Wishbone La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010)
21%

La reparación de su injusticia (Distrito Federal, 2010)

Es inconfundible.

Incluso así, a contraluz, sería imposible confundirlo con un desconocido.

Tor tampoco piensa que lo está alucinando.

Está realmente ahí, de pie en la puerta de su oficina, con el violento sol del patio iluminándolo por detrás.

Y la certeza le causa gracia. Porque, durante diez años, cada vez que Tor veía a un hombre alto (aunque nunca lo suficientemente alto, entiende de pronto) su corazón daba un salto esperanzado.

Qué tonto es el corazón y que menjurje tan raro es el tiempo.

Qué gracioso el modo en que mil instantes pasados pueden repentinamente condensarse en uno solo, y evaporarse.

Todos esos avistamientos de hombre alto, que la dejaban siempre destanteada, desilusionada, todos esos sobresaltos resultan ahora mismo absurdos porque, ahora sí: aquí está él y es inconfundible.

Así que cuando Andreas Luft por fin entra en la oficina de Tor, agachándose para proteger su cabeza del marco de la puerta, ella tiene que reírse.

Y luego Andreas, un hombre más propenso a exhalar fuerte por la nariz cuando algo le divierte, se ríe también.

Es una risa profunda, la suya, como un árbol crujiendo desde adentro.

Ay, dice Tor, secándose las lágrimas. A veces le pasa que de las lágrimas felices pasa a otro tipo de lágrimas, sin transición. Le pasa ahora mismo. Un cambio tan rápido que él no lo capta y por un momento él se sigue riendo mientras ella ya está llorando.

Tor nunca ha olvidado cómo, para acariciarle la mejilla a este hombre, ella tenía que levantar el brazo entero.

Ahora, por fin, es hora de repetir el gesto.

Pero no lo logra. De pronto, el proyecto creativo más largo de su vida —sus fantasías sobre Andreas— le pesa tanto que no consigue moverse.

Es hora de levantarse y tocar al hombre de carne y hueso, pero no puede.

Qué raro.

Aterrador, incluso.

Debe de ser la adrenalina causada por la sorpresa.

Debe de ser algo de la hormona o la bioquímica.

Lo intenta de nuevo, usando ambas manos para empujarse de los reposabrazos.

No pasa nada. Bueno, sí, algo pasa: lo opuesto a lo que buscaba.

No sólo Tor no logra levantarse, sino que ahora está hundiéndose en la silla.

El espacio entre ambos crece. Intenta, sin éxito, pedirle ayuda, para él sería tan fácil levantarla, pero él no la ve.

Él no se entera de nada: está entretenido, mirando con curiosidad, casi con alegría, algo justo detrás de ella.

Tor gira el cuello y descubre, colgada en la pared, una pintura inmensa.

Es el retrato de un pulpo gigante del Pacífico.

Tor envía órdenes a su lengua, a sus piernas y sus brazos, pero nada le obedece.

Nada funciona. Está como atrapada en la silla.

Encerrada dentro de sí misma y retrocediendo, hundiéndose cada vez más en el pliegue del asiento, hasta que todo termina.

Éste es el punto donde todo esto suele terminar, el punto donde Tor siempre despierta.

Algunas veces se encoge en lugar de sentir esta parálisis.

Otras, es él quien se infla y luego se va flotando por los aires.

Pero la angustia de estarse alejando uno del otro sin querer, justo cuando acaban de reencontrarse, y de que él ni siquiera lo nota, es siempre la misma.

Y cada vez hay un momento enrarecido al despertar de esta angustia, cuando la evidencia de Andreas —sus ronquidos, el olor y la temperatura de su cuerpo tan cerca al de ella— se mezcla con el pánico, aún candente, del distanciamiento. Lo atempera. Eventualmente lo disuelve.

Pero esta mañana Andreas no está en la cama.

La luz de primavera contradice, y de algún modo subraya, el miedo en el pecho de Tor.

La ventana abierta promete aire fresco pero trae nomás calor y ruido.

Motores escupiendo veneno, niños respirándolo al reír, vendedores tratando de venderte algo que no necesitas: la cantaleta cotidiana de la Ciudad de México.

Tor se para de la cama. Levanta una camiseta de Andreas del piso y se la pone.

Le queda como un camisón. Sale del cuarto.

El pasillo huele a pan tostado: un olor que Tor encuentra indistinguible del cariño.

Se detiene justo antes de entrar en la sala/comedor/cocina del departamento.

Es como una versión en espejo del sueño: él adentro, ella recargada en el quicio de la puerta. Lo observa.

Andreas mide y muele granos de café, antes de recordar que no lavó la cafetera de ayer, que ahora abre y vacía sobre su bote de composta, enjuaga el filtro bajo el chorro de agua, rellena la parte de abajo con agua de garrafón y la cubre con el filtro limpio, luego da vueltas por la cocina hasta encontrar los granos que recién molió, rellena el filtro, atornilla la cafetera para cerrarla, la pone en la hornilla, se sienta, desdobla un periódico, luego se levanta de un salto porque no le había prendido al fuego.

