El secreto de una gran dama (Londres, 2009)
Vica baja hacia el sótano, haciendo rechinar el vinilo de la escalera a cada paso.
Va dejando tras de sí un rastro húmedo, como el de las babosas.
Cuando llega se baja la capucha, se sacude el fleco, argh, hasta los pies los tiene empapados.
Se extrae a sí misma del impermeable como si pelara un plátano y, una vez que logra separarse del plástico mojado, hace el ademán usual para colgarlo en la pared sin que la salpique.
Pero se le queda trunco el impulso. Baja la prenda indignada.
Hay un abrigo, un abrigo de lana color camello, ocupando su perchero.
Es decir su clavo. El clavito que ella misma martilló en la pared del pasillo, justamente para ocasiones como ésta: con el propósito de que su impermeable escurra fuera de su jurisdicción.
Y ahora resulta que su jefa, seguramente con la lana extra que gana al mantener bajos los sueldos de Vica y sus compañeras, fue y se compró un abrigo de ídem y, además, usurpó el clavo de Vica.
El invento de Vica. Su creación. Vica deja caer su impermeable morado en el piso, donde formará un charco melodramático que luego le podrá señalar a Ginny como evidencia del agravio, y nota la cima del insulto: el suave (tuvo que tocarlo) abrigo de camello está seco.
Pinche Ginny, ¿ahora hasta toma taxi al trabajo?
A Vica le sube una ola extraña, pero no del todo desagradable, de furia por el cuerpo.
Ésta es la historia de su vida, carajo. La historia de su imaginación, que siempre termina o desperdiciada o convertida en ganancia ajena.
Como esta oficina en el sótano que es poco más que un huacal sin ventanas pero que Ginny, su jefa, insiste en llamar «la central», y que Vica ha gastado mucho tiempo y esfuerzo embelleciendo.
Pero lo cierto es que, en cuanto optimiza una esquina de la central, otra ya se está desmoronando, y así se pasa la vida Vica: consiguiendo el tornillo preciso, rogándole a control de plagas por un descuento, retando a otro duelo a muerte a la impresora: nada de lo cual es parte de la descripción de su trabajo.
Son labores sisifoicas (si Sísifo hubiera sido una latina inmigrada a Londres, en vez del rey de Corinto) que ella la verdad ejecuta con orgullo excepto en días como hoy, cuando un puto abrigo le recuerda que lo hace todo nomás por amor a la belleza, y todo, siempre, sin más reconocimiento ni remuneración que el que ya recibía cuando nomás limpiaba.
Encuentra un par de calcetines que no son pareja, y se agacha para ponérselos en vez de los mojados.
Nunca es fácil poner calcetines secos en pies mojados.
Aún está inclinada cuando el parloteo de Ginny empieza a acercarse y se vuelve claro.
Dice: Llevamos siete años en el negocio pero sólo despegamos de verdad cuando llegó Vica.
Las orejas de Vica se levantan como las de un perrito en alerta.
Ginny sigue hablando de ella, con nombre y apellido: Vica Luft realmente ha sido clave para que esta empresa prospere.
Vica se endereza con incredulidad, lista para responder a esta retahíla de elogios, seguramente irónicos, pero al ponerse de pie casi se desmaya.
Porque se levantó muy rápido pero también porque, junto a su jefa, está el verdadero dueño del abrigo camello.
Un hombre con el que ha fantaseado infinidad de veces, que también ha resentido muchas otras, y que para estas alturas casi había olvidado.
Detrás de él, ahora Ginny está haciendo gestos indiscretos, abriendo y cerrando la boca sin sonido.
Este hombre siempre ha tenido, sobre ciertas mujeres, efectos adversos.
Es su viejo amigo Mandíbula, ahora prácticamente encima de ella, dándole un beso en la mejilla y ambos riéndose de lo imposible que está darse un abrazo porque él viene cargando, al frente, un bebé de ojos grandes y mejillas rojas.
Ésta es mi amiga Vica, le dice Mandi al bebé. Y a ella: Este es mi hijo, Rupert.
Mucho gusto, Rupert, dice Vica, y luego produce con la boca una serie de sonidos que siempre lograban distraer a Pina cuando Pina era bebé, o sea: ayer nomás.
Rupert responde a los sonidos con la breve pero absoluta atención del infante, una sonrisa enternecedora, un charquito de baba acumulándose en la comisura de los labios.
¡Tienes que enseñarme ese truco!, dice Mandi, y la familiaridad irrita a Vica.
¿Qué haces aquí?, pregunta ella.
Mi esposa está destetando, dice él: Así que me tocaba cuidar al bebé justo cuando tuve que volar a Londres porque…
Pero aquí en la central de Genevieve House Cleaning Services, aclara Vica: ¿Qué haces aquí?
¡Necesito un cigarro!, dice Ginny, palmeándose los bolsillos. Cuando encuentra la cajetilla, le pellizca la mejilla a Rupert, y luego a Vica, y se va diciendo: Pórtense bien.
Nunca me había dicho eso antes, dice Vica, dirigiéndose a la esquina que hace las veces de cocina.
¿Qué te portes bien?
