Wishbone El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #3
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El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #3

Me equivoqué, dice Mandíbula, mientras acomoda a Rupert en una especie de silla voladora colgada de la hermosa mesa de un modo que, le angustia a la mamá de Vica en su cabeza, va a dejar marcas en la madera.

Rupert protesta a gritos, pero Mandi lo ignora y se sienta por fin.

Se sirve un montón de canapés y sólo entonces Pina se desinhibe y se sirve también del buffet.

Mandíbula le saca el aguacate a todos los canapés que lo tienen, y se los pone al bebé en la charola de la silla voladora.

Funciona. Rupert deja de gritar y se pone a aplastar aguacate como si le fuera la vida en ello.

¡Hiciste guacamole!, dice Vica: Niño listo.

Pues sí, dice Mandi: Sucedió lo impensable. Harriet se retiró, ya hace varios años, y aunque nos preocupamos, no teníamos de qué, porque es de lo más activa. Es mentora para no sé cuántos jóvenes, y es una entusiasta del reino fungi.

¿Del rey qué?, pregunta Pina.

Le gustan los hongos, explica Mandi, y señala hacia una esquina de la cocina que no habían notado, donde algo enorme y blancuzco se desborda no de una maceta sino de una caja de cartón.

Tiene forma de nube, pero de nube peluda.

Parece algo salido de una pintura de Leonora Carrington: más mascota que planta.

¿Qué es eso?, pregunta Pina.

Se llama melena de león, dice él: Harriet me obliga a comer un pedazo cada mañana, porque no estoy durmiendo mucho.

¿A qué sabe?, pregunta Vica.

A camarón, dice Mandi. Luego se gira de nuevo hacia Pina y tira su carnada: ¿Viste el piano en la sala? En ese piano Harriet me enseñó solfeo, es decir que me enseñó a leer partituras, o sea a leer música, cuando yo tenía tu edad.

A Vica no le gusta la dirección que esa anécdota podría tomar.

En el coche después de la escuela, Pina estuvo cante y cante y Mandíbula lo entendió todo sin preguntar nada: la niña tiene talento, la mamá no puede pagarle clases de música.

Vica no va a permitir que su hija caiga en la trampa de su aparente generosidad.

Lo interrumpe diciendo: Mandi vive en una isla, en la playa.

¿Es una playa caliente o fría?, pregunta Pina dudosa, seguramente notando la alegría falsa en la voz de su madre.

Caliente, dice Mandi: Demasiado caliente para mi gusto, la verdad, yo extraño las playas de Inglaterra, con el agua helada y el viento que te pega en la cara.

¡No me vean así, es verdad! Quisiera que Rupi crezca con botas de hule y pastizales inacabables, quisiera poderlo recoger de la escuela un viernes y llevarlo hasta Escocia, ¡las podría llevar también a ustedes!

¿En serio?, pregunta Pina.

Sí, dice él: Y podríamos ir a donde quisiéramos porque, no sé si saben, pero Escocia es uno de los poquísimos países en el mundo con derecho de libre acceso.

¿Qué quiere decir eso?, pregunta Pina.

Que la naturaleza es de todos, que puedes caminar en donde quieras, meterte a donde quieras, por todo el país.

No te puedes meter si es propiedad privada, dice Vica.

¡Sí!, asegura Mandi: Donde sea. Siempre y cuando sigas los lineamientos de No Dejar Rastro. Son siete principios. El primero y más importante es que tienes que dejar todo como lo encontraste. O sea que te lleves toda tu basura, y si haces caca, la tienes que enterrar.

A Pina esto último le da risa, y Mandíbula aprovecha para sumar: Y eso ni siquiera es lo mejor de Escocia, lo mejor es su tradición musical.

Básicamente, Escocia es el paraíso. Hasta la reina lo dice.

Y podemos ser perfectamente antimonárquicos y aún así estar de acuerdo en que la reina tiene un gusto impecable.

Mi mamá está obsesionada con la reina, dice Pina.

¡Claro que no!, dice Vica: Sólo me encanta que la orillita de su paraguas es siempre del mismo color exacto que la ropa que lleva ese día. Y estás diciendo cualquier cosa, Mandi, Escocia está demasiado lejos como para llegar después de la escuela.

Es totalmente factible en un viernes, para un fin de semana largo. Podríamos hacerlo ahora mismo, si Harriet no nos necesitara.

A Lulú y a mí nos encantaría ir de libre acceso sin dejar rastro, dice Pina: ¿Cuáles son los siete principitos?

Siete principios, corrige Vica.

¿Quién es Lulú?, pregunta Mandi.

Es mi amiga, empieza a explicar Pina pero tiene que parar porque Rupert se pone a gritar otra vez. Mandíbula abre un puré nuevo: éste es de un color verde aceituna vieja, y hace al pobre niño pasar de los gritos a un llanto bajito, con la boquita torcida, que no deja a nadie indiferente.

Rupi quiere a su mamá, dice Mandíbula, quitándose el pelo de la cara y dejando en su propio fleco un rastro del puré verde. A Vica se le suaviza algo por dentro.

Pi, dice Vica: ¿Puedes explicarle a Mandi qué necesita un bebé para el destete?

Uvas, dice Pina.

¿Uvas?, pregunta él: Pensaba que son peligrosísimas para los bebés.

