La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #14
Tor le arrebata la bolsa a Pantera y se la coloca frente a la cara.
Entrecierra los ojos. No ve nada. Coloca una mano detrás de la bolsa y no ve nada.
Hasta que ve todo. Todo. Cada órgano, cada tentáculo.
Lo único que no puede ver es la piel. Es como uno de esos dibujos en tercera dimensión que le gustaban tanto de niña, donde tenías que hacer algo con los ojos, no tanto una gimnasia como un relajamiento, un expandirse en la superficie del papel hasta que de pronto lo veías todo.
Y entonces era como que habías encontrado la llave.
Podías ver, dejar de ver, volver a ver: a voluntad.
Esto es igual sólo que empiezas con una bolsa llena de agua y te enseñas a ver en ella un pulpo.
Los ojos saltones de Pantera aparecen del otro lado de la bolsa, como preguntando: ¿Te gusta?
¿Qué es esto?, pregunta Tor.
Bueno, empieza Pantera: Es que resulta que mi contacto en Florida me falló, y como mi lema es la satisfacción del cliente, fui con el Duende, a la que sólo acudo en ocasiones verdaderamente especiales.
3GSP, ¡tres grados de separación de Pantera!, dice Andreas, pero nadie le entiende, más que Tor, que lo ignora.
Es demasiado chiquito, dice Tor: No puede ser el centro de mi exposición.
¡Pero es transparente!, protesta Pantera: ¡Es perfecto para un museo del color!
Tor se defiende: Transparente no es un color y mi galería no es un museo.
Claudine, muy bajito, suma: Todavía…
Ok, concede Pantera: Pero este pulpo cambia cuando la luz cambia.
Todos los colores cambian cuando la luz cambia, dice Andreas.
¡Por eso!, dice Pantera.
Pero ¿va a crecer?, pregunta Tor.
Claro que va a crecer, dice Pantera: Es un cachorro. Es como con los hijos humanos, que parpadeas y ya hay que comprarles nuevos uniformes, ¿sabes?
No, dice Tor: Yo no tengo hijos.
Entonces el rostro de Pantera hace algo tan increíble como inesperado: como si su cachorro interior hubiera asomado la cabecita desde su madriguera y encontrado, justo afuera, una carnicería.
Una mezcla de preocupación, curiosidad y desprecio paternal frente al espectáculo de una mujer sin hijos.
Se nota cómo, sobre todo, quiere preguntar: Pero ¿por qué…
? Pero se contiene. Mientras pasó todo eso por su cara, Andreas estuvo hablando de mamíferos, cachorros, moluscos, crías de pulpo, pero nadie le prestó atención.
Desde atrás, Violeta dice: Los brazos no.
¿No qué?, pregunta Tor.
No le van a crecer mucho.
Ah.
Sí, acepta Pantera: Es un pulpo de brazos cortos.
¿Un pulpo de brazos cortos?, pregunta Tor. Su desilusión se derrama, ocupa espacio, casi como si alguien más se hubiera subido a la camioneta.
Pantera sigue: Y si quieres que el cuerpo crezca, tienes que aprender a alimentarlo bien.
Claro, dice Tor: Como no he tenido que alimentar niños, ¿qué tal si mato de hambre al bicho?
Está tratando de invocar otra ola de ese complejo y tierno Pantera que avistó antes, pero Pantera no muerde el anzuelo: está de regreso en su rol profesional, es un traficante de animales, pero un traficante muy profesional.
Palpa sus mil bolsillos hasta dar con un botecito negro, de los que antes servían para guardar rollos de cámara. Lo deja sobre el tablero.
No se parece nada a alimentar niños, dice Pantera y luego, a Violeta: ¿Hija?
La niña estaba preparada, tal vez hasta lo ensayaron, porque al instante le entrega al padre un bote de yogur vacío y lavado, de un litro.
Pantera se lo coloca entre las piernas y vacía en él los contenidos de la bolsa de plástico.
El pulpo parece tieso un instante, y luego se arremolina, como explorando su nuevo hábitat.
Hay un suspiro colectivo de asombro, o quizá nomás de alivio.
Pantera palpa de nuevo los bolsillos y extrae un gel de alcohol. Se limpia las manos y luego se lo pasa a Claudine. Uno por uno, todos se limpian las manos.
¿Qué tipo de pulpo es?, pregunta Andreas.
Y Tor pregunta: ¿Y cómo podemos creerte que es bebé? Tú mismo nos dijiste que no se puede fechar a un pulpo.
Éste es un bebé, asegura Pantera: Yo confío en Duende y ustedes pueden confiar en ella también.
¿Por qué?
¡Porque el duende es muy importante!, grita Vladislav desde su puf, haciendo su única contribución de la tarde: ¡El duende es como la versión flamenca de la sabrosura!
Ajá… dice Pantera: Y la mía es una bióloga marina especializada en camuflaje, tiene un laboratorio en la UNAM.
Esto de hecho sí le inspira confianza a Tor. Supone que al final del día es una snob más, fácilmente impresionada por credenciales académicas.
Es un Japetella diaphana, dice Pantera: Viven en el Golfo de México. Les gusta estar a mil metros de profundidad, del lado con luz.
Porque en la oscuridad… empieza Tor, pero se detiene cuando Pantera destapa y le coloca frente a la nariz el botecito negro.
