La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #8
Los cormorancitos bajan la vista al suelo y Tor toma esto como un mal presagio, como si Philip no estuviera muerto pero sí fuera a morirse pronto si ella no hace algo para prevenirlo, si no los detiene de algún modo.
Le están temblando las manos. Lo sabe sólo porque alguien le quita el café que ni ha probado, la mitad regada en su platito.
Alguien más le pone enfrente una tableta electrónica, con un obituario.
Tor lee el nombre y la fecha y nada más.
Piensa: Qué bueno que Andreas no consigue los periódicos británicos.
Se levanta de la silla, se quiere ir. Como si hubiera venido a corroborar el obituario nada más.
Junta su bolsa, su chamarra, empieza a caminar pero alguien debe indicarle por cuál pasillo.
Cuando está en la calle descubre que Madame la siguió, que ella misma le está llamando un taxi.
Tor le dice, como si fueran íntimas amigas: He estado posponiendo llamarle porque lo del pulpo vivo no iba a gustarle a Philip, sólo los perros le gustan, pero sólo los perros esos que sirven para la caza.
Y ahora, piensa, ahora no voy a poder llamarle más nunca.
Por primera vez en su carrera, cuando necesite un consejo o un contacto o un jalón de orejas, no va a poder contar con él.
Philip estaba lleno de comentarios patriarcales y paternalistas, que ella aguantaba porque eventualmente él soltaba las perlas: los consejos concretos, puntuales, prácticos.
Llega el taxi y una asistente le abre la puerta.
Antes de que Tor se suba, Madame le da un pequeño apretón en el antebrazo y le habla de tú.
Cuenta con el grabado, dice: Cuando estés lista.
Tor asiente, y alguien cierra la puerta.
Tor piensa que pieuvre es una palabra espantosa.
Pulpo es una palabra roja, rechoncha, como con pulpa.
Pero pieuvre es una palabra seca. ¿Por qué Victor Hugo, que fue un gran poeta, escogió pieuvre en vez de pulpe?
O tal vez es el gusto de ella lo que es cuestionable.
Tal vez, sin Philip, Tor ni siquiera tiene buen gusto.
¿Cómo va a verificar ahora sus intuiciones?
Philip es su archienemigo, le robó todo, le echó una maldición, pero también es su mejor amigo y su mentor y la vara con la que, a veces en contra, a veces a favor, Tor mide cada una de sus decisiones profesionales.
Una vez me salvó la vida, dice Tor en voz alta, pero encuentra sólo los ojos del chofer, en el retrovisor, esperando.
¿Adónde la llevo?, pregunta él. Y ella se sorprende dando no la dirección de su departamento, sino la de la galería.
El taxi avanza lento a través del tráfico y Tor desobedece sus instintos chilangos y baja la ventana hasta abajo, deja que el aire lleno de smog le pegue en la cara.
Piensa: Philip está muerto. Está intentando convencerse a fuerza de repetición pero cuando su teléfono emite el ping-ping de un mensajito, Tor sabe que es Philip.
Su pinche humor inglés retorcido. Sabe que cuando abra los ojos va a leer sus disculpas.
T’was a tasteless joke, my darling! Just checking you still care about me!
Pero no. El mensaje es de Teko y sólo dice: Pantera, y un número de teléfono.
Tor ahora trata de concentrarse en eso. Punto para el 3GST: ¡lo hizo una vez más!
Por lo menos asumiendo que esta pantera pueda conseguirles su pulpo…
Conforme se acercan a la megaobra, el taxi prácticamente se detiene.
Tor debería bajarse, a pie llegaría más rápido.
Pero no quiere. Está agradecida con este asiento y quiere mantenerse así lo más posible, como suspendida entre dos realidades y sin nada que pueda hacer o resolver, ojalá pudiera quedarse así todo el día.
Desde niña, ir le gusta mucho más que llegar.
Desde siempre, y a pesar de ser una persona tan suertuda, Tor tiene muy mala suerte.
Un pulpo, se pone a pensar con la cabeza recargada en el marco de la ventana, como si estuviera a punto de vomitar: es una criatura fuerte, impresionante, casi indestructible, mientras que la palabra pieuvre conjura algo débil, frágil, indefenso.
Algo a la vez atrofiado y a punto de desmoronarse.
Como la palabra polvo, o como la palabra polilla. Como la palabra viuda.
¿Señora Cef?, pregunta una niña diminuta pero imponente. Tiene una carita en forma de gota de agua y, al centro, dos ojos negros muy redondos y muy abiertos que saltan de Tor, a Andreas, a sus platos de pozole sin terminar.
¿Perdona?, contesta Tor.
¿No anda usted buscando un cefalopoide?
Querrás decir un cefalópodo, la corrige Andreas.
Eso dije, dice la niña.