No si las cortas en pedacitos chiquitos, dice Pina: Así me destetaron a mí porque cuando yo era bebé, mi papá me decía Chichihai. Chichi es teta en mexicano y Hai es…

¡Tiburón en alemán!, la interrumpe Mandi: Tu papá siempre fue el mejor para los apodos.

A Pina se le abre la boca como a un tiburón: ¿Conoces a mi papá? ¿Sabes que vive en México?

No sabía, dice Mandi, alzando una ceja peluda hacia Vica, que se niega a confirmar o negar la información. Regresa hacia Pina: ¿Ya lo visitaste allá?

No, dice Pina: Pero lo veo en casa de mi Oma todos los veranos.

¿En Köln?, pregunta Mandi: Yo tam…

Pina, interviene Vica: ¿Cómo te decía yo cuando eras bebé?

Pulpo, dice Pina.

¡Ja!, dice Mandíbula: Ése es todavía mejor apodo para un bebé, vean a mi pulpo.

Todos miran por un momento a Rupert, que está efectivamente usando todas sus extremidades a la vez: patea la mesa con los pies, exprime el paquetito de puré con una mano, como si quisiera dispararlo al techo, mientras que con la otra intenta, sin éxito, levantar algo de aguacate de la charola.

Mandi arremete: Entonces, Agrippina Pulpo, ¿te gusta la casa de Harriet?

Pina va a contestar, seguramente no a la pregunta, sino para quejarse del apodo, porque ya no es una bebé, pero Vica no la deja contestar nada de nada.

Alza una mano para impedirlo. Le sube la furia de golpe.

Ve lo que Mandi está haciendo y necesita recordarle que ella no autorizó esto en ningún momento.

Le dice: Nos da exactamente igual que Harriet tenga un piano y un hongo de león y una casa muy bonita aquí y otra en París…

¡Donde alojó a tu hermana cuando tu hermana no tenía donde vivir!, la interrumpe él.

Vica le suelta una patada bajo la mesa. A Mandi se le deforma el rostro y se lleva la mano a la espinilla, pero no emite ningún sonido.

¿Qué?, pregunta Pina, su increíble radar para mentiras y omisiones encendiéndose. Mandíbula mira para abajo, devora un par de canapés, quizá se sonroja aunque es difícil saber con el ridículo bronceado que se carga. Se levanta y va al refrigerador. Pina insiste: ¿Qué es alojó?

Alojar es recibir a alguien en tu casa, dice Vica, pensando que va a evadir la otra pregunta.

Pero a Pina no se le va una. Pregunta: ¿Y cuál hermana?

Cuando Mandi y yo éramos jóvenes, improvisa Vica: Yo también tenía una amiga invisible, y se llamaba Hermana.

¿Tu tenías una amiga invisible?, pregunta Pina, poniéndose de pie por la emoción o tal vez por la incredulidad.

Sí, luego te cuento bien, pero ahorita Rupi necesita uvas.

No hay uvas, dice Mandíbula: Ya chequé.

¡Pues ve a conseguirlas!, dice Vica.

Ok, dice Mandi: Pina, ¿quieres venir conmigo a la tienda? Y a Vica le dice: ¿Está bien? ¿Te puedes quedar con Rupert?

Pina está dando saltitos afirmativos. Vica sólo asiente, como si no le pesara que le endilguen al bebé, y los ve salir juntos de la cocina, de la mano.

Míralos nomás, dice su mamá dentro de la cabeza: Ya se la ganó. Pero no te preocupes, eh, seguro regresarán, porque pues tú tienes a su bebé. A menos, claro, de que en realidad este bebé no sea suyo.

Nunca te cayó bien Mandi, piensa Vica.

La mamá se defiende: No es que no me caiga bien, es que los hombres carismáticos son peligrosísimos.

¿Como las uvas?

Más como el vino.

Ya, ya, piensa Vica, y saca a Rupert de la silla voladora.

Le limpia la cara de puré y él primero recarga su carita entre las clavículas de ella y luego hace un movimiento como de pájaro carpintero, buscándole el pecho.

Vica quiere disculparse formalmente por no tener leche para darle, por no ser su mamá.

Tararea algo, lo mece meciéndose ella, y la inunda un ritmo olvidado: el no-tiempo del infante.

Juntos miran el polvo que flota, el jardín, el aire, como si trajera mensajes importantes, y están así, podría decirse en paz, hasta que se oye un grito: ¡Wishbone!

Un fantasma, opina la mamá dentro de la cabeza.

Pero Vica la calla: debe ser Harriet. Mandíbula lo advirtió en el coche.

Los analgésicos y los calmantes la tienen actuando raro, diciendo tonterías, les pidió que no le hicieran caso.

Vica se queda como está pero luego el grito se repite y se da cuenta de que no lo va a poder ignorar.

Se acomoda a Rupert de lado, con sus piernitas abrazándole la cadera y lo que sobra del peso distribuido en el antebrazo.

Camina hacia la voz. Encuentra una puerta entrecerrada y da dos golpecitos. Dice: ¿Harriet?

Wishbone, vuelve a decir la voz, en un tono menos urgente, más afable.

Vica inhala profundo. Sabe que está a punto de ver algo patético, reminiscente de su madre enferma.

Algo capaz de generarle un miedo concreto en la panza incluso si apenas se distingue entre la penumbra.

Pero cuando por fin exhala y empuja la puerta, Vica encuentra algo muy distinto de lo que esperaba.