El secreto de una gran dama (Londres, 2009) #2
Es una cosa hermosa, la manera en que se expande su sonrisa conforme entiende algo.
Es como ver uno de esos videos time lapse de una flor abriéndose.
Y ahí Vica recuerda otra cosa: que por más que lo intente no puede odiar a Mandi.
Lo quiere bien desde el día en que tocó su puerta y él, sin conocerla, no sólo le abrió la puerta sino que también adoptó de inmediato una actitud generosa, una inclinación por protegerla.
Nunca lo había pensado, dice él: Y, según tú, contar por semanas, ¿es mejor o peor que por meses?
Es mejor y es peor, dice ella. E intenta explicarle cómo, cuando llegó a Londres, le costaba lo de las semanas, que pasan demasiado rápido.
Su situación era de por sí precaria —madre soltera, inmigrante, alemana en el pasaporte pero no en la piel, sobreeducada pero infradiplomada— y lo de las semanas nomás le sumaba incertidumbre.
Vica hubiera preferido poder asegurarse el techo y el sueldo de mes en mes, y no tener que vivir pensando: ¿cómo garantizo el bienestar de mi hija a partir del próximo lunes?
Porque eso era lo que importaba siempre: mantener a la hija a flote, que no note las grietas, que pueda ser niña.
Niña que acompaña a su mamá al trabajo, pero niña con colores y cuaderno, capaz de sentirse en casa en la mesa de quien sea.
Porque Vica tiene un talento para convertir cualquier situación en una aventura.
Y es un talento particularmente útil, le informa a Mandíbula, cuando vives una vida muy tediosa.
Él va a contestar algo pero ella no lo deja, no ha terminado. Ahora le presenta el otro lado. Dice: Pero ahora prefiero lo de contar por semanas.
Vica explica que pagar renta por semanas te facilita salir corriendo de departamentos sin perder demasiado, lo cual desgraciadamente han tenido que hacer varias veces.
Y también que el conteo semanal te otorga la ilusión de infinitas posibilidades, y te hace sentir como que las cosas cambian constantemente.
O como que podrían cambiar en cualquier momento.
Cuando en realidad nada nunca cambia, excepto el tamaño del léxico y de los zapatos de Pina.
Londres prometía ser una feria: autobuses de dos pisos, ¡desayunos todo el día!
Pero en realidad Londres es puro pinche esfuerzo y transporte.
Bueno, dice Vica: Aunque aquí arriba se ve más bonito, debería tomar el autobús más seguido. El metro es más rápido pero ni tan panorámico ni tan luminoso.
¿Has visto la luz?, pregunta él.
Como los de la caverna de Platón, concluye ella.
Mandi se ríe y dice: Tú siempre estuviste llena de ideas y de ocurrencias, no hay diplomas para eso.
No que un diploma cambiaría nada para mí, la verdad, dice ella: En Londres, los sectores de servicios y de cuidados están llenos de migrantes muy educados pero cuyos diplomas aquí equivalen a un papelito insignificante, a una servilleta usada.
¿En serio?
Sí. Lo ves en limpieza y también en prostitución. Muchas de mis compañeras trabajan en las dos, algunas acaban dejando a Ginny por sus pimps, es más riesgoso pero mejor remunerado.
Se le queda viendo, curiosa de cómo reaccionará, qué temerá.
Si no le cree, Vica ha conocido suficientes mujeres que, como ella, tuvieron que abandonar sus ambiciones profesionales, sus identidades pasadas, como para sostener su argumento.
Y si le pregunta directamente por la situación de ella, dirá la verdad: que no puede decir que estuviera tentada a prostituirse, pero sí que ahora puede entender la lógica detrás del salto en modos que antes no veía.
Y que tampoco está segura de que se sentiría igual si no tuviera a Pina.
O tal vez Mandi más bien entrará directamente en un ataque de culpa.
Vica recuerda de pronto que en realidad él siempre fue veloz a la hora de pedir disculpas por los sendos pasados colonialistas de sus dos patrias.
Pero no pasa ninguna de esas cosas. Lo único que Mandi responde, tras un par de cuadras en silencio, es: Te he extrañado muchísimo, V.
A lo cual ella quiere contestar: ¿Y quién tiene la culpa de eso?
Pero como no contesta nada, él sigue: Yo te podría enseñar a manejar del lado izquierdo.
¿Para qué? Nunca tendré un coche.
¡Nunca digas nunca!
Hay otro silencio durante el cual el tráfico parece desatorarse y Mandi maneja y Vica mira al bebé por el espejo, su boquita abierta, sus tres pelos pegados a la frente por el sudor.
Salió el sol y está pegándole al coche en los lugares correctos.
Se da cuenta de que lo que quisiera realmente, en este momento, sería echarse una siesta.
¿Estará a punto de enfermarse? No, no es eso.
Es algo distinto. Algo mucho menos común que una gripa. Vica se siente segura.
¿Viajas mucho nomás con Rupert?, pregunta.
Nunca. Esto fue una improvisación porque mi tía Harriet se rompió la cadera y…
¡Ay, no!, dice ella.
