Wishbone La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #15
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La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #15

También se salvaron la tienda de Nayeli y la casa de Guardaparques, cuyos dos perros, eso sí, se quedaron atrapados adentro.

Guardaparques está que arde, desesperado por sacarlos de ahí y enconado contra el mundo.

Hace media hora, Nayeli de plano lo agarró de la mano y se lo llevó quién sabe adónde, pero lejos, porque ya no se oyen sus quejidos.

Sin su presencia justiciera hay menos alboroto, pero la mayoría de los curiosos está de acuerdo con él: la culpa la tiene la megaobra.

A Tor no le interesa tanto echar culpas.

Le interesa mucho más cómo clasificará el socavón su aseguradora.

Tiene cobertura contra desastres naturales, pero…

¿esto qué es? A ella le parece un desastre más bien antinatural.

Casi selectivo. Malintencionado. ¿O al revés?

Es casi como si alguien lo hubiera trazado con precisión.

Porque se tragó sólo la calle. El asfalto.

Como si el mensajero del infierno hubiera recibido instrucciones claras de detenerse en las apenas visibles líneas amarillas de la banqueta.

El socavón es de color chocolate amargo.

El pavimento quedó perdido entre la tierra.

Por aquí y por allá, se divisa un trozo, pero nada que recuerde la superficie plana que todos conocían y transitaban, la que estaba ahí hasta hace unas horas.

El socavón es como el hermano oscuro de un mercado sobre ruedas: se tragó la calle, ¿qué más va a llevarse?

¿Cómo iba ese poema?, pregunta de pronto Tor: Ese que Philip recitaba a gritos…

¿algo de que el infierno era el cielo, o al revés?

And in the lowest deep a lower deep threatens to devour me…

¿así era? Era el diablo que hablaba, cree recordar Tor, pero decide no decirlo en voz alta, para no espantar a Violeta.

También ha logrado no fumar cerca de ella en todas estas horas.

Vladislav, como queriendo encontrar sabrosura hasta en medio de una catástrofe, ha estado repartiendo cervezas que quién sabe de dónde obtiene Nayeli para venderle, en bolsas de plástico a rayas, apenas disimuladas.

Como resultado, los amigos de Tor están platicadores y medio pedos, mirando el socavón como si fuera la alberca de su hotel.

Tor nota que si se queda mirando fijo el hueco, puede sentirse cerca del fondo, casi como si estuviera acostada boca abajo, con la panza en la tierra, como cuando de niña ella y Mana cavaban túneles en el jardín del museo cuando nadie las veía.

A China. A California. A los antiguos incas del Perú.

Así que, se le ocurre por primera vez ahora, décadas después, cada túnel conectaba no sólo lugares distantes sino también épocas diversas.

Era, a la vez, puente y máquina de viajar en el tiempo.

El hechizo se rompe cuando levanta la vista.

Los edificios sobrevivientes parecen atónitos, y la jacaranda, también salvada, aunque apenitas, con muchas de sus raíces expuestas, colgando por el borde del hoyo, le redimensiona la escala.

Es un ilógico. Un desastre siniestro, insólito.

Otro pico de susto e incredulidad la sacude.

Una ola de terror callado, llegando a destiempo.

¡La Avenida del Parque! ¿Dónde quedó? ¿Adónde está todo eso de lo que estaba hecha, eso sobre lo que Tor tantas veces caminó?

¿Cómo pueden evaporarse tantas capas de materia así, de golpe?

¿Todo lo sólido se desvanece en el aire?

Lo cierto es que la Avenida del Parque es una desaparecida.

El poder del socavón está en el tamaño de su ausencia.

Tor no cree en Dios, pero se imagina que es así como la idea de Dios ejerce su violencia: por su tamaño.

Por la monumentalidad del poder que le atribuimos.

¡Paradise Lost!, grita Tor.

¿Qué?, dice Violeta.

El poema que Philip recitaba, dice Tor, pero nadie le responde.

¿Quién es Philip?, pregunta Violeta.

Tor la mira, mira al pulpo, y se marea. Siente que va a tener que meter la cabeza entre las piernas o comer algo con azúcar.

Después de traerlos a todos hasta acá, Pantera tuvo que regresar al mercado a levantar su puesto y dejó a Violeta a cargo del pulpo y a Tor a cargo de Violeta.

Por un lado, Tor siente que no está a la altura, que debería ser Andreas el encargado.

Pero, por otro, Tor no quiere soltar a la niña porque, en un giro inexplicable, siente que es la niña quien la está protegiendo.

El pequeño pero firme apretón de la mano de Violeta, a la vez muleta y amuleto, la ha mantenido anclada a la realidad en un día completamente surrealista.

Por eso mismo, Tor se ha quedado unos metros atrás de los demás, en la esquina donde termina el socavón.

Sin beber ni fumar, casi sin hablar. Desde ahí ve su galería, al otro lado, en diagonal, y siente unos engranajes muy dentro de ella reacomodándose a su pesar.

La puerta rosa brilla. Tor sabe que es porque el metal refleja la luz del farol de la esquina, el único farol que quedó en pie.

Pero si entrecierras los ojos parece que la galería misma emite luz.

