El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #6
Sigue una pausa larga durante la cual Vica dobla y desdobla las rodillas de Harriet como le enseñó a hacer la fisioterapeuta, sólo que con un poquito más de fuerza.
A Vica le disgusta la palabra «evolución», porque le recuerda a Andreas.
Y ahora también le está recordando a su maestro de historia de la prepa, que simplificaba el arte a una consecuencia natural de la evolución.
Como si explicara lo que es el agua: dos moléculas de esto y una de aquello.
El arte, decía, nació el minuto en que el Hombre cubrió sus necesidades básicas.
Cuando el Hombre dejó de cazar y recolectar, cuando tuvo la agricultura y una cueva donde instalarse, entonces, así como que para pasar el rato, se le ocurrió el Arte.
Ninguna mención de la Mujer que mantenía la cueva ordenada y cálida.
Vica siempre ha pensado que esa omisión es clave.
Y sin embargo. Y sin embargo tal vez, quizá, el maestro tenía un punto.
Porque es sólo ahora (ahora mientras masajea a esta criatura brillante y arrugada, pero también ahora que tiene que limpiar dos baños en vez de quince a la semana, ahora que ordena una cueva en vez de noventa turnos) es ahora cuando su creatividad está tocando a la puerta.
Pero no con ideas artísticas, o no sólo, sino también y sobre todo: con ideas prácticas.
Vica no quiere hacer Arte. Lo que necesita hacer es dinero.
Harriet, dice: ¿Me dejarías proponerte un pequeño negocio?
Yo no soy muy de negocios, contesta Harriet: Pero puedes probar.
Así que Vica le cuenta del pequeño negocio de lectura de auras que tenía en Alemania, cuando Pina era chiquita y Andreas daba clases todo el día. Le cuenta cómo Mandíbula la ayudó a montarlo y cómo tuvo que dejarlo al mudarse acá. Le gustaría retomarlo, sin la ayuda de él esta vez.
Una emprendedora, dice Harriet, sin sorna.
Una emprendedora, repite Vica: Pero emprendedoras hay muchas, yo tengo un don. Y cobraba bien, además. Lo suficiente para tener mi dinerito. Y me lo tomaba en serio, realmente entraba en el personaje. Para empezar, me vestía toda de negro.
Encuentro eso muy difícil de imaginar, dice Harriet.
Ya sé, dice Vica, y pasa a ejercitarle los tobillos en círculos, mientras describe: Tenía el pelo larguísimo y me lo partía en dos, raya en medio, así, y a cada lado caía como cortina, medio tapándome el ojo.
Vica dejaba que su pelo oscuro, su acento y las ojeras de mamá nueva la disfrazaran de ciudadana del mundo. Si alguien le preguntaba de dónde era, ella nomás contestaba: Estoy aquí para servirle. O: Soy sólo un canal. O: Vengo de ningún lado, no tengo pasado.
Harriet se ríe. Dice: ¡No tengo pasado! Ésa te la voy a copiar, si me permites.
Vica siente, y permite crecer en ella, la esperanza de que Harriet quiera apoyarla.
Que se hagan socias. Que vaya y saque dinero de donde sea que lo saca (Vica no sabe cómo, pero Harriet, sin ir nunca al cajero, siempre tiene efectivo, siempre le está dando billetes para el correo, el café, la compra) y se lo entregue como una inversión, como un patronazgo.
Vica pasa a explicar el futuro que imagina, una vez tengan clientela: podría pasar de las auras al tarot, a trabajo energético de algún tipo, podría tomar un curso, o muchos, y algún día incluso podría tener un local para hacerlo todo in situ.
Harriet de pronto levanta la mano para saludar hacia el jardín. Vica se gira y ve a un muchacho entrando a la cobacha, o tal vez al cobertizo, Vica nunca sabe cuál es cuál.
¿Quién es ése?, pregunta.
Alex, dice Harriet.
¿Quién es Alex?
El jardinero, dice Harriet, como si fuera una obviedad.
¡Pensé que nadie tenía derecho a entrar a esa parte de tu jardín!
Harriet estableció esa regla desde el primer día.
Pina y Vica son bienvenidas hasta los botes de la composta, más o menos a tres metros desde la puerta, pero ni un paso más allá.
Vica y Pina habían aceptado, en parte porque eso ya era mucho más jardín del que jamás habían tenido, y en parte porque al explicar la demarcación y los límites, Harriet adquirió un tono serio, casi intimidante, con el que nadie querría meterse.
Alex sí, aclara Harriet: Dos veces por semana. Qué crees, ¿que lo hago todo yo sola?
Vica observa el jardín. Es otoño y ella no es ninguna experta pero le parece bastante obvio que el jardinero no hace gran cosa. Va a tener que decirle a Mandi que este tal Alex está estafando a la vieja.
Entonces, dice Harriet alzando una ceja: ¿Todavía lo tienes?
¿Qué cosa?
¡El don!, dice Harriet.
Vica esconde su sorpresa. ¿Será que de hecho logró convertir esta sesión de rehabilitación en una charla de negocios?
Estaba pensando en Harriet como una posible socia, pero si Harriet quiere ser su clienta, no es momento de echarse para atrás.
Es hora de entrar en personaje. Se sienta derechita, coloca las manos sobre los hombros de Harriet y entrecierra los ojos como le enseñó su hermana: para ver bien los colores hay que entrecerrar los ojos.
