La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #5
El debate se corta cuando la Tor corporal, que entró a la galería para tirar las hojas y las basuritas, se queda viendo algo por el ventanal.
Un grupo de vecinos está en medio de la calle, mirando hacia arriba.
Tor sale, cargando su cenicero de pie. Enciende un cigarro y levanta la mirada.
Se trata de una grúa inmensa, una que nunca había visto antes.
Tor no se acerca demasiado al grupo pero para la oreja para escuchar mejor.
Están Nayeli, una enfermera, un vendedor de tacos de canasta, dos trabajadores de un banco que a diario comen su almuerzo bajo la jacaranda y que la calle ha adoptado.
Pero la única persona hablando es Guardaparques: quejándose como siempre.
Cuando Tor abrió la galería, este señor estaba muy feliz con su llegada.
Pero al año cambió de opinión. Empezó a quejarse amargamente cada vez que había inauguración y los invitados bebían en la calle.
Al principio, solía elogiar la fachada rosa —como de Barragán, decía él, y Tor nunca lo corrigió— pero el día en que una minúscula porción de las persianas comenzó a escarapelarse, Guardaparques empezó a decir que la galería estaba descuidada, venida a menos, que había que expulsarla.
Sobre la causa feminista, Guardaparques no opina con palabras, sólo con diminutivos y desdén.
Tor tiene bien localizado que la enemistad empezó el día en que sus perros causaron un desastre dentro de la galería y Tor le pidió, amablemente, que viniera sin ellos la próxima vez.
Guardaparques no volvió a entrar a la galería, pero su desprecio se hace sentir constantemente, a nivel de calle, en voz siempre alta y segura.
Tor no tiene idea cómo se llama este señor porque, desde el día en que lo conoció, Tor lo apoda en secreto Guardaparques.
Lo odia y lo tolera a partes iguales y, también, quién sabe por qué, le tiene algo de lástima.
Para ella, él es parte del paisaje, un guardaparques sin parque en una avenida que no es tal.
Guardaparques vive en la última casa que queda en esta calle, que es una de las últimas calles tranquilas que quedan en La Nápoles, que es uno de los últimos barrios semi residenciales que quedan en la Ciudad de México.
El señor es una reliquia de la clase media.
Y, desde que empezó la megaobra, ha redirigido su furia y dejado a Tor relativamente en paz.
Ahora mismo se está quejando de la grúa, de que si podría caerse encima de ellos, dañar la jacaranda o su techo, de que si hace mucha sombra.
Luego pasa a quejarse de la megaobra en general: Es el diablo, dice.
Es más como un pulpo gigante, dice Tor en voz alta, sin pensarlo: Sus tentáculos arañando cada rinconcito del barrio.
Uno de los del banco silba, como corroborando. La enfermera asiente, consternada. El vendedor de tacos, igualmente consternado, niega con la cabeza.
Nayeli dice: Rosa tiene razón, la megaobra tiene muchos brazos y todos son malos.
Bueno, dice Tor, dándose cuenta de su error: Los pulpos no son malos, eh, son animales maravillosos.
Guardaparques resopla: Estos artistas, mientras más malo y más raro es algo, más les fascina.
Y en ese instante, gracias al desprecio abierto de Guardaparques, Tor lo ve: el último brazo de su idea brillante. La Solución. Es tan simple que apaga su cigarro, levanta su cenicero y vuelve a entrar a la galería sin despedirse de nadie.
Lo que necesitamos para montar una exposición en vivo, Tor les informa a todas las Tor presentes en la desordenada sala de juntas de su cabeza: Es un ser vivo.
En cuanto se va el repartidor, Tor llama por teléfono a Andreas.
Luego se queda mirando la caja en el piso, sin animarse a tocarla.
Ha pasado más de un mes desde que tuvo la idea para la exposición, pero abrir la caja sin esperar a que llegue Andreas, que ha ayudado tanto con el proceso, se sentiría como una traición.
O tal vez simplemente no se atreve sola.
La caja tiene una de esas cintas que ponen FRÁGIL, y una colección de etiquetas.
Podría declararla como una obra de arte, mandarla a la bienal, probablemente sería un éxito.
Es difícil de creer que adentro hay vida.
Sabe, por tanta investigación que ha hecho, que adentro debe de haber otra caja más, seguramente de unicel, y adentro de ésa una bolsa.
Una mise en abîme, es lo que dirían los críticos franceses.
Es como el gato de Schrödinger, es lo que dice Andreas en cuanto llega.
¿El gato de quién?, pregunta Tor, ahora sí arrodillándose junto a la caja y atacando la cinta con el cuchillo que usa para los limones del patio: Ah, es un cuento del Struwwelpeter.
Nein, reacciona Andreas: Es una paradoja de la física. El gato de Schrödinger está dentro de una caja, y puede estar vivo y muerto al mismo tiempo.