Sola pero radiante. Tor entiende el mensaje cifrado.

Sabe a despedida. El diablo se llevó la calle pero no la Galería.

Eso va a tener que derribarlo ella solita.

Este es el fin, ensaya Tor en un susurro, de la Galería Rosa Mexicano.

¿Qué?, dice Violeta. Aunque, de nuevo, la niña no insiste en obtener respuesta.

Así han estado comunicándose todos conforme avanza la tarde, preguntas abiertas como quien lanza piedritas a un canal, sin que nadie realmente conteste.

Están sentados en fila, frente al cerco que improvisó la policía: una línea de conos naranjas llenos de arena.

No hay espacio para hablarse de frente, así que la conversación va rebotando como en un partido de frontón.

Y eso sólo cuando las máquinas se callan.

Como ahora: una grúa que traía cubos plásticos enormes acaba de apagarse.

El silencio que se abre se siente como aire fresco, un descanso, casi una primavera. Hasta se oye cantar a los pájaros.

Vla, dice Tor: ¿Cómo era eso que siempre dices, sobre los cierres?

Todo cierre es también una apertura, dice Vladislav.

Entonces ¿esto qué es? ¿Esta apertura? ¿Es un cierre?

Según la propiedad conmutativa de la multiplicación, dice Andreas, el orden de los factores no altera el producto.

Pero esto no es une multiplication, dice Claudine. Para mí, este hoyo es definitivamente un cierre, Tor: un final.

¡Mi papá dice que lo del orden de los factores no es cierto!, grita Violeta, brincando. Es la única lo suficientemente joven y sobria como para seguir con energía. Explica: Porque si comes guayabas, haces caca, pero si comes caca no cagas guayabas.

Andreas suelta una carcajada. Claudine asiente, con los labios fruncidos.

En ese momento, un nuevo sonido se suma al silencio y a la charla recién nacida y a los pocos pájaros: Ladridos.

Tor voltea justo a tiempo para ver, al final del pasillo improvisado, a Guardaparques avanzando rápido, jalado por las correas de sus dos perros, demasiado emocionados.

Se dirigen lo más rápido que el señor puede, hacia la otra calle donde Tor sabe que dejó su coche.

¿Cuántas veces ha oído Tor a Guardaparques quejarse por no encontrar donde estacionar sobre Avenida del Parque?

Ahora eso le salvó la vida. O por lo menos el auto.

Otros no tuvieron tanta suerte. A la vuelta, una docena de dueños de coches desaparecidos esperan y protestan.

Aquí donde están sólo se les permite la entrada a los residentes.

Y eso gracias al esfuerzo conjunto de Guardaparques, Nayeli, y hasta Claudine que, con ayuda del traductor de su Blackberry, les brindó a los vecinos el vocabulario legal necesario para exigir este palco privilegiado.

Yo invito la siguiente ronda, dice Tor poniéndose de pie. Había supuesto que Nayeli estaba comprando las chelas en alguna otra tienda y revendiéndolas, pero ahora, con el milagro de los perros rescatados, se pone en alerta. Le encarga la niña a Andreas, y va a buscar respuestas.

Resulta que Nayeli sobornó a un vecino cuyo patio colinda con su tienda, pero cuya fachada da a la calle de atrás, así que su casa no es parte de la tragedia de hoy. Desde ahí, Nayeli puede pasar al patio de su tienda con ayuda de unas escaleras. Y desde ahí, piensa Tor, al patio de la galería.

Tor se prometió a sí misma, después del fracaso de la investigación de su hermana y del episodio en la carretera a Acapulco, que no volvería a recurrir a mordidas.

Pero… ¿no hay situaciones extremas? ¿De vida o muerte?

Es cierto que sus animales son más pigmento que mascotas, pero igual son su responsabilidad.

Nayeli, le dice mientras paga las cervezas: Como sabes, el color es mi patria.

Tor espera a ver cómo le cae eso, pero Nayeli tiene su cara de póker bien puesta, reforzada por sus aretes dorados, enormes y complicados.

Así que Tor se sigue nomás: Me conmueve y me preocupa el color.

Yo sé que tú eres de Oaxaca y me pregunto si, como yo, tienes esa sensibilidad.

Si te sería más fácil ayudar a alguien de Oaxaca que a alguien que no lo es.

¿Me vas a decir que tus amigos gringos son de Oaxaca, Rosa?, dice Nayeli.

No, los altos no. Pero ¿sabes lo que es la grana cochinilla?

Ay, claro. Mi mamá tenía detrás de la casa, toda mi infancia. Me hacía quitarla con pincelitos de las pencas.

¡Sí! Así lo hago yo también, dice Tor: Mi patio, detrás de tu tienda, está lleno de grana.

Ah… Nayeli, si eso fuera posible, parece ablandarse un poco.

Tor añade: Y también Violeta, la niña… ¿viste el pulpo que trae?

Sí, muy raro.

Ya sé, pero la cosa es que necesita oxígeno. Si no lo metemos en su pecera, no sobrevive la noche. ¿Puedes hablar con el vecino? No me importa cuánto quiera, mientras no sea una locura.