Dice: 105, marrón madera: es marrón amarillento mezclado con gris ceniza. Comadreja; avellana; madera de roca.
Se quedan mirando una a la otra. Los ojos de Vica regresan a su posición usual, y baja las manos.
No se sabe qué comisura, qué destello da inicio a lo que sigue, pero el contagio es tan rápido que podría decirse que se ríen al unísono.
Ambas explotan en una carcajada. Y luego no pueden parar de reír.
Vica siente alivio, y algo como humildad: qué oso haber pensado por un instante que iba a poder venderle cosas invisibles a esta sirena, a este viejo lobo de mar.
Cuando finalmente se recuperan, Harriet pone sus manos en los hombros de Vica en una devolución del gesto.
Vica se siente algo incómoda, como expuesta: es extraño ser tocada por alguien a quien has estado tocando tanto.
Yo también tengo un don, dice Harriet: Y si me permites, me gustaría compartírtelo. No es fácil pero sí es sencillo y, si te esfuerzas, te puede conseguir un sueldo.
¿Cuál es tu don, Harriet? ¿Puedes ver el futuro?
No, pero puedo rastrear el presente.
¿Sabes leer los astros?
Algo mucho mejor que eso: sé leer Pitman.
¿Qué es Pitman, algo de tus hongos?
Harriet sonríe, parece cansada. Es una metodología de escritura fonética veloz, dice: Para escribir muy muy rápido.
¡Taquigrafía!, dice Vica: Mi mamá sabía taquigrafía.
Vica no dice: mi mamá era secretaria y tomaba dictado de sus jefes, incluido mi padre, y el padre de mi hermana, ambos hombres que apenas conocimos.
Ni dice que muy al final de la vida de su madre, hasta arriba de morfina, las hermanas tuvieron que escucharla repetir en bucle: «Semen y dictado, es lo único que tu papá me dio», y ellas nomás siguieron aplicándole las compresas frías sin responder, deseando en secreto que se estuviera refiriendo al padre de la otra.
¿Te desilusioné?, dice Harriet, trayéndola de vuelta un océano y varias décadas.
No, no, dice Vica: Es sólo que, la verdad, Harriet, te lo agradezco, pero yo creo que hoy en día ya nadie usa taquigrafía.
Pues crees mal, querida: Crees mal.
Mijita, ¡perdóname! No sabía que dije esas cosas horribles sobre la, sobre el, sobre los fluidos de sus señores padres.
No pasa nada, ma, fue hace mucho.
Esas drogas son durísimas.
¿Los fluidos de los señores?
¡Las morfinas!
Vica está teniendo esta conversación de rodillas sobre el piso de ajedrez del baño, determinada a limpiar la junta entre los azulejos aunque sea lo último que haga. Piensa para su mamá: No creo que se pueda decir «las morfinas», sólo hay una, doña Morfina.
En cambio la taquigrafía sí hay varios tipos, fíjate, contesta su mamá: Y todos son francamente geniales, muy útiles todos.
No empieces, ya estoy muy vieja como para andar aprendiendo taquigrafía. Mi don es leer auras, no tomar nota.
Pero escribes.
Vica deja de moverse, no sabe qué responder.
Ha estado despertándose tempranito para ocupar el escritorio, llenando cuadernos que luego esconde.
Pero las mamás muertas no tienen ninguna noción de privacidad.
Opta por no contestar y su mamá sigue hablando.
Dice: Para serte honesta, hija, yo no creo que engañar inocentes cuente como don, y la verdad es que tampoco eres muy buena para esto, mira ahí: sigue negro como la noche.
Es que toma tiempo, tú no tienes ni idea porque siempre tuviste alguien que te hiciera la limpieza, ¿alguna vez en tu vida intentaste limpiar la junta entre azulejos?
Ay, por favor, no empieces otra vez a atacarme sólo porque heredé el departamento y crees que mi vida de huérfana fue pura miel sobre hojuelas porque no pagaba renta.
Y porque te ayudaban tus amantes.
Bueno, porque los elegía bien.
¡Estaban casados!
Es que ésa es la única manera de que un hombre no te esté chingando, mija.
Pero ¿intentaste o no?
¿Qué cosa?
¡Limpiar la junta, de rodillas, con un cepillo de dientes!
Ay, por supuesto. O sea, no desde que me morí y todo eso, pero en vida sí y algunas cosas nunca cambian, te puedo prometer que lo que esa junta necesita es cloro.
El cloro está prohibido en esta casa porque lastima las esporas de los hongos. Y también me lastima a mí: mata neuronas y huele horrible.
Bueno, pero estar ahí doblada en el suelo como haciendo penitencias tampoco puede ser muy sano.
Ma, tú no viviste lo suficiente para enterarte pero mucha gente de tu generación que usaba cloro a lo loco, pues se quedaron sordos.
Ya sé, yo también estoy sorda, nomás no te das cuenta porque no afecta mi telepatía.
Vica se ríe. Su mamá sigue: Y estoy preocupada.
¿De qué?
De Harrieta la bruja, fue mala con mi Pina y tiene demasiada influencia sobre ti. Me preocupa que te esté lavando el cerebro.
Oh, quién te entiende. ¿Ahora estás diciendo que no debo aceptar que me enseñe Pitman?
Creo que debes aprender Pitman y luego salir por patas.
¿Para ir adónde?
¡A donde sea! A comerte el mundo.
Si no quieres ni que me coma el hongo melena de león.