Wishbone La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #9
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La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #9

El hombre es chaparro y compacto. La indecisión de su bigote lo hace parecer, Tor sospecha, más joven de lo que es.

Constantemente extrae, de los muchos bolsillos de su chaleco, heno, alpiste y quién sabe qué otras cosas, para darles a los animales.

A Tor le parece más un tic que una estrategia de entrenamiento o de alimentación, pero puede estar equivocada.

El hombre se limpia las manos contra el pantalón y tiende ambas a la vez, como si no tuviera tiempo para estrechárselas una por una.

Yo soy Pantera, dice: Soy ambidiestro.

Claro que Tor sabe lo que «ambidiestro» significa, pero mientras Andreas y ella estrechan las manos de Pantera y se presentan, por un momento la palabra le suena a otra cosa.

Le suena como lo que teme ser: como una persona doble.

Una que por afuera está lo suficientemente relajada como para iniciar una negociación, pero que por dentro está derritiéndose, a punto de gritar.

Una persona que engaña, en quien no se puede confiar.

Una persona que, por más de dos años, ha evitado compartir con su compañero el pequeño detalle de que, en realidad, ella está casada.

Y ahora, encima, el de que ahora es viuda.

Quiero comprar un pulpo gigante del Pacífico, dice Tor, con un tono que le aprendió a Philip: uno que indica que deseas algo, pero que no lo necesitas. Que se trata nomás de un antojo: podrías tomarlo o dejarlo. Un tono blindado contra los que saben oler la desesperación.

Pantera emite un largo silbido. Pregunta: ¿Tiene una pecera del tamaño de un cuarto?

Tal vez, miente Tor.

Incluso si la tuviera, dice Pantera: Sería pésima inversión. Le costaría miles de dólares y se le podría morir a los tres días, o podría ser muy viejo, no hay manera de saber cuánto ha vivido un pulpo, pero sí sabemos que todos viven poco.

Tor intercambia una mirada con Andreas. Es verdad: los pulpos mueren jóvenes y es imposible saber su edad.

Incluso reproducidos en un laboratorio, un espécimen puede resultar diez veces más grande, o más chico, que sus hermanos que nacieron al mismo tiempo y comieron lo mismo.

En el mar, las diferencias varían todavía más.

El hecho de que Pantera sea frontal sobre esto significa que no va a estafarlos vendiéndoles un pulpo chiquito como si fuera un bebé.

Les inspira confianza. Están en buenas manos: el 3GST no les falló.

Todo eso se dicen con una mirada, mientras Pantera sigue: Puedo conseguirle un Caribbean Reef, de Los Cabos de Florida.

Un contacto mío anda por allá ahora mismo, y luego tiene que venir acá para traerme unos eslabones de lagarto, en tres o cuatro días aproximadamente.

¿Y con «eslabones» quieres decir las pieles?, pregunta Andreas.

La cara de Pantera se contorsiona y exclama: ¡No! Quiero decir los huevos.

Ach, so!, dice Andreas

Caribbean Reef, dice Tor, tratando de evitar que se desvíe la conversación: ¿De qué tamaño son?

Medianos, dice Pantera: Unos dos kilos.

Tor se esfuerza por mantener el rostro neutral. Eso está bien lejos del gigante del Pacífico con el que ha soñado tanto, y que promedia los 45. Pero hay prisa y con el tanque bien arreglado, la luz bien puesta, podrían ser dos kilos de un espectáculo maravilloso.

¿Y cuánto costaría?, pregunta.

Diez mil pesos, dice Pantera: Por uno rechoncho.

Qué tal seis mil, dice Tor: Ya que se me puede morir en cualquier chico rato.

Nueve, dice Pantera.

Siete, dice Tor.

Sale, dice Pantera: Trato hecho.

Ich glaub’ich spinne!

Esta expresión —«creo que estoy hilando telarañas»— es la máxima expresión de sorpresa en Andreas, pero Tor ni siquiera voltea a verlo.

Andreas está de pie en el balcón, vigilando el camellón que separa los carriles de su calle y al que él siempre ha llamado «camello».

Tor nunca lo ha corregido porque le parece una metáfora accidental no sólo encantadora sino también correcta.

Porque al modo en que un camello almacena agua en su joroba, los camellones conservan pequeñas áreas verdes en una ciudad que está hundiéndose a la par que secándose.

En esta calle tienen suerte, porque el camellón es igual de ancho que los carriles, y cada diez metros presenta una palmera.

Bien pronto, el sol de la primavera quemará el pasto y el camellón quedará color camello.

Pero por ahora está verde y, si lo miras de fijo desde el balcón y por entre las palmeras, casi podrías creerte que estás en el trópico, o algo por el estilo.

Aunque el único ser en la ciudad capaz de creer semejante babosada es Andreas Luft, que ahora vuelve a insistir: ¡Tor, ven!

Tor va. Sale tratando de adivinar qué le generó tanta alarma. Seguramente alguien dejó basura tirada. Pero después de mirar para abajo, también Tor cree estar hilando telarañas. Dice: No puede ser.

