Wishbone La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #11
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La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #11

¡Pero Vla es tu esposo!, dijo Tor, ignorando sus sumamente recientes discursos sobre lo insignificante que es el matrimonio.

En cuanto lo dijo recordó a la contradictoria de su madre, que produjo dos hijas sin casarse pero que siempre soñó con verlas casarse a ellas, enamoradas y vestidas de blanco.

Tor se corrigió: ¡Es tu compañero! ¡Y nos conoce a todos!

¡Y seguro que éste es el testamento más raro de tu carrera!

Y así fue como la conversación se desvió hacia qué significa «confidencialidad».

Qué significa en Francia, en Alemania, en México.

Qué implica confiar y qué constituye un exceso de confianza.

Claudine insiste en que cualquier persona debería compartir absolutamente todo con su abogado, pero no con sus amantes.

Para conservar el misterio, es su argumento.

Vladislav no está de acuerdo, porque él le cuenta todo de todo a Claudine.

A lo cual ella contestó: Porque tú no tienes amigos.

Y así siguieron. Por días. Tor lleva tres días desviando la conversación con cierta facilidad.

Todo es más difícil en las noches, con Andreas dándole la espalda.

Andreas por lo menos sí logra conciliar el sueño, tiene la conciencia limpia.

Ella, en cambio, no está pudiendo dormir bien.

Se pone furiosa en medio de la noche. Cuando estaban juntos, Philip solía moldearla como plastilina.

Y ahora que está muerto sigue haciéndolo.

La hace enojarse, sobre todo, consigo misma.

Siempre se dejó de todo con él, nunca supo ponerle un hasta aquí.

Se sale al balcón a las tres de la mañana, sólo las palmeras la ven.

Trata de pensar, de mirar hacia adelante en vez de para atrás.

De sopesar la opción A con la misma energía que la B.

Va a esperar, decide. Va a aceptar el regalo de Philip como una inesperada pensión para su jubilación, nada más.

Claudine dice que el dinero está bien invertido, que si lo deja ahí, marinando en la bolsa, le dará seguridad en su vejez.

Ninguno de los otros tres, ni siquiera Claudine, o no abiertamente, ha tratado de convencerla de tomar la opción B.

Pero Tor igual siente que la juzgan. Porque desde que la conocen habla y habla de cómo y cuánto debería existir un museo dedicado al color…

y ahora que puede hacerlo realidad, ¿se va a conformar con una galería medio moribunda?

Sí.

Moribunda o no, es su galería. Su responsabilidad.

Aunque, por otra parte, Tor está tan agotada de mantener Rosa Mexicano a flote, que le cuesta pensar claro.

Sola en el balcón en medio de la noche, pasa horas chapoteando —sin ahogarse pero sin avanzar— en la disyuntiva.

Encuentra difícil recordar qué era lo que amaba tanto de los museos, e igualmente difícil reconectar con el impulso feroz que la llevó a fundar la galería.

Un museo es una obra faraónica, pero desde donde está parada pareciera la salida fácil.

No, no está pensando claro: no hay nada fácil en un museo y ella lo sabe.

Es francamente vergonzoso, casi un sacrilegio, que lo que más le apetece de la opción museo, en este momento, es la posibilidad de mostrarle al público obras de arte sin tener que intentar vendérselas.

Y ésa no es una razón para aceptar el reto. ¿O sí?

Grandes nociones y palabras cargadas —tales como sacrificio, deber, misión, implicaciones éticas, género, las siempre elusivas nociones de valor y de valía— han abundado en las conversaciones entre los cuatro cada vez que regresan (y siempre terminan por regresar) al tema del testamento.

Así que en medio de tanta actividad cerebral y discusiones engrandecidas, a nadie se le había ocurrido esta pregunta tan básica, hasta que Andreas la sirvió junto con el pan: ¿Por qué a los sesenta y cuatro?

Las preguntas de Andreas con frecuencia son así: vampíricas en su simplicidad, directo a la yugular del asunto. Tor culpa a los adolescentes. Toda su vida adulta, Andreas ha sido profesor de física en secundaria. Y su mantra en el salón es que no hay preguntas tontas.

A veces, sus preguntas como de niño vuelven loca a Tor.

Como la vez que rentaron un coche para ir a Acapulco y no habían ni salido de la Ciudad de México cuando un policía los paró sin razón, y Tor no encontró su licencia en la cartera, así que de pronto había una buena razón, y entonces Tor le dio unos billetes al policía, para que los dejara pasar de ahí hasta la caseta.

Ni bien arrancaron, Andreas la atacó con preguntas: ¿Cuánto dinero dio y por qué?

¿Cómo iba a ser posible para el policía asegurarles el paso?

¿Cómo podía quejarse de, y al mismo tiempo participar en, la corrupción?

¿Cómo hacía para distinguir entre el bien y el mal?

Y siguió así hasta que Tor orilló el coche y le dijo que se bajara si tanto le disgustaban sus métodos de salvar las vacaciones, y cuando se bajó se puso a gritarle por la ventana que se metiera, que si estaba pendejo o qué chingados; y desde la orilla de la carretera él le gritó a ella: ¿Cómo puedes enojarte tanto conmigo sólo por haber hecho lo que me dijiste que hiciera?

