La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #6
Tor se encierra en la oficina, llora un rato.
Una mezcla de «pobre de mí» y «soy una idiota» exprimiéndola por dentro como a un trapo.
Se le está haciendo tarde. No se siente como la galerista sofisticada que quiere ser, sino como una ama de casa neurótica.
La mesa está puesta, las invitaciones repartidas, pero no ha llegado el pastel y ella intuye que tampoco vendrán los invitados.
¡Pero tiene que haber cena! La pecera al centro de todo es el plato fuerte de la exposición.
Es inmensa y le han instalado varias capas de seguridad, porque, como parte de su investigación, Tor y Andreas estuvieron viendo videos de pulpos escapándose por los huecos más inverosímiles.
Criaturas enormes escurriéndose por un orificio del tamaño de su pico minúsculo: la única parte dura que tienen.
El resto de su cuerpo está hecho de ventosas, y de algo que sólo puede describirse como un moco mágico y musculoso.
¿Qué va a hacer ahora Tor, sin su Houdini de mar?
¿Llenar la pecera con guppys? ¿O dejarla vacía, en un gesto a la Duchamp?
O tal vez podría llenarla con agua teñida de algún color poderoso.
Si hay un Klein azul, un Malevich blanco, un Reinhardt negro, ¿por qué no un Tor Transparentoso? Esto sólo la hace llorar más.
Probaron el acuario, el zoológico, la universidad: nadie podía ayudarlos.
Recurrieron a las tiendas de mascotas de los barrios más pudientes: ahí donde los perros tienen pedigree y los gatos títulos.
Donde se asume que algo es más valioso simplemente porque cuesta más.
A Tor le deprime, pero no le sorprende esta actitud.
En el mundo del arte pasa igual: la calidad de una pieza importa mucho menos que su provenance.
Pero a Andreas el asunto lo enloquece. Tor tuvo que sacarlo a fuerzas de varias de estas tiendas, cuando no paraba de pedirle al pobre vendedor ofuscado que por favor considerase, por un momento al menos, las implicaciones éticas de ponerle precio a un ser vivo.
En una de las tiendas les dijeron que no tenían un pulpo, pero que sí podían conseguirlo.
Tor pagó por adelantado. Tres semanas después, le dijeron que no se había podido, pero le ofrecieron el cincuenta por ciento de descuento en la inmensa pecera.
Tiene una capacidad de sesenta galones y seguramente llevaban sesenta años intentando venderla.
Fue una ganga. Pasaron semanas curándola.
Ahora, además del agua salada, la arena y el coral, la pecera tiene una lámpara fluorescente, un filtro biológico externo, un skimmer y una bomba de circulación. Todo lo puso en la tarjeta de crédito.
Andreas entra a la oficina, secándose las manos con una toalla.
¿Lo echaste por el escusado?, pregunta ella.
Él hace un gesto de asco y dice: Lo enterré bajo la jacaranda.
¡Espero que no te haya visto Guardaparques!
Hasta me ayudó, contesta él: Es broma. Vine a preguntarte si quieres que le haga una pequeña lápida.
No, dice ella: Ni nombre tenía.
Buen punto, dice él: Es mejor así, mi Oma siempre nos decía: No le pongan nombre a las gallinas, pero yo no le hacía caso y siempre que cenábamos pollo me pasaba toda la cena angustiado, preguntándome: ¿nos estamos comiendo a Greta? Yo a todas las gallinas les ponía Greta.
Tor sonríe, le gusta Andreas otra vez. Así es todo con él últimamente: un segundo siente que podría estrangularlo y al siguiente tiene cálidas visiones de envejecer con él. Le pregunta: ¿Estaba resbaloso?
Muy, dice Andreas, pero no entra en detalles sino que propone: ¿Por qué no vamos a caminar? Siempre tienes tus mejores ideas mientras caminamos.
Ya tuve una idea, dice Tor: Voy a llamar a Teko.
Andreas frunce el ceño.
No para comprar drogas, asegura Tor: Sólo para ver si conoce a alguien.
A Andreas le cae muy mal Teko, pero como él no conoce a nadie, o quizá porque ella tiene los ojos tan rojos, no protesta más. Repite: No para comprarle drogas, sólo para poner a prueba el 3GST.
Andreas también tiene una broma que hace en las fiestas. La suya gira alrededor de la famosa teoría de los seis grados de separación. Andreas sostiene que, en México, sólo hay tres grados de separación porque en México siempre conoces a alguien que conoce a quien tú necesitas.
La gente se ríe del chiste, pero lo cierto es que antes de que Andreas extrapolara esta teoría a la clase media mexicana entera, había asociado el fenómeno exclusivamente con Tor, y lo había nombrado «Tres grados de separación de Tor».
Suele resumirlo, al menos dentro de la privacidad de su hogar, como: 3GST.
Cuando, tres días después, Teko por fin le regresa la llamada, Tor está sentada en la sala de espera de la embajada de Francia, donde las cornisas doradas contradicen las sillas de oficina azul marino con patas negras, bajo una luz que no perdona.
Una luz como de probador de ropa. Imposible parecer inocente bajo estas lámparas.