¿Te acuerdas de Harriet? Es la dueña de…
Qué pregunta, ¡obvio que me acuerdo de Harriet! ¿Por eso estás en Londres?
Sí, y cuando le dije a mi mujer que tenía que venir, ella me puso a Rupert en la maleta. Está un poco agotada, y está convencida de que nunca va a volver a dormir si no logra destetar y que nunca va a destetar con Rupert en la isla.
¿Qué isla?
¡Mallorca!, dice él: Eso ya lo sabías.
Supongo que nunca te creí del todo, confiesa ella: Pero ahora sí, porque ese bronceado que te cargas es prueba suficiente.
El rostro de Mandi se arruga y tergiversa, como si no lograra decidir entre el drama y la comedia. Opta por el melodrama: ¿Pensabas que te mentí?
Tienes que girar a la izquierda en esa avenida, contesta Vica como cerrando el tema.
Ok, mira, dice él: Voy a ir directo al punto porque esto es una proposición de negocios y quiero hacértela antes de que nos entretengamos entreteniendo a Pina.
¿Proposición de negocios? ¿Entretenimientos? ¿De qué habla?
¿De qué hablas?, pregunta Vica.
Harriet necesita cuidados. Y tú eres la única persona en todo Londres en quien yo confío.
Si aceptaras volverte su cuidadora, tú y Agrippina podrían vivir en el departamento de Harriet, que es precioso, tiene un jardín, quizá un poco oscuro, pero precioso, yo prácticamente crecí ahí, y te pagaríamos el doble de lo que sea que te paga Jennifer.
El cuerpo entero de Vica se contrae, como esas hojitas que se cierran cuando les tocas el borde.
Se llama Ginny, dice: Es diminuto de Genevieve.
Perdóname, Ginny. Triple. Te pagaría el triple de lo que sea que Ginni Diminutivo de Genevieve te paga.
¿Por eso viniste a buscarme?, pregunta ella: Para contratarme.
Dentro de su cabeza, su mamá dice: Claro, y no por tus ideas ni por tus ocurrencias, sino porque tienes manos y brazos y siempre necesitas trabajo.
Y para verte, dice él.
Vica puede sentir, con el peso de una sentencia, el resoplido interno que emite su madre en su cabeza. En voz alta, Vica nomás dice: Ésa es la escuela, al final de la cuadra.
Voy a poner la sonatina, dice Mandi: Para que Rupi no se despierte cuando pare el coche. Voy a darle la vuelta a la cuadra y las recojo en este mismo punto, ¿ok?
Vica no contesta, Beethoven llena el coche y ella está sintiendo tantas cosas a la vez que no siente nada de nada.
Los sentimientos, hace mucho que lo sabe, actúan como los rayos de luz de color.
Uno o dos pueden transformar cualquier experiencia, pero si mezclas más, lo único que obtienes es luz blanca.
Si mezclas demasiados sentimientos dentro de Vica lo que obtienes es un entumecimiento.
Un estupor metálico que se traduce en una cara sin expresión.
El coche para donde está prohibido, justo afuera del portón de la escuela. Vica tiene ya un pie fuera cuando Mandi le agarra el brazo y pierde la calma por un momento gritando por sobre la música: ¿Vas a considerar el trabajo? ¿Y te recojo aquí para tomar el té todos juntos?
El trabajo no, grita Vica: Pero el té sí, aquí te esperamos.
Empiecen, por favor, pide Mandíbula. Con un brazo carga a Rupert y con el otro gesticula hacia el pequeño banquete de sandwichitos y pastelitos que descansan en dos bandejas sobre la mesa rústica, en la cocina de su tía.
Pina, sentadita y aún en uniforme, obedece.
Elige un macarrón violeta y lo transporta a su plato.
Luego lo observa, como si fuera una joya o un escarabajo, hasta que Mandi le dice: Come, come, por favor.
Vica está mirando todo menos la comida. Porque a pesar de que por su trabajo siempre está descubriendo nuevos y sorprendentes interiores de Londres, no había visto un lugar tan encantador en mucho tiempo.
La cocina tiene una pared que es casi pura ventana: una puerta corrediza que da al jardín.
Vica vio otra igual cuando cruzaron la sala.
Es como si alguien hubiera extraído una cabaña de algún bosque mágico para, seguramente sin permisos, instalarla en medio de la ciudad.
Harriet es una viajera, una coleccionista, una maximalista.
Se siente su espíritu en cada objeto y en cada planta, aunque desde su accidente está metida en la cama, en alguna otra parte del departamento.
En cuanto llegaron, Mandi abrió las varias cajas de canapés que había encargado, y armó una selección que le llevó a su cuarto, junto con una buena dosis de analgésicos.
Luego repartió el resto en las bandejas, exprimió limón en una jarra de agua, distribuyó servilletas de tela.
A su hijo, en cambio, le suministró una sustancia dudosa, de color ocre pardo, y ahora, con toda razón, Rupi está furioso.
Siempre dijiste que nunca se iba a retirar, dice Vica, mordiendo un cuadrito de pan con una única rebanada de pepino encima de una cosa que parecía mayonesa pero sabe a pescado.