Wishbone Una rosa es un secreto (Edimburgo, 2017) #3
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Una rosa es un secreto (Edimburgo, 2017) #3

A Vica nunca le hubiera alcanzado para la guitarra morada.

Ni para ninguna otra. Purple Hue fue, en realidad, un regalo de Mandíbula.

Porque incluso después de que Vica y Mandi se hicieron amantes y dejaron de incluir a la niña en sus escapadas, él siempre trae algo en la cajuela para Pina.

Algo que luego Vica le entrega a su hija sin mencionar nunca al verdadero donante.

Los regalos son cada vez más grandes, más generosos.

Mandíbula bromea (¿o no es broma? Vica nunca sabe, no pregunta porque no quiere tener que enfrentarse a la parte de ella misma que estaría dispuesta a aceptar esto para su hija), bromea diciendo: Un día le voy a dar una casa con un cuarto aislado donde pueda cantar al volumen que sea, montar su banda, su estudio de grabación, lo que ella quiera.

«Lo que quieras» es una frase típica de Mandíbula, que ya era rico antes de tocar el piso por primera vez, pero es una frase que para Vica no significa nada real, que ella no usa, y que no le dice a su hija.

Porque si una quiere algo entonces hay que trabajar para conseguirlo y además hay que tener suerte.

Eso es lo que Vica conoce, sabe y espera haber transmitido.

También fue Mandi quien introdujo a Vica a las redes sociales de π.

Su personaje público, sus hashtags, sus reels, sus making of.

Hoy en día, Vica siente que conoce a su hija tanto como cualquiera de sus seguidores.

La vida interior de Pina es como una enorme roca submarina, vislumbrarla se vuelve cada vez más difícil.

Atisbos escasos cuando se cruzan en la cocina, donde antes solían hornear su propia granola, o en el sofá, donde se desvelaron juntas tantas veces, viendo telenovelas de vampiros.

Cuanto más vulnerable parece Pay en el escenario, más escenificada e inalcanzable la siente Vica.

Tú eres la que le esconde cosas, dice su madre en su cabeza: Tú eres la que se porta como un iceberg medio derretido.

Eso no tiene ningún sentido, se defiende Vica.

Su mamá llevaba años muerta cuando Vica conoció a Mandíbula. Pero desde el primer día el hombre le cayó mal, no le gustaba para su hija, y no importa cuánto crece y cambia la relación, la mamá de Vica aún piensa lo mismo, porque, en sus propias palabras: Los muertitos no cambiamos de opinión.

Incluso en la era de los teléfonos inteligentes, Mandíbula no avisa antes de visitar.

Asume que Vica hará lo necesario para estar con él en el momento en que él se apersone.

Y ahora es mucho más fácil, pero cuando Pina era niña era complejo.

Mandi aparecía de repente, con dos o tres días libres y muchas ganas de sacudirse Londres, sus negocios, su familia de encima a punta de Right to Roam: el extraño y maravilloso derecho de acceso a la naturaleza escocés.

Y Vica, de hecho, hacía malabares para escaparse con él.

Iban, siempre, al campo, a una montaña o un loch, daban caminatas largas y frías y mojadas que siempre terminaban en un pub con chimenea.

Fue gracias a Mandi que Vica se enamoró del cafeverdegrís de Escocia.

Incluso del azul gris de Edimburgo. Fue el primero en hablarle de esta ciudad con su volcán umbilical.

Siempre ha sido un amigo fiel. Pero antes fue amigo de Andreas, y es por eso por lo que Vica no le cuenta ni a él ni a Pina de sus visitas.

Pero, con los años, Mandíbula se ha ido amargando.

Vica piensa en esto incluso ahora, durante el concierto de su hija.

Vica sabe sobre ella misma que, para alguien tan sinsuerte, ha tenido en realidad mucha suerte.

En cambio, Mandíbula es incapaz de reconocer su propio exceso de buena fortuna.

Y a medida que envejecen, esta diferencia de perspectiva aumenta: Vica cada vez más conforme con lo que le tocó, Mandi cada vez menos.

Antes, el miedo a la mediocridad propulsaba todas las acciones de Mandíbula.

Últimamente algo cambió: la mediocridad ya no es una fuerza de cambio, sino una especie de cicatriz, o más bien un tatuaje.

Algo que no puede eliminar, pero algo que él mismo se buscó.

Aunque es rico y exitoso y hace lo que quiere, todavía parece pensar que se le debía algo más, algo más: un golpe de suerte extra.

Específicamente: una victoria temprana. Con cierta frecuencia, Mandíbula pontifica sobre el efecto bola de nieve.

Una victoria temprana, explica, habría disparado su carrera a las alturas a las que nunca llegó, a las que ya ni siquiera aspira.

