La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #10
Al lado de Vla, contrastando con él en todo aspecto, como siempre, está Claudine: piernas cruzadas, pantuflas de cuero, prístinas pijamas.
Tor nunca asoció ese adjetivo con unas pijamas, pero no hay otro que funcione para las de Claudine: de seda azul marino con los bordes y los botones de un blanco perfectamente perlado, y que posiblemente cuestan más que una semana de renta de la Galería Rosa Mexicano.
El pelo de Claudine consiste en diminutos caracolillos pegados al cráneo, es tan corto como larga es la barba de Vla, tan larga que se la trenza y, a veces, para que no le estorbe, la echa por encima de su hombro donde se queda sentada, obediente, como el perico de un pirata.
Su armónica es plateada, los lentes de ella dorados.
La pijama de seda contradice a la vez que refuerza el común marcador amarillo neón con el que está subrayando la Guide de Routard que tiene abierta sobre la rodilla.
Estos dos amarillos —dorado y neón— describen bien a Claudine, decide Tor: estudiosa, filosa, visible.
Tor la quiere. Los quiere a los dos. Se había olvidado cuánto los aprecia, a este par de humanos, cuánto la ayudaron.
Se había olvidado o se había convencido de ignorar, de borrar.
Porque en todos estos años el que le servía era Philip, y era sencillo volver a Claudine la villana del cuento, un repositorio para el necesario, para el justo resentimiento.
Tor hablaba con Philip de arte y de trabajo, nunca del pasado ni de la justicia ni del resentimiento o, de hecho, de ningún sentimiento.
Y Tor no abría las cartas de Claudine porque eran un disparador de todo eso.
Y porque no podía ni imaginar lo que Claudine tuvo que venir hasta acá a decirle: que a su trabajo le ha ido muy bien.
Que Claudine se ha asegurado de guardarle lo que le corresponde. Bueno, más o menos.
Vla baja la armónica por fin, y contesta: Hablemos de negocios, pues.
Empecemos por lo básico, propone Tor: No te puedo pagar.
Claudine suelta una risita irónica sin levantar la vista del libro.
Tor la ignora. No llevan ni setenta y dos horas juntas y ésta ya es la rutina.
Cuando Tor menciona sus dificultades financieras, Claudine menciona el testamento de Philip.
Pero el testamento viene con hilos que Tor no desea jalar.
Ahora una versión económica, e irónica, del gato de Schrödinger se ha mudado al departamento y ronronea sobre todas las conversaciones: Tor está, al mismo tiempo, al borde de la bancarrota y al borde de la riqueza.
Vladimir mira a Claudine y ésta se tapa la cara con el libro, como para disculparse por romper la promesa que hizo anoche, con todos francos y borrachos en una cantina, de dejar de entrar en el tema durante los días que les quedan de visita.
La portada de la Guide Du Routard Mexique 2010 tiene, al fondo, la foto de la pirámide del sol de Teotihuacán y, en primer plano, un hombre en una bicicleta, jalando una podadora de pasto.
Tor está de acuerdo en que es una foto más interesante que la pirámide sola, pero ¿por qué la habrán elegido los editores?
¿Qué se supone que significa? ¿Que los mexicanos son pobres en materia pero ricos en cultura?
O es una especie de reivindicación del mestizaje: que los mexicanos son indígenas e ingeniosos.
¿Incluso tal vez que son ingeniosos porque tienen la herencia indígena y por ende son capaces de pensar fuera de la camisa de fuerza del canon europeo?
Todas estas posibilidades se barajan en la cabeza de Tor más rápido de lo que Claudine baja el libro.
¿Pagarme qué?, pregunta Vla, haciéndola volver.
Bueno, regresa Tor: Si tuviera dinero te encargaría una pieza para mi nueva exposición porque, imagínate el cuarto central que viste ayer, con la pecera. Incluso cuando ya tenga un pulpo adentro, la verdad es que es posible que el pulpo pase largos ratos escondido.
Ah, dice Vla.
Sí, dice Tor: Son tímidos. Y no hay nada que podamos hacer si decide esconderse, sería cruel no darle dónde esconderse, pero cada vez que lo haga el espacio principal quedará, básicamente, vacío.
Y el público podría desilusionarse. Estuve pensando en cómo llenar el espacio de algo interesante sin quitarle protagonismo a la pecera.
Y la respuesta es, creo: con música. No puede ser cualquier música de elevador, tiene que ser algo genuinamente interesante.
Y siempre me ha encantado tu trabajo, es oscuro y complejo y fluido, muy como un pulpo, ¿alguna vez has visto un pulpo, Vla?
Sólo en plato, admite Vladislav: Espolvoreado con paprika.
Mais non, dice Claudine: Vimos pulpos en el acuario de La Rochelle, ¿no te acuerdas?
Sí, dice Vla con un tono que significa lo contrario. Sigue: Me encantaría componer algo para ti, Tor, no tienes que pagarme. A mi manager no le va a gustar la idea pero puedo convencerla a base de cosquillas, dice y mete los dedos en la axila de Claudine.
Claudine atrapa la mano de Vla y le dice: Antes de aceptar deberías ponerle algo de tu trabajo reciente a Tor.
