Wishbone La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #16
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La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #16

Sígueme, dice Nayeli, y se voltea tan rápido que los aretes le tintinean y Tor apenas tiene tiempo de hacerle señas a los otros para que las sigan. Violeta la ve y les avisa a los demás. Todos se paran y siguen a Nayeli en la misma formación en hilera que llevan usando todo el día.

Un policía se pone feliz de verlos por fin largarse y, aunque los tiene bien cerquita, vocifera a través de su altavoz: Les dije, ¿no les dije? Nada que ver aquí. Síganle, ándenle, ¡circulando!

Suavemente, con la punta de un cepillo de dientes de la tienda de Nayeli, Tor empuja un racimo blanco y esponjoso afincado en el nopal, hasta que se desprende.

Cae en la cubeta que sostiene Violeta bajo la penca.

Están trabajando en equipos: Violeta y Tor; Claudine y Nayeli.

A cada equipo le tocan tres nopales maduros.

Cada penca mide un metro de alto y tiene una docena de hojas.

Mientras tanto, Vladislav hace guardia al otro lado del muro del patio, y Andreas y Pantera se encargan de la pecera.

Va a haber que vaciarla, sacarla al patio, subirla por la escalera adosada al muro de este lado, y bajarla por la del otro.

Luego cruzar el patio del vecino ganón, que por el mismo precio les dará paso por su casa para que la pecera llegue sana y salva hasta la camioneta.

La tarifa que impuso Nayeli debía incluir no sólo el soborno al vecino, sino también sus propios servicios como vigilante, pero en el último momento la nostalgia, el recuerdo de cosechar cochinillas con su madre en Juchitán, le pudo más, y le anunció a Vla que él iba a ser el vigilante.

Tor siempre aprecia encontrar a alguien más mandona que ella, y además le alegró poder reclutar a alguien con experiencia.

Ahora trabajan todas juntas, a la luz de velas y linternas.

Debido a los apagones, Nayeli tenía buen surtido.

Y como también tienen escaleras que los conectan con el patio de Nayeli, la tienda se ha convertido en su fuente de provisiones.

Por supuesto, Nayeli lleva la cuenta y simplemente sumó el soborno del vecino a la cuenta de Tor. Todo muy civilizado.

Ahí vienen los niños, dice Violeta. Tor se gira y recarga la frente contra una pared, para no presenciar la operación.

No vaya a ser que su pecera, o su hombre, o ambos, se caigan y hagan trizas.

Nadie respira mientras dura la travesía de un patio a otro.

Cuando Vla levanta un pulgar alzado por encima del muro, Violeta jala de la manga a Tor, que exhala y regresa a sentarse frente su nopal.

Niñas contra niños, dice Violeta. Ninguna de las adultas contesta.

Habría mucho que decir sobre esta división del trabajo improvisado sin cuestionar: el motor fino, ellas, el grueso, ellos.

Tor recuerda y le dice a Claudine: ¿Te acuerdas que cuando vivíamos juntas había una división de género por idioma, porque los hombres sabían alemán y nosotras no, y podían conspirar sin que entendiéramos?

Yo lo único que sé de alemán, interviene Nayeli: Es que usan la misma palabra para decir suerte que para decir felicidad.

¿En serio?, dice Violeta.

Tiene sentido, dice Tor: La suerte genera la felicidad, diría yo.

¿Cómo puedes decir eso?, pregunta Claudine: Una hace su propia suerte.

No estoy de acuerdo, dice Tor: Mana no eligió su suerte, la Avenida del Parque no eligió su…

Tienes razón, concede Claudine: La suerte no lo es todo pero sí pesa, es como el privilegio. Tal vez son la misma cosa, de hecho.

Yo creo que una hace lo que puede, dice Nayeli, levantando su cepillo de dientes por los aires: Usando lo que tiene.

¡Cuidado!, pide Violeta, arrodillándose para recoger tres pequeñas nubecitas que el arrebato de sabiduría de Nayeli tiró al suelo.

Nayeli abre la boca para decirle algo a la niña, pero antes de hablar se encuentra con la mirada suplicante de Tor, y no dice nada.

Parece entender que, si bien Tor dio instrucciones, no dio explicaciones.

El actual espíritu de equipo se debe en gran parte a la voluntad compartida por salvar la cochinilla.

Sería cruel, o al menos contraproducente, decir la verdad.

Pero claro que Nayeli y Pantera deben saber la verdad.

Es simbiosis básica. La cochinilla sólo puede vivir pegada al nopal.

No están salvando a los miles de bichitos, sino condenándolos.

Es muerte por cepillo de dientes. La suavidad que pidió Tor no es para evitar dañar a los insectos, sino para preservar su tinte.

Lo que están protegiendo aquí no es la vida, sino el color.

Es una actividad meticulosa. La cochinilla es blanca y las espinas del nopal traicioneras.

El material blanco se tiñe de rojo a menudo.

A veces por la sangre de un dedo pinchado, a veces por los bichos que estallan.

Los demás exclaman y se quejan del rojo, pero Tor lo encuentra casi demasiado hermoso para soportarlo.

