Una rosa es un secreto (Edimburgo, 2017) #8
Si alguien piensa demasiado en los colores de Escocia, ésa es Vica Luft.
Tiene un estante en su memoria para el modo en que el cafeverdegrís admite ciertos amarillos, vía las hojas en otoño y la flor aulaga que, en primavera, invade el volcán, el ojo y la nariz humana.
Para los azules que brotan cuando se abren las nubes: el profundo de un lago, el difícil de creer de un cielo abierto.
Para liath, una palabra gaélica que significa, a la vez, gris y azul claro, lo cual puede entenderse perfectamente en cualquier playa de cualquiera de las islas al oeste de Glasgow.
Para la espuma parda, el marrón del kelp, el negro resbaloso del lomo de una foca.
El verde del pasto omnipresente de los prados de golf; el naranja terrible de los bronceados artificiales; el neón de los ciclistas que pasan zumbando junto a ella mientras recorre un sendero, cualquier sendero donde se sienta libre, que es cualquier sendero en Escocia porque aquí todos los caminos están abiertos siempre, para todos.
El turquesa inesperado de un martín pescador.
Los pasteles atípicos de una hilera de casas en East Lothian.
El rojo cereza de los uniformes de la escuela junto al estudio de Fiona.
El morado contundente en una fachada en el East Neuk.
Perlas de color, suficientemente pocas como para poder recordarlas.
Éste sería un pasatiempos imposible en México, donde el color está en todos lados, en todas las cosas, y es por lo tanto fácil de olvidar, imposible de archivar.
Si alguien quisiera catalogarlo haría falta un diccionario de tres pisos, un listado infinito, un museo que lo contenga. Nada más pensarlo, la agota.
Perdón, ma, dice Pina sentándose al lado de Vica en la banca: Por lo que dije hace rato. Ya sé que no te gustan las noticias y está bien.
No, tienes razón: Vivo en la ignorancia.
Tal vez eso es medio inteligente, concede Pina.
Vica acepta la tregua al no sumar más nada. Mira a Calum y Andreas, platicando en el mirador. Es interesante que se parezcan tanto sus siluetas.
Pina… dice Vica.
¿Ajá?
Pero de inmediato se arrepiente: no va a poder hacerlo, cambia de tema antes de empezar. Improvisa: Me cae bien este muchacho.
¿Calum? Es una leyenda.
¿Te trata bien?, pregunta Vica sin pensarlo.
Pina arruga la nariz. Mierda, pregunta equivocada. Vica ve venir una lección precoz sobre las muchas disfunciones de la mera noción del amor romántico. Pero no: Pina nomás sonríe. Sonríe como una niña enamorada, y asiente.
Qué bueno, concluye Vica.
Y, dice Pina: ¿Qué piensas de que Dada se va a casar?
Vica encuentra que no piensa nada, que no tiene nada que contestar, ni siquiera un gesto.
Un divorcio suena serio. Complicado. Un poco demasiado.
Claro que lo discutieron alguna vez, en los muchos años desde su separación, pero siempre estuvieron de acuerdo en que era innecesario.
Ambos se habían beneficiado de la simbiosis burocrática, involuntaria, que su matrimonio les supuso.
A Vica, tener un pasaporte alemán le había permitido establecerse en el Reino Unido previo al Brexit.
Y a Andreas le encanta tener un pasaporte mexicano aunque Vica imagina que, más allá de ahorrarle algún papeleo en su vida cotidiana, no debe cambiar nada al trato excesivamente deferente que Andreas seguro recibe en México, nomás por ser tan güero y tan alto.
A estas alturas, un divorcio no afectará ninguna de sus nacionalidades, Andreas se lo aseguró.
Es sólo un procedimiento, explicó él, en el tono condescendiente en que toda enfermera dice «Vas a sentir un pellizquito», justo antes de apuñalarte.
Yo lo que pienso, dice Pina ante el silencio de su madre: Es que una boda es demasiado grande, es algo que no me puedo perder, ¿estás de acuerdo? Además, alguien tiene que traer el espíritu escocés para animar el evento. ¿O me vas a decir que una fiesta mexicana es más prendida que un ceilidh?
La sonrisa burlona de Pina se disuelve frente a la expresión de su madre, deformada por cómo, dentro de su cabeza, se están reacomodando ciertas placas tectónicas, rechinando, doliendo, a la par que Vica intenta alcanzar y remover los sedimentos de lo que lleva tanto tiempo enterrado, inerte, comprimiéndose.
Pero es ahora o nunca, es lo que está pensando a caballo entre la decisión y el pánico: Si Pina va a ir a México tiene que saber por qué nunca la llevé, por qué nunca volví.
Tengo que… empieza Vica. Pero de nuevo se frena. ¡Esto no es la manera de hacerlo! Esto sí es demasiado grande, demasiado grave, debería planearse. Planearse y ensayarse. O qué, cómo se lo vas a decir, ¿como un presentador de noticias? ¡Si ni siquiera lees las noticias!
¿Ma?
Vica está a tiempo, todavía podría virar, arrepentirse.
Es decir confesar, sí, pero otra cosa. Decirle a Pina de las noticias que sí lee, obsesivamente.
O contarle de sus cuentitos policiacos, de sus poemas coloridos.
Contarle de sus dos palabras publicadas.
O decirle que sabe leer auras. O que aún ve a Mandíbula, que son amantes desde hace años.
Podría decirle tantas cosas: ¡cualquier cosa menos ésta!
Pero, por alguna razón, no.
Vica no puede mentir ni un minuto más. Es como que, quiera o no, hoy ha sido descubierta.
Igual que un día, queramos o no: el agua subirá.
Su secreto ya está ahí, en la punta de la lengua, a punto de desbordarse.
Sólo que, como se tardó en contestar, Pina se recostó sobre sus piernas.
Y, en automático, Vica acaricia el pelo corto y crespo de su hija, y el movimiento de su mano la arrulla, la transporta.
Vica decide entonces, de manera orgánica, cuál es el tono correcto: ese que usaba siempre al caer la noche, por cientos y cientos de noches sin tregua ni pausa, siempre una decisión medio consciente, de hablarle suave a su hija sin importar cuán agotada estuviera, de contarle algún cuento luminoso por más oscura que hubiera sido su jornada laboral, de generar una burbuja de asombro, un pasillo breve pero claro, para salir del día y entrar a los sueños: un portal hacia el descanso, para ambas.
Más una postura que un tono, ahora que lo piensa, o más bien que lo intuye en un segundo, con el cuerpo y todo de golpe: una decisión, una postura, un compromiso.
El amor, podría decirse. La voz del amor si el amor hablara.
Y es con ésa, con su voz de cuentacuentos, que Vica por fin le dice a su hija: Érase una vez, yo tenía una hermana.