Lo dice en su tono sabio e incuestionable, el mismo que usa para sugerirle que cargue la mochila enfrente cuando toman el metro, a Andreas que haga estiramientos para su molestia en la cadera, y a Tor que acepte la herencia para su propósito más loable: un tono que implica que sería una estupidez no hacerle caso.
Claudine tiene razón, dice Vla: Porque ya no soy oscuro, para nada.
¿Qué eres ahora?, pregunta Tor.
Pop, dice Claudine, y Vladislav se clava la armónica en el pecho como un cuchillo, y se deja caer muerto sobre las rodillas de ella. Claudine sonríe, y se corrige: Tal vez no pop pero si más… ¿qué es algo que hará sentido para Tor, Vla? ¿Más pastel? ¡Más turquesa!
Soy más ligero, dice Vladislav: Desde que aprendí sobre la sa-bro-su-raaah.
La sonrisa de Claudine se evapora, baja el libro y el marcador y saca una bolsa de cuero de su otra bolsa de cuero.
Ponme algo, dice Tor, viendo cómo Claudine extrae un paquete de tabaco, otro de filtros y empieza a hacerse un cigarro, con los brazos sostenidos en diagonal para no dejar caer tabaco en la cara de Vla, pero todo sin mirarlo.
La sabrosura, repite Vla, esta vez como una sola palabra y no como una colección de sílabas comestibles: Te cambia de adentro para afuera.
Entonces es normal que mi trabajo también cambiara.
Porque cuando logras reconectar con los genes de la sabrosura, todo, adentro y afuera, se vuelve más seductor, el modo en que miras el mundo se transforma.
Lo ves todo distinto. Lo recibes distinto.
Y entonces también lo que ofreces cambia.
Como tú sabes mejor que nadie, Tor, el trabajo artístico es inseparable, o debería ser inseparable, de nuestra sensualidad.
Tor nota que mientras más habla y más se relaja Vla, más se tensa Claudine.
Cuando su cigarro está listo, ella se para de golpe y la cabeza de él cae al sofá.
Ella camina hacia el balcón y él se queda acostado, acariciándose la panza con la punta de su barba trenzada mientras habla y habla.
Para de hablar sólo porque Andreas, que había salido para comprar comida y los periódicos del domingo, irrumpe en el departamento cargando bolsas.
Las deja en la barra, se lava las manos, llena una canasta con pan dulce, se regresa por un rollo de toallas de papel, y luego empieza a repartir pan dulce por la sala y el balcón.
Cuando vuelve a entrar, se para en el centro de todo y con su voz grave, imposible de ignorar, le pregunta a nadie en particular: ¿Por qué sesenta y cuatro?
Todos lo oyen pero todos parecen, de pronto, más interesados en su pan dulce.
Es una pregunta obvia, y también justa, pero Tor se da cuenta en ese instante que nadie más la ha hecho desde que Claudine les leyó el testamento, hace dos días, en este mismo espacio.
Después de varias horas de confesiones y kleenex y todo tipo de bebidas, cuando Andreas se había recuperado, o por lo menos recuperado a medias, del shock de la muerte de Philip y del shock del matrimonio de Philip y Tor, Claudine había sacado el documento.
Tor se rindió a los dos párrafos de un francés incomprensible, y Claudine lo tradujo para todos: el testamento es como uno de esos libros de Elige tu propia aventura.
Se tiene que tomar una decisión. La tiene que tomar la heredera, la viuda: Tor.
Opción A, explicó Claudine: El dinero es tuyo pero lo puedes utilizar única y exclusivamente para planear, construir, montar, o de cualquier modo financiar tu museo.
¿Cuál museo?
Claudine, leyendo en voz alta y señalando el párrafo exacto, con su uña perfectamente manicureada, dijo: El Museo Internacional del Color.
Al oír eso, Tor se quedó tan quieta y tan callada, que incluso Andreas, diciendo Mein Gott bajito una y otra vez, y Vladislav, que se había tapado la boca con ambas manos, parecían más afectados que ella.
Te prometí que te iba a cuidar, dijo Claudine, tomándole una mano a Tor. Pero Tor se descongeló lo suficiente como para quitar su mano, y dijo que no con la cabeza, y pidió escuchar la opción B.
La opción B… dijo Claudine, recuperando su mano sin mostrarse ofendida: La opción B es que puedes gastarte el dinero en lo que quieras…
¿Eh?, dijo Vladislav.
…en cuanto cumplas sesenta y cuatro años, terminó Claudine.
¡No!, dijo Vla con un gesto perfectamente operático. En ese instante, Tor sintió más sorpresa ante su reacción que ante las opciones A y B.
¿De verdad no sabías?, le preguntó a Vladislav, y luego a Claudine: ¿No le habías contado?
Claudine simplemente frunció los labios y empujó hacia enfrente la barbilla, en el gesto francés que significa: Qué pregunta tan estúpida. Dijo: Soy la abogada de Philip, allô? ¿Confidencialidad?
¿Sigues siendo su abogada, técnicamente, si está muerto?, preguntó Andreas, pero nadie le hizo caso.