Wishbone La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #4
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La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #4

La Galería Rosa Mexicano es otra cosa así: su nombre, sus persianas metálicas, incluso su espíritu, son todo de un mismo color: uno lleno de connotaciones pero que, en este caso, se posicionan en contra.

Tor reivindica el término para contradecir todos los usos pasados, despectivos, del color rosa.

La galería exhibe exclusivamente arte hecho por mujeres mexicanas.

Ése es el trabajo de Tor, ésa es la misión con la que llegó a la ciudad, a esta calle, a estas cortinas metálicas que son tan endemoniadamente difíciles de levantar.

Una vez que lo logra: detrás del rosa mexicano hay vidrio.

No espejos, como tiene el WTC, sino ventana.

Transparencia. Luz. Ésa es la idea. Siempre la llena de ilusión volver a ver el espacio desde afuera.

Pero hoy, cuando está a punto de entrar, alguien a sus espaldas le grita: ¡Rosa!

Sólo una persona la llama así, como si Tor fuera la galería o, peor, como si le hubiera puesto a su galería su nombre, así que Tor sabe lo que viene.

Respira hondo y exhala. Aún de espaldas al llamado, Tor neutraliza el rostro para no parecer ni fastidiada ni amigable, en caso de que Nayeli venga a reclamarle o a pedirle algo.

Al girar se encuentra un ceño bien fruncido, enmarcado entre dos enormes aretes dorados de filigrana.

A veces, antes de entrar a la tienda de Nayeli, algo que hace al menos una vez al día, Tor juega una apuesta consigo misma, porque está convencida de que puede percibir, antes de entrar, simplemente por las emanaciones de ondas negativas, si Nayeli está teniendo uno de sus ataques de mal genio.

Pero hoy parece no ser en contra de ella.

Porque después del primer grito, Nayeli ni siquiera se detiene, nomás le informa, antes de seguir de largo: ¡Otra vez se fue la luz!

Tor se queda de pie, mirándola alejarse para diseminar las malas noticias por toda la cuadra, cual pregonero medieval.

Luego mira a través del ventanal y localiza el panel eléctrico, donde habitualmente hay unas luces rojas y verdes.

Están apagadas. Otra pinche vez se fue la luz.

Pero ahora los ojos de Tor trepan por la pared más alta, aterrizando en una extensión blanca y vacía, un espacio que nunca ha usado, no por falta de ganas, sino porque para poner algo ahí harían falta andamios, trabajadores, presupuesto.

La pintura del pulpo sería perfecta para esa superficie.

Aunque, se sacude la fantasía mientras por fin entra a la galería, seguramente la recuerda mal.

Seguramente la nostalgia y el cariño de su hermana le hicieron ver con amor algo que en realidad era mediocre, y que seguramente acabó en algún basurero en China, o donde sea que Francia manda su basura. Probablemente Portugal.

Una vez dentro, Tor presiona algunos botones por puro hábito, antes de recordar que no hay luz.

Te lo dije, acusa una voz dentro de su cabeza: Te dije que el videoarte está lleno de limitaciones.

Nunca deja de sorprenderle a Tor lo mucho que su crítico interior aún suena exactamente como su ex.

De inmediato, otra parte de ella se pone a la defensiva.

Estas piezas son, ciertamente, artesanales y, de acuerdo, se apagan si no hay luz.

Pero todas incomodan, duelen, remueven: son todas excepcionalmente poderosas.

Hacen sentir y hacen pensar. Aunque también es cierto que a los coleccionistas no les interesa el videoarte.

O quizá no les interesa ni sentir ni pensar.

Lo que quieren son cuadros. Pinturas. Los más alternativos: esculturas.

Quieren las esculturas de Tor, las pinturas de Tor.

Y cuando Tor les explica que ya no pinta, que ya no esculpe, que ahora su misión es dar a conocer el trabajo de otras mujeres marginadas, marginadas, sobre todo, por ser mujeres, los coleccionistas congelan sus sonrisas condescendientes y dicen que pueden esperar.

Pueden esperar a que cambie de opinión, a que vuelva a pintar y a esculpir, a que entre en razón.

En este instante lo que Tor siente es dual. Por un lado, percibe cómo la nueva idea va inflándose dentro de ella y, por el otro, intuye la voz de su ex acechando, alfiler en mano, para pincharla. Para callarlos a ambos, Tor sale al patio de la grana.

La Galería Rosa Mexicano ocupa la planta baja de un edificio de tres pisos y tiene acceso exclusivo a un patio amplio.

En éste se encuentra la oficina de Tor, en un viejo cuarto de servicio, y, al aire libre, las macetas.

Son siete. Una tiene un limonero chiquito pero prodigioso.

Las otras seis contienen, cada una, una penca de nopal: el cactus más común del mundo, el que puede vivir tanto en la nieve como en el desierto.

El que en México se come y está hasta en la bandera.

