Wishbone Una rosa es un secreto (Edimburgo, 2017)
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Una rosa es un secreto (Edimburgo, 2017)

Calton Hill está cubierta de escarcha. Vica deja la escalera de piedra y trepa directamente por el pasto helado. Le gusta hacerlo crujir. Incluso a través de las suelas gordas de sus tenis impermeables, se siente bien ir rompiendo algo a cada paso.

Últimamente, Vica le recomienda a quien se deje estos zapatos.

Le cambiaron la vida al erradicar el agravio de los calcetines siempre mojados.

Estos tenis hicieron por ella lo que ni los grupos de apoyo para la diáspora latinoamericana, si existieran, podrían haber logrado.

Vica Luft se integró. O, por lo menos, ahora que ha dejado de vivir grandes partes del día como si hubiera una sordina física entre ella y el suelo, ahora que siente sus pies en todo momento, Vica por fin puede aceptar el nuncaverano de Escocia: los vientos verticales y la lluvia horizontal y las temperaturas siempre sólo a dos grados por arriba o por abajo de los diez.

En su opinión: el único defecto de este país.

En la cima de la colina pasa de largo el falso Partenón.

No importa cuántas veces sube aquí, la fealdad de esta construcción inacabada siempre la desconcierta.

La base tan alta, los turistas escalándola alegremente, el simple absurdo del absurdo tamaño de la cosa.

Aunque, se le ocurre de pronto, tal vez hoy no está tan mal.

Tal vez hoy le siente incluso bien. Porque sentirte chiquita antes de un gran evento algo debe de equilibrar: el karma o las expectativas o, por lo menos, el ego.

Porque para eso existen los monumentos, ¿no? Para enanizar al pueblo.

Vica se detiene en el mirador. A sus pies, los barrios de Edimburgo se concatenan por cuadras, como si la ciudad fuera una manta de cuadritos de tartán: New Town, Broughton, Leith, The Shore, cada cosa en su lugar hasta llegar al estuario: el Firth of Forth.

Vica acaricia el agua con los ojos, antes de hacerlos saltar de isla en isla como los dedos de otras personas saltan de cuenta en cuenta en un rosario, repitiendo sin sonido los nombres: Inchgarvie, Inchcolm, Inchmickery, Inchkeith.

Podría decirse: un rezo. Excepto que Vica no pide por cosas que desea, sino simplemente por que las cosas permanezcan como están.

Es una mujer con suerte, balanceando su vida sobre la cabeza de alfiler de un par de secretos fundacionales.

Pide nada más sentir sus pies, no resbalarse, no caer.

Que no le quiten lo que tiene. La petición va contenida en los nombres de las islas conforme los repite en un tarareo, en un conjuro.

Inchgarvie, Inchcolm, Inchmickery, Inchkeith: la verdad es que Vica no sabe cuál isla es cual.

La tiene sin cuidado la geografía y a la geología le pide algo pequeño, casi lógico: que dure nomás.

Que dure mucho. Para algo que medimos en miles de años, unas cuántas décadas es nada.

Vica le pide a las islas, amablemente, que no se muevan ni se vayan ni se inmuten.

Que cuiden y protejan el orden de las cosas.

Y las islas responden sin parpadear: que sí, que cómo no, que aquí están y aquí estarán.

Sólo en días de neblina densa, Vica no alcanza a verlas y luego no logra relajarse.

¡Son piedras, mamá!, le grita de vez en cuando su hija Pina: ¡No estrellas!

Pina Luft tiene diecisiete años pero es un alma vieja y, desde más o menos los cinco, exuda un aura dorada y una vibra oracular impenetrable.

También goza de recordarle a su madre que este paisaje al cual Vica le pide estabilidad es en realidad inestable.

Seguramente va a inundarse cuando se derritan los casquetes polares.

El agua va a subir, quieran o no, y va a venir a azotarse a las faldas de Calton Hill.

Y entonces Leith, el barrio donde llevan diez años viviendo, quedará sumergido.

Y nadie, ni siquiera una mexicana de la Ciudad de México, una ciudad construida sobre el agua, podría quedarse en Leith si Leith se convirtiera en un vestigio submarino.

A lo cual Vica siempre responde: Pues entonces qué bueno que me compré estos tenis, ¿no?

En realidad, Vica sí que a veces se autotortura imaginándose las consecuencias del cambio climático: las sequías, los incendios, las migraciones en masa.

Pero le cuesta visualizar el agua invadiendo la ciudad.

Esto es un poco irónico, dado que siempre le ha resultado sencillo imaginarse el color inundando cualquier espacio.

El color desobedeciendo las reglas de la luz y de la física.

Es un juego que juega sola, detrás de sus párpados cerrados, desde que era niña.

Puede hacerlo ahora mismo, conjurarlo a voluntad: el mar se vuelve rojo, el puerto naranja, Leith amarillo; el color sube hacia ella reverdeciendo a su paso la avenida Elm Row, pintando el New Town de turquesa, virando al azul marino al trepar por la colina, tiñéndola a ella y siguiendo de largo, dejando tras de sí una estela de lavanda.