Tres pisos abajo, junto al camellón, hay un taxi estacionado.

Un hombre rubio saca maletas de la cajuela mientras que, al frente, una mujer negra, vestida de amarillo, sostiene una serie de monedas en la palma de su mano.

A través de la ventana, el chofer del taxi las va señalando una por una, como si se las estuviera presentando. Andreas dice: ¿Son ellos?

No puede ser, repite Tor.

Andreas se inclina sobre la barandilla y grita: ¡Cu-cú!

El hombre y la mujer miran para arriba, con sonrisas enormes a las que el tiempo no ha podido distorsionar.

Funcionan como flechas, atraviesan y destruyen el escepticismo de Tor.

Por supuesto que son ellos, Vladislav Novak y Claudine Ouattara: el yin yang que siempre fueron, y aparentemente siguen juntos.

La emoción de Andreas se expande, lo hace gesticular, el balcón le queda chico. Se mete al departamento. Se va del departamento.

Tor en cambio está paralizada, ha dado un paso atrás para ver sin ser vista, y no puede registrar más que los colores: el vino con dorado del taxi, el brillo del pelo de Vladislav, que parece haberse vuelto blanco mientras que Claudine parece haberse quedado pelona, Tor espera que por elección y no por quimioterapia.

Ahora, como para descartar toda hipótesis de enfermedad, Claudine abre los brazos en cruz y recibe a Andreas en un abrazo enorme.

El taxi se va. Andreas abraza a Vla y lo levanta por unos segundos del suelo.

Tor esta sintiendo tantas cosas a la vez que no siente nada con claridad.

Piensa: «Interferencia en láminas delgadas».

Así se llama el fenómeno gracias al cual, a veces, un charco de aceite en el pavimento parece contener un arcoíris.

Eso es lo que siente: esa mezcla aceitosa y tornasol de suciedad y color.

Andreas carga las maletas y los tres desaparecen bajo el balcón.

Tor sabe que, irremediablemente, vienen hacia ella.

En cuanto deja de verlos, el arcoíris confuso dentro de su pecho se disipa, y en su lugar aparece algo distinto.

Algo opuesto: una idea muy nítida. Una hipótesis.

Sobre el gato aquel. Sobre cómo en este instante y hasta que terminen de subir la escalera, o hasta que Vladislav o Claudine le den las malas noticias a Andreas y entonces Philip muera su última muerte dentro de su viejo amigo, cómo hasta que eso suceda Philip está suspendido, doble.

Como el gato de Schrödinger, como la hermana de Tor, en este instante y no por mucho tiempo más, Philip Coats está vivo y muerto al mismo tiempo.

Vla, dice Tor, con los pies subidos a la mesa de centro y las manos abrazando su tercer café de la mañana: Me gustaría hablar de negocios contigo.

Vladislav la mira y alza las cejas, pero sigue tocando la armónica.

Está frente a ella, en el otro sofá, sentado en cruz sobre sus talones.

Lo único que trae puesto es un par de boxers amplios y grises que, Tor sospecha, alguna vez fueron negros.

Cuando se dobla con la música, su panza plana presenta una serie de pliegues flacos.

Su piel es sumamente pálida excepto en el cuello y los brazos donde, empezando en unas fronteras bien definidas: una bajo las clavículas y dos bajo los hombros, presenta un café rosáceo preocupante.

El efecto Cuba. Vla ha estado yendo mucho a Cuba, en una búsqueda personal de La Sabrosura.

Habla de este concepto constantemente. La sabrosura no sólo significa sabroso, sino también libertad, expansión, alegría, deseo, amor.

La frase «la sabrosura me cambió la vida» ha salido varias veces de su boca en los últimos días, y Tor y Andreas han logrado no reírse ninguna de las veces.

Incluso tarde por la noche cuando se quedan otra vez solos.

No se están riendo de nada juntos, la verdad, porque en cuanto se quedan solos Andreas le da la espalda para no recibir disculpas, para no hablar de por qué ni el día en que él llegó a buscarla a la galería, ni en ningún otro momento de los siguientes dos años, Tor pensó en mencionarle que estaba casada. ¡Y con Philip!

El matrimonio no significa nada para Tor y, aunque sabe que hizo mal en ocultarlo, está francamente sorprendida de que Andreas respete tanto un papelito.

¿Como metáfora?, preguntó ella.

¡Como institución!, aseguró él.

Tor considera que el matrimonio es una idea tan manoseada, edulcorada y procesada como la sabrosura.

Y los muchos adjetivos caramelizados que Vla ha estado usando para describir la sabrosura, le parecen sacados de una guía para turistas.

Pero en este instante, viéndolo improvisar una canción lenta que engrosa el aire, Tor cree por fin entender la pasión de Vla.

O por lo menos intuir de qué va. Se imagina a la deliciosa sabrosura cubana como una de esas serpientes del Oriente, intentando desenrollar su largo cuerpo dentro del rígido tórax de un hombre blanco, europeo, heterosexual, generacionalmente condicionado para estar, sobre todo, tieso…

y el único caminito que la serpiente encuentra es la música.