También su destrucción (Oaxaca, 2018) #6
A Tor le sorprende, casi le divierte el gesto.
Recuerda a Andreas haciéndoselo a Philip con cierta frecuencia, hace muchos años.
A ella nunca le alza así las manos, Tor no lo dejaría pasar.
Sólo lo hace con gente que le cae mal, entiende Tor de golpe, sintiendo a la par un instinto de proteger a Mati y de protegerlo a él.
Andreas nunca ha podido apreciar la insolencia, el tono general —kitsch y pelangocho— de Matilde.
Mati, pide Tor: ¿Nos das un momento, por favor?
Matilde se mete a la cocina y Tor cree que Andreas está a punto de echarse a llorar pero en vez de eso la mira y dice: Estoy teniendo otra relación.
¡No es cierto!, contesta ella.
¿Qué?, pregunta él.
¡No estoy teniendo otra relación!, se defiende ella.
Yo, dice él.
¿Qué?, dice ella.
Yo estoy teniendo otra relación.
Tor se queda quieta, el antebrazo hundiéndose en la textura plástica de la hamaca, pequeños rombos de carne formándose entre los hilos, listos para escapar cual pulpo huyendo de un barco: listos para escurrirse lejos de ella, como si hasta su propia piel la encontrara, de pronto, repugnante.
Con su otra mano se aferra al cuello de la hamaca, para ayudarse a sostener la cabeza alzada.
Algo está lentamente reajustándose en su cerebro.
Piensa en Anish Kapoor. Puntualmente en una instalación de él que ocupaba una galería entera en Berlín: unos sesenta metros cuadrados para una sola máquina que procesaba grandes cantidades de cera roja.
No líquida, pero lo suficientemente caliente como para que el brazo mecánico pudiera transportarla de un lado a otro de la sala.
Todo era muy lento e hipnotizador. Eventualmente un montón de cera se desprendía del brazo y caía en el piso con un escandaloso plop.
Y eso era todo. El plop aleatorio. Y el modo en que la acumulación de plops creaba esculturas amorfas pero también, quizá sobre todo: el modo en que esculpía las expectativas.
Tor no contrató la instalación por lo que ella bautizó el «post plop».
Porque una vez que habías visto el primero, ya sabías de qué iba todo.
Sabías qué esperar y por más plops que siguieran, la tensión se había acabado.
Sin sorpresas, se volvía un juego de a ver quién aguanta más.
De resistencia. Y en una relación de pareja puede pasar lo mismo.
En casi todas pasa lo mismo. Entonces no puedes culpar a alguien por ir a buscar un poco de tensión en otro lado.
No puedes monopolizar un color, Anish. Y tú, Tor, no puedes monopolizar a una persona.
Particularmente no a la persona —la única persona— con quien compartes color.
El negro más negro, la herida más oscura.
Andreas es su compañero, de pérdida y de vida.
Saltan juntos de un rectángulo de luz al siguiente, todo lo otro se disuelve.
Lo va a perdonar, por supuesto. No tiene ni que pensarlo.
Ya está decidido. Andreas confesó, y eso es lo único que hacía falta para cerrar el episodio.
Tor siente incluso alivio: ¡lo sabía! Algo estaba pasando por más que él lo negara.
Pero ahora ya lo aceptó, y ya pueden pasar la página.
Tor se recuesta, le entrega el peso de su cuerpo a la hamaca.
Se concentra en el sol pegándole en la cara, cambiando la coloración al interior de sus párpados.
Recuerda el camello y considera pedirle matrimonio ahora mismo a Andreas, como un pacto de paz.
Pero no, no hay que estropear la sorpresa del Gigante Pacífico.
Toca esperar. Podría dormirse una siesta.
No es que esté contenta, no le gusta nada esto, pero puede ver que van a sobrevivir, van a estar bien.
Tor exhala, los cangrejos rascan el unicel.
Pero luego Andreas, siempre a la vez preciso y torpe, va y tira otro gran montón de cera caliente, uno que rebasa lo perdonable, al decir: Con Matilde.
Tor se levanta. Sin gracia pero muy rápido.
En un segundo está de pie y en otro ya está metiéndose a la cocina.
Andreas la llama pero ni siquiera lo voltea a ver.
Camina directo a la pared del fondo, donde Matilde está recargada en la pared, a lado de su estúpido calendario de gatitos.
Tor se le acerca tanto que su pelo le pica la cara.
Siente los pelos teñidos y crespos rascándole el cachete.
El olor empalagoso de alguna crema le provoca náuseas y Tor las deja crecer: todo dentro de ella rápidamente condensándose, una alquimia negativa pero necesaria: el asco volviéndose veneno.
Y Tor hace lo que puede para no vomitar mientras susurra, bajito y entrecortado pero bien claro: Nunca. Vas. A volver. A trabajar.
