Wishbone El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #4
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El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #4

La habitación de Harriet, igual que el resto del departamento, está llena de plantas y de ventanas.

Vica otra vez tiene esa sensación rara, de que aun estando en Londres ya no están en Londres.

Harriet misma emana un aura tranquila y campestre.

Está recargada en un montón de almohadas y trae puesta una pijama a cuadros tartán.

Tiene el pelo igual de blanco que antes, pero cortito, con unas patillas y un fleco que le enmarcan el rostro, los lentes de pasta roja, una sonrisa que no se puede fingir.

Está rodeada de libros, periódicos, una laptop.

No parece necesitar cuidados, aunque sí alguien que ordene y quite el polvo. De pronto, alza los brazos.

Vica piensa que le está pidiendo al bebé.

Hace poco escuchó en la radio que les están dando a los viejos con demencia unos muñecos hiperrealistas, y que los han ayudado mucho con la demencia, o tal vez con la vejez, ya no se acuerda.

No va a entregarle el bebé, claro, pero sí se lo acerca, por qué no dejarla que lo huela o lo acaricie.

Pero cuando Vica se acerca, Harriet la abraza a ella.

Es un abrazo largo y silencioso, que la llena de una emoción fuerte que, se da cuenta sólo ahora, ha estado suprimiendo desde el momento en que Mandi se apareció en la central hace ya varias horas.

Qué bueno verte, dice Vica: Te ves muy bien.

Harriet despacha el comentario y va directo al grano: ¿Vas a aceptar nuestra oferta loca?

Eh…

No, no digas nada. Tómate tu tiempo para pensarlo. ¿Ya viste al estudio? Ése sería tu cuarto.

Es…

Es la segunda puerta a la izquierda, asómate nomás. Tendrías que compartirlo con tu hija pero realmente creo que serías feliz ahí.

Feliz no es una palabra que Vica suela considerar.

Pero nada suena edulcorado viniendo de Harriet, se acuerda ahora de cuánto le impactó conocerla, una mujer tan segura de sí misma y de sus contradicciones, una mujer que siempre fue, a la vez, muy abierta y muy británica, muy generosa y algo egocéntrica, o tal vez, quién sabe, simplemente excéntrica.

Una mujer que se mudaba de continente para ir a documentar guerras, pero que se llevaba su gran piano a cuestas.

Vica envía un rezo rápido a nadie en particular, pidiendo ella también poder llegar así de vital a los ochenta.

Harriet da unas palmadas en la cama y Vica se sienta. Coloca a Rupert boca bajo en el colchón y ellas platican un rato como viejas amigas, hasta que Rupi se pone inquieto, y luego trágico. Entonces Vica lo levanta y se va a buscar la segunda puerta a la izquierda mientras le canta y lo mece.

La primera puerta a la izquierda es un baño completo, con piso de ajedrez y una monstera que ocupa casi todo el espacio.

Es hermoso pero, como a todo lo demás en la casa, urge pasarle un trapito húmedo.

Cuando Vica abre la segunda puerta, tiene que dejar de cantar porque inhala una vez, de golpe: una bocanada de aire que luego se queda un instante atorada y quieta en su pecho.

No son sólo los libreros ni las plantas ni los muchos artículos y poemas enmarcados en la pared y la genialidad inesperada de tratar a las palabras como si fueran obras de arte.

No es sólo el mullido sofá cama ni la colorida alfombra marroquí, aunque todo lo anterior contribuye.

Lo que literalmente le impide exhalar a Vica es el escritorio.

Un escritorio amplio, sólido, de madera oscura.

Está ahí nomás, inmóvil y todo poderoso, como esperándola, como invitándola, en una esquina donde pega una rebanada de sol desde el jardincito de enfrente, desde la calle tranquila.

Lo que Vica siente frente a este mueble paquidérmico sólo puede describirse, en términos cromáticos, como lo opuesto a lo que le pasó en el coche.

Si cuando Mandíbula le propuso el trabajo Vica se solidificó en una luz blanca entumida, ahora le está pasando al revés.

El nudo se distiende. La luz blanca se destila.

En física el fenómeno se llama «la dispersión de la luz» y lo que provoca, siempre, es un arcoíris.

Desde este estado colorido Vica intuye, intuye con una claridad que es a la vez feral y maquiavélica, que este trabajo podría permitirle algo que lleva años intentando construir a tientas y sin resultados.

Un tipo concreto de infancia para su hija.

Una similar a la infancia que tuvo ella.

Porque aunque eventualmente ella y su hermana comprendieron que tanto museo y tanta clase de arte habían sido sólo una pátina cultural para una vida incierta y más bien precaria, angustiosa y ciertamente contradictoria, su madre lo escondió muy bien.