Vica no necesita ni girarse para calcular que Arthur Seat, el volcán extinto a sus espaldas, ya se puso morado.

Abre los ojos. Ya, ya; ya está. Completó sus rituales.

Esto suele acallar su ansiedad por unas horas y funciona incluso hoy, justo antes de una reunión que ha estado deseando y temiendo en igual medida por semanas.

Saca su teléfono y se da cuenta de que se le va a hacer tarde.

De todos modos está contenta de haber venido.

Contenta de haber priorizado sus necesidades, por más bizarras que éstas sean.

Sabe de cierto que si no hubiera subido la colina no estaría tranquila, ni del todo presente en la velada: algo dentro de ella se sentiría fuera de lugar, como incompleto, como cuando las copas no chocan al brindar.

Como cuando, si un broche no hace clic, se te puede desajustar el brassiere o te pueden robar la cartera o tu hijo puede salir volando por la ventana.

Algo a medias, inacabado, como un acorde sin resolver.

Eso es lo que los rituales de Vica hacen por ella: clic, clic, clic, un ajuste rápido del engranaje de su pequeño universo.

Un no dar nada por sentado. Un: Al menos por hoy, estamos a salvo.

Pero ¿por qué tanto?, pregunta su mamá: ¡Si no tienes nada que demostrar!

Vica termina de pagar, sale de la tienda con la bolsa llena de botellas que tintinean mientras se apresura calle abajo, como si quisiera dejar a su madre atrás. Pero no puede, porque la tiene adentro. Y adentro de su cabeza, la madre insiste: Y ahora, además, definitivamente sí vas a llegar tarde.

Se llama solidaridad, mamá.

¿Con la vinatería?

¡Con Pina! ¿No ves que mi niña tiene un concierto en un teatro tan reputado que lo llaman «la capilla»?

Deja de decirle niña, es casi una adulta.

Pff, adulta bulta.

Tienes razón, el adulto es un animal mitológico.

Vica se ríe. A menudo conversa con su madre muerta como si estuviera allí mismo.

Pero nunca cuando Vica más lo necesitaría, por ejemplo cuando está aburrida en el trabajo y el humor de su madre podría alivianar la pesantez de su jefa paseándose en silencio por la oficina.

Vica no puede conjurar a su madre a voluntad, como tampoco podía controlarla cuando vivía.

Aparece, llena de su particular mezcla de ironía y verdades, sólo cuando Vica está ocupada, frenética, indecisa.

Ahora, en cuanto Vica atisba la capilla, su madre interior se disipa.

Y en su lugar, conforme aminora el paso, Vica siente cómo el corazón se le acelera.

Lo primero que ve es su pelo. Tiene el pelo de Pina, sobre todo ahora que ambos lo llevan corto: el mismo rubio sucio y esponjoso.

La llena de una ternura inesperada, ese pelo bailando en el agresivo viento escocés, unos veinte centímetros por encima de los gorros de lana de los demás.

Él también la ve: se acomoda los lentes y levanta la mano como una marioneta.

En la otra tiene un periódico. Vica se le acerca temiendo que alguien proteste porque se metió en la fila.

Pero no, no va a suceder: Vica está elegante, nerviosa, cargada de vino, claramente es la mamá de alguien, déjenla pasar.

Cuando se detiene frente a él, Andreas Luft coloca sus manos en los hombros de Vica y tiene que inclinarse para poner su cara a la altura de la de ella. Se besan en ambas mejillas, como se saludaban antes de ser pareja o, como dice Pina: «compañeros».

Te ves… dice él.

Navideña, dice ella, que nunca tuvo la paciencia necesaria para dejarlo terminar sus propias frases. Era un problema, cuando «se acompañaban».

Él sonríe, aparentemente encantado de recordar este hábito de ella, aunque solía enfurecerle.

Navideña, repite él, notando el carmesí de su overol, el verde pino de su abrigo: Pero yo iba a decir muy guapa.

La fila empieza a moverse y entran en el recinto: una iglesia de piedra.

El pasillo alfombrado, los cojines bordados en las bancas y un corcho de anuncios tapizado de folletos parecen indicar que la iglesia sigue activa.

¿Se puede decir activa para una capilla, como si fuera un volcán?

Eligen un banco para sentarse, lo más cerca posible del escenario improvisado frente al altar.

No me imaginé que fuera a ser una capilla de verdad, dice Vica.

Pero Andreas tiene la nariz metida en la postal que les dieron en la puerta y en vez de contestar, dice: No está en el programa.

Vica pone un dedo en la postal, donde dice: «Opening act: π.». El rostro de Andreas se contrae en un gesto inquisitivo. Pero no es su sincera curiosidad habitual, porque en el fondo no quiere saber por qué su única hija se cambió el nombre.

¿3.1416?, pregunta, como si le supiera feo.