Wishbone El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #5
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El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #5

Vica camina junto al mar. Va pisando la sombra que el sol y el cuerpo de su hermana, dos metros adelante de ella, dibujan en la arena.

Vica da saltitos y pasotes, lo necesario para que sus pies permanezcan dentro de la silueta oscura.

Como la sombra, la playa también es larga y plana.

Están ahí para esconderse de su madre, a la que no se ve por ningún lado pero que está ahí de todos modos, en el aire, presupuesta.

Se acercan al agua y Vica cambia de juego.

Le gusta quedarse quieta y ver cómo la espuma le come los pies conforme las olas van y vienen y cómo, poco a poco, sin que ella haga nada, sus pies se hunden en la arena.

Quiere enseñarle el truco a su hermana, pero su hermana le está dando la espalda, ignorándola a posta.

Vica hace como que no le importa. Finge tan bien que de hecho se distrae durante un largo rato, recogiendo conchitas.

Cuando alza la mirada su hermana ya no está.

Mira para todos lados y rápido entiende que su hermana está, tiene que estar, en el mar.

Vica se hace una visera y espera ver la cabeza salir con cada ola.

Pero nada se asoma del agua. Lo único que sube es la desesperación, adentro de ella, en una marea rápida.

Grita el nombre de su hermana y se mete al mar.

Avanza contra las olas. El agua le llega a la rodilla, al muslo, al hombro, deja de sentir el suelo bajo los pies.

Le entra agua salada en la boca cada vez que grita.

De pronto, algo le pega en la cara obligándola a abrir un ojo y ese algo dice: ¡Mamá!

Vica levanta la mano y atrapa al objeto extraño. Es un brazo, una mano, es su hija con el uniforme ya puesto. La suelta, mira al reloj en la pared, dice: ¡Carajo!

Pina dice: ¡Harriet corrió a Lulú!

¿Qué?, pregunta Vica mientras intenta terminar de sacudirse la pesadilla y se pone de pie y se enfunda en el pantalón y el suéter que dejó ayer colgados en el respaldo de la silla, después de desvelarse en el escritorio.

Empuja a Pina hasta la puerta, donde se ponen los zapatos a toda velocidad.

Salen a la calle abrochándose los abrigos.

Hace dos semanas que se mudaron con Harriet, pero hace sólo un par de días que Harriet empezó a caminar con muletas, convirtiendo lo que hasta ahora se sentía como una vacación pagada en un déjà vu de cuidar a un párvulo.

Excepto, claro, que un niño que está aprendiendo a caminar está hecho de hule, mientras que Harriet está hecha de vidrio.

Lulú está triste, dice Pina.

Vica quiere gritar: ¡Eres demasiado grande para esto, Pi!

Pero sabe que eso sólo las llevaría a llegar peleadas además de tarde.

Así que le mira las manos —tiene la izquierda empuñada, lo que significa que ahí está Lulú— y se dirige a ese espacio: Lulú, no queremos que Pina llegue tarde, ¿puedes caminar más rápido?

Funciona. Pina empieza a caminar más rápido, como para indicar que Lulú aceptó. A Pina siempre la pone contenta cuando su mamá reconoce la presencia de su amiga. Pregunta: ¿Y Hermana también está aquí?

Pina ha estado preguntando por Hermana, la supuesta amiga invisible de su madre, desde que Vica se la inventó en una mentira desafortunada.

Algunas veces, especialmente a la hora de dormir ahora que comparten el sofá cama, Vica cede.

Y poco a poco, casi sin darse cuenta, ha ido convirtiendo a Hermana en una réplica de su hermana real, sobre la cual Pina no sabe nada, ni siquiera que existió, ni mucho menos que dejó de existir.

A la hora de Sherezade todo embona y todo se permite.

Tal vez es la naturaleza del estudio de Harriet, un templo dedicado a las palabras, o tal vez es algo más mecánico: el hecho de que, por primera vez en años, Vica no está físicamente exhausta al caer la noche.

Sea cual sea la razón, Vica se ha estado permitiendo airear recuerdos enterrados hace mucho, incluso compartirlos en voz alta, filtrados por este lente nuevo de la supuesta amiga imaginaria.

Pero de día es otra cosa, a Vica le entra la vergüenza, reconoce el peligro de una grieta.

Qué fácil podría desviarse y, por compartir, acabar confesando.

Pero no, no lo hará. Hace mucho que Vica impuso el silencio, en ella misma y también en Andreas, y ahora también en Harriet: nadie puede mencionar a su hermana frente a Pina.

No, no, no, dice Vica, apresurando aún más el paso: Te dije, hace muchísimos años que no veo a Hermana, se fue.