O lo escondió por suficiente tiempo como para que, cuando ellas por fin entendieron toda la inestabilidad emocional y económica con la que habían crecido, ya no importaba demasiado porque otra cosa había arraigado en ellas: la posibilidad.

El asombro. La capacidad de generarse significados.

Una fe ciega, y tal vez ingenua, en la belleza, el color, el lenguaje, los espacios como éste: llenos de luz y plantas y palabras como si no hiciera falta más nada.

Como si estas cosas pudieran sustituir el pan y el agua.

Una convicción del alma algo demencial y ciertamente privilegiada y que, en realidad, no le ha dado nada tangible a Vica, pero una convicción que ella aún atesora más que casi cualquier otra cosa, y que desea lograr transmitirle a su hija.

Pero claro que transmitir todo eso fue más fácil para su mamá, que había heredado el departamento de sus padres, que era secretaria pero con sueldo fijo, con sindicato, al menos una vez que dejó atrás las oficinas turbias de los padres de ambas de sus hijas y consiguió un trabajo permanente en un museo nacional: es decir que, aunque también era madre soltera, vivía en realidad con un nivel de precariedad mucho menos angustiante que el de la vida migrante de Vica y que parece, por lo menos desde donde está parada Vica en este momento de su vida, un nivel muy superior en la escala socioeconómica, y en la escala de cómo trabajar doble turno sin arruinar el apego y la psique de tu descendencia, y en la escala de no dejar que gane el cinismo y de cuánta esperanza puede una permitirse y de cuánta herencia y de qué tipo puede una fantasear con algún día dejar atrás.

¡Ay, ayayay!, protesta su madre en su cabeza: ¡Basta! El problema real aquí es nomás que desde chiquita te fascinaban los escritorios.

Tiene razón, le susurra Vica a Rupi. Porque no hay ni cómo negarlo.

Porque por más ñoño que suene, un escritorio siempre fue su idea de la felicidad y de algún modo Harriet lo sabe.

¡Tener un escritorio para ella sola! Un ritual, una superficie plana para…

papel, silencio, un lápiz con buena punta…

¡No! No y no. Te recuerdo amablemente que ya te salvaste una vez de todo esto.

Y te recuerdo que fue siempre el cabrón de Mandíbula el que te incitó a escribir y que él es una persona muy distinta a ti, una persona con dinero y con esposa, que todo el mundo sabe son las dos condiciones necesarias para una práctica artística sostenida.

Vica no tiene ni esposa ni dinero ni ganas de rogarle a nadie.

Niña, niña, no seas mendiga. Vica tampoco ya no sabe si es ella o su mamá hablando, pero se obliga a salir del cuarto rápido, y está cerrando la puerta detrás de ella cuando regresan Pina y Mandíbula: ella con una caja de uvas, él con una cantidad absurda de bolsas.

Las tengo que lavar, dice Pina, actuando como siempre más sabia que su edad.

Ahí está el baño, dice Mandi señalándoselo.

Vica lo sigue a la cocina y, en el susurro más amenazante que consigue, dice: Nunca jamás vuelvas a mencionar a mi hermana enfrente de mi hija.

De acuerdo, dice Mandíbula: Te pido disculpas, lo dije sin pensar, ya entendí con la patada que estuvo mal, no volverá a pasar, yo sólo…

¡Shhh!, dice ella, y él se calla.

Escuchan a Pina cantando en el baño.

Mandi susurra: Pero ¿por qué dijiste «invisible»? Podrías haber dicho «una vieja amiga» nomás.

¡Shhh!

Ok, dice él y baja las bolsas al piso.

Mierda, dice ella: Tienes razón. Le entrega a su hijo y va a la sala a encontrarse con la suya, que llega con las uvas goteando y la actitud de quien entra al escenario. Canta: Where in purple hue, the Highland hills we viewed. And the moon coming out in the gloamin…

Mandíbula se le une en el coro: O, ye’ll take the high road, and I’ll take the low road…

… y luego también Harriet desde la cama: And I’ll be in Scotland afore ye…

Hasta el bebé hace ga ga con ellos y Vica tiene que sonreír y, cuando la canción termina y un innegable aroma a familia la cachetea, sabe que va a tragarse su orgullo, sabe que estaría loca de no aceptar este trabajo.

¡Bravo!, grita Mandi. Y a Vica le dice: ¡Es increíble, literalmente le acabo de enseñar esa canción!

Vica le responde con una pregunta: ¿Te acuerdas lo primeritito que te dije, el día en que nos conocimos?

Me acuerdo perfecto, dice él: Me dijiste «Yo hice eso».

Exacto, dice Vica.

Mandi se ríe y se vuelve hacia la niña: Pina Pulpo, ¿qué otra canción te sabes?

Se acomodan en la sala y Pina Pulpo saca a relucir todo su repertorio. Canta y canta y canta para ellos hasta que Harriet grita: ¡Wishbone!