Si no hubiera aprendido, como galerista, que hay que dejarle la fotografía a los fotógrafos, estaría tratando de capturar la escena de alguna manera.

Siguen trabajando en silencio hasta que Violeta pregunta: Tor ¿cómo le vas a poner a tu cefalopoide?

Al igual que los albañiles sincronizan sin querer el ritmo de sus martillazos, pronto ellas caen en una especie de canción común.

La letra consiste en sugerencias de nombres para el pulpo de brazos cortos, que sigue girando dentro de su bote de yogur como si tuviera adónde ir.

Es una canción sin melodía, suena como las palomitas de maíz.

Un nombre salta aquí o allá, y luego otro más. Y Tor los rechaza todos.

¡No Pulpis! Eso es una tautología.

¿Qué es una tatualojía?, pregunta Violeta.

Cuando dices lo mismo dos veces, dice Claudine: Pero sería más interesante un oxímoron: ¿Cuál es el opuesto de un pulpo? ¿Un unibrazo? ¿Un sinbrazos?

¿Qué es un oximorrón?, pregunta Violeta.

Es cuando dices dos cosas que se contradicen, dice Claudine: Como sol negro.

Los hombres regresan de su misión. Pantera guardó la pecera en su camioneta. Andreas termina de bajar la escalera y le dice a Violeta: Un sol negro no es algo real, es sólo una metáfora.

¿Qué es una metáfora?, pregunta Violeta.

¡Dejen en paz a la niña!, dice Nayeli: Le va a explotar la cabeza.

En ese momento, desde lo alto del muro entre patios y olímpicamente ignorando la escalera, Vladislav salta, aterrizando como un gato. Se toma un segundo para ponerse de pie y cuando lo hace todos exhalan aliviados.

Ahora que ha captado su atención, anuncia: Deberíamos hacer un octubramiento.

¿Qué es un octo… qué?, pregunta Violeta.

Un octubramiento es la forma socialmente aceptada de bautismo en un régimen socialista, le explica Vla.

Es un bautismo, aclara Claudine: Pero sin iglesia.

Me gustaría ver eso, dice Nayeli: ¿Es bonito el ritual?

Todo es bonito cuando Tor está a cargo, dice Vla.

Tor sonríe ampliamente y dice: No había pensado en los octubramientos por años.

Me gustaría verlo, repite Nayeli.

No podemos octubrear al pulpo hasta que yo decida el nombre, dice Tor. Y luego, porque teme haber sido grosera, le pregunta a Nayeli: ¿Tú cómo crees que debería llamarse?

El Emperador, dice Nayeli.

Ah, ¿por el traje transparente?, dice Andreas: ¡No es mala idea!

Nayeli sabe algo de alemán, le dice Tor a Andreas.

No, Rosita, no, dice Nayeli: Realmente sólo sé que suerte y felicidad son la misma palabra, pero ni siquiera sé cuál es esa palabra.

Glück, dice Andreas: La palabra es glück.

En ese momento, Tor levanta los brazos y, al verla, todos guardan silencio. ¿Tal vez oyó a la policía?

¿Qué?, le pregunta Andreas con las manos.

Pantera susurra: ¿Vámonos?

No, dice Tor en un volumen normal que relaja a unos y desconcierta a otros: Nos falta una cosita y ya.

Incontables veces, Andreas ha intentado explicarle a Tor cómo funcionan las cosas, cómo está todo entramado, cómo todo es una red: la fascia, el micelio, la gravedad cuántica en bucle.

Tor lo entiende sólo a medias, pero en este instante lo ve claro o, por lo menos, lo puede visualizar: el universo como tejido.

«El boquete de la Nápoles» jalando todo hacia abajo, amenazando con tragárselos, pero aquí están ellos, resistiendo por pura terquedad, insistiendo en vivir, jugar, reírse, trabajar aunque sea al borde del precipicio.

Andreas sostiene la linterna sobre una caja que hace años no abrían, mientras Tor, hincada, va sacando pedazos de telas exóticas: wax africano, ikat de Cambodia, yuzen japonés, un rebozo de Michoacán.

Tor no necesita entender cómo están hechas estas telas para amarlas.

Y ahora intuye que lo mismo es cierto para su relación de pareja.

Van a estar bien. No se trata de casarse, ni siquiera de entenderse cabalmente, sino de mantenerse así, cerquita, tejidos uno en el otro. Ella y Andreas: trama y urdimbre.

Siete, dice él cuando ella saca un retazo de un sari. Ella había dicho uno por persona y él llevó la cuenta, ella no.

Uno más, dice Tor y sigue hurgando en la caja. Él sostiene la linterna en silencio, hasta que ella extrae un cuadrado de seda azul claro, cierra la caja y se levanta.

Mientras caminan de regreso al patio, Andreas dice: Cuando llevamos la pecera a la camioneta, oí una nueva hipótesis. Parece que se cayó una barda enorme de la megaobra y eso fue lo que causó el socavón.

Tor considera la idea y, tan pronto, la descarta. No tiene sentido para ella: ¿no se supone que el suelo es donde terminan las caídas? ¿Qué pasaría si ella se cayera en el socavón? ¿Se rompería en mil pedazos o la tierra oscura la cacharía?