Pero los nopales de Tor no son cualquiera.

Estos presentan grandes manchas de un velo blanco, algodonoso.

El nopal quizá opine que el velo es un parásito.

Pero para Tor se trata de un tesoro. Es una plaga, sí, pero una que Tor cuida con paciencia de jardinera y ambición de coleccionista.

Cada mancha blanca esconde cientos de insectos.

Es grana cochinilla: donde el rojo empieza.

A Tor le gusta recibir a los invitados en el patio, llevarlos hasta algún nopal, pedirles una mano.

Luego extraer del velo una bolita cubierta, limpiarla de su algodón protector.

La coloca en la palma de la mano del visitante: es una cochinilla, como un escarabajo minúsculo, está cerrada sobre su propio eje: negra e inmóvil.

Luego, Tor la presiona con el dedo. El bichito explota, dejando sobre la mano una mancha dramática, color vino.

Tor dice: E120. Y explica cómo, desde que en los años setenta se descubrió que la mayoría de los tintes sintéticos son cancerígenos, cualquier producto comestible o de maquillaje que quiera ser rojo tiene que venir de aquí: de esta muerte diminuta, llamada E120 o carmín.

Después de esto, aunque sólo si el visitante muestra sorpresa y curiosidad, Tor arranca un limón del limonero y vierte una gota de jugo sobre la mancha, que al instante vira del vino al anaranjado.

Es química, pero parece magia. A Tor le parece que la química y la magia son, en realidad, la misma cosa.

La grana genera asombro y, casi siempre, alegría.

El problema, claro, es que la alegría no vende nada.

De hecho, la grana ha espantado a más de un coleccionista, quizá porque la asocian con la artesanía, no con el arte, y porque insisten en dividir la artesanía del arte.

Tor casi puede oírlos: Gracias, Tor, qué bonito, de verdad, ahora aquí vamos a esperar, bien sentaditos sobre la tapa de nuestros cofres, al día en que vuelvas a esculpir y a pintar y a pensar en lo que te conviene de verdad.

Pero ahora mismo Tor no está escuchando a los inversores imaginarios, sino al debate, a la intensa partida interior de ping-pong, entre Tor y Tor.

Va recogiendo hojas secas y basuritas de las pencas, mientras lo sigue como si lo estuvieran pasando en la radio:

Tor Uno quiere hablar de su idea pulpística.

Tor Dos quiere recordarle a Tor Uno que sus ideas brillantes nunca brillan.

Últimamente, la galería no sólo ha recibido acusaciones de lucrarse con la tragedia, sino que además no ha obtenido ni un peso.

Tor debe tres meses de renta. No se necesita ser un experto en color para ver que sus números están en rojo.

La Galería Rosa Mexicano ha existido por menos de tres años y ya tuvo sus cinco minutos de fama, y ya hasta pasó de moda.

A Tor Uno la fama le chupa un ovario. Ella está orgullosa de la galería, en particular de esta exposición en donde cada artista ha hecho una declaración de principios, armada sólo con su inteligencia, valentía, y una cámara de video.

Una serie de televisiones viejas muestran a una mujer entrevistando a su abusador y a la gente que lo encubrió, la artista actúa todos los roles en un cuarto de interrogación.

En otra pantalla hay una sola toma, de hora y media, de una mujer caminando por Ciudad Juárez, deteniéndose en cada punto de su barrio donde una mujer desaparecida fue vista por última vez, y colocando ahí una maceta, llenándola con tierra, plantando unas semillas.

La pantalla principal de la galería muestra, en loop, una serie de escenas del desierto.

Arena, piedras, viento. Funciona porque genera aprensión.

Da reparo mirarlo porque se sabe que, en este país, levantas una piedra, encuentras unos huesos.

Estas artistas están diciendo las cosas como son, argumenta Tor Uno.

¡Exacto!, salta Tor Dos: Hay problemas en el mundo y tú quieres dejar la política por… ¿biología marina para diletantes?

No, contesta Tor Uno: Sería una buena exhibición. Elegante, llena de matices y metáforas, capaz de despertar el espíritu lúdico de cualquiera.

Tor Dos no está convencida, pero cede una pulgada. Tal vez podría funcionar, dice: Pero tendría que gustarle tanto a los críticos como al público en general. Y tiene que vender. Tiene que abrir mentes y corazones y carteras.

De acuerdo, dice Tor Uno: Pero ya sabes que no pienso claro cuando me presionas.

Tor Dos sigue: No es presión, es la neta: todo el mundo está distraído.

¿Cómo vas a hacerlo más interesante que los nuevos telefonitos?

¿Cómo vas a hacer que quieran movilizarse, vencer el tráfico, llegar hasta acá?

Tendría que ser una exposición de verdad excepcional, una exposición viva y atractiva, un show en vivo.

¿Cómo en vivo?

O sea que valga la pena sólo en persona, que nadie se la quiera perder, que haya fila para entrar, que…