Ah, sí, contesta Tor, recordando que Andreas ha intentado, en vano, explicárselo un par de veces antes. Abre la caja de cartón y descubre la caja de unicel. Son casi del mismo tamaño y no va a ser fácil sacarla. Dice: ¿Me ayudas?
Genau, dice Andreas y, antes de acuclillarse para ayudar, deja encima de una de las televisiones todas las botanas y cervezas que traía en las manos.
Es por culpa de Andreas que Tor ya nunca acepta las bolsas de plástico que le ofrecen con cada compra.
A veces, Tor piensa que si ella tiene conciencia es por culpa de Andreas.
Ella detiene las solapas de la caja de cartón abiertas mientras él jala la caja blanca hacia arriba. El unicel emite un rechinido peculiar y Tor se pregunta, irracionalmente: ¿será el animal?
Dentro de la caja de unicel encuentran la bolsa llena de agua.
Andreas la saca y la sostiene colgando entre él y Tor, a la altura de los ojos de ella.
Esperan, miran. Ambos presienten que algo, algo más allá de lo turbio del agua y lo raro del animal, no está del todo bien.
Y sí: pronto les queda claro que cualquier movimiento que percibieron había sido causado por ellos.
El pulpo no se está moviendo para nada. El pulpo es, Tor cree, aunque es difícil de determinar con el agua tan oscura, de un gris perlado.
Está muerto, dice ella.
¿Cómo sabes?
Por el color, gris perlado es el color de los pulpos en la pescadería. Con esa última palabra, la voz se le quiebra.
¿Por qué lo mandaron en agua sucia?, pregunta Andreas.
No, dice Tor: Eso debe de haber sido por estrés. Seguramente sintió miedo y echó tinta y su tinta lo mató. Firmé un formulario que decía que yo sabía que esto podía pasar.
Ah.
Sólo no pensé que fuera a pasar.
Vamos a asegurarnos, propone él, y se dirige hacia el baño con la bolsa.
Ayer pasaron un buen rato los dos en el baño, preparándolo para este momento.
Hay toallas, cubetas de varios tamaños, una red, unas tenazas de silicona: todo lo que necesitarían para transportar al pulpo, por etapas, de la bolsa hasta su nuevo hogar en la gran pecera al centro de la galería, que llevan semanas curando, es decir tratando de colonizarla con bacteria buena para establecer el ciclo del nitrógeno, mediante el cual los desperdicios tóxicos, como el amoniaco, se transforman en nitritos y nitratos.
Andreas encuentra esta pequeña alquimia más excitante que cualquier pieza de arte que Tor haya podido mostrar en el pasado.
Se cura el tanque por la salud del animal pero ahora, con un animal muerto, Tor no logra sacudirse la sensación de que el largo proceso fue, en sí mismo, un desperdicio tóxico.
Tor destapa una cerveza y se bebe la mitad de un trago, antes de seguir a Andreas hasta el baño. Se mantiene un metro atrás de él, como si eso pudiera protegerla de lo que están por ver. Pregunta: ¿Cómo quieres que nos aseguremos?
Buscándole el pulso, dice él.
Pero dónde, dice ella: Si el cabrón tiene ocho patas y ni una sola muñeca.
Buen punto, dice él, y vacía la bolsa de plástico en la cubeta mediana.
Miran flotar al animal, lento pero seguro, hacia la superficie.
Los pulpos tienen tres corazones, pero Tor no sabe si se apagan todos al mismo tiempo.
Para no llorar, Tor entrecierra los ojos y observa.
Luego dice: Número tres, blanco purpúreo, es blanco nieve con una pizca de rojo carmesí y azul Berlín, y una cantidad mínima de gris ceniza.
¿Animal? Unión del cuello y la espalda de la gaviota tridáctila.
Su voz se va haciendo más chiquita con cada palabra: ¿Vegetal?
Geranio blanco o cigüeña. ¿Mineral? Aragonita…
Observan la textura, absorben el brillo, ambos esperan secretamente que un tentáculo se levante de pronto, un puño al aire, como sucedería en cualquier película gringa. Pero no pasa. El pulpo flota apacible. Y cerca de él flota algo verde que Andreas pesca con las tenazas.
Es un alga, explica Tor: Se la ponen en la bolsa para que tenga de qué agarrarse durante el viaje.
Como un objeto transicional, dice Andreas
Eso irrita a Tod, ¿qué quiere decir? ¿Que la galería está transicionando hacia un zoológico, una tienda de mascotas, una tiendita de regalos? Él la ve ofenderse y aclara: Es lo que le das a un niño cuando empieza la guardería, algo que le recuerde a casa, que huela a su mamá y le dé confianza.
Tor se sale del baño y empieza a caminar hacia su oficina, no tiene paciencia en este instante para esta faceta de Andreas: su sabiduría de padre, sus paternalismos que ella ni pidió ni tiene por qué soportar. Pero alcanza a oírlo gritar: ¿No deberíamos enterrarlo?
¡Sí!, contesta antes de salir al patio. Pero piensa: Que lo entierre él.