Una rosa es un secreto (Edimburgo, 2017) #2
A Vica se le ocurre que deben darle a probar salsa Marmite antes de que se vaya.
Y también haggis, por supuesto, pero eso ya sabe que le encantará.
Es parte de la evolución de las separaciones, el modo en que ciertos datos íntimos del otro permanecerán para siempre dentro de ti, en un archivo arcaico, aleatorio, perfectamente inservible.
¿No la sigues en redes sociales? pregunta Vica.
Las redes sociales son el cloro del tejido social, dice él.
Vica se ríe. Tal vez su archivo sobre él no está tan actualizado como pensaba.
Andreas ha vivido casi medio siglo y puede que se haya quedado anclado en el pasado: todavía lee las noticias en papel, y Vica puede ver que aún lleva el mismo tipo de botas que ambos usaban hace veinte años.
Pero Vica también sabe que Andreas suele decir que mide dos metros cuando en realidad sólo mide 198 centímetros, y que le tiene fobia a las rosas porque creció sintiendo que su mamá quería más a sus rosales que a él, así que Vica aún cree que, si se diera el caso, ella ganaría la Trivia Andreas cada vez.
En cambio, no está tan segura sobre la Trivia Pina.
Viven juntas, pero con su papá Pina habla por teléfono.
Es decir que de hecho hablan (aunque claramente no sobre su pseudónimo), mientras que con su madre Pina se comunica, sobre todo, a base de rugidos y portazos.
Por eso, en este instante, Vica opta por una estrategia básica y sólida: el trueque.
Quién sabe qué datos tenga él que ella ignora.
Mejor compartir la información que tiene y así poder esperar lo mismo a cambio.
Explica en voz alta: Aquí nadie conoce el nombre Agrippina, ni siquiera el apodo Pina, entonces en la primaria sus amigas empezaron a llamarla Pi, pero luego otros en la escuela le empezaron a decir Pipí y por años se burlaban de ella con eso.
Entonces, para que eso no le volviera a pasar en la prepa, Pina empezó a escribir su nombre con la letra griega, que en inglés se pronuncia «pay», como el postre.
Ach so! ¿Tú le dices Pay?
Claro que no, yo le digo Pina, o Pi. ¿Cómo le dices tú?
Yo le digo Agrippina, dice Andreas: Porque así se llama. Luego exhala, mira alrededor, a la gente instalándose en las bancas, convirtiendo la iglesia en bar, y cambia tanto de tono como de tema: ¿Conocías el término BYOB? Yo no.
Claro, dice Vica mientras saca una botella de su bolsa: Bring Your Own Bottle, se usa mucho acá.
Andreas se frota las manos en un gesto alegre de anticipación. Luego levanta del suelo su mochila inmensa, que Vica no sabe si es del día o para todo el fin de semana, ambas opciones son igualmente plausibles, y saca dos tazas de peltre blanco con bordes azules que Vica recuerda de hace mil años.
Típico de ti, dice Vica: Yo traje mucho vino pero ningún vaso.
Típico de ti, dice él, mirándola a los ojos. Vica desvía la mirada y destapa la botella: la puso nerviosa. Desde el día en que lo conoció, siempre la ha puesto nerviosa.
Brindan. El tintineo del peltre es mucho más satisfactorio que el choque mudo de los vasos de plástico que trae el resto de los comensales, eso no se puede negar. Junto al altar, empiezan a suceder cosas. Dos jóvenes traen unas bocinas al escenario, mueven cables, se llevan otras bocinas.
Esperemos que el sonido esté bien, dice Vica: Siempre me pongo nerviosa cuando Pi toca en público, ¿y tú?
Yo nunca la he visto tocar así, responde él: Frente a extraños.
¿Quién tiene la culpa de eso?, quiere decir ella.
Pero una lástima color pastel invade su pecho por cómo Andreas apretó y torció los labios después de decir que nunca ha visto un concierto de su hija.
Vica ha visto a este hombre llorar más que a ningún otro en todo el planeta: he ahí un dato para la trivia en el que nunca había pensado.
También sabe que cada verano, al final de sus tres semanas visitándolo en Köln, Pina da un concierto en el jardín de su abuela.
Oma y Andreas piden prestadas sillas y bocinas, invitan a vecinos y amigos, y entre todos logran que Pina se sienta especial y orgullosa de sí misma, algo que Vica solita nunca logra del todo, no sólo por su absoluta carencia de tribu sino también porque su entusiasmo por el arte de Pina suele darse por sentado.
Vica nunca ha ido a esos shows en el jardín, pero habitan sus recuerdos como un vívido collage agridulce, fabricado con los retazos de sus propios recuerdos de la casa de su suegra, mezclados con lo que Pina le cuenta al regresar a casa: cuando se siente en parte aliviada de volver a tener su propio cuarto y en parte deprimida por tener que pasar otro año sin ver a su Oma y a su Dada y, Vica siempre ha sospechado, a la parte de sí misma que sólo existe en alemán, sólo en Alemania.
Vica ha visto llorar a Pina más que a cualquier otra persona en el planeta, pero probablemente eso sea cierto sobre cualquier madre y su hija.
