Una rosa es un secreto (Edimburgo, 2017) #6
Es una página de internet, explica Calum: Un esfuerzo civil, porque los números oficiales no son confiables, hay quien dice, que hay que, por lo menos, multiplicarlos por dos.
¿Qué números? Vica está perdida y no es sólo por la sintaxis del muchacho.
Los números de los desaparecidos en México, le dice Pina a su mamá, como si su mamá fuera una niña: Los números semanales con los que tenemos que trabajar, porque los mensuales no sirven, porque la información también desaparece.
Andreas conoce la página de la que hablan, conoce los esfuerzos civiles y, personalmente, a través del trabajo de su novia, a un grupo de madres buscadoras.
Los tres hablan un rato sobre todo eso, pero a los oídos de Vica todo suena demasiado peligroso y oscuro como para comprenderlo, así que su cabeza se va a otro lado, se va al baño.
A la regadera. Al modo en que, antes de usar el pelo corto, Pina solía recolectar todo el pelo que se le caía al bañarse, y lo amasaba en unas pelotas que luego dejaba ahí pegadas, como arañas monstruosas en la pared de azulejo.
Se pelearon tantísimas veces por eso. Pina decía hacerlo por consideración.
Pero Vica nunca entendió consideración para con quién.
¿El plomero? ¿El océano? ¿La ciudad? ¿La reina?
Porque no había ninguna consideración por la persona que siempre acababa despegando la pelota de pelo de la pared: Vica.
Esta vez Vica no tiene energía para vocalizarlo: ¿De qué coños hablan?
Pero eventualmente siente cómo la conversación baja de las cimas del Máximo Malestar, hasta las praderas del Qué Le Vamos a Hacer: un territorio que conoce bien, una resignación que ningún mexicano puede desaprender.
Es un instinto de supervivencia. Y luego, cuando la charla de los otros se instala en esta nueva planicie, Vica encuentra un nuevo filo, un pico al cual aferrarse en autodefensa, aunque nadie la está atacando, por si las dudas.
Vica le dice a su hija: Qué bueno que por fin entiendes lo peligroso que es México, y ¿supongo que eso significa que no irás a la boda?
¿Cuál boda?, dice Pina.
La de tu papá, dice Vica.
¿Te vas a casar?, pregunta Pina.
Ei, dice Andreas, tratando de imitar a Calum, pero nadie se ríe.
Felicidades, aventura Calum.
¿Y le dijiste a mi mamá antes que a mí?, dice Pina: ¡Nadie me dice nada!
Tú no nos dices nada a nosotros, yo me acabo de enterar de que andas contando muertos.
¡Desaparecidos!
Es lo mismo, dice Vica.
En realidad…, empieza Calum.
Shhh, dice Vica.
¡Mamá!
Perdónenme, dice Vica: Pero no saben de lo que están hablando.
V, dice Andreas: Creo que sí saben, creo que…
Tú eres la que no tiene ni idea, dice Pina, encontrando su propio pico al cual aferrarse: Tú ni siquiera lees las noticias.
Vica se pone roja, la cabeza le da vueltas.
¿Será que se ha descuidado? ¿Ha estado dejando indicios?
Porque Vica lee las noticias. Las lee en exceso.
Por lo menos la nota roja. No la mexicana, que es demasiado dolorosa.
Sino la local, porque aquí los crímenes sí se resuelven.
Y aunque eso le da paz, también encuentra injusto, y frustrante, lo poco que la prensa explica de cómo exactamente se resolvieron los crímenes.
Así que Vica rellena los huecos ella misma.
Vive su mejor vida en el papel, como una detective ficcional y, supone, perfectamente anónima.
Porque escribe en taquigrafía y esconde los cuadernos. Pero ¿será que Pina lo sabe?
No. Pina no es una espía. Pina es una niña.
Una armada con poca experiencia de vida y muchas ganas de realidad.
Está diciendo: No que se pueda confiar en las noticias mexicanas, porque no dicen nada, y no puedes echarle la culpa a los periodistas, porque en este momento México tiene el segundo lugar mundial de los países más peligrosos para los periodistas, ¡en todo el planeta!
Silencio. Vica se pone blanca. No pálida, sino blanca como una hoja en blanco.
Piensa en decir: ¡Exacto! ¡Es un lugar muy peligroso!
, pero lo desecha por patético. No tiene nada que decir, no dice nada, se calla y permite que la vergüenza, por sus cuentitos policiacos primermundistas, que escribe a escondidas, la invada.
¿Cuándo es? Calum, dios lo bendiga, intenta de nuevo: La boda, ¿cuándo es?
Depende, dice Andreas: Primero necesito que Vica se divorcie de mí.
Vica levanta la mano abierta, pero en vez de «chócalas», dice: Divorciados. Andreas levanta su propia mano y chocan las palmas. Luego ella se para y se retira de la mesa.
Por segunda vez en la velada, Vica Luft se echa agua fría en la cara.
Se dice que menos mal que no usa rímel. Se dice que lo sabía.
