La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #13
Es la primera vez que Tor toma de la mano a un niño.
Le sorprende lo seguro del agarre, que le ayuda a sentirse firme, casi enraizada, aun mientras caminan por el mercado.
De pronto Tor comprende el atractivo, que nunca antes entendió, de ir para todos lados con una persona pequeña adosada al costado, como una especie de sidecar.
Ella siempre ha imaginado el acto de cuidar a un niño como un flujo unilateral, en el que das das das hasta vaciarte.
No sabe si esta idea de sacrificio total le viene del catolicismo o más bien de los pulpos, pero sabe que nunca antes se le ocurrió que podía fluir de regreso.
Esto que siente de la mano de Violeta, no sólo que la hizo reír cuando está nerviosa sino algo también físico, algo que empieza donde se juntan las palmas y le sube por el brazo y se le expande por todo el cuerpo: una corriente de energía silenciosa, estable, dorada.
Todo alrededor de esa pequeña burbuja luminosa que forman caminando las dos juntas pulsa.
El exceso de colores, olores y sonidos les impide conversar.
Una cacofonía de cantos, éxitos musicales, regateos, merolicos describiendo un único remedio milagroso capaz de curar síntomas de toda índole.
Cuerpos. Cuerpos rozándose, cuerpos evitando rozarse.
Tantos estímulos que casi se anulan entre sí, casi entumecen.
El mundo reducido a un mosaico de toldos de plástico de colores, no muy distintos a las tiendas de telas por las que ella y Claudine solían caminar hace años, buscando algodón, wax, significado, rincones donde pasar el duelo, retazos que pudieran devolver algo de color a sus espíritus jóvenes y rotos.
Claudine tampoco tuvo hijos, y Tor se pregunta ahora si ella sabrá de esta aura constante que puede irradiar un niño por la mano, y también se pregunta si su decisión de no tener hijos tiene algo que ver con la pérdida de Mana.
Hay tantas cosas que Tor nunca le dijo ni le preguntó a Claudine, y de repente se llena de remordimiento, por la facilidad con la que dejó ir esa amistad.
Y se llena de vergüenza, también. Ha sido francamente injusta con Claudine.
La respeta; debe hacérselo saber antes de que se vaya.
Por ahora, choca contra ella, cuando Pantera se detiene sin previo aviso, provocando una carambola.
Pantera indica con la mano que van a girar.
Debe de ser un error porque está señalando hacia un callejón sin salida.
Pero luego mete la mano entre dos toldos que parecían uno solo, creando una abertura en forma de óvalo en la pared de mentiras.
Una entrada. O una salida. Una suerte de puerta por la que, uno por uno, el grupo va pasando: agachándose, dando un paso afuera y luego deteniendo la abertura para el siguiente.
Cuando Tor se desdobla del otro lado, se encuentra en una calle angosta.
O una calle normal, pues, pero que con el mercado encima ha quedado convertida en un callejón misterioso.
Mira el pavimento alrededor de sus pies: normalmente por aquí pasan los coches.
No debería sorprenderle, así es como funcionan los mercados sobre ruedas: aparecen, venden, tragan, desaparecen.
No le sorprende pero le inyecta un miedo mudo.
Suda frío, aprieta la mano de la niña. El corazón le da brincos anormales aunque todos siguen caminando en fila, como si nada.
Ahora tienen de un lado los toldos y del otro las fachadas de pequeñas casas cerradas.
Ya no ven el mercado pero siguen oyéndolo y por alguna razón a Tor esto le parece aún más amenazador.
¿Por qué Pantera los llevó a la parte de atrás?
¿Será una trampa? Tor mira a sus amigos, siguiendo a este desconocido en total confianza.
Mira a Violeta de reojo y la encuentra con el ceño fruncido.
¿Es porque ahora están caminando bajo el sol o es porque está preocupada?
¿Será que la niña es más bien su guardaespaldas?
La tensión vira al pánico, la respiración se le dificulta.
La última vez que Tor vio a su hermana, Mana tenía una mochila colgando del hombro: para ir al mercado sobre ruedas a comprar.
La policía usó la mochila para descalificar las declaraciones.
Si se llevó una mochila es porque planeaba no volver, dijeron.
Pero Tor sabía que la mochila estaba vacía y sabía que a su hermana se la llevaron.
Y para no pensar en qué o cómo o quién exactamente se la llevó, Tor se ha construido una imagen borrosa: que fue el mercado quien se la tragó.
En un buen día: que fue el color del mercado. Fue el color que se la llevó.
Pero en un mal día, Tor se la imagina en una calle justo como ésta: reducida a callejón por los toldos.
Una calle llena de ruido pero vacía de gente: el tras bambalinas del mercado.
Las fachadas indiferentes, esperando pacientemente que pase el sábado y puedan volver a ver a sus vecinas del otro lado.
Y se imagina un brazo o más, jalando a su hermana para siempre en cualquier umbral, hacia adentro de quien sabe qué infierno.
¿Estás bien?, pregunta Violeta.
Tor cae en cuenta de la presión que está ejerciendo en su manita: la debe de estar lastimando.
La suelta, se disculpa. Mira sus propias manos y se da cuenta de que está temblando.
Intenta sonreír pero también el rostro le tiembla.
Hay un vendedor fumando atrás de su puesto y saluda efusivamente a Pantera.
¿Un conocido o un cómplice? Estás paranoica, se dice.
Tor busca con los ojos algo a lo que agarrarse.
Los entrecierra y obliga a su mirada a saltar de un color a otro, nombrándolos.
Va del azul eléctrico del turbante de Claudine al plateado de la punta de los tenis de Violeta, al verde botella de una pared a su derecha, al azul cielo cuando por fin dejan atrás el mercado y están otra vez en una calle normal, completa, al amarillo de la banqueta, al rosa chicle de una camioneta Volkswagen.
Pantera se frena afuera de esta última, y los demás evitan otra carambola.
Luego abre la puerta corrediza y hace un gesto de invitarlos a entrar.
¿En serio?, pregunta Tor, el miedo aflojando las riendas. En realidad, no hay ninguna razón por la que no pudieran secuestrarlos en una camioneta rosa, nomás le parece poco probable y, conforme sus amigos se van subiendo, en vez de angustiarse más, por fin se relaja un poco.
Mi mamá tenía un nombre para este color, dice Tor: Rosa-chíngame-la-retina.
Pantera susurra: Dejé que Violeta escogiera…
Tor acepta que confía en este hombre y camina hacia el frente de la camioneta.
Pantera se sube al volante y ella de copiloto.
Cierra su puerta y se gira para apreciar la parte de atrás: más casa que coche.
Hay una hielera de plástico azul haciendo las veces de mesa de centro y, a su alrededor, un puf rojo y una banca plegable.
Los reyes magos acomodándose en la sala/zoológico.
Hay pájaros en jaulas, conejos en cajas, tambos de croquetas.
Tor nota que no hay vidrio en las ventanas, sólo reja.
La camioneta misma es una jaula. De todos modos el aire no fluye lo suficiente para la cantidad de fauna.
Pero fuera de eso: impresionante. Claramente Pantera ha puesto mucho esfuerzo para que estén cómodas todas las especies.
¿Les ofrezco algo de tomar?, pregunta Violeta, ya sirviendo Pepsi tibia en vasitos de plástico.
La omnipresencia de alambres negros intriga a Tor.
Es un poco como mirar al cielo en la ciudad y encontrar ese enredo de cables que unen un poste a otro.
Luego lo entiende: si la camioneta avanza, los alambres impedirán que las cosas caigan.
En una esquina hay una pecera con una boa dormida.
Está cubierta de forma precaria con un pedazo de triplay que parece hacer las veces de bar.
Encima, Violeta juega a la cantinera. Todos le dan las gracias cuando les entrega un vaso.
Incluso Vladislav, sentado con las piernas cruzadas sobre el puf y en contra de sus principios, da un sorbo.
Tor no puede evitar sonreír. Es como si todos estuvieran jugando a la casita de muñecas.
Claudine se abanica la cara con un extremo suelto de su turbante.
Vladislav cierra los ojos. El calor es seco y denso, el olor espantoso.
Bueno, dice Tor: ¿Dónde está?
Pantera tamborilea los dedos en una cajita de unicel que sacó de quién sabe dónde mientras los demás bebían Pepsi.
Es más pequeña que una caja de zapatos y el corazón de Tor se encoge.
Su cabeza contribuye: Esto es lo que pasa en cautiverio, los animales se reducen al tamaño de su jaula.
Seguro que fuera de su pecera, esa boa se vería mucho más grande.
Y eso pasará también con el pulpo, se expandirá para llenar la pecera que han estado curando en la galería, mucho más grande que una caja de zapatos.
¿Ahí lo tienes?, pregunta Andreas, su cabeza apareciendo entre las de Tor y Pantera.
Pantera asiente y, al igual que con el pulpo anterior, de la caja de unicel sale una bolsa con agua. Pero ésta no está ennegrecida por la tinta. Está algo peor. A Tor se le contrae la quijada: no debió confiar en este hombre. La bolsa está vacía.
Pantera, no obstante, tiene una sonrisa enorme que a Tor le provoca un escalofrío en las cervicales. ¿En qué se metió? ¿Es un estafador nomás o algo más grave? ¿Un psicópata? Parece loco de atar cuando dice, sobre la bolsa: ¿No es divino?
Las cabezas de todos están asomándose a la parte de enfrente y, tras inspeccionar la bolsa, Claudine dice: Cool.
Cómo que cool, piensa Tor.
Muy, dice Andreas: Muy cool.
Tor mira hacia atrás, tratando de encontrar a algún cuerdo que le confirme la locura de todos, pero Violeta está acariciando un conejo y Vladislav parece estar meditando.