Un joven sube al escenario y toma el micrófono. Hace un par de chistes, agradece a algunas personas e instituciones.
¿Ése es el baterista gamer?, pregunta Andreas.
Vica está impresionada de que Andreas esté enterado. Ella también conoce el extraño título doble del novio de Pina, pero nunca lo ha conocido en persona, así que sólo contesta: Tú qué crees.
Bueno, sé que es pelirrojo.
¿En serio?, dice Vica irritada. Ella no sabía ni eso.
Él se explaya: Agrippina dice que si tuvieran un hijo parecería una zanahoria de peluche. Vica se atraganta con su Merlot. Andreas levanta los hombros y concluye: Incluso los hijos tendrán hijos algún día.
¡No mi hija! Es demasiado joven.
Tú también eras joven cuando la tuviste.
¡Tú también la tuviste!, quiere decir Vica. Pero sólo dice: No tan joven.
Alguien les hace Shhhh desde la fila de atrás, y comparten una mueca de complicidad, justo a tiempo para escuchar al pelirrojo decir: Es un honor, mi gente bonita, esta noche presentarles, a una de las personas más talentosas que he conocido, en toda mi vida, ¡denle un aplauso, a la única, a la inigualable artista conocida como Pay! ¡Pay Luft!
Una sintaxis peculiar, le susurra Andreas al oído, claramente complacido de que su hija haya por lo menos conservado su apellido: Pero al menos sabe hablar.
Se llama Calum, le susurra Vica de vuelta, recordando la estrategia básica del trueque.
Agrippina entra al escenario con calma. Su pelo corto está esponjado y, a la vez, grasoso, de un modo que Vica simplemente no sabe si es intencionado o accidental.
Su panza sobresale un poco entre la camiseta corta y los jeans rotos.
Es alta y fuerte y tiene la cara llena de brillantina.
Vica recuerda una publicación en la que alguien la apodó una «valquiria de la Generación Z».
Buenas noches a todos, gracias por venir, dice Pina con una ligera sonrisa, y luego levanta su guitarra con una mano: Esta es Purple Hue. Pueden llamarla Hue.
Ach so, reacciona Andreas.
Mientras afina a Hue, Pina cuenta al micrófono varios percances que hubo tras bambalinas.
La gente se ríe. Ni siquiera ha empezado a tocar y ya tiene fans.
Vica recuerda cuando tenía cinco años y la llevó a la prueba gratuita de una clase de ballet.
Cuando la maestra le pidió a las niñas que cruzaran la sala de puntitas, Pina, de jeans, siguió al rebaño de tutús con los brazos levantados y doblados por los codos y las muñecas, como un pequeño tiranosaurio.
Pero cuando llegó al espejo, levantó los brazos efusivamente, como sorprendida de encontrarse, y se saludó a sí misma en voz alta.
Todo el salón se rio y la maestra le dijo a Vica: Esta niña tiene presencia escénica.
Pina tiene presencia. No sólo llena el escenario, sino que también lo templa.
Tiene encanto e ingenio y una voz meliflua y ligeramente desconcertante que ha entrenado para hacer lo que quiera.
¿Por qué entonces le molestan a Vica la barriga de fuera y el pelo desordenado?
¿Por qué no puede domar a su niña-clase-media-chilanga interior?
Es por el gel, piensa. Por la forma en que su madre la torturaba cada mañana, sumergiendo un cepillo duro directamente en el recipiente de gel verde y luego usándolo para trazar surcos en el cráneo de sus hijas, líneas rectas que no se desvanecían ni siquiera después de que Vica se desatara la coleta en la escuela para masajearse el cuero cabelludo con las yemas de los dedos.
Es posible, piensa, que los surcos hayan modificado para siempre la forma en que se alinean sus neuronas, su visión de la vida.
Porque Vica quiere sentirse orgullosa de que su hija no acepte los estándares de belleza tradicionales y opresores.
Orgullosa de que establezca sus propias reglas.
Pina ya es una mujer joven, pero la impresión que causa es la misma que a los cinco: un aura dorada, y lo que le falta de gracia lo compensa con talento.
Y cuando empieza a cantar, la capilla se queda sin aliento.
La mezcla habitual de emoción y miedo se apodera de Vica.
El rezo involuntario en la garganta: Que su hija nunca pierda esto .
Que Pina pueda brillar siempre, que nunca tenga que renunciar a la expresión, ni a la libertad, ni a la libertad de expresión.
Las lágrimas empiezan a caerle por el rostro.
Sin apartar la vista del escenario, sin perderse una palabra y sin poder sonreír más fuerte, Andreas le toma la mano y la envuelve en la suya: más grande y más cálida.
Cuando la canción termina y la gente aplaude, Andreas se inclina y le susurra: ¡Estaba tan feliz cuando le compraste esa guitarra!
Vica entonces recupera su mano y se abraza a sí misma cruzando los brazos. Clava cada una de sus palmas en la axila contraria. Parece como si tuviera una armadura de acero. O como si fuera una gallina mojada.