Vica no repite esas tonterías en su casa, pero debe de estar en el aire o, como hasta la fecha dice su mamá sobre cualquier cosa que no entiende: debe de estar de moda.

Porque Pina tiene exactamente la misma creencia.

La misma prisa implacable por que «la descubran» joven, y así anotarse una victoria temprana que luego la haga rodar como bola de nieve, la convierta en avalancha.

Vica no podría estar más en desacuerdo con todo el asunto.

Ella sólo tuvo pérdidas tempranas, y ni siquiera se sentía como ella misma, o como si de hecho pudiera respirar, hasta bien entrada en sus treintas.

Pero Pina, Pay, es tan joven y tan brillante, posiblemente la bola de nieve de alguien.

Ella misma lo dijo ayer: que hoy habrá cazatalentos en la capilla, que hoy podrían descubrirla.

Esta terminología, en particular, le pone a Vica los pelos de punta.

Porque para que te descubran tendrías que haberte perdido, o estarte escondiendo, o que nunca nadie te haya visto, o que seas un continente sano y bien poblado y que alguien pisándote por primera vez opte por el término del descubrimiento como un eufemismo para tapar cómo y cuánto va a invadirte, masacrarte, violarte y, en resumen, dejarte irreconocible.

No, a Vica eso de ser descubierta es lo que menos se le antoja en el mundo.

¿Dónde estás, ma?, dice Pay, creando una visera con la mano para poder ver la iglesia a través de los reflectores. Vica alza la mano a medias, y su hija dice dulce y claro al micrófono: Esta última canción es para ti.

Vica se lleva la mano al pecho. Andreas le da dos palmadas en la pierna.

Pina jala algunas cuerdas de Hue individualmente, de un modo concentrado que a Vica le recuerda a las mamás mandriles en el zoológico, haciendo una pinza con sus dedos y despiojando a sus crías sin prisa y sin pausa, inmersas en la tarea como si nada más importara.

Vica vacía de un trago su vaso de peltre.

La canción es melódicamente exquisita, pero demasiado compleja, llena de palabras largas y rizadas.

Para empezar, es una canción de amor. Y además una triste.

Una de pérdida. ¿Por qué Pina le dedicaría esto a ella?

El gesto apesta a ironía. No dedicado, sino más bien dirigido hacia ella.

Apuntado. Como si tuviera a su madre en la mira.

¿Qué sabe Pina? ¿Qué está preguntando Pina?

No seas paranoica, interviene su madre en su cabeza: La canción no tiene nada que ver contigo.

Es tu hija creciendo, tu hija trascendiendo la vergüenza histórica de las hijas para hacerte un guiño en público porque, bueno, quién sabe por qué, pero hay que aceptarlo, hay que concentrarse en las cosas tan bonitas que está haciendo con la voz, ¡hay que disfrutarlo mientras dure!

Vica exhala, acepta, escucha y disfruta.

Una amplia y ligeramente estúpida sonrisa se apodera de su rostro.

Pero en cuanto se acaban los aplausos y Pina abandona el escenario, Vica se gira hacia Andreas, que también está conmovido, con los ojos húmedos y esa barba que le confiere una sabiduría que ella duda que él de verdad haya adquirido, y dice: Tengo que hacer pipí.

Se abre paso por el pasillo alfombrado, hasta la puerta principal, donde le informan que no hay baño. Si es absolutamente necesario, puede usar la sacristía, al otro extremo de la capilla.

Vica recorre la iglesia en dirección inversa.

Suena una música pregrabada y el público bebe y conversa animadamente.

Al fondo, Vica cruza una mampara y luego una puerta, como le indicaron, y entra en los aposentos privados, ocultos casi directamente detrás del escenario.

No es lo que esperaba. Esperaba algo como una bodega de crucifijos y trajecitos dorados, pero esto es casi un dormitorio.

O no exactamente, no hay cama. Es un espacio de trabajo o de estudio, pero un espacio íntimo, con un escritorio y un sofá y una montañita de mantas y suéteres, cuidadosamente doblados sobre una silla.

El sacerdote debe de necesitar toda la montaña en un día cualquiera, porque la sacristía está helada incluso ahora, tan cerca de la música y de muchos cuerpos armados con sus propias botellas.

En una esquina, Vica encuentra una cabina equipada con un baño viejo, de esos que tienen el tanque un metro más arriba que el escusado.

Se encierra ahí y lucha brevemente con el cierre de su overol hasta que, alivio, éste cede y cae hasta los tobillos.

Mientras orina, se seca con papel de baño el sudor de las axilas, la espalda baja y la parte inferior de los senos.

No se sentía tan nerviosa, pero su cuerpo dice otra cosa.