Wishbone Una rosa es un secreto (Edimburgo, 2017) #5
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Una rosa es un secreto (Edimburgo, 2017) #5

Una vez, Vica conoció a una pareja que bailaba tango.

Se puso a platicar con ellos en la calle, sólo porque escucharlos le dio nostalgia de hablar en español.

Y la pareja hablaba del tango como algo casi místico, como un «flujo» con el que conectaban y que podía sostenerlos por horas, sin importar lo tarde que empezara, o lo temprano que terminara, una milonga.

Escuchándolos, Vica sabía exactamente de qué hablaban, porque la taquigrafía es así: un asunto de saber fluir, de mantenerse a flote y en paralelo al caudal, gracias a una mezcla de escucha total y gestos diminutos.

Maravillosa metáfora, opina Andreas sobre esto.

El comentario la irrita y concluye la conversación diciendo: Hoy no fue un día de tango.

Es un eufemismo, porque hoy fue un día particularmente árido en la oficina.

Fiona se pasó la primera hora pensando, murmurando, moviendo la cabeza de arriba abajo en un movimiento típico de ella que, aunque mínimo, provoca en su doble papada unos saltitos tragicómicos.

Por su parte, Vica se pasó la hora sentada en silencio agónico, nerviosa por el día que se venía y extrayendo con los dedos bolitas que se habían formado en su suéter, pensando en qué se iba a poner para el concierto, para el encuentro: ansiosa y molesta, como una adolescente.

El verdadero problema con los días lentos es que Vica empieza a escribir por su cuenta, en su cabeza: elimina adjetivos, ajusta el fraseo, amarra moñitos al final de párrafos que no son suyos.

Un par de veces, Vica sí ha sugerido algo en voz alta, pero sólo cuando es una palabra que ella inventó.

Terminologías compuestas, tales como «nuncaverano» o «cafeverdegrís», que a Fiona le encantaron y que, de hecho, han aparecido impresas en sus libros.

Vica piensa mucho en esas palabras, en cómo andan sueltas por el mundo.

Nunca va a saber quién, si es que alguien, sonreirá o se estremecerá al descifrarlas, y esa incertidumbre es distinta a todas las otras que ha vivido.

Es un no saber que en vez de estresar cosquillea.

Las echó al mar y no espera una respuesta, sólo disfruta la posibilidad de que lleguen a buen puerto, hagan a alguien reaccionar.

Claro que esas palabras no viajan solas; van arropadas entre las otras 89.998 del más reciente libro de Fiona.

Vica sueña con un día juntar sus propias noventa mil palabras y soltarlas al mundo.

Se imagina —una imagen medio ridícula, pero bien clara— su libro batiendo las tapas como si fueran alas y volando quién sabe hacia dónde.

Y aunque ha trabajado para Fiona el tiempo suficiente para haber vivido varias veces el proceso de publicación, y sabe que su libro-pájaro no tiene nada que ver con la realidad, de todas formas siempre acaba pensando: Algún día.

Fiona insiste en que sus libros deben tener noventa mil palabras, y como es la única escritora que Vica ha conocido, ella también se toma en serio la consigna.

Pero cada vez que intenta escribir una historia, el impulso se disipa alrededor de las setecientas palabras.

Puede llegar a mil, pero para entonces ya no es una historia.

Su escritura empieza a girar sobre sí misma, agarra un ritmo, una cadencia hipnótica; quiere bailar y cantar más de lo que le importa tener sentido, y al final termina con algo más parecido a un poema, que a una escena.

Algo colorido, bonito pero inútil, justo lo que Vica ha estado toda su vida adulta intentando expulsar de su alma, obligada a volverse sensata y práctica porque, si no, ¿cómo iba a crecer, ser mamá, pagar la renta?

Algún día… se repite mientras ve a Andreas, que aunque es medio torpe, siempre ha tenido un ingreso, un guardadito para emergencias, el cerebro como una hoja de Excel.

Vica sabe que algún día será capaz porque ¿cómo es posible que detecte los hoyos en los primeros borradores de Fiona pero no pueda tejerse una trama propia?

Ése es su reto ahora. Superar sus impulsos artísticos, ese deseo innato de pintar el mundo de colores, y lograr entrenarse para contar una historia de pe a pa.

Para poder venderla. Para poder verla volar por la ventana, como en su fantasía.

Y para luego sentarse al día siguiente a inventar la continuación.

Por ahora, estudia. Toma dictado y lee. Los noir, los cozy, las novelas de enredos.

Pregunta casualmente cosas como: ¿Cuál es la verdadera diferencia entre un thriller y una novela policiaca?

, y luego escucha con toda su atención las respuestas de Fiona.

Vica practica todo el tiempo, pero en secreto.

Y así está bien, así nadie la puede ridiculizar.

Pero de todos modos, cuando Andreas regresa a la mesa, Vica siente en la garganta floreciendo las ganas de contarle de su escritura.

La corta de raíz hablando mejor del clima.

Y terminan platicando de más —más de lo que jamás había logrado con otra persona— sobre sus zapatos impermeables.

Tal vez esto, el buen gusto en zapatos, siempre fue lo único que Andreas y ella tenían en común.

De pronto, Andreas se inclina sobre la mesa.

