Wishbone También su destrucción (Oaxaca, 2018) #5
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También su destrucción (Oaxaca, 2018) #5

Suena el teléfono. El periodista del Apollo Art Journal se presenta como Philip algo y a Tor el nombre le provoca un mareo.

O tal vez nomás subió demasiado rápido las escaleras.

Pronto se le desinfla el ego que la empujó hasta acá y entra en piloto automático.

Resulta que la famosa revista no la está llamando por su arte, ni siquiera por su museo, sino simplemente por su nacionalidad.

Esto la irrita. El tema de la entrevista es el Penacho de Moctezuma, una reliquia atrapada en un museo en Viena.

Tor no tiene nada que decir al respecto, pero el periodista insiste: ¿Debería Austria regresar el penacho?

(¡Sí!). ¿Debería México albergarlo? (¡No!).

Conforme hablan, Tor se va poniendo de peor humor, en parte gracias a una caca de paloma en su ventana.

Estoy confundido, confiesa el periodista: ¿Está usted diciendo que sí o que no?

Estoy diciendo, dice Tor mientras trata de entender, a través del vidrio, si la caca es fresca o ya está seca: Estoy diciendo que la devolución en sí misma podría ser una obra de arte, y que el gesto, no el objeto, podría ser lo que elegimos preservar.

¿Pero sabe que el penacho se desintegraría si lo mueven de lugar?

Ya, dice Tor abriendo la ventana a todo lo que da: Pues como dijo Wittgenstein, hay problemas que no se pueden resolver, se tienen que disolver.

¿Entonces está usted diciendo que el penacho debería dejar de existir?

Sí, dice Tor sacando dos kleenex de una caja y mojándolos en uno de los cafés que dejó a medio beber ayer.

¿Usted no es una conservacionista?

Yo soy experta en color, dice Tor: El color es el opuesto extremo de la conservación, está hecho de luz, cambia todo el tiempo.

Tor se deja el auricular entre el hombro y el cachete izquierdo y alza el brazo derecho con los kleenex hasta alcanzar la mancha. Al ejercer presión, un riito de café frío se escurre por adentro de la ancha manga de su túnica.

Ok… dice Philip Apollo, aturdido: Entonces…

¿Usted cree que las plumas duran para siempre?, pregunta Tor de puntitas, rascando la mancha: Por supuesto que no, las plumas son material orgánico. Eso que llamamos el penacho es en realidad la réplica de una réplica, ¿quién es el conservacionista ahora?

Entonces, si la decisión fuera suya, usted…

¡Yo lo quemaría!, exclama Tor, satisfecha tras haber logrado borrar la mancha.

Deja caer los kleenex en la misma taza de café, saca otros dos e intenta secarse el brazo dentro de la manga, y sigue: O por lo menos lo sacaría del museo, lo dejaría desintegrarse en público, en una especie de performance lenta.

¿No sería bueno que pudiéramos hacer eso con todos los viejos rencores?

¿Dejar que se disuelvan? Ya, ya: toca soltar.

Soltar… repite él. ¿Porque es una réplica?

Sí, dice Tor. Cierra la ventana y suma: Y también porque Moctezuma, como casi todos los hombres poderosos a través de la historia, seguramente fue un cabrón muy abusivo. Y francamente ya es hora de dejar de rendirle pleitesía a los señores abusivos.

Entiendo, dice él: ¿Y está de acuerdo en que yo ponga esto por escrito?

Por la ventana, Tor ve una cabellera conocida: esponjosa, color de paja.

Andreas, de pie en medio de la explanada, empuja sus lentes nariz arriba y escribe algo en su teléfono.

Últimamente se la pasa en su teléfono. Se ve concentrado y hermoso y la imagen la conmueve.

Aunque también la estresa. Tor y Andreas están entrando en esa etapa injusta a la mitad de la vida, en la que él va a ponerse más interesante y ella sólo va a ponerse más señora.

Todo esto la atraviesa como un rayo, pero dándole una pausa lo suficiente larga como para, por una vez, pensar antes de hablar.

Contesta: Lo del cabrón abusivo publíquelo, sin problemas, pero lo de quemar el penacho que quede entre nosotros, por favor, porque la piromanía está muy mal vista entre museógrafos.

¡No antes de la comida!, le advierte Tor a quien osa acercársele con dudas o peticiones mientras baja la escalera y cruza el lobby, la explanada, la calle.

La incredulidad ajena parpadea y se desvanece a su lado, sin detenerla.

La hora de la comida pasó hace varias horas.

Pero Tor, después de la entrevista, se quedó atrapada en la oficina, resolviendo cosas, palomeando pendientes, contestando correos, el día se esfumó y ahora ya es la hora en la que está socialmente aceptado empezar a beber.

Así que comerá y beberá, como una persona civilizada, no como un burro de carga, y luego irá a ver su pieza.

