Wishbone La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #2
23%

La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010) #2

En una esquina, a Tor le llama la atención un niño que definitivamente no está en la escuela, sino parado en la banqueta, con los codos en un ángulo de 90 grados, sosteniendo una cajita de chicles, vendiendo sin vender, inmóvil, con los ojos jugando ping-pong sobre el desfile infinito de la avenida Insurgentes.

A su lado, en el piso, una mujer amamanta a un bebé.

Tor se frena, se agacha, y le dice a la mujer: Disculpe, ¿usted los hizo?

La mujer mira a Tor, luego al bebé, luego al niño con los chicles, y finalmente pregunta: ¿Los niños?

Tor se disculpa: No, perdón: los bordados de su blusa.

Yo no los hice, dice la mujer, como defendiéndose.

Bueno, dice Tor: Sólo quería decirle que son la cosa más bonita que he visto en todo el día.

La mujer la mira nomás, y Tor compra todos los chicles rojos que el niño tiene en la caja.

Los vierte en su bolsa para dárselos a Andreas más tarde.

Le gustaban cuando era niña, el sabor dura nada pero es muy original: canela.

Estos chicles son una Institución Mexicana, le dirá cuando se los entregue, y el apreciará tanto el gesto como el dulce, y atesorará unos cuantos como perro escondiendo un hueso, para la próxima vez que visite a su hija.

Porque, en Europa, Andreas tiene una exmujer que le chupa el sueldo, una hija que no le hace caso, y una madre que envejece.

Tor ha sido muy clara con que no quiere saber nada sobre ninguna de las tres.

Tor eligió no formar una familia y no va a cambiar de opinión sólo porque él eligió otra cosa en su pasado.

Cada vez que él se va, ella se dice a ella misma que está teniendo una residencia de artista.

Si titubea, si le entra por ejemplo la curiosidad cuando Andreas está al teléfono con su hija, Tor se recuerda a sí misma que hace años, para vergüenza eterna de su madre, quien por suerte ya había muerto, ella eligió dejar de buscar a su hermana desaparecida.

Y que con esa decisión perdió su derecho humano a tener una familia.

Es una superstición, y lo sabe, y quizá también un castigo, y también lo sabe, pero eso no quiere decir que no lo viva como algo también cierto e, incluso, justo.

Tor hace una excepción para Andreas, pero para nadie más.

Y él no insiste en contarle nada sobre su familia al otro lado del océano, y cada vez que se va le asegura que volverá, que no tiene nada que temer, que su vida está aquí, con ella, ¡que ni crea que se va a deshacer de él tan fácilmente!

Entonces ¿por qué insiste tanto la pesadilla?

Una cuadra después se le ocurre que tal vez el sueño no es sobre Andreas, que está con ella, sólido y presente, sino sobre la galería: que está con ella pero comportándose, cada día más, como una especie en peligro de extinción.

Si es así, ¿el retrato del pulpo entonces qué significa?

Hacía siglos que no pensaba en ese cuadro, nunca lo había soñado.

¿Qué mensaje trae su aparición? ¿Por qué un pulpo?

¿La está llamando cobarde su inconsciente, como si se estuviera escondiendo como se esconden los pulpos?

¿O camuflajeándose? ¿O en plena metamorfosis?

La ciudad sí que está en metamorfosis. Este último tramo de su trayecto diario se ha vuelto una carrera de obstáculos gracias a una construcción a una cuadra de la galería.

El famoso Hotel de México —un inmenso rectángulo con la fachada como de espejos, coronado con un restaurante que gira y sirve la peor comida en la ciudad, el único punto que Tor es siempre capaz de ubicar desde el avión cuando despega o aterriza en el DF— está cambiando de nombre.

Ahora se va a llamar World Trade Center, y va a expandirse más allá de toda lógica.

O con la lógica, en todo caso, del colono, del depredador, del conquistador.

Ya era difícil, pedirle que mostrara algo de humildad a un edificio de cincuenta pisos que refleja, día y noche, una ciudad monstruosa.

Pero ahora de verdad se está saliendo de control: sería un ególatra, si tuvieran ego los edificios.

Va a tener mil departamentos nuevos, prometen, sin ninguna aclaración de cómo van a suministrarlos de agua en un barrio en el que ya escasea.

La obra es tan grande que la gente le dice «mega».

La megaobra tomará años en completarse, pero en un sólo día cortó el flujo entre la galería de Tor y el sano tráfico de la avenida Insurgentes: una de las arterias principales de la ciudad.

Es decir que separó a la galería del mundo.

Una vez, su hermana le dijo que Insurgentes es la avenida más larga del planeta.

Tor nunca ha querido checar el dato, porque le gusta atesorarlo junto con otras perlas de sabiduría marca Mana.

Dentro de ella, Tor tiene un altarcito para su hermana que acumula, cada año sin verla, más capas de polvo. Y de dolor. Y de asombro.