La fuerza de las preguntas de Andreas yace precisamente en su simplicidad.

Como la vez que le preguntó a Nayeli dónde creció, y ella contestó: Oaxaca.

Y Tor se llenó de sorpresa y de vergüenza porque aunque ve a Nayeli a diario nunca se le había ocurrido preguntarle eso.

Oaxaca es territorio común, una tregua entre vecinas: Tor piensa que Oaxaca es el lugar más fascinante del planeta, y Nayeli está de acuerdo, hasta cierto punto.

A veces las preguntas de Andreas son simplemente La Pregunta que todos tienen pero que nadie más se atreve a formular.

Por ejemplo: fue él quien finalmente preguntó por el cuadro del pulpo.

Tor le había dado vueltas al asunto, preguntando cosas más generales sobre La Fourche, el departamento donde todos se conocieron y donde Vladislav y Claudine aún viven.

Aunque, dijeron, ahora también lo rentan.

Porque ahora que Vladislav dejó de dar clases (porque no hay suficiente sabrosura en el conservatorio) y que los precios de todo siguen subiendo en París (al modo, especificó Claudine, en que sube una nube de hongo) necesitaban una entrada más estable.

Así que de vez en cuando se van a la casa de la mamá de Claudine unos días, y le rentan La Fourche a alguna pareja de turistas.

Pero cuando lo hacen, lo único que encierran bajo llave es el cuadro del pulpo.

Ambos explicaron todo esto llenos de efusividad, casi como ofendidos.

¡Claro que aún tienen el pulpo! Jamás lo venderían.

Entre otros, Philip había intentado comprárselo cada vez que los visitaba, pero ellos jamás cedieron.

El léxico de la propiedad está claro: el cuadro les pertenece.

Y, escuchándolos sin opinar, Tor se dio cuenta de que está de acuerdo.

Tor pintó el pulpo para Mana, Mana lo colgó en la casa de ellos: fin.

Las preguntas de Tor no son malas. Tiene sus categorías fuertes.

Sus preguntas de arte son perfectas: logra preguntar sobre una pieza sin que el artista se ponga a la defensiva, o recurra a un discurso precocido y/o demasiado abstracto.

Y con sus seres queridos, que puede contar en los dedos de una mano, Tor es bastante buena haciendo preguntas íntimas, del tipo que requiere una mezcla de tacto y de falta de tacto, un equilibro que Andreas, por ejemplo, nunca lograría sostener.

Cuando se quedó a solas con Claudine en la segunda noche de su visita, Tor la interrogó, sin incomodarla, sobre su deseo sexual en esta época de su vida.

En el pasado era una leyenda, una broma entre amigos, un hecho sabido por todos en La Fourche, que Claudine y Vla tenían una vida sexual muy activa.

Pero Tor no le pregunta de frente, lo hace en una espiral, empezando en la suburbia de la cuestión: hablando primero de ella misma.

Después de sólo dos años viviendo con Andreas, Tor dijo, el sexo ha cambiado. Aún lo disfruta pero la intensidad, la urgencia, ya no son lo mismo

Bien sûr, dijo Claudine sin darle importancia: Y seguirá cambiando, y la sequía será más seca pero las cimas pueden ser más altas.

Hablas de la libido como si fuera una montaña rusa, dijo Tor.

Ahí Claudine se soltó sola: por primera vez en sus dos décadas juntos, la libido de ella es más baja que la de Vla.

Cumplieron cincuenta años y, de pronto, los roles se invirtieron: él quiere coger más (él lo llama «conectar» pero Claudine llama a las cosas por su nombre) justo cuando ella está experimentando sequía vaginal y bochornos diabólicos.

Interesante, dijo Tor: Pero el cambio de roles, ¿se debe a tu menopausia o a su descubrimiento de la sabrosura?

Los dos, dijo Claudine: Más la novia cubana.

Tor abrió la boca muy grande pero Claudine la silenció con una de esas trompetillas francesas que le restan importancia a cualquier cosa. Y sentenció: No seas ingenua, poulette, nadie se moviliza tanto sólo por abstracciones, ni siquiera los compositores clásicos contemporáneos.

Tor preguntó más cosas: ¿cómo le sienta eso de la novia? ¿No se siente traicionada, rechazada? ¿O es algo que siempre han hecho? ¿Ella también ha tenido amantes en sus dos décadas con Vla? ¿Y Vla lo sabe?

Claudine contestó una sola cosa: Es como decía tu madre, Tor, tenemos una vida privada, una vida pública, y una vida secreta.

No puedo creer que te acuerdes de eso, dijo Tor, conmovida: ¿Yo te lo enseñé o fue Mana?

No sé, dijo Claudine, una rara ola de tristeza nublándole el rostro.

¿Cómo está tu mamá?, preguntó Tor, sobre todo para no ponerse a hablar de Mana. Pero tras un buen rato recibiendo noticias de familiares de Claudine que en realidad no recordaba, Tor soltó de pronto: Todos estos años pensaba que me habías robado.