No me acuerdo cómo te llamas, dice Tor deteniéndose con una mano en el techo de su coche: Pero te respeto, a ti y a tu trabajo, ahora déjame pasar.
El velador, que de ningún modo está obstruyéndole el paso, no sabe qué decir a pesar de que, o tal vez justamente porque, Tor apesta a alcohol. El velador opta por el silencio, y en silencio ejecuta un cómico, casi lírico, salto lateral, para dejarla pasar aún más.
Tor atraviesa la pared de bambú que los jardineros estaban talando esta mañana.
Por dentro, va dándose con la misma fuerza del machete de ellos: Pendeja, deberías haber plantado otra cosa, algo más serio, más boscoso, algo de adultos, porque esto es un museo, Tor, no un pinche parque, a ver si ya de una vez por todas creces, carajo.
Cruza la explanada tratando de caminar en línea recta. Han pasado varias horas desde la hamaca. Ha estado en sitios. Bebido líquidos. Pero en su cabeza aún reverberan el rechinido del unicel, el olor de los pelos color vino, los ojos bien abiertos de los gatitos en su canasta.
De pronto, el lugar que Tor se ha pasado todo el día evitando le parece el único lugar seguro. El único lugar donde podría quizá transformarse, dejar de sentirse monstruosa. Pero cuando por fin entra, sólo siente desorientación. No se ve nada de nada.
A ver, Tor, siempre dices que conoces hasta el último rincón del museo, ¿cómo no vas a poder prender la luz?
Enciende la linterna de su teléfono y avanza pegada a la pared hasta dar con la caja de electricidad.
Su teléfono está tapizado de mensajes sin leer y llamadas perdidas de Andreas.
Lo pone boca abajo encima de la caja y decide dejarlo ahí por el resto de la eternidad.
Abre la caja y sube todos los switches a la vez.
Todo se enciende y Tor tiene que parpadear.
Cuando se ajusta la mirada, se gira sin pensarlo y lo que ve casi la tumba.
Una ola de sorpresa se extiende por su cuerpo como papel quemándose.
Le viene un recuerdo difuso, de la mañana, parece como si hubieran pasado días desde que vio al camello, y también como si el camello hubiera sido un aviso, una premonición.
Porque esto, esto que tiene enfrente, es un verdadero oasis.
Es, a la vez, todo lo que Tor se había imaginado, y mucho más de lo que se permitió soñar.
Cien veces Tor le dijo al arqui y a su equipo que quería que el espacio se sintiera como una capilla.
Y lo lograron. Mucho más que eso, de hecho: esto se siente como un templo respetuoso, como una catedral honesta.
Como un homenaje consciente, correcto. La emoción le sube por la garganta y le inunda los ojos.
Respira profundo y da un primer paso devoto hacia la pieza.
Repartidos por toda la sala de exposición, hay tanques verticales de sólo veinte centímetros de profundidad pero casi dos metros de altura.
Están sujetados del techo con cadenas tensas, y fijos en el suelo gracias a unos rieles de acero laminado.
Cada tanque está lleno de líquido y, con sus cuarenta y cinco centímetros de ancho, puede cubrir a una persona del otro lado.
O no cubrir, ya que son translúcidos, pero sí disimular, deformar a quien se pare al otro lado.
Una visión distorsionada, parecido a ver la cara de alguien a través de una jarra de agua.
Desde donde se encuentra Tor, parecería que se forman caminos entre los tanques, pero enseguida te das cuenta de que esto es un bosque, no un plantío, es decir que el posicionamiento de los tanques es aleatorio, y el modo usual, circular, con el que se suele visitar una exposición, no va a funcionar.
Se impone la falta de rumbo como único modo de avanzar.
Y, a medida que la gente avance por entre los tanques, los líquidos irán conjurando sombras, visiones y emociones pasajeras, distintas para cada visitante según dónde se encuentre y quién más ocupe el espacio.
O eso espera Tor, eso se imagina. Lo cierto es que ahora mismo está sola en la sala y sus movimientos, su ritmo, es a la vez metódico y borracho.
Se queda mirando con la boca abierta, luego levanta una basurita, limpia una huella dactilar, empuja un tanque con las manos, con más fuerza de la que planeaba usar, sólo para ver si aguanta.
Tor siempre hace cosas de este tipo antes de una exposición: trata de pensar en todo lo que podría salir mal y luego lo intenta.
Son pruebas de control de calidad tan atípicas como útiles.
Siempre encubiertas. Ha roto algunas cosas con sus métodos, a veces objetos sumamente valiosos de los que luego ha tenido que dar cuenta al prójimo, y una vez un error tan caro que le echó la culpa a un niño imaginario anónimo, mintiéndole al hombre del seguro a través de lágrimas en los ojos.
Pero nunca un error tan grande como uno de estos tanques.
Si uno se rompiera habría una inundación resbalosísima, y tantos fragmentos de vidrio que los que no se rompieran un hueso al resbalarse, igual terminarían por cortarse.