La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #3
Pero Mana ignora la pregunta, va sacando los pocos objetos del armario, uno a uno, levantando cada cosa con ambas manos, imitando los gestos y la sonrisa de un infomercial: ¡Prit!
¡Tijeras! ¡Masking tape! Un paquete de pinceles, un bote con lápices de colores, un rollo de papel Kraft: esta televendedora tiene muy poca mercancía.
Pero una sonrisa que convence a cualquiera.
Esa sonrisa no ha vendido mucho, pero a veces sí les consigue descuentos, algunas cosas gratis: incluso Tor, que ha crecido a su sombra, no es inmune al carisma de Mana.
En fin, dice Mana: Que aquí es donde puedes guardar tus materiales.
¡Ah! ¿Entonces este cuarto envuelto es para ella?
Mana cierra el armario. Al ver pasar su reflejo en el espejo de la puerta, Tor se avergüenza.
Tiene los brazos cruzados. Le dan asco su ceño fruncido, su corazón cerrado.
Quisiera mostrar emoción, agradecimiento.
Quisiera sentir emoción y agradecimiento. Pero lo único que siente es irritación.
Por último, con ustedes… dice Mana descubriendo el objeto al centro de la puerta. Es un caballete de madera, viejo, todo lleno de pintura, simplemente hermoso.
¿De dónde sacaste eso?, pregunta Tor. Ahora sí: una chispa, un cosquilleo. La curiosidad siempre le gana a la irritación.
Me lo dio Iker, dice Mana: Cuando fui a preguntarle qué necesita un pintor para empezar.
¿Te dijo que un caballete?
No, el caballete nomás me lo dio, para ti, pero esa no fue su respuesta.
¿Cuál fue su respuesta?
Luz. Para pintar se necesita luz. Y pues hay mucho de eso, aquí.
Tor sonríe: ahí está. Eso es. Hay mucho de eso y eso es lo que se siente tan diferente.
Cuando su madre se estaba muriendo, no soportaba la luz.
Se quejaba todo el rato, y las cortinas nunca eran suficiente para ella.
Así que las hermanas apilaban más y más tela, tratando de tapar los huecos entre el riel y la pared.
Sábanas, toallas, sudaderas que desertaban la casa para volverse parte de la ventana.
En las últimas semanas de su vida, este cuarto era una cueva a cualquier hora del día.
Cuando murió y Tor vio su cara, tan delgada que las mejillas parecían hundidas, se odió a sí misma por no haber registrado los cambios.
Había estado ahí todo el tiempo, pero siempre a oscuras, que era como si no hubiera estado.
No había visto ennegrecerse las ojeras, amoratarse las irritaciones alrededor de las agujas, y ahora todos los colores de su madre ya no existen, nunca podrán recuperarse.
Las cortinas tampoco ya no existen. Las ventanas están pelonas.
La luz es abrumadora. Tor no está segura de merecer, ni de querer, tanta luz.
No deja ni un lugarcito para esconderse.
Bueno, dice Mana: ¿Te gusta o qué?
El caballete no puede estar ahí, dice Tor: Porque la luz viene de allá, si el caballete está ahí, me haría sombra con mi propio brazo.
Ok…
Y ese amarillo distorsiona todos los otros colores, sigue Tor: Voy a tener que pintar esa pared de blanco.
¡Una pintora tiene que pintar!, dice Mana.
Tor finalmente entra al cuarto, y toma las manos de su hermana.
El alivio es visible en el rostro de Mana, y Tor se siente mal por haberla hecho dudar de la belleza, de la importancia de este regalo.
Un espacio para pintar. El proverbial cuarto propio.
Nunca lo ha confesado, posiblemente ni siquiera lo había entendido del todo antes, pero éste es su mayor sueño.
No sabe qué decir, así que dice: Perdóname, soy una mamona, lo primero que pinte aquí será para ti, lo que tú quieras.
¿Lo que yo quiera?
Excepto una mamona. Ni una mamada.
Mana hace una pose de El Pensador . Tor espera un reto serio, pero de todos modos se sorprende cuando su hermana dice: ¡Un pulpo!
¿Un pulpo?
Dijiste lo que yo quiera.
Sí, pero… Tor sólo ha visto pulpos en la pescadería: de un gris perlado y brilloso, algo que quizá requiere óleo, que ella nunca ha usado.
Por un lado le gusta que la petición de Mana sea algo real, no algo alegórico como en los exámenes de la universidad.
Pero por otro lado no cree tener la habilidad técnica para retratar algo tan feo.
Dice: ¿Estás segura? ¡Ni siquiera tienen color!
Al revés, dice Mana: Un pulpo tiene todos los colores.
Pero son como… babosos, ¿no? Yo no tengo las herramien…
¡Compositores sordos!
¿Qué?
Mozart era sordo.
¿Quieres decir Beethoven?
Quién sabe, dice Mana: El punto es que si un señor sordo puede componer música, tú puedes pintar. Te he visto dibujar toda mi vida, eres muy talentosa, y lo sabes, todos lo sabemos y no voy a dejar que…
Compositores sordos, repite Tor, muerta de risa: Tienes razón, tienes razón. Y es buenísima tu expresión, me la voy a robar.
Durante los siguientes meses, cada minuto que Tor no está en el museo, está aquí, pintando.
