Wishbone También su destrucción (Oaxaca, 2018) #7
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También su destrucción (Oaxaca, 2018) #7

El primer tanque ni se inmuta bajo el peso de sus empujones.

Los rieles son de acero suizo. Tor empuja más fuerte, con la cadera.

El tanque resiste. Tor pasa al siguiente: nada.

Empieza a tomárselo como algo personal, como si la inmovilidad de los tanques fuera indiferencia, reflejara su insignificancia.

Empieza a enojarse. Ataca el tercero con tanta fuerza que un jadeo involuntario sale de su boca.

Va de uno a otro, golpeando los tanques con franco desenfreno y con una fuerza que no sabía que tenía, una fuerza que parece más destinada a herirse a sí misma que otra cosa.

Nota todo eso de reojo, pero no puede parar.

Nota que está atormentándose pero se siente identificada, sobre todo, con la tormenta, con el dramático torbellino que parece arrasarla de un extremo del cuarto al otro.

Zigzaguea entre los tanques como un animal salvaje, como un animal herido.

Sólo logra frenar después de haber golpeado, empujado y pateado al menos la mitad de los veintisiete tanques.

Para sólo porque no puede seguir. Sus piernas ceden y acaba en el piso, la espalda contra el muro, empapada.

Tiene los nudillos magullados y le duelen los pies.

Estira las piernas, recarga la cabeza en la pared, llora.

Luego de un rato se seca la nariz con su túnica bordada.

Está rasgada en la axila, y ahora además también llena de mocos.

Nota ambas cosas con absoluta neutralidad, como si esta prenda que ha cuidado con esmero por más de una década, fuera nada: una servilleta, un recibo.

Tor exhala. Se siente como lavada. Y puede que sólo sea un lapsus de autoengaño, o algo provocado por la catarsis de los empujones o del llanto o de ambas cosas, pero, carajo: esta habitación es el mejor trabajo que ha hecho en su vida.

Por primera vez en horas, ya no se siente como una víctima.

Se siente humillada, sí, pero sin rencor ni consecuencias.

Extrañamente apaciguada. Qué importa si algo le duele, si todo le duele, cuando hizo esto que tiene enfrente.

Aunque, en realidad, ahora mismo siente como si la pieza se hubiera hecho a sí misma.

Como si ella no hubiera sido más que un conducto, encargada sólo de recibir unas instrucciones del más allá y de transmitírselas a los hombres del arquitecto.

Recuerda haber sentido algo similar hace muchos años, cuando todavía pintaba.

Pero nunca antes durante el proceso creativo de esta pieza, que involucró demasiada gente, planeación, meses.

Los fabricantes haciendo preguntas serias, preguntas sobre procedimientos y materiales y seguridad, ellos desempeñando el papel habitual de Tor, y ella el reservado normalmente a los artistas cuya obra expone: portándose tan exigente con los detalles como incapaz de expresar de qué trata la obra porque quería que su obra hablara por sí misma.

Y lo hace. Esta pieza habla por sí misma.

No grita ni se explaya, pero cien por ciento comunica.

Proyecciones líquidas y centelleantes cubren las paredes y el suelo.

Todo es hipnótico, sereno, casi demasiado bello para soportarlo.

Esto es un problema, claro. Plantea la pregunta de la que Tor ha estado huyendo durante los últimos seis meses, desde que consiguió que el consejo administrativo votara a su favor a pesar de que esta exposición iba a caerle en el hígado al gobierno.

La pregunta es vieja como el mar y común como la culpa, tan fácil de desviar como cualquier espejo.

La pregunta es: ¿tenemos derecho a convertir en belleza el sufrimiento?

Tor no logra levantarse. Le está bajando la adrenalina y se le engarrotaron los muslos.

Se encorva y los rollos de su panza se sienten estorbosos, y pegajosos, y el elástico de su pantalón de lino se le clava incomodándola.

Sola, se dice, y abandonada y además gorda.

Shhh, se frena sola. Entrecierra los ojos. Mejor mira, se dice.

Tor nunca ha probado meditar, pero cuando la gente habla del tema, y la gente habla mucho del tema, ella cree saber de qué hablan.

Porque ella también posee una herramienta para acallar la verborrea constante de su cabeza.

Su herramienta es entrecerrar los ojos y mirar.

Tor sabe que si observas, en plena presencia, puedes transformar lo que estás viendo a través de la atención y, entonces, a la vez, tú te transformas.

O por lo menos te sientes distinto. Algo cambia.

Usualmente para mejor. Así que Tor entrecierra los ojos y mira.

Se concentra en el movimiento del agua en los tanques.

No en movimientos aparentes, porque no hay, sino en las vibraciones de la luz.

Eso es lo que el color es: luz bailando.

Entrecierra los ojos y mira y esto es lo que ve: