La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #12
Los abogados estamos acostumbrados a la desconfianza, dijo Claudine: Pero de todos modos, ouch.
Creo que no podía enfrentar lo que estabas haciendo con mi trabajo.
Salvé tu trabajo de tus vaivenes, Tor. Yo vivo con Vla y conozco a suficientes artistas para saber cómo es: un día aman su obra, al día siguiente la odian, un día están furiosos de que no se venda bien y al día siguiente la regalan como si fuera un pañuelo usado.
Cuidar tu trabajo ha sido el trabajo de mi vida.
En ese momento Tor experimentó la nítida, no del todo desagradable sensación, de tener que cavar muy hondo dentro de ella antes de poder decir, en voz alta: Gracias.
That’s alright, dijo Claudine, en una perfecta imitación de Philip excepto por la erre francesa.
Ahora que Tor había llegado al fondo, podía extraer más cosas, podía sacar oro. Dijo: No sé por qué me cuesta tanto trabajo aceptar ayuda.
¿Sabes qué te enseñaría a delegar?, dijo Claudine: ¡Hacer un museo!
Tor se rio pero estaba demasiado lejos en su autoexcavación profunda como para dejar de abrirse, así que siguió: Es como que una parte de mí siempre está segura de que puedo hacerlo todo sola, y hasta de que puedo hacerlo mejor que los demás, lo cual es, no sólo una estupidez, sino también una receta para la bancarrota.
Entiendo, dijo Claudine: En ese sentido no eres el artista típico sino que eres más como un burro de carga.
Andreas dice que soy workaholic.
También cierto, pero ¿sabes como Vla saca todas sus ideas de la meditación, de no moverse? Tú sacas tus ideas de hacer realidad proyectos imposibles. Tu forma de meditación es resolver problemas. Tu talento es ser tan terca. Un burro.
También cierto, copió Tor sin ironía. Y sumó: Siento que acabas de ahorrarme años de terapia.
Hay un dicho senegalés que me encanta, dijo Claudine y pausó un momento para traducir en su cabeza: Después de pegarle mucho a la leche —dijo golpeando la palma de una mano con la otra— se obtiene mantequilla.
A Vladislav, Tor le ha estado haciendo preguntas menos íntimas, nunca fueron demasiado cercanos.
Pero siempre se ha sentido cómoda con él y en un tour del Museo Nacional de Antropología —que Tor considera su alma máter e insiste en que sea la primera parada en cualquier visita a la Ciudad de México— terminaron pasando un rato solos en el patio.
Tor le había explicado esa mañana que en el patio hay una escultura que ama, hecha por su mentor, Iker Larrauri.
Se llama Sol de Viento, y es un inmenso caracol de bronce, con una serie de bocinas escondidas.
Todos los días a medio día emite sonidos de instrumentos de viento prehispánicos.
Vla declaró que eso no se lo podía perder, pero que no confiaba en la puntualidad mexicana, así que se fue a sentar junto al caracol desde las once y media.
Claudine hizo caras de exasperación y anunció que se iba al café a tomar una Coca-Cola.
Mientras esperaban junto al caracol, Tor le contó a Vla diversas anécdotas sobre su infancia, transcurrida en gran parte en ese mismo patio.
Vla escuchó concentrado, con la cara levantada al sol.
Le preguntó muchas cosas, sin abrir los ojos, sobre el trabajo de su mamá y, luego, sobre el de ella cuando era jovencita y le daban un sueldo bajo el agua, por hacer de todo.
Fue la mejor escuela, dijo Tor, y le vino un recuerdo visceral, inconfundible, de hasta qué punto el museo había sido importante en su formación.
Si no hubiera hecho tanto pinche calor, tal vez se hubiera emocionado hasta las lágrimas.
Pero sólo dijo: Nos vamos a tatemar, ¿tú te pusiste bloqueador?
Yo no uso bloqueador, dijo Vla: Irrita mucho a Claudine pero yo no puedo creer en él porque huele a coco falso, a turista americano.
Abrió sólo un ojo en un guiño pausado: Supongo que por eso lo hago, dijo: Para molestar a Claudine.
La misma razón por la cual ella bebe Coca-Cola, para molestarme a mí.
¿Se te ocurre alguna otra razón por la que alguien podría meterse esa mierda en el cuerpo?
¿Sabes cómo le dicen los cubanos a la Coca-Cola? ¡Las aguas negras del capitalismo!
Tor no tenía ganas de oír ni una palabra más sobre la sabrosura, pero el tema de irritar a tu pareja no lo iba a dejar pasar.
Le contó a Vla sobre La Irritación con I mayúscula que siente a veces por Andreas.
Describiéndolo, se sintió tonta y también liberada.
Vladislav fue generoso, sin abrir los ojos le aseguró que La Irritación era Normal con N mayúscula.
Le sorprendía solamente la sorpresa de ella: ¿no le irritaba igual Philip?
Muchísimo más, dijo Tor: Pero de manera distinta. Philip estaba siempre pegado a mí, mientras que a Andreas me pasé una década idealizándolo de lejos. Descubrir sus defectos se siente como caerme desde muy alto, desde una pared que construí yo sola, a base de fantasías.
Yo creo que es muy buena noticia, concluyó Vladislav: Quiere decir que es real su relación, es de las buenas. Tuvieron los inicios más irreales posibles, pero ahora…
Vla se detuvo a media frase al escuchar un tintineo.
Tan sutil, al principio, que era difícil saber si el espectáculo había comenzado o no.
Tor miró su reloj: las doce en punto. Le dio escalofríos, ese inicio tenue, esa apertura que te toma como por sorpresa aún cuando llevas media hora esperándola.
Vla no volvió a abrir los ojos hasta que la música terminó.
Para ese entonces, Tor ya estaba bebiendo Coca-Cola con Claudine en el café.
¡No lo sé!, contesta por fin Claudine, regresando del balcón.
Le gustan los Beatles, dice Vladislav, su barba llena de azúcar. Mira para abajo pero no se sacude, sólo dice: Le gustaban, a Philip le gustaban los Beatles.
Cuando vivíamos juntos le impuse una regla, dice Andreas: Podía poner a los Beatles un máximo de veinte minutos al día.
La respetaba siempre y cuando yo me acordara de poner el cronómetro.
No puedo creer que está muerto, dice sin pausa entre una idea y otra, de modo que la pausa aparece tarde, dura unos segundos, y él se queda habitándola, de pie, en medio de la sala, con su café en una mano y las toallas de papel en la otra, y una ola de emoción que le impide dar el siguiente trago.
Luego mueve los hombros arriba y abajo, arriba y abajo.
Dice: ¿Se acuerdan cómo hacía así, así al caminar?
Caminaba como pelota rebotando, dice Claudine, volvía loco a Vla.
Por eso tú lo llevaste al altar y no yo, contesta Vla.
Tor interviene: No creo que puedas llamar altar a esa oficina marrón y deprimente.
Mira a Andreas, pero la referencia a la boda parece no haberle llegado, o no lo suficiente como para lastimarlo: parece más interesado en los gráciles dedos de Vladimir desarmando la concha como si fuera un entomólogo diseccionando un escarabajo.
Pero ella también, nota Tor, ella también mira a Andreas como doctora, buscando síntomas: ¿esto duele? ¿Y esto?
Andreas pregunta: ¿Tor tiene derecho a casarse otra vez?
¿Por qué me preguntas a mí?, dice Vla, así que Andreas se gira hacia Claudine.
En France, Claudine responde cual abogada autómata: Toute personne ayant perdu son conjoint a le droit de se remarier.
¿Qué?, pregunta Tor, su francés demasiado oxidado como para entender a alguien que no pausa entre palabras.
Quien quiera que pierde a su compañero puede volverse a casar, dice Claudine.
¿Pierde a su compañero?, repite Tor, maravillada con los eufemismos sensibles de la ley francesa.
Pero antes tienes que resolver lo del testamento, dice Claudine, y luego emite un ruidito atípico, casi un lloriqueo: ¡Por favor, no me gustan los cabos sueltos!
A nadie le gustan los cabos sueltos, dice Tor.
Luego trata de suavizar el tono haciéndose sonar digna pero un poco víctima, como cegada por el privilegio, exactamente como se imagina a la ley francesa: con un pezón picudo asomándose de la toga, el cuello largo, los ojos tapados con un trapo, y pregunta: ¿Tengo una fecha límite para la decisión?
Wishbone, dice Vla.
¿Qué?, dice Tor.
No lo pienses como una decisión sino como una disyuntiva en tu camino. ¿Seguro que tu corazón te está jalando hacia un camino más que hacia otro?
Uno es camino, dice Tor, pero el otro es como una carretera de doce carriles, con un precipicio al lado y con…
¡Compositores sordos!, grita Claudine.
Todos se ríen menos Vla, que tiene cara de confusión.
O tal vez se ofendió, dado que él es el único compositor en el cuarto.
Claudine le explica la expresión y sus orígenes y de nuevo Tor se conmueve de ver que su amiga no olvidó nada: ni las categorías de privacidad de su madre, ni la original respuesta de su hermana frente a las malas excusas.
Mientras cuentan entre todos la historia de cómo Mana le regaló a Tor su primer estudio, una tristeza vieja, pacificadora, los envuelve. Los une. La ausencia de Mana fue siempre el lazo más fuerte entre ellos: lo que los hizo una familia.
Andreas debe de sentirlo también, porque sin soltar ni el café ni la canasta de pan, con el rollo de toallas de papel todavía bajo la axila, se gira hacia Tor y le pregunta: ¿Te casarías conmigo?
Parecen los Reyes Magos, dice Violeta.
Tor se ríe. La niña tiene razón. Con un mínimo de utilería sus amigos perfectamente podrían pasar por los tres Reyes Magos.
Hasta traen ya incluidas partes del disfraz: la barba del rubio, el turbante de la negra, la altura del alto.
Caminan en fila con Pantera al frente, Vla, Andreas y Claudine siguiéndolo en fila y, hasta atrás, Tor y Violeta van de la mano.