Wishbone Una rosa es un secreto (Edimburgo, 2017) #4
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Una rosa es un secreto (Edimburgo, 2017) #4

Tira de la cadena larga y pesada para jalar el escusado, y luego se toma su tiempo antes de salir.

Se mira en el espejo antiguo, lleno de manchas de tiempo, mientras se reacomoda el overol.

Se entretiene espiando al sacerdote en su espacio.

El jabón es espartano, pero una botella de colonia denota cierta vanidad.

Y se rasura, qué curioso. Hay un rastrillo inclinado en diagonal dentro de un simple vaso, con algunos pelos atrapados entre las cuchillas.

Pelos cortos y gruesos, y esto es algo que mucha gente quizá experimenta a una edad mucho más temprana, pero Vica no tuvo una educación religiosa, así que ésta es la primera vez que el pensamiento del vello púbico de un cura se le pasa por la cabeza.

Se inclina sobre el lavabo con pedestal y se echa agua en la cara.

Por más décadas que Vica pase en el Reino Unido, nunca entenderá, ni aceptará, el sistema local de poner las llaves por separado, la imposibilidad de mezclar aguas, la dicotomía infernal del quémate o congélate.

Pero después de mojarse la cara con la fría, se siente mejor.

Retoca su pintalabios y, cuando por fin sale de la pequeña cabina, le parece casi lógico encontrar en la sacristía a su hija, sentada en la alfombra, abrazándose las rodillas.

Pina levanta la vista con una sonrisa falsa, pero al ver que es su mamá, se echa a llorar.

Vica se arrodilla frente a ella y la abraza.

Quiere diagnosticarla: ¡Depresión posparto!

¡Siempre te da después de dar un concierto!

Pero sabe por experiencia que cualquier palabra molestará a Pina y posiblemente será utilizada en su contra más adelante.

Así que simplemente permite que su hija llene de diamantina y lágrimas su elegante overol rojo, sin comentarios.

Ya, ya, dice y repite Vica sin hacer sonido.

Siempre ha dado por hecho que puede enviarle cosas a Pina así, telepáticamente, pero hacía tiempo que no estaba tan segura de que funcionaría.

Quién sabe si realmente funciona, pero, en cualquier caso, la niña no huye.

Se abrazan, se balancean un poco de un lado a otro, rodeadas por las pertenencias del sacerdote y el intermedio lleno de conversaciones, al otro lado de la mampara.

Cuando el abrazo se prolonga, Vica mira a su alrededor buscando pistas.

Un montón de recibos, una carta en el escritorio, infinitas fuentes de ADN.

Vica deduce que podría averiguar la identidad del sacerdote en dos minutos, si quisiera.

Se abrazan en silencio hasta que Pina dice: ¿Ya viste que feos sus suéteres? Seguro se los compra su mamá.

Escogen una mesa junto a la ventana y Andreas va al bar.

Vica busca sin éxito dónde colgar su abrigo verde.

Al final, lo dobla con el forro para afuera y lo acomoda encima de la enorme mochila de Andreas.

Cuando se reincorpora, ve a un hombre acercándosele.

Para cuando el hombre se detiene frente a ella, Vica ya está roja como un tomate.

Nunca antes había visto al escultor fuera del edificio donde ambos trabajan.

¡Mi hija dio un concierto aquí al lado!, dice. Porque Vica tiene este hábito de autodefensa, o tal vez de autodestrucción, de hablar sin parar cada vez que tiene al escultor enfrente.

¿En la capilla?, pregunta él: Debe de ser muy buena.

Tiene diecisiete años, dice Vica, lo cual no significa nada para ninguno de los dos, o tal vez significa demasiadas cosas diferentes a la vez, así que inmediatamente añade: Es buena, es buenísima, canta precioso.

El escultor se despide cuando sus amigos lo llaman desde otra mesa, pero antes de irse hace uno de esos guiños suyos que a Vica siempre le hacen pensar en el efecto mariposa que Andreas le explicó hace muchos años.

Tal vez debería aprovechar hoy que lo tiene en persona y preguntarle: ¿Cómo es posible, doctor Luft, que un aleteo del ojo izquierdo de este hombre provoque en mí un tremor de cuerpo entero?

¿Cuál es la física del asunto y va algún día a culminar en que yo pueda sonreír de vuelta o estoy destinada a quedarme para siempre así, temblando nomás?

Aunque, se le ocurre mientras observa a Andreas pagando en el bar, si el efecto mariposa fuera tal que el escultor acabara metido en la casa de ella, y si fuera incapaz, como era Andreas, de bajar la tapa del escusado después de usarlo, entonces ella está mejor así como está.

Vica no necesita mucho en materia de relaciones.

La mezcla de un amor platónico, como el escultor, y las ocasionales visitas sorpresivas de su amante, son suficiente para ella.

En materia de amor, simplificó. Abrazó el minimalismo.

Una vez se compró un dildo con pilas y nunca le encontró la gracia: demasiado duro y artificial y rápido: como las noticias, como el mundo de hoy.

