La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #17
De vuelta al patio, encuentran que Nayeli sacó una botella de mezcal y unas naranjas, una de las cuales Violeta se está comiendo gajo por gajo.
Tor pone un banquito en el centro del patio y le pide a Violeta que coloque encima el bote de yogur.
Luego cubre el respaldo de una silla vacía con la seda azul y la coloca a un metro del banquito.
La señala y dice: Ése es el lugar de Philip.
Luego le da a cada quien una tela y les pide formar un círculo alrededor del banquito. Vladislav le hace un saludo torpe a la silla con la seda azul, que forma parte del círculo. Luego le pregunta seriamente a Tor: ¿Este octubramiento también es una sesión espiritista?
¿Qué es una sesión espiriti… eso?, pregunta Violeta, envolviéndose en el sari.
Claudine responde: Philip era nuestro amigo y tenía los ojos azules.
La niña asiente, como si eso lo explicara todo. Pantera y Nayeli parecen divertidos, al borde de la burla, pero ambos toman un sitio alrededor del bote de yogur y aceptan una tela —el yuzen y el ikat, respectivamente— sin chistar.
Tor explica el procedimiento. Cada tela representa un deseo. Cada persona está invitada a hacer un deseo para el bebé pulpo y luego a colocar su tela alrededor del Japetella diaphana, como una ofrenda.
¿Por qué no empiezas tú, Vla?, dice Tor.
Vladislav se aclara la garganta y dice simplemente: Sabrosura. Y envuelve cuidadosamente el rebozo alrededor del bote.
Te deseo la vida más larga posible, dice Pantera, y enreda el yuzen alrededor de las patas del banquito.
Después de que pasan todos, hay un breve silencio. Ahora el banquito parece un pastelillo gigante, con el bote de plástico en el lugar de la cereza. Tor enciende la linterna y la apunta hacia su rostro, sosteniéndola bajo su barbilla como hacía su hermana cuando le contaba historias de fantasmas.
En lo profundo del océano, comienza Tor: Digamos, más allá de los mil metros, donde ya no alcanza a entrar la luz del sol, muchas criaturas son rojas o negras.
Eso las protege, porque a esa profundidad, las ondas rojas no penetran, así que ser rojo te vuelve invisible.
Y lo que no se puede ver, no se puede cazar.
En cambio, más cerca de la superficie, digamos en los primeros quinientos metros, donde todavía hay luz, si fueras rojo o negro serías fácil de detectar, así que una mejor protección es no tener color, no tener ni bordes visibles.
¡Ser transparente!, interrumpe Violeta.
Exacto, dice Tor: Ahora, en lo profundo del océano, hay luminiscencia…
¿Qué es…? Empieza Violeta pero Pantera le hace, Shhh.
Ciertos depredadores tienen fotóforos, continúa Tor: O sea que vienen con su linterna integrada.
Eso es la luminiscencia. Para encontrar a su presa, emiten una luz azul.
Tor saca la seda azul del banquito de Philip y la envuelve alrededor de la linterna.
El haz de luz se vuelve azul. Su rostro también.
Sigue hablando: Si eres rojo o negro, puedes evitar reflejar esas ondas azules y así evitar que te vean con la linterna azul.
Pero ahora imaginen que un pez viene iluminando con su propia linterna de luz azul, y que se acerca a nuestro amigo de brazos cortos, que es transparente, como si estuviera hecho de vidrio.
De golpe, Tor apunta la linterna hacia la puerta corrediza de la galería. El vidrio refleja y expande, casi podría decirse: multiplica la luz.
Claudine dice: Ah, non!
Eso sería muy peligroso para el Japetella, dice Violeta: Si brillara tanto así, sería muy fácil de ver, y el pez luminiscencio se lo zamparía.
Correcto, dice Tor: Por eso ciertos cefalópodos, incluido éste, tienen un truco bajo la manga. Acérquense, por favor.
Tor espera a que todos se acomoden lo más juntos posible alrededor del banquito, luego sostiene la linterna, apagada y envuelta en la seda azul, sobre el bote de yogur, y la enciende.
De inmediato, el Japetella diaphana adquiere un borde. Se oscurece. En dos segundos se ha vuelto color óxido. Por primera vez en todo el día, ven al pulpo que han estado cargando, arriesgando mucho con tal de salvar.
Tor apaga la linterna y el Japetella vuelve a ser transparente. Repite varias veces, entre muchos «ooooohs» y «aaaaahs». Cada vez más rápido: óxido, transparente, óxido, transparente, óxido.
Finalmente se detiene y deja la linterna sobre el pastel de telas exóticas. Dice: Este pequeño cef no la tiene fácil, pero, usando lo que tiene, lucha por mejorar su suerte. Luego, Tor levanta el bote de yogur en sus manos y concluye: Te nombro Glück.
Todos aplauden hasta que Nayeli los calla, recordándoles el socavón y la mucha policía. Tor deja a Glück sobre su banquito tapizado, y alza otra vez los brazos, esta vez sosteniendo la seda azul con cierta solemnidad, o tal vez nomás teatralidad, por encima de su cabeza.
Philip, dice Tor: Hoy se partió el mundo. O al menos nuestra calle. Es una noche de octubramientos en abril. Es una noche para ofrecer y para recibir. Esta noche acepto tu regalo y te agradezco desde el fondo del alma.
Sigue un silencio. Vladislav saca la armónica y toca una brevísima melodía. Mientras, Nayeli alcanza unas florecitas blancas del limonero del patio y las coloca sobre la seda. Claudine se limpia las lágrimas. Violeta está como pasmada, pero no de miedo sino de seriedad y respeto.
Vla baja su armónica y dice: Adiós, hermano.
Entropía, es lo único que dice Andreas.
Ahora sí se quedan callados, y poco a poco, van notando los sonidos a ambos lados de la galería. Del lado de la fachada, el caos del boquete: los policías, los gritos de gente resolviendo cosas a gritos. Desde la parte trasera, el zumbido permanente de la Avenida de los Insurgentes.
El octubramiento está a punto de acabar de forma orgánica, indiscutible, como termina una bocanada de aire.
Pero justo antes de que el momento expire, Tor alza la seda azul una vez más, cierra los ojos y hablando fuerte y claro, dice: Y también, Philip, chingas a tu madre. Yo siempre voy a volver a trabajar.