No contiene un rollo de cámara. Huele a pescado.
Tor hace una pinza entre dedo gordo e índice, y extrae un camarón diminuto deshidratado, o tal vez disecado.
Su cuerpo translúcido y sus ojos negros saltones parecen familiares tanto del Japetella como de Pantera, pero nadie se confunde: éste es presa. Es la comida.
Pantera levanta el bote de yogur y Tor mete el camarón al agua.
El pulpo se lo arrebata y se va con él al otro extremo del bote, muy como un perro llevándose su hueso para esconderlo.
El contacto fue mínimo pero significativo.
A la vez firme y resbaloso. Tor quiere sentirlo de nuevo, o más bien quiere que el pulpo la toque otra vez.
Pero primero le ofrece a los demás un turno.
Hasta Vla se para del puf por el suyo. Luego, sí, Tor toma el bote y mete los dedos, sin camarón.
El pulpo la explora y luego se abraza entero a su dedo índice, como inspeccionándolo.
No la está oliendo, no exactamente, pero podría decirse que la está probando.
Sus ocho brazos están llenos de ventosas capaces de sentir de maneras que Tor es incapaz de entender de verdad, desde su cuerpo humano.
Sabe que no debe sentirse halagada con el interés: la vida es aburrida dentro de un bote de yogur.
La sensación es fría, pero no desagradable.
De pronto, Tor saca la mano del bote, con todo y pulpo. Claudine suelta un gritito.
No pasa nada, dice Tor, inspeccionando ahora ella al pulpo: No es un pez, puede estar un rato fuera del agua.
Parece un cristal, dice Andreas: Una joya.
Cierto, dice Claudine: Parece tu anillo de compromiso ideal, poulette.
¿Te gusta para tu museo?, pregunta Violeta.
No es un museo, dice Andreas con su voz de maestro, como para frenar en seco el inicio de otra discusión más sobre el testamento que bien podría arruinar este hermoso momento.
Pero un día tal vez lo sea, dice Tor, mirando sólo a Violeta, pero notando, no hay manera de no notarlo, la energía que irradia la sonrisa repentina de Claudine, como si una criatura mítica hubiera abierto las alas.
Los interrumpe un teléfono. Tor mete el pulpo al agua, le da el bote a Andreas y saca su celular: está esperando la llamada de un distribuidor al que le pidió fiado para la inauguración.
Pero ni bien lo saca se le frunce el ceño.
Es Nayeli. Tor a veces la llama a ella, para hacerle un pedido, pero Nayeli nunca ha llamado a Tor. Se baja de la camioneta y le contesta.
Mientras Tor escucha los desvaríos urgentes y desordenados de su vecina, los demás se turnan para cargar al pulpo en un dedo y darle paseos por el aire, Vladimir orquestando con la armónica.
Tor cuelga en una especie de niebla mental, y aunque le pesa interrumpir la feria improvisada, tiene que hacerlo.
Se sube otra vez a la camioneta y su cara larga los silencia a todos.
Pantera, dice Tor, pálida: No tengo hijos. Pero la galería… es como mi bebé, ¿sabes? Tú amas tu puesto y tu camioneta rosa, ¿verdad? Sabes cómo es esto de tener un changarro propio, que levantaste desde cero, tienes que protegerlo, ¿no?
Claro, dice Pantera: Es la responsabilidad del emprendedor.
Exacto. Y ahora mismo necesito tu ayuda para proteger el mío, por favor.
¿Qué pasó?, pregunta Andreas poniéndole una mano en el hombro.
La temperatura de esa mano, la solidez de la presencia de Andreas, la aterrizan.
Tor regresa, se enfoca, la niebla se disipa, entra en modo ejecutivo.
En modo emergencia. Y no quita los ojos de los de Pantera: saltones y como de vaca, rebosantes de una benevolencia sabia detrás de sus lentes gruesos, mientras le dice: Mi bebé se cayó en un hoyo.
Claudine. Vladislav. Andreas. Tor.
De la mano de Tor, Violeta. En la otra mano de Violeta, el bote de yogur.
En el bote de yogur, el Japetella diaphana.
Frente a todos, un socavón. Un hoyo increíblemente grande: treinta metros de profundidad, seis de diámetro.
O así lo declararon los noticieros de la tarde, reservados para las tragedias de último minuto.
Ya hasta le pusieron nombre: «El boquete de la Nápoles».
Pero aunque uno quisiera creerles (y Tor no les cree, porque vio cómo lo midieron, con una piedra amarrada a una cuerda), las medidas no significan nada.
Es difícil relacionar cualquier cifra con la imagen frente a ella.
A Tor el socavón le parece un abismo sin fondo, una entrada al infierno: mitad advertencia, mitad tentación.
Tan amenazante como invitador. O al menos una metáfora de algo, aunque no sabría decir exactamente de qué.
Lo único que sabe es que tuvo suerte, su bebé no se cayó en el hoyo.
La Galería sigue en pie. De milagro, al borde del precipicio, pero entera.
Intacta. Y dentro de la Galería, al otro lado del socavón, está el tanque.
Y en el tanque está la bomba de oxígeno, sin la cual el pulpo de brazos cortos, muy pronto, va a asfixiarse.