Todo lo que Andreas hace lo hace con esta misma mezcla de precisión y distracción.

A Tor le hace pensar en los relojes derritiéndose de Dalí.

Pero eso ya es demasiado surrealismo antes del desayuno, cuando le sumas el sueño. No la primera parte del sueño, que es una representación hiperrealista de cómo Andreas volvió a entrar en su vida hace casi dos años, sino la segunda parte, donde se convierte en una película de Buñuel.

Otra vez tuve el sueño ese, dice Tor con una voz que le sale más chiquita de lo que esperaba.

Andreas se gira desde la estufa y camina hasta ella. La abraza. Descansa su barbilla sobre la coronilla de ella. Tor descansa la mejilla en el pecho de él. Embonan bien.

Es sólo un sueño, dice ella.

Genau, dice él, y la abraza fuerte hasta que el café empieza a hervir. La suelta y se apura de regreso a la estufa, diciendo: ¿Qué es eso que siempre dices sobre el arte?

Que no paga las cuentas, dice Tor.

No, no eso, dice Andreas: Lo de que el arte existe para experimentarse, no para interpretarse. Yo digo que lo mismo es cierto sobre los sueños.

Eso dejaría sin chamba a los terapeutas, dice Tor, sentándose en un banco alto.

Tengo algo que te va a hacer sonreír, dice él, pasándole una taza de café y un New York Times .

Le señala un titular. Andreas solía leer cuatro periódicos al día, en cuatro idiomas distintos, todas las mañanas.

Desde que se mudó a México extraña el ritual, así que compra todos los periódicos locales decentes, y encima paga una cuota para que le guarden el Times cuando lo consiguen.

Tor teme el día en que descubra los puestos de los barrios más fresas y empiece a pagar renta por noticias importadas.

El título de la nota es: «El final de la infancia digital de Francia».

Esto no le provoca nada a Tor. Escanea el texto, con la taza entre las manos.

¿Por qué una bebida caliente tiene la capacidad de anclarte al mundo, incluso en días calientes?

Luego entiende la nota. Y Andreas tenía razón, le brota una sonrisa en la cara. Dice: ¿Jubilaron al minitel?

Sí, corrobora Andreas: Francia por fin oyó hablar del internet.

Teníamos un minitel en La Fourche, ¿te acuerdas?

La Fourche también es el último lugar donde Tor vio el verdadero retrato del pulpo, pero eso no lo menciona, no quiere revisitar el sueño.

Mejor dice: Claudine lo regaló porque Vla lo usaba para pornografía y se peleaban por los costos, o tal vez por las implicaciones éticas, ya no me acuerdo.

¿Pornografía en el minitel?

Le minitel rose, se llamaba.

Pero ¿cómo funcionaba?

Y como Claudine se deshizo del de la casa, sigue Tor sin contestarle, todos teníamos que usar el de La Poste, que era la versión más anticuada posible.

Y si pedías ayuda para usarlo, te trataban con la punta del pie.

Una vez tuve que agendar un aborto en ese minitel arcaico de La Poste, fue muy deprimente.

Con esto Andreas, que estaba sopeando su pan tostado, detiene el movimiento rítmico y la mira fijo, las cejas juntándosele de preocupación.

Para una amiga, miente Tor.

Tor tiene un chiste que cuenta en todas las fiestas. Empieza así: ¿Sabes cómo hacer una pequeña fortuna?

¿Cómo?, pregunta la otra persona.

Empiezas con una gran fortuna, dice Tor: Y luego abres una galería de arte.

Como broma siempre funciona, la gente se ríe.

Pero en términos de incentivar a los inversores, Tor se dio cuenta hace poco de que tal vez ha estado enviando el mensaje incorrecto.

Porque ella no empezó con una gran fortuna.

Tenía una reputación reciente, algo de experiencia, aunque adquirida nomás por ósmosis, y un poco de dinero.

Pero no una fortuna, de ningún tamaño. Tor tiene mala suerte, para alguien tan suertudo, eso es lo que dice siempre. Y Fortuna es la misma diosa que Suerte.

Algo en lo que sí tiene mucha suerte Tor: puede ir caminando al trabajo.

La paleta de su camino a pie, entre la Narvarte y la Nápoles, es gris cemento punteado por azulejo verde, loseta color ladrillo y líneas amarillas en las banquetas que, con buenas intenciones pero casi sin pigmento, intentan separar a los peatones de los coches.

Conforme avanza, Tor reconoce en el cuerpo la rebaba de un malestar.

Esta vez el sueño no se le deslavó del todo.

Ésta es la hora más tranquila, la media mañana, con toda la porción productiva de la sociedad metida en la escuela o la oficina, dejando las banquetas a los ociosos y los pintorescos: las viejitas con la compra, los que pasean seis perros, un vendedor de globos fumando como chacuaco.

Pero adentro de ella persisten el alejamiento, la extrañeza, el retrato.