su hija, que ella misma coreografió, todas sus certezas se disuelven.
¿Qué está haciendo, qué ya hizo? Se presiona los ojos con las palmas de las manos.
Tal vez su mamá tiene razón, tal vez le lavaron el coco, porque esto es cruel.
Le está infligiendo a su hija una pérdida.
Y una pérdida, Vica sabe mejor que nadie, no es, como uno pensaría, una resta.
No te hace más ligera. Al revés, una pérdida siempre suma.
Y ahora ella acaba de ponerle ese peso extra encima a su propia hija.
Quiere correr y confesar, detener el juego, regresarle a Lulú y dejar que la tenga para toda la eternidad.
Que tenga su infancia para toda la eternidad.
Quiere rellenarla de infancia como una vez rellenó sus muñecos de poliéster para almohadas.
¿Adónde se fue su infancia? Pina era un bebé, luego era un pulpo, pegada a su pierna por cuatro años, luego se mudaron a Londres y Vica empezó a trabajar sin pausa, cachando apenas destellos del crecimiento de su hija a la hora de acostarla o de llevarla a la escuela.
En realidad, la que ha estado pendiente, la que ha estado bien presente, la que ha tenido tiempo de calidad con Pina, y tiempo de cualquier tipo con Pina, desde que se mudaron a Londres, es Lulú, y ahora…
Y ahora en el perímetro de suelo frente a sus ojos aparecen las botas de Pina.
Vica siente un miedo irracional de que al alzar la mirada va a encontrar a su hija más grande, o de algún modo crecida, distinta.
Pero lo que encuentra es a su chiquita, a su chiquita altísima, moqueando.
Triste, en paz, habitada por esa calma de espíritu que toma el cuerpo después de llorar.
Con una lasitud inusual, como de muñeca de trapo, Pina deja que su mamá le tome las manos, quién sabe qué hizo con el itacate, y que la envuelva con los brazos.
Se quedan abrazadas hasta que Pina dice que quiere ir a casa.
Vica sabe que se refiere a la casa de Harriet, y no se siente mal de sentirlo así ella también.
Lo sella diciendo: Sí, vamos a casa. Se traga todas sus preguntas, se promete a sí misma no mencionar a Lulú más nunca.
Pasan las tiendas, la gente visible, los pasajeros más afortunados (aquellos con boleto de ida y vuelta) y de la mano salen a la lluvia, a la calle, a un Londres lleno, como siempre, de cosas que se pueden ver y cosas que no.
Empieza con la postura. Tanto el piano como el Pitman. Puede que suceda en el cerebro, pero empieza en las suelas de los pies, bien plantadas, y sube por las piernas, la columna, el cuello.
Hacia el cielo, dice Harriet, jalando suavemente una hebra del pelo de Pina para arriba.
Tiene la otra mano en la muleta, clavada en la axila izquierda.
Luego suelta el pelo y coloca la palma de esa mano en la espalda de Vica.
Dice: imagínate que hay una moneda de una libra aquí y que la quieres apretar entre los omóplatos.
Vica y Agrippina, compartiendo el banquito del piano en una distribución de 80-20 %, asienten con toda seriedad y estiran el cuello y echan los hombros para atrás.
Ahora, dice Harriet: ¿Ubican sus isquiones?
¿Qué tiene que ver la taquigrafía con el trasero?, pregunta Vica.
Pina le echa una mirada de pistola y Harriet alza su mano libre y arrugada y dice: ¡Stop!
Vica piensa que la va a regañar pero Harriet nomás dice: Me equivoqué, hay algo antes que la postura, y es el nombre. Ésta no es cualquier taquigrafía, es la que inventó el señor Isaac Pitman, tiene su propio alfabeto y hay que dar crédito al inventor.
De acuerdo, dice Vica.
De acuerdo, dice también Pina, y luego pregunta, por si las dudas: ¿Y el piano?
El piano se llamaba originalmente pianoforte, pero hoy en día es aceptable decir nomás: Sé tocar el piano.
Sé tocar el piano, repite Pina, como probando a ver a qué sabe la declaración.
«La Harriet», es lo que Vica piensa, o más bien recuerda, al oír «el señor Pitman» o quizá más bien «el piano».
Pero no hay tiempo para ahondar en el recuerdo porque Harriet otra vez está lanzando instrucciones.
Vica y Pina deben jalar una nalga para un lado y la otra para el otro de modo que puedan sentir sus isquiones ejerciendo presión contra la madera del banquito.
Luego deben proyectar el plexo solar hacia enfrente y retraer levemente la barbilla, como si estuviera sosteniendo con ella un durazno de tamaño promedio.