Trabaja en muchas cosas a la vez y Mana nunca vuelve a mencionar su encargo.
Tor no le muestra nada, no la deja entrar.
Trabaja sola, en silencio total. Se siente más segura así.
Si lo echa a perder, nadie sabrá. A veces se imagina que es una suerte de embarazo fuera del cuerpo, este gestar algo de la nada.
Parece haberse topado con un pozo infinito de serendipia: a diario encuentra algo en el museo, o en la calle, que se graba en la cabeza y trae de regreso al estudio: un tono, una sombra, una textura.
Sin importar en qué estado llega a casa, Tor pinta.
No interpreta, no lo piensa demasiado, pero intuye que, pincelada a pincelada, en este cuarto donde murió su madre, ahora ella está conjurando un renacimiento.
Un día Mana llega de la universidad y Tor está esperándola, bufanda en mano.
Le venda los ojos, la hace girar sobre su eje, la guía hasta el estudio: ya no el cuarto de su madre, sino su estudio.
Y en el momento en que Mana se destapa los ojos, Tor aprende una lección para toda la vida: que mostrar tu trabajo modifica cómo lo ves tú.
Mana aprieta la bufanda contra el pecho, los ojos se le llenan de lágrimas. Después de un largo rato, dice: Es enorme.
No es lo que Tor esperaba, pero es cierto. La pintura es enorme. Pronto en el proceso, le había quedado chico el caballete y había optado por un lienzo sin bastidor, directamente clavado en la pared. Pensaba dejar márgenes, pero al final siguió pintando hasta la orilla.
Muy colorido, suma Mana.
También cierto. O no exactamente. La pieza no es colorida, es rica en color.
No está llenísima de distintos colores —lo que para Tor es señal de un expresionista alemán o de un aficionado, y ella espera no ser ninguno de esos dos— sino que juega con una paleta limitada, diversificándola con tantos matices cálidos y subtonos fríos como le fue posible.
Mana se sienta en el piso, se limpia la nariz y propone: Vamos a nombrarlos todos.
Podemos probar, dice Tor: Empieza tú.
Rojo bermellón, dice Mana: Coral rojo, cinabrio, manzana de Java, número 85.
Y 82, dice Tor: Rojo teja.
76, Naranja oropimente, dice Mana.
Y 67, también, Amarillo real, cabeza de… O no, no: seis. 66: Amarillo gutagamba: jilguero, jazmín, azufre.
Sí… dice Tor: Pero te parece una mierda ¿o qué?
¿El amarillo gutagamba? Pues no, nomás nunca entendí lo que signi…
, pero se calla al caer en cuenta de que entendió mal.
Se dobla hacia enfrente y exclama, ofendida: ¿El cuadro?
¿Cómo va a ser una mierda el cuadro, Mana?
No te mides. Es lo opuesto. Es perfecto.
Mana se levanta, se acerca al cuadro y de espaldas a Tor, dice: Perdón si no dije nada, creo que estoy en shock.
Shock de admiración, ¿existe eso? Yo sólo quería que estuvieras bien, aunque pintaras pésimo, pero esto es lo opuesto a pésimo, ¡esto debería estar en un museo!
Ok, ok, Tor exhala aliviada: Qué bueno que te gustó, es tuyo.
Mana empieza a protestar pero Tor no la deja: Tú pediste un pulpo, ahora tienes que adoptarlo. Pero te lo llevaré a enmarcar, eh, va a ser un regalo de verdad, como el que tú me diste. Hace un gesto vago con la mano, indicando la totalidad del estudio.
¡No!, dice Mana: Lo quiero así. Si lo enmarcas no me lo podría llevar, y yo lo quiero conmigo para siempre.
Pasan un buen rato desmontando el lienzo grapa por grapa, clavo por clavo.
Luego lo transportan al cuarto de Mana y lo clavan en la pared sobre la cabecera de su cama.
Tor no duda ni por un segundo de que esto era lo que su hermana quería decir: llevárselo, para siempre, pero no más allá de su habitación al final del pasillo.
Bajo el gran árbol, Tor pausa. Levanta la vista.
Trata de ignorar el ruido de la construcción y evocar la alegría que solía sentir cada vez que doblaba esta esquina.
Se enamoró de esta callecita incluso antes de verla.
Acababa de volver a la Ciudad de México después de pasar varios años en el extranjero, y estaba buscando un local para abrir una galería.
Cuando vio el anuncio, contuvo la respiración: avenida del Porque, decía.
Le gustaban las implicaciones y acepciones y, como diría Andreas cuando vino a buscarla, la metáfora.
Y si bien decayó ligeramente su entusiasmo cuando el agente inmobiliario corrigió la errata —la calle se llama avenida del Parque— y luego encima admitió que no había ningún parque, y que la avenida era en realidad una callecita estrecha, Tor volvió a sentir una fuerte corazonada cuando, todavía al teléfono, el agente dijo: ¡Pero tiene un arbolote!
Y qué árbol. En este mundo, muy pocas cosas tienen un nombre que corresponda exactamente a su color, pero las flores de este árbol lo tienen. Jacaranda, 17-3030 en el Pantone. No del todo floreando todavía, pero pronto. A punto de brotar. Como su idea.