La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #7
Llegada a este punto, si Tor siguiera hablando entraría en una versión oral de la carta que adjuntó al dosier de su solicitud, hace ni una semana.
La respuesta llegó tan rápido que Tor hoy vino segura de que la consejera estaría interesada…
pero ahora mismo la consejera parece interesada sólo en que Tor ya se calle.
Tor barajea posibles causas en su cabeza: ¿la aburrió?
¿O fue grosero saltarse las charlas tontas sobre el clima?
Por si las dudas, mejor se calla. Pero esto genera una pausa tan abrupta que por un momento nadie habla.
La consejera baja la mirada, junta las palmas y entrelaza los dedos dejando sólo alzados los dedos índice, que se lleva a los labios.
Toma aire, baja las manos y dice: Tor, antes que cualquier otra cosa, yo quisiera darle mi pésame.
Wow. Tor ni siquiera ha empezado a pedir dinero, pero la mujer ya está asumiendo que la galería está en bancarrota: ya de plano la dio por muerta.
Tor se pone a la defensiva, en su pecho se alza una muralla.
¿Quién se cree esta señora? ¿Y quién la tiene al tanto de todo?
Tor revisa mentalmente el 3GST pero hay demasiados eslabones, demasiadas conexiones posibles entre ambas.
Pardon?, intenta Tor, como si su francés oxidado fuera a aceitar la comunicación.
Ahora la consejera parece entrar en un pánico controlado: sabe que cometió un error.
Tor no tiene ni idea de cuál podría ser su error y sólo lo reconoce por cómo la consejera se aclara la garganta y se vuelve a poner los lentes rojos para mirar sus notas.
Todo esto provoca que Tor se sienta muy cómoda de repente, como si llevara la ventaja.
Pero ¿de qué se trata el juego? Espera y verás, se dice a sí misma.
¿Su marido?, intenta de nuevo la consejera.
¿Andreas?
Ah, no. No, perdón, debe de haber un malentendido. Madame levanta un teléfono pero no se lleva el auricular a la oreja, sino que sólo presiona unos botones. Dice: Tengo una asistente nueva, y en mis notas la puso a usted como la esposa de Philip Coats y yo…
¡Ah!, dice Tor: Sí, yo soy la esposa de Philip. Pero, espera, ¿qué?
La consejera cuelga el teléfono, revisa sus notas y con un tono más humano del que Tor la creía capaz, dice: El señor Coats murió hace varios meses, en Londres. Sus abogados han intentado contactarla, pero…
Pero no hay contacto posible con Tor.
No en este instante. Tor está hundiéndose en la silla como en su pesadilla recurrente.
Está yéndose a otro lado: fuera, lejos. El cormorán sigue hablando pero Tor sólo lo sabe porque puede ver que su boca se mueve, pero ya no oye nada.
Clava las manos en los antebrazos de la silla como si pudiera frenar su caída y luego dice en una voz aguda, irreconocible: Yo vine a hablar de Victor Hugo.
Madame La Conseillère se estremece y de inmediato se recompone.
Asiente y abre el dosier de Tor por primera vez en la cita.
Dice: Leí La pieuvre en la universidad. Levanta una copia del grabado que Tor anexó a su solicitud y que alguien aquí, seguramente la asistente, debe de haber impreso.
La consejera habla del poema, de los grabados, del pequeño museo en la Place des Vosges donde…
¿Está muerto?, la interrumpe Tor. Madame parece confundida por un segundo, claro que Victor Hugo está muerto. Tor aclara: Philip, ¿está muerto?
Sí, dice la consejera, desinflándose. Baja el pulpo negro y junta otra vez las manos. El señor Coats murió, repite lento: Lo siento muchísimo, asumí que usted lo sabía.
Sus abogados han estado llamando aquí desde hace meses, dice la asistente. Quién sabe cuánto tiempo lleva paradita bajo el quicio de la puerta.
¿Nombre del abogado?, pregunta la consejera, como si un enunciado completo fuera excesivo cuando se trata de hablar con la asistente.
Aquí lo tengo, contesta: Maître Ou… a… tta… ra.
La asistente lee el nombre tan lento, que antes de que lo termine Tor ya ha sido catapultada por encima del Atlántico, una década hacia el pasado, y aterrizado en una cocina donde Philip y Claudine le están proponiendo un trato, escrito a mano en el mismo cuaderno donde anotan todas las reglas y todos los acuerdos, y que Tor Uno firma sin leer.
