También su destrucción (Oaxaca, 2018) #8
Cada tanque está lleno, casi hasta arriba, con una combinación de agua y glicerina y, lo más importante: un tinte específico.
Los tonos van desde un rosa muy pálido hasta un marrón muy oscuro.
Y como los rieles son del mismo blanquecino que el techo y el suelo, los tonos de los tanques —topo, pardo, avellana, arena, beige, café— dicen la misma cosa: piel.
Todos los tonos posibles de la piel humana.
Pero translúcida. Personas, pues, pero personas hechas de agua y no de músculo.
Hechas de memoria. Los colores de los cuerpos que ya no están con nosotros, pero que tampoco han sido enterrados.
Y a través de ellos, la habitación, el mundo entero, teñido por esas ausencias.
Así ha sido toda la vida adulta de Tor. Eso es lo que intentó decir.
Qué simple parece todo de repente. Qué básico.
Intentó expresar su dolor, como lo intentan todos los artistas que ha conocido, lo sepan o no.
Durante demasiados años, Tor se guardó ese dolor para sí misma, compartiéndolo sólo con Andreas y un par de viejos amigos.
A Andreas lo va a conmover esta pieza, piensa de pronto.
Pero pensar en él le produce un dolor tan agudo que amenaza con partirla en dos.
Le cuesta respirar. Y como un corazón roto se parece tanto a un infarto, aparece su habitual grito de supervivencia: ¡A trabajar!
Sólo el trabajo sana. Levántate ya, ¡ya!
Pero Tor no se levanta y, entonces, siempre solidario, el MIC se levanta por ella.
Estamos hablando de Tor Sima. No una persona espiritual.
Pero tampoco una persona excesivamente racional.
Así que, cuando a las 23.49 el museo se sacude, ella asume que es porque ella dio la orden.
Pensó: ¡Levántate ahora mismo! Y el museo se levantó.
El museo la obedeció porque es su museo, su idea, sus reglas.
Logra levantarse pero sus rodillas no se doblan lo suficientemente rápido y sale catapultada contra un tanque, luego de regreso al muro.
Se pone a cuatro patas pero el suelo la expulsa.
Es una réplica, piensa en sus últimos momentos de poder pensar más o menos claramente, una réplica no puede ser tan grave como el terremoto que mató a Glück hace unas semanas.
Pero es grave. El MIC tiembla como si estuviera parado en dos zancos flacos.
Cruje, truena, traquetea. Tor intenta gatear, alejarse de los tanques.
Consigue pararse pero ni bien da dos pasos la frena en seco una explosión.
Un tanque cede y se derrumba frente a sus ojos.
Escupe una cascada violenta y veloz, justo antes de que se vaya la luz.
A oscuras, Tor siente por primera vez el miedo que ha estado como en segundo plano.
El pánico la devora, y vuelve sus movimientos aún más erráticos.
Quiere ir hacia la puerta pero ya no tiene idea de dónde está la puerta.
Pisa lo mojado, se resbala. Se cae. Excepto una de sus piernas, que hace lo opuesto a caer: sale disparada hacia el techo mientras el resto del cuerpo va a dar al suelo.
Tor aterriza de sentón y así, sentada, se desliza buscando algo sólido, una pared que no esté hecha de vidrio y agua.
Nota, conforme avanza dando tumbos, que la pierna rebelde va arrastrando detrás de ella como la cola de un animal roto.
Cuando encuentra el muro se hace bolita.
Desde su ovillo oscuro oye explotar otro tanque, luego otro, y luego pierde la cuenta porque en su cabeza otros tanques están explotando al mismo tiempo.
La pecera al final del pasillo de su infancia, que estalló en el temblor del 85, ve a sus «hermanas mayores» retorciéndose en el suelo, a su hermana humana recogiéndolos con una cubeta.
El tanque de su casa, hace menos de un mes.
Vuelve a ver a Andreas arrodillado, levantando a Glück entre sus manos: pálido, escurridizo.
Con la cabeza entre los codos, Tor se recuesta en el suelo y repite el único rezo que conoce.
Sale distorsionado, oxidado por años de desuso, pero tan automático como si aún lo repitiera cada mañana: una cruz es un secreto, el secreto de una gran dama…
El MIC por fin para, el temblor cesa. Pero siguen cayendo cosas a su alrededor, y su cuerpo sigue temblando.
Un poco como cuando te bajas de un barco y parece que te llevas el vaivén del mar en el cuerpo, así el terremoto continúa arrasando dentro de ella.
Tor tiembla. Su corazón late tan deprisa que es como si atravesara mil pequeñas réplicas internas.
Cuando finalmente se permite abrir los ojos de nuevo, Tor no sabe si han pasado minutos o segundos.
No ve nada. La única luz en la galería es la linterna de su teléfono que, quién sabe cómo, se quedó quieto encima de la caja de los switches mientras todo alrededor se derrumbaba, y que no sirve de nada ahí donde está.
La sala de exhibición está inundada, así que cuando las luces parpadean y luego reaparecen, el temor a electrocutarse atraviesa el cerebro de Tor no como un pensamiento sino como un escalofrío.
Como una parálisis. Pero eventualmente se obliga a mover los ojos, a mirarse la pierna.
La encuentra torcida de un modo que nadie podría imaginar para una pierna porque ninguna pierna está hecha para torcerse de esa manera.
La distrae de ese vértigo un repentino destello en el centro de su pecho.
Una visión extraña, casi irreal, que dura sólo un instante.
Tor exhala y el brillo se apaga: es sólo el pin de la bandera mexicana.
Pero al bajar la mirada para verlo, Tor nota estar goteando.
Se lleva la mano a la cara. Y justo antes de desmayarse nota algo todavía más raro: que el sudor de su frente es espeso, y tibio, y de un rojo improbable.