Necesitamos comer algo, dice Vica en cuanto Andreas llega con las bebidas.

¿No deberíamos esperar a Agrippina?

Sí, concede ella, aunque ya ha bebido más vino del que recuerda y siente el estómago desesperado por algo sólido.

Brindemos por Pay, dice él levantando su cerveza: Pero no le digas que le dije así.

Brindan e intercambian un par de comentarios despectivos sobre Las Tetas, la banda incomprensible para quienes estaba teloneando Pina, y cuyo show tuvieron que chutarse por media hora hasta que su hija se apiadó de ellos y fue hasta su banquita para sacarlos de la capilla y señalarles el pub donde podían ir a esperarla.

Me da gusto que vas a conocer Edimburgo, dice Vica: No como Londres.

Sí conozco Londres, dice Andreas: Fui una vez con Mariana.

En Köln, donde nacieron tanto Andreas como Agrippina, hay muchos parques.

Después de la Segunda Guerra Mundial derrumbaron las fortificaciones militares, y en su lugar plantaron una serie de semicírculos verdes que empiezan y terminan en el río, abrazando la ciudad como medios anillos de Saturno, o como sonrisas falsas, en todo caso: algo raro y excesivo en el mapa.

Se sustituyó a la artillería por la naturaleza, es la idea.

Y eso exactamente es lo que está pasando ahora mismo adentro de Vica.

Es la ausencia de un aullido al oír ese nombre, el pronunciado por Andreas, lo que le llama la atención.

Donde antes hubo dolor ahora hay un prado, una calma.

Tal vez Vica sanó, logró plantarse algo de cafeverdegrís interior.

Tal vez creció. O, simplemente, envejeció.

Andreas también ha envejecido. Y todavía lo quiere.

Se da cuenta en este instante: lo quiere de un modo distinto que antes: Andreas es su familia.

Por lo menos el 50 % de toda la familia que le queda en el mundo.

La fachada ha cambiado un poco pero es el Andreas de toda la vida: la misma aura verde bosque, los mismos ojos llenos de curiosidad.

Y otros detalles que Vica sí había olvidado en diez años: el modo en que su torso largo sobresale tan por arriba de la mesa que cuando levanta su cerveza para darle un trago ella puede ver el vaso desde abajo, las burbujas disparándose hacia la superficie como pequeños cohetes.

Y cómo, vista desde cierto ángulo, su cabeza parece demasiado pequeña para sus amplios hombros, casi como una posdata del cuerpo, como una esferita añadida a posteriori.

Vica se pone a hablar de su trabajo. Más que nada porque quiere parecer animada en caso de que el escultor mire en su dirección, así que se esfuerza por hacer reír a Andreas. Y lo logra a costa de Fiona, su jefa: un personaje.

Una mañana, para lograr ejecutar sus rituales en un día de mucho trabajo, Vica subió Calton Hill antes del amanecer. En la falda de la colina hay una iglesia, y afuera de ésta había una mujer dando vueltas. Cuando Vica bajó, la mujer seguía dando vueltas donde mismo, y le preocupó.

¿Todo bien?, preguntó Vica.

La mujer contestó: Así se escriben los libros.

¿Acechando en la oscuridad?

La mujer se rio. Y dijo: Sí, también, pero quería decir caminando, caminando de ida y vuelta, es el ir y venir lo que genera las ideas.

La mujer se presentó como Fiona y explicó que era escritora, pero que sufría del síndrome de túnel carpiano. Entonces tenía que componer primero en la cabeza y sólo escribir cuando lo tenía todo bien pensado.

Deberías aprender taquigrafía, sugirió Vica, que se sentía cómoda dando consejos porque no tenía ni idea de que estaba hablando con la escritora de novela policiaca más famosa de Escocia.

Ya nadie sabe taquigrafía, dijo Fiona.

Yo sí, dijo Vica.

Y así fue como, de madrugada y en el espacio de media hora, Vica consiguió su trabajo actual y pudo dejar de limpiar casas, que era de lo que había vivido por casi una década. Y que era algo, siempre había sospechado, que no debía de gustarle mucho a Andreas; pero sobre eso no dice nada.

Fiona Murray es sensible como poeta y metódica como detective.

Una criatura de hábitos, que exige que Vica se presente de lunes a sábado en su oficina, a las nueve de la mañana en punto.

La primera hora del día está reservada para el dictado, haya dictado o no.

A veces la hora transcurre en silencio y Vica agradece cuando el reloj da las diez y se puede ir a trabajar en las transcripciones, los correos, las invitaciones a las que Fiona es incapaz de decir que no, así que Vica lo hace por ella.

Otras veces, el dictado dura la hora entera: el torrente de palabras brotando de la boca de Fiona trae tanta fuerza que Vica necesita toda su energía para poder atraparlo con la punta de la pluma.

Ésta es su especialidad. Usa unos blocs amarillos, un sistema fonético y toda la concentración de la que es capaz.