Hace sólo unos días que Tor depositó su fe en Teko al comunicarse con el tal Pantera, y ya puede ver a qué grado fue mala idea: un apodo sin pistas, una cita en el mercado, un mensajero infantil.
La niña dice: Pantera los está esperando.
¿Dónde? Pregunta Tor, mirando para todos lados.
Andreas mira a su alrededor también: podría ser cualquiera.
El mercado está lleno a reventar y no tienen ni idea de a quién están buscando.
Entre otras cosas, Tor y Andreas comparten un miedo irracional, pero certificado por especialistas como estrés postraumático, a los mercados sobre ruedas.
Para dos personas tan distintas, es interesante que una misma idea cotidiana —ir al mercado— pueda catapultarlos igual de fácil hacia la paranoia.
De hecho, aunque llevan dos años viviendo juntos en DF, una ciudad llena de estos establecimientos temporales, ésta es la primera vez que entran a uno.
Reconocieron y conversaron sobre su reticencia.
Decidieron que era tiempo de enfrentarla.
Pero Andreas insistió en que llegaran temprano, y Tor en que comieran algo, y ambas estrategias han dado resultados adversos: ahora llevan una hora ahí adentro, están llenísimos, acalorados, igual de nerviosos, y cuando la niña mensajera les pide que la sigan, Tor encarga otra orden de quesadillas.
Tor está agotada antes de empezar. Tanto pinche misterio innecesario.
Desde el apodo hasta el sitio de encuentro.
¿Por qué todo tiene que estar medio escondido en este país?
A veces desearía vivir en un lugar más recto, aunque sea más cuadrado.
Un lugar como Alemania, donde seguramente llenas tu formulario y pagas tus impuestos y en la siguiente ventanilla te entregan tu pulpo.
Tienen que seguirme, repite la niña, esta vez más lento, como si no hablaran español. Se ven medio extranjeros, es la verdad. Incluso Tor que, por sus ropajes de todo el mundo, no parece de ningún lado.
En un minutito, dice Tor: ¿Cómo te llamas?
¿Cómo te llamas tú?, contesta la niña.
Yo me llamo Tor.
¿Como un toro?
O como un dios, dice Andreas.
Dios sólo hay uno, responde la niña.
¿Cómo puedes estar tan segura?, pregunta él.
Eso suena a pregunta capiciosa, dice la niña, y esto hace a Andreas sonreír por primera vez en toda la mañana.
Le encantan las mentes ágiles. A Tor le irrita que Andreas naturalmente inicie una conversación filosófica con la niña, mientras que a ella lo único que se le ocurrió fue comprarle un plato de comida.
Tor no sabe si esta diferencia se debe a que Andreas es maestro, o a que ella es una clasista.
¿Y el cef?, pregunta Tor, tratando de sonar casual.
Fritos o empanizados, dice la niña: Son los únicos cefalopoides que yo he visto en mi vida.
Andreas suelta una carcajada y la niña se sonroja. Luego dice: Me llamo Violeta.
A Tor le entregan un paquete de papel estraza, paga y se levantan.
Siguen a Violeta por un laberinto de colores, pasando un despliegue casi infinito de cajas de fruta, piñatas colgantes, verduras que parecen a punto de escapar de sus huacales.
Torres de tupperwares, apilados como matrioshkas.
Ropa, bolsas y zapatos de marca sin la marca.
Libros, discos, aparatos de segunda mano.
Baterías. Cables. Trampas para ratas y ratones.
Todo tipo de productos para el pelo. El sonido es tan escandaloso como el color, las bocinas de cada puesto compitiendo contra las de al lado.
Mientras más entran en el mercado más rápido late el corazón de Tor.
En un mercado sobre ruedas fue donde testigos vieron a su hermana por última vez.
La vieron entrar. Pero nadie la vio salir.
Pero no era este mercado, se recuerda Tor: Y no estoy sola.
De todos modos, a cada paso el mercado le parece más agresivo, las voces más amenazantes, los toldos más claustrofóbicos.
Violeta se detiene por fin. Hay niños, se dice Tor a sí misma: Está todo bien.
Violeta señala un puesto lleno de jaulas con pájaros, y dice: Es ahí.
Gracias, le dice Tor y le entrega las quesadillas.
La niña se pone contenta y cierra los ojos un instante, como buscando algo dentro de ella que ofrecer a cambio.
Lo encuentra: Les recomiendo que digan por favor y gracias, cuando hablen con mi papá, digo, con Pantera.
Luego se despide de ellos con la mano, y se mete detrás de las jaulas y del vendedor que, Tor nota, también ofrece tortugas, hámsters, conejos.
¿La señora Cef?, pregunta el vendedor. Trae puesto un chaleco como militar con muchos bolsillos, encima de un juego de pants y sudadera de la misma tela brillosa. Mira todo desde atrás de un par de lentes de fondo de botella.
Pues todavía no, dice Tor: Pero Teko me dijo que Pantera me podía ayudar.