Su cara demasiado cerca a la de ella como para no remover algo en su interior.

¿La va a besar? Sería lindo. Pero ella no va a besarlo a él primero, ni de chiste.

Debe de ser el vino en su panza vacía hablando, y el escultor, que ya se fue del pub pero no sin dejar en ella, como siempre, una estela semiépica de efervescencia pélvica.

V… dice Andreas, con los puntos suspensivos palpables.

¿Sí?, dice ella, alargando la vocal más de lo normal, en un tono invitador, no del todo involuntario.

V… repite él, enderezándose, y no en el tono de alguien que está a punto de besarte sino más como un doctor usaría tu apodo, para acolchonar las noticias que trae consigo: que estás enferma, terminal, rota más allá de cualquier posible reparación.

Vica se reacomoda en su asiento, tratando de realinear la momentánea desviación de sus intenciones con una postura recta.

Él hace lo mismo: se incorpora. Incluso se levanta, da un paso a la derecha. De pie, junto a ella sentada, parece inmenso, y tiene los labios apretados en una sonrisa traviesa. Está jugando. Pero ¿a qué?

Andreas ahora baja, un descenso de cuerpo entero, hasta quedar hincado sobre una rodilla, la otra apuntada directamente hacia ella. Vica mira a su alrededor avergonzada.

Andreas le toma las manos y la mira a los ojos mientras dice: Vica Luft, ¿te quieres divorciar de mí?

Una hora después, Andreas de nuevo la desconcierta al preguntarle a Calum: ¿Tu orina huele cuando comes espárragos?

Vica está a favor de interrogar al baterista gamer, pero esa pregunta es demasiado rara, sobre todo justo ahora que por fin les sirvieron la cena.

Pero Calum contesta impávido: Sí, dice: ¿Y la tuya?

Andreas asiente. Pina se suma: La mía también.

Vica está confundida. ¿Ha bebido tanto que ya ni siquiera logra seguir la conversación? ¿De qué coños hablan?

¿De qué hablan?, pregunta.

De pipí, dice Pina: De cómo huele cuando comes uno de éstos.

¿La tuya no, V?, pregunta Andreas.

¡No!, dice Vica: No sé.

Puedes ir a checar, dice Pina: Sucede de inmediato.

Genau, dice Andreas.

¿En qué parte de México creciste?, le pregunta Calum a Vica, sabiamente cambiando el tema. Pero al mismo tiempo vierte tanto vinagre sobre sus papas fritas que a Vica le cuesta soltar el pensamiento de la orina olorosa.

Crecí en una ciudad que ya no existe, contesta. Suena cursi, pero también cierto. No que Vica haya vuelto desde que se fue, pero algo sabe desde lejos: sabe de los segundos pisos, de cómo la Ciudad de México se ha llenado de puentes elevados, sólo para coches, sólo para quien puede tener un coche.

Claro que existe, dice Andreas: Yo tomé el avión ahí, hace menos de cuarenta y ocho horas. Se está hundiendo pero existe.

¿Cómo que se está hundiendo?, pregunta Calum.

No es una metáfora, asegura Andreas: La Ciudad de México se hunde cincuenta centímetros cada año.

Wowza, dice Calum.

Vica le mira las manos. Sus dedos están permanentemente marcando un ritmo que sólo él oye.

Cuando presentó a Pina en la capilla, sostenía sus baquetas en una mano y, mientras hablaba, se golpeaba rítmicamente la palma de la otra.

Vica se pregunta si a veces para, si no le molesta a Pina que nunca pare, si para por lo menos cuando están…

no, no quiere pensar en eso. A ella sí le molestaría, tanta música muda.

Y, dado que su profesión es tocar la batería, ¿este tamborileo constante no lo convierte en adicto al trabajo?

Lo que desaparece en México no son las ciudades, dice Pina Pay cortando su bistec: Sino la gente.

Por un instante, su cuchillo yendo y viniendo es el único movimiento en la mesa.

Vica y Andreas se quedaron como congelados, y Calum los mira como un venado al que le echaron las luces.

Cuando Pina por fin se lleva el bocado de carne a la boca, cacha a sus padres mirándose intensamente.

Vica sabe que Pina nota que hay un lenguaje sucediendo entre Andreas y ella, pero se dice que es uno tan viejo que para Pina debe de ser incomprensible, como atisbar unos jeroglíficos.

En cambio, Andreas y ella se entienden, porque Andreas le dice que no con la cabeza dos veces, y Vica exhala, y luego ambos siguen comiendo como si nada hubiera pasado.

Treinta y seis mil, dice Calum tras un silencio corto pero raro.

¿Qué?, dice Vica.

Los desaparecidos, dice Pina, aunque lo pronuncia tan mal que Vica casi podría fingir no haberle entendido. Pina sigue: Calum y yo hemos estado ayudando a contarlos.

Ach, so?, dice Andreas, demasiado descolocado como para no reaccionar en alemán.

Somos voluntarios, dice Pina: Una noche a la semana.

Ei, dice Calum: Me gustaría poder hacer más pero luego nos cuesta procesarlo, es realmente horroroso.

Es horroroso, corrobora Andreas: Los admiro por participar.

¿Participar en qué? Pregunta Vica: No entiendo.