Sabía que este simulacro de reunión familiar para el concierto no era buena idea.
Va al baño y percibe un olor raro. Y luego se tiene que reír.
Conoce este olor, pero como sólo le da cuando está con Mandi, siempre se lo ha atribuido al sexo.
Cada vez que aparece este olor, Vica triplica su ingesta de agua porque, sin ningún fundamento científico, lo interpreta como el inicio de una infección vaginal.
Sólo ahora entiende que su truco no funciona, en realidad, porque en realidad no había nada que prevenir.
El olor nunca fue el aviso de una cistitis, sino la consecuencia de comer espárragos.
Tiene sentido. Vica sólo va a restaurantes con Mandíbula y sólo come espárragos en los restaurantes.
Le encantan, pero nunca los ha cocinado en casa.
No sabría cómo. Una vez, en las hortalizas cerca de su trabajo, una mujer le regaló un manojo de espárragos frescos y Vica los trató como si fueran flores: los puso en un vaso con agua, desde donde embellecieron la cocina hasta pudrirse.
Antes de volver a la mesa, Vica compra una ronda de bebidas, y añade una pinta de agua con gas para ella misma.
No por el olor, sino porque tiene la impresión de no estar caminando en línea del todo recta.
Calum viene al bar para ayudarla y, en lo que Vica considera un exceso de familiaridad, le pregunta: ¿Estás bien?
Mi orina no huele, miente ella.
Él asiente con toda seriedad y, cuando se sientan, pregunta: ¿Y disfrutaron escuchar a Las Tetas?
A mí me pareció mucho más interesante la artista conocida como cierto símbolo matemático fundamental, dice Andreas.
Ei, dice Calum: Cien, por ciento, de acuerdo.
Cien por ciento, dice Vica y levanta su copa. Todos brindan y luego Vica no puede evitarlo y comenta: Pero hubo una canción que no entendí.
¡Sí! Dice Andreas: La de la gravedad.
No, dice Vica: La de…
La de la gravedad es un cover de Neko Case, interrumpe Pina, como si eso explicara todo.
¡Pero la fuerza de gravedad no funciona así!, protesta Andreas: Lo sabes muy bien desde que tenías tres años.
¿Ya ves, Luft?, se pronuncia triunfal Vica: Siempre te dije que era demasiado chica para entender esas cosas científicas.
No, Pi, yo me refería a la canción que me dedicaste a mí.
Pero ni bien lo dice, Vica entiende. Una canción de amor que sólo habla de quiebres y finales y vías del tren, cantada hoy enfrente de ellos dos y, sin pensarlo más, Vica pregunta: ¿Es una canción sobre tu papá y yo separándonos?
Con esto a Andreas, que ni siquiera había entendido que no había entendido, se le abren los ojos como platos. Como si su cuerpo entero exclamara: Ach, so!
¿Es en serio?, pregunta Pina frustrada, luego a su padre: Tú sí entendiste, ¿verdad, Dada?
Andreas tuerce la boca aceptando la derrota.
Pina exhala y dice: No lo puedo creer, estaba segura de que ustedes dos serían los únicos que sí entenderían esa canción que es, muy obviamente, una canción sobre Lulú.
Una vez más, una ola de tensión invade la mesa y los padres de Pina se congelan.
Los ojos de Calum van de uno a otro, de uno a otro, en un ping-pong que apaga incluso el tamborileo constante de sus dedos.
Calum ya no soporta esta comunicación extraña y silenciosa entre los Luft.
De golpe saca sus baquetas y con una en cada mano levanta los brazos, abiertos en diagonal.
Parece una versión pelirroja, y artificialmente alargada, del hombre de Vitruvio.
En voz bien alta y con su sintaxis peculiar dice: Hoy, después del concierto, a Pay se le acercó un famoso, manager, y le pidió un demo.
Eso quiere decir que… Luego baja los brazos y con las baquetas toca una coda sobre el borde de la mesa antes de concluir: ¡Que hoy la descubrieron!
Ayayay… opina la mamá de Vica en cuanto llegan al mirador.
Todavía en el pub, Vica convenció a los demás de que si querían que el famoso manager no cambiara de opinión, debían subir Calton Hill y pedir juntos por un poco de estabilidad.
Pero los otros apenas vienen subiendo mientras que ella, acostumbrada al camino, ya está en la cima y en la orilla, de cara al mar.
Sólo que no hay mar. No hay nada más allá de las luces de la ciudad.
Su madre tiene razón: Ay, ay: las islas no están.
Aparte de los puentes a Fife, más allá del puerto sólo hay un charco de oscuridad.
Se le hace un nudo en el pecho pero, al mismo tiempo, Vica se tiene que reír.
¿O llorar? Podría ser cualquiera de los dos.
Claro que no se pueden ver las islas de noche, debió haberlo pensado.
Y aunque su superstición dicta que esto es un mal augurio, un contraargumento se forma al instante: era la petición misma lo que estaba errada.
Porque pedir que nada cambie es como pedir que nunca se ponga el sol.
¿Y luego qué? Odiarías una vida sin noches.