¿Adónde se fue?

¡A la escuela!

¿A la escuela?

¡Sí! No. Quería decir que vamos a llegar tarde a la escuela.

Me gustaría que Mandi nos lleve en coche siempre, dice Pina en su voz más quejica. Es su nuevo mantra, Vica no responde.

De vez en cuando, Vica siente una ola de sorpresa recurrente al recordar a qué grado cada ritmo, cada hábito en su vida depende no de los ciclos del clima o los movimientos de los astros, sino de la escuela de su hija.

De las fechas y horarios que la escuela impone.

Nadie te dice esto cuando vas a tener hijos, lo importante que es prepararte, al modo en que las ardillas recolectan nueces para el invierno, con tiempo, tiempo libre para las vacaciones largas y las cortas, para los feriados de procedencia histórica incierta.

Pero con este trabajo Vica por primera vez podrá estar con Pina durante las vacaciones.

La idea la llena de agradecimiento, y se promete jamás volver a desvelarse tanto que luego no despierte para prepararle el desayuno a Harriet, como le pasó hoy.

¿Por qué le contaste a Harriet de Lulú?, pregunta Vica, una vez que van sentadas en el metro.

Porque Mandi dijo que Harriet olojó…

Alojó.

Eso dije.

Dilo en voz alta, es con a, no con o.

Que Mandi le dio casa a Hermana, ¿entonces por qué no a Lulú?

Vica nota que la mano de su hija está relajada y pregunta: ¿Dónde está Lulú?

Se quedó en la calle, ya no quiere venir a la escuela conmigo.

Oh, dice Vica. Lulú ha ido con ellas a la escuela desde que Pina iba a la guardería. El cambio la inquieta. Pregunta por qué.

Creo que está celosa, dice Pina.

¿Qué quiere decir celosa?

Quiere decir que está triste y enojada, de que yo tengo escuela y ella no y de que Harriet me va a enseñar a tocar el piano y a ella no.

¿Harriet te va a enseñar a tocar el piano?

Dijo que tengo buena voz y también swing y que uno sin el otro es BS. Y que BS quiere decir «bullshit».

Ok.

Y que me va a enseñar a leer, también, a leer música.

¡Maravilloso!

Pero sólo si dejo de jugar con Lulú.

Yo hice eso, dice Vica.

Está señalando a una esquina de la sala en donde hay una escultura parecida a un alebrije mexicano pero del tamaño de una persona, y que podría ser un pájaro o una lagartija según se mire.

Es el punto focal del hogar de Harriet pero estaba tan arrumbado y con tanto polvo y grasa y cosas colgadas y acumuladas, encima y a los lados, que apenas se distinguía.

Pero Vica, trabajando más como dentista o arqueóloga que como señora de la limpieza, armada con cepillos de dientes y grandes cantidades de vinagre y bicarbonato de sodio, porque Harriet tiene estrictamente prohibidos todos los buenos productos tóxicos que Vica suele utilizar, trabajando sin tregua por varias mañanas consecutivas, logró no sólo limpiar milagrosamente el área sino, también, ordenarla.

Ahora todas las piezas de madera y cerámica están limpias y dispuestas sobre una serie de mesitas de distintos tamaños.

Las máscaras colgadas de clavitos en la pared.

Las plumas de aves exóticas expuestas en un florero. Era un cochinero, ahora es una galería.

Yo sé, dice Harriet desde su postura casi horizontal en el sofá de terciopelo verde: Es un trabajo impresionante, V.

Vica se sienta a su lado en el sofá, se arremanga la camisa y luego el pantalón de Harriet, y toma entre las manos una de sus pantorrillas. Dice: La imaginación es importante… pero luego se le quiebra la voz y no dice más nada.

¿Quieres hablar de Lou?, pregunta Harriet, sin pelos en la lengua.

Se llama Lulú, dice Vica: Pero sí.

Lamento que Agrippina se molestara, dice Harriet: Yo sé que la imaginación es importante, pero lo que el arte hace —y aquí Harriet señala a la esquina-galería, rechinando de limpia— es canalizar la imaginación, para que no nos coma el coco.

Tú lo sabes mejor que nadie: Agrippina tiene un talento excepcional para la música y el talento no se debe desperdiciar.

Ya no necesita fantasías que nada más la distraen, le chupan la energía.

¿Entonces es verdad que sólo le vas a enseñar música si deja de jugar con Lulú?

Lulú no existe, querida. El piano existe. Es una evolución sana. Evolucionamos del juego imaginario al juego real. Tu hija está lista para un juego real: el juego de la música.