Una roto excavadora anaranjada se echa en reversa de pronto, y Tor tiene que literalmente saltar hacia atrás para quitarse de su camino.

La furia sube y el corazón se le acelera.

Pero también, es en ese instante de confusión y enojo que la posible solución a todos sus problemas se le ocurre.

Un plan ilógico. O tal vez simplemente improvisado desde la lógica de la presa.

Un plan con ocho patas. Porque lo que no te mata, te hace más creativa.

Un día a los dieciocho años, Tor abre la puerta de su departamento y encuentra ahí a su hermana, con una bufanda en las manos y el gesto decidido de un marinero a punto de tirar el ancla.

¿Qué onda, Mana?, pregunta Tor, galvanizándose por dentro para el tipo de noticias que alguien esperándote junto a la puerta seguramente te va a dar.

Pero su hermana sólo hace una sonrisa pícara, levanta la bufanda y le dice: ¡Bienvenida, Mana!

Se dicen así una a la otra: Mana, diminutivo de hermana.

Tor deja que Mana le tape los ojos con la bufanda, a pesar de la angustia que este extraño recibimiento le provoca.

Antes de que se muriera su mamá, Mana estaba pidiendo becas, juntando montañas de papeles para irse a estudiar al extranjero.

El cáncer y el largo periodo de cuidados intensivos detuvo sus esfuerzos y Tor se convenció de que el impulso y las ganas debieron esfumársele; de que su hermana ya no se irá a ningún lado porque ahora significaría dejarla a ella sola.

Pero ¿qué otra cosa puede tenerla así de emocionada?

Tor deja que Mana le tape los ojos y le dé vueltas, como haces con un niño antes de entregarle el palo de la piñata, y luego que la guíe por el departamento.

Y aunque el departamento tiene un único pasillo largo del que brotan todas las puertas, a Tor le da gracia comprobar que las vueltas funcionaron.

Porque cuando Mana le destapa los ojos, Tor no tiene ni idea de dónde está.

Hay tanta luz que tiene que parpadear hasta que se le ajustan los ojos.

Está en un cuarto que no ha visto nunca, ¿cómo es posible?

Por un momento lo único que siente es desorientación.

¿Qué te parece?, pregunta Mana.

Es un atisbo de amarillo lo que por fin le permite ubicarse.

Una ola de luto: están en el cuarto de su madre.

Tor casi no ha entrado desde que su madre murió hace ya varios meses.

Después de su muerte, Tor aceptó turnos dobles en el museo, donde es la asistente de todos y la mascota de algunos, para que Mana pudiera volver a sus estudios aquí y se olvidara de andar buscando posgrados en el extranjero.

A cambio, Mana se ocupa de las labores domésticas.

Quién sabe cómo, además de estudiar, mantiene la casa limpia y la comida siempre lista.

Tor a veces bromea con que ahora ella, Tor, tiene el papel del padre prototípico que nunca tuvieron: el proveedor que llega a la casa sólo para cenar y dormir.

Tor no estudia. Por un lado porque trabaja todo el día.

Pero también porque la rechazaron de todas las carreras de artes plásticas en universidades públicas y ni aunque pudiera pagarla consideraría una privada.

Mana a veces insiste en que vuelva a intentarlo, pero Tor repite lo que su mentor, Iker Larrauri, le dijo: Que una universidad te rechace ya es un título de artista en sí mismo.

Pero quién sabe porque lo único cierto es que, desde los rechazos, Tor ha hecho cero coma cero arte.

El enojo la inunda: tan ácido y agudo como el amarillo de la pared.

Falta la cama de su mamá. De hecho, el único mueble que queda en el cuarto es un armario de madera.

¿Qué hizo Mana con todo lo demás? ¡Y sin preguntar!

Un cuarto que siempre fue alegre, efusivo, atascado de objetos y tesoritos, ahora está vacío y como envuelto: todo tapado por telas blancuzcas.

A Tor le recuerda la obra de un tal Christo, que tuvo que estudiar para los exámenes de admisión que no sirvieron de nada.

Excepto la pared amarilla, el espacio es todo blanco, beige, crema.

En resumen, el cuarto parece un fantasma.

En el centro de todo, hay un objeto grande y vertical, también cubierto de tela, que le da al cuarto la apariencia de una carpa de circo desinflada.

O como si el fantasma tuviera una erección.

Mana entra al cuarto y camina hasta el armario, lo único al descubierto.

Lo abre. Tiene un espejo por dentro de la puerta.

Un espejo en el que las hermanas se han reflejado juntas toda la vida: jugando a disfrazarse cuando eran niñas, jugando a maquillarse antes de salir cada viernes cuando eran…

pues, igual, niñas. Eso es lo único que fueron antes del cáncer: niñas.

¿Qué hiciste con su ropa?, pregunta Tor.