Nada de «estaba en el barrio y pasé nomás a saludarte».
No, el que está aquí es porque algo quiere sacarle al otrora imperio. Mientras espera, suena su celular.
Tus deseos son órdenes, dice Teko: Es broma. ¿Para qué soy bueno?
Como una embajada, Teko sabe que Tor no lo llamaría sólo para saludar, aunque ella aún intenta encubrirse con un: Tekito, ¿cómo estás?
Cada día más joven, contesta él: ¿Y tú?
Bien…. dice Tor, y ya está, ya se le acabó la gasolina del pretender. Va directo al grano: Quería saber si sabes quién podría venderme un pulpo.
¿Qué es un pulpo?, pregunta él.
Pues, técnicamente, dice ella: Es un molusco.
¡Ah! Dice él: O sea, un pulpo, ¿el animal?
Sí.
¿Hecho de qué?
¡De carne y hueso! O bueno, de tendones, piel, ventosas, no sé bien. Tengo una pecera enorme y quiero que viva ahí.
Suena medio satánico, Tor.
No, no, como mascota nomás. Lo quiero de mascota.
Combinaría bien con tu jirafa.
Tor sospecha que esto es un comentario sobre Andreas, pero no va a caer en la provocación y, además, en ese momento una mujer joven, vestida de más mayor, entra a la sala de espera y dice su nombre.
Perdóname, Tekito, tengo que colgar, dice Tor y, cuando lo hace, la mujer se presenta como la asistente de la consejera cultural.
Tor la sigue por pasillos y escaleras. Un día, va pensando, yo también tendré una asistente.
Alguien perspicaz y proactivo. Alguien que maneje y hasta mejore el 3GST, que siempre sepa quién es quién y quién puede ayudarnos.
Alguien como Teko, pero sin el ego, ni las adicciones, ni las disfunciones.
Tor entra a una oficina donde la embajada se pone mucho más elegante, empezando por la mujer poniéndose de pie detrás del escritorio.
En la pared hay arte abstracto. Tor recuerda en un flashazo el sueño que la lanzó en este proyecto, que finalmente la trajo hasta aquí hoy.
La mujer, Madame la Conseillère, está vestida de negro y blanco.
Parece un cormorán, derechita y elegante.
Lentes rojos que se quita para tenderle la mano a Tor, aunque sonriéndole nomás a medias.
Algo que Tor interpreta como reticencia y que encima se toma como un reto, como si el cormorán hubiera graznado: ¡Sorpréndeme!
Tor no trajo grana cochinilla, por miedo a ensuciar la embajada, así que va a tener que depender de la perorata que preparó especialmente para conseguir los favores de la République.
Se lanza ni bien sentarse, empezando por Rosa Bonheur, una figura bastante olvidada hoy pero quien fuera, en el siglo XIX , la pintora más exitosa de Francia.
Pasó de una infancia paupérrima a ser la primera mujer en recibir la Legión de Honor en las artes.
Con esto Madame parece interesarse, o por lo menos asiente, y Tor expande la anécdota: La emperadora Eugénie, la esposa de Napoleón III, fue hasta su castillito para entregarle la medalla en persona.
Y fue ahí cuando Eugénie famosamente declaró: «La genialidad no tiene sexo».
Madame sonríe con eso, así que Tor se encarrila.
La verdad es que ama hablar de Rosa Bonheur, que es una de las muchas inspiraciones detrás del nombre de su galería.
La venta de su cuadro más famoso le permitió a Bonheur comprarse ese castillito, en el que pasó el resto de su vida, libre de marido e hijos, con su compañera y su arte y sus mil mascotas. ¿Cómo logró Rosa este éxito anacrónico?
¿Pintando?, aventura Madame.
¡Pintando animales!, dice Tor. Y luego traza para Madame el puente que ha estado usando también para convencerse a sí misma sobre por qué la Galería Rosa Mexicano, cuya misión original es mostrar el trabajo de mujeres, ahora de pronto va a dedicar una exposición a un animal.
Y es porque, como tantas otras formas del cuidado, querer a los animales ha sido minimizado cuando ha sido hecho por mujeres.
Tratado como un tema menor, cotidiano, femenino.
Rosa Bonheur tenía un tigre y un león en su castillo.
Madame hace caras pero Tor sugiere que considerar a los animales salvajes es considerar al Otro con mayúscula.
Considerar al desconocido como igual. Autrui, dice en francés.
Y no hay nada más Otro que un pulpo. ¿Sabía Madame que las mamás pulpos dejan de comer mientras cuidan sus huevos y luego se mueren cuando los hijos nacen?
Madame se retuerce un poco en su silla, pero Tor le asegura que, en su exposición, habrá espacio tanto para Eros como para Tánatos.
El primero con los shunga japoneses, el segundo con viejos mapas que representaban al imperio astrohúngaro como un pulpo vicioso e invasor.
Y aquí, Madame, aquí es donde Victor Hugo, concretamente sus grabados conocidos como La pieuvre , encajaría tan bien con la visión de esta exposición de la Galería Rosa Mexicano.