Un trato supuestamente diseñado para protegerla, porque está en duelo y es extranjera y no sabe de números.
En esta cocina Tor tiene 22 años, tal vez 23.
Ha vuelto a pintar por primera vez desde que la desaparición de su hermana la lanzara en una larguísima espiral de miedo y depresión.
En este punto de su vida, Tor pinta literalmente para no hundirse de nuevo y, en cuanto empieza una pieza, no le importa nada lo que hagan con la anterior.
Philip las vende cada vez mejor, y Claudine insiste en que deben establecer un sistema para la repartición de las ganancias.
Suena bien, Tor confía en ellos ciegamente y agradece no tener que ocuparse de vender su trabajo cuando lo único que le interesa es producirlo.
Tor firma todo. Pero, al final, Claudine protegió sólo a Philip. Parece que aún lo hace.
No tenemos permitido darle sus datos a Maître Ouattara sin su consentimiento, aclara la asistente: Ella dice que ha llamado muchas veces a la galería pero…
Pero me cortaron el teléfono, dice Tor. Este hecho, clara evidencia de su fracaso monetario, era hasta hace minutos un secreto vergonzoso, pero ahora flota ligero como burbuja, se le sale de la boca con toda naturalidad y sus implicaciones resultan francamente banales junto al efecto ancla pesada de la muerte de alguien.
Porque, es verdad, la Galería Rosa Mexicano está en peligro de extinción, pero la galería no es una persona.
La gente sí se extingue. Incluso gente que quiso mucho, gente con la que estuvo casada, gente de la que nunca se molestó en divorciarse, no importa cuántas cartas mandaba Claudine que, para ser honestos, Tor jamás leyó.
Se las imaginaba nomás y, así como a los 22 firmaba todo, sin leer, ahora tira todo: también sin leer.
Tira sin responder, sin siquiera abrir el sobre.
Cada vez que llega una carta de Claudine, Tor la intercepta en el buzón, la esconde en su bolsa como un niño robándose dulces, y luego la tira en algún basurero público de camino a la galería, porque no quiere que Andreas la descubra.
No quiere que Andreas la regañe, ni por evadir a Claudine, ni por evadir reciclar el papel.
Después de que escampara la tormenta de su separación, Tor y Philip siempre se mantuvieron en contacto.
Sólo hablaban de trabajo. Estaban de acuerdo o en desacuerdo, se peleaban sin más consecuencias que hacerse la ley del hielo hasta que se les olvidara por qué habían peleado, o hasta que volvían a requerir la opinión del otro.
Alguna vez sí que Philip le pidió a Tor que por favor leyera las cartas de Claudine.
Pero Tor no le hizo caso. Ni abrió las cartas ni estuvo nunca dispuesta a cuestionar su resentimiento, mucho menos a soltarlo.
¿Puedo ofrecerle un café?, dice la asistente: ¿O un vaso de agua?
Tor quiere ambas cosas pero no logra más que asentir porque esta silla se ha convertido en una máquina del tiempo. Y no tiene intención de viajar sola al pasado. Dice, a nadie en particular: ¿Saben que yo recuerdo el momento exacto en el que me enteré de que una mujer también puede ser pintora?
Tanto la Madame como su asistente la están mirando con expresiones neutrales idénticas, algo que seguramente te enseñan a hacer en las escuelas de relaciones exteriores.
Pero Tor sigue: Tenía siete años cuando me encontré un cuadro muy especial, uno que hasta el día de hoy visito con cierta frecuencia, y que aún me parece tan impactante como infravalorado, un cuadro de la Carrington, pero ése no es el punto, el punto es que también puedo decir el día y la hora en que dejé de pintar.
Principio y fin. Philip estaba ahí, en el final, él…
Madame le pasa unos kleenex. Más gente se materializa a su alrededor, alguien le da agua, y alguien más un café.
Tor piensa que quizá las embajadas son como platos petri donde se multiplican los asistentes como cormoranes diplomáticos, todos vestidos en combinaciones distintas, pero igualmente bien planchadas, de ropa negra y blanca.
Los secuaces de Madame la Conseillère. Como en una versión burocrática de Marina Abramovic y sus Marinitos.
Como Frida y los Fridos. Madame la Cormorant y sus cormorancitos .
¿Saben que también el minitel se acaba de morir?, dice Tor. Y luego dice: Debe ser un error, si Philip se hubiera muerto me lo habría dicho.
La miran raro y ella enmienda: Alguien me hubiera dicho.