No, todo eso de despegar y prosperar y no sé cuántos.
¿En serio?, dice Mandi sin parar ni un momento de hacer genuflexiones, rebotando con el entusiasmo exagerado de los padres primerizos.
Vica le cuenta la historia en lo que hierve el agua.
Llevaba un par de años trabajando para Ginny, limpiando casas y departamentos (Vica nunca aceptaba limpiar oficinas porque con frecuencia tenía que llevar a Pina a cuestas y a escondidas y las oficinas tienen cámaras), cuando un día llegó a la central a devolver unas llaves y encontró a Ginny teniendo un colapso nervioso porque tres de nueve compañeras se habían reportado enfermas.
En una hora, Vica reacomodó los turnos, llamó a los clientes con ese tono extradisculpatorio que se le da tan natural (así hablamos en México, ha intentado explicarle a Ginny: nos enseñaron a decir perdón hasta antes de decir por favor) y cubrió los turnos de la tarde ella sola, con Pina de ayudante secreta, sin que se enteraran ni los clientes ni la jefa de esta pequeña violación de las reglas.
A partir de ese momento, sus tareas empezaron a redirigirse, poco a poco, del trabajo de limpieza al trabajo administrativo.
Pero muy poco a poco, aclara Vica: A la velocidad a la que se reacomodan las placas tectónicas, y todavía me pagan lo mismo por hora que por limpiar.
¡Eso no está bien!, protesta Mandi, cuyo sentido de la justicia brotó siempre del privilegio.
Tampoco está mal, dice Vica. Mandíbula no la ayudó cuando ella más necesitaba ayuda, así que no va a aceptar su compasión ahora.
Le dice: Todo es un juego. Le señala un enorme corcho en la pared, cubierto de papelitos de colores.
Es mitad proyecto de manualidades, mitad tablero de Tetris.
Explica: Así organizo los turnos, ¡es divertido!
Pero al decirlo siente, más bien, ganas de llorar.
La inunda una vergüenza aguda. Por su trabajo, por la central, por su vida, por sus calcetines desparejados.
Se agacha para ponerse los zapatos y deja a Mandi mirando el corcho.
Impresionante, dice Mandi. Se termina el té girando el cuello hacia un lado y, con la palma de la mano libre, protege la cabeza del bebé, empujándola suavemente hacia el lado contrario.
Luego toma la taza de ella y, mientras lava ambas, con toda naturalidad le pregunta: ¿Y qué planes tienes hoy para después del trabajo?
Voy a recoger a Pina.
Maravilloso, dice él: ¿Me dejarías llevarte en el coche?
Ah, dice ella: Así es como los ricos no se mojan.
Vica ve auras. O no es que las vea, no exactamente, pero sí posee la capacidad de asociar a un individuo con un color muy preciso.
Y de, luego, usar el color para entender la personalidad, o por lo menos para obtener una noción clara, y con frecuencia, de quién es realmente esa persona.
El color guía las acciones, asociaciones y decisiones que Vica toma sobre el individuo en cuestión: ¿es amigo o enemigo?
En otras palabras: a esta persona, ¿hay que mantenerla cerca o más cerca todavía?
Pero su instinto cromático nunca ha funcionado del todo bien con Mandíbula.
Desde que lo conoció no logra decidir entre un puñado de azules.
Y no sabe si esto se debe a las cualidades engatusadoras de él, o simplemente al azul de sus ojos, que cambia según la luz y la ropa, y que no la deja pensar.
Algo que sí ha cambiado, nota mientras él maneja y ella lo mira de perfil: un nuevo par de paréntesis le enmarca la boca. Tanto sonreír le dejó huella.
¡Niña, niña!, advierte la mamá de Vica. Nadie puede hablar en voz alta ahora mismo, porque las bocinas del coche rentado emiten una sonatina de Beethoven a todo volumen y en bucle.
Mandi prometió que tres vueltas harán que el bebé duerma.
Así que su mamá aprovecha y toma el micrófono dentro de la cabeza de Vica: Te recuerdo amablemente que ya te salvaste una vez de este cabrón.
Vica piensa: Ya, ya…
Es un nuevo truco que ha estado practicando para silenciar a su madre, que es a veces amiga y a veces enemiga como, Vica supone, lo son todas las madres, independientemente de que estén vivas o no.
«Ya, ya» es lo que su madre solía decirle a ella cuando estaba triste o se había lastimado, y ahora Vica intenta usarlo a la inversa: para calmar al fantasma. A veces funciona, otras no.
Mandi para la música. El bebé va acostado de espaldas en su sillita, pero Vica puede verlo gracias a un espejo en la esquina posterior del coche.
Está out , dice.
Nunca falla, presume Mandíbula: Porque su mamá le ponía esa sonatina desde que estaba embarazada.
Vica sospecha que el vaivén del coche hubiera sido suficiente arrullo pero, en vez de eso, dice: Eso me recuerda cómo, cuando nos mudamos acá, tuve que aprender que Londres funciona como mujer embarazada.
¿Cómo así?
Sólo el mercado de rentas en Londres y las mujeres embarazadas de todo el mundo cuentan el tiempo por semanas.