Entra al café de Matilde pero esta vez no se detiene en la barra, sino que cruza la cocina y sale a una zona que hay detrás, un pequeño patio que no está abierto al público pero que ella considera su comedor personal.

Allí encuentra a Mati y también a Andreas.

Están sentados en la banca de la mesa de picnic, sosteniendo cada uno una rama sobre una caja de unicel.

¿Andan jugando con la comida de Glück?, pregunta Tor.

Ambos suben la mirada hacia ella y luego ambos la bajan otra vez hacia la caja abierta.

Andreas ha seguido comprando el camarón congelado y los cangrejos vivos cada martes, como si Glück no se hubiera muerto en el temblor, hace ya varias semanas.

Él argumenta que no quiere decepcionar al dueño de la pescadería, pero Tor sospecha que nomás no logra modificar su rutina.

Mati, pide Tor: ¿Me darías una cerveza y lo que haya quedado del menú del día, por favor?

Matilde le da su rama y se mete a la cocina, pero Andreas cierra la caja antes de que Tor pueda jugar con el cangrejo.

Tor se sienta en la hamaca que hay en una esquina del patio, donde pega el sol, y mientras se acomoda, dice: Te quiero mucho, estaba pensando en eso hoy, en serio, me dio un ataque de amor nomás de verte en la ventana, todo guapo mientras intentabas descifrar tu telefonito.

¿Qué te hace pensar que no entiendo mi teléfono?

Nada, fue un comentario tonto: Yo sé que entiendes de tecnología.

Genau, contesta él, pero sin sonreír.

A veces pienso, dice Tor, que mi teléfono inteligente me está volviendo estúpida. El otro día estuve viendo el conteo que lleva el propio teléfono, y me informó que paso un promedio de cuatro horas al día viéndolo, pathétique. ¿Tú te has metido a ver cuánto pasas al día?

Ni yo te veo cuatro horas al día, dice Andreas.

Tor abre la boca para protestar, pero luego la cierra, porque es cierto. Suspira, se desinfla, avienta la ramita al piso y sube las piernas a la hamaca. Recuesta la espalda. Después de un momento intentando relajar el cuerpo, dice: Mi pieza es una mierda.

No te creo, dice Andreas.

Sí, no, ni siquiera la he visto.

¿Por qué no?

¿Puedes venir conmigo a verla? ¿Tomamos algo y luego vamos?

No vamos a tomar, dice él: Lo que necesitamos es hablar.

¡Agh! Realmente fue un error decirle a Mati de su superstición, seguramente le contó.

Y ahora quieren organizar una intervención, mandarla al manicomio.

Como prueba de esto, Mati sale al patio con una Coca-Cola de dieta y se la entrega sin comentario.

Tor interpreta: Prohibido el chupe para los locos.

Suprime la irritación irracional que siente trepar por el cuello y se convence: Mati no compartiría su confesión. Le dice: Fui a ver mi pieza.

Qué bueno, dice Mati: ¿Qué tal está?

No sé, no la vi, dice Tor.

Matilde nomás asiente, como si eso hubiera hecho sentido.

Tor destapa su Coca, da un trago, cierra los ojos y vuelve a recostarse.

Siente el cansancio de golpe, como si se le hubiera sentado encima.

Se podría echar una siesta, se le ocurre: recuperar las fuerzas, la pieza ahí va a estar, nada urge.

Además: si la pieza es mala, eso significa que su relación va a mejorar.

Que su universo volverá a ponerse en orden.

Y si la pieza es buena, bueno: ya verá. Por un rato lo único que se oye son los cangrejos arañando el unicel.

Tor, no te duermas, pide Andreas.

¿Por qué no? No sabes el día que he tenido. Eso me pasa por madrugar.

No madrugaste, y necesito hablar contigo.

Tú crees que no porque tú estabas roncando cuando yo…

¡No me estás escuchando!

Su voz cae como trueno. Exige respeto pese a la frase quejica.

Impresiona a Tor, se había olvidado del sonido, porque Andreas ya casi nunca grita.

Antes se peleaban apasionadamente, sobre todo por los hábitos fiesteros de ella, aunque en ese entonces a Tor le parecía que estaban peleando por los hábitos rígidos de él, porque eso es lo que ella estaba criticando.

Ahora Andreas se está pellizcando la nariz bajo los lentes, signo de que no sabe qué decir a continuación.

Ok, dice Tor, y se sienta en la hamaca para mostrar que está escuchando.

Es un truco que le compartió una vez un terapeuta, no en una sesión de terapia sino en la inauguración de quién sabe qué exposición.

Le dijo que la mayoría de los problemas entre parejas se resolverían si una de las dos personas pusiera, o por lo menos fingiera poner, atención.

Te escucho, dice ella, porque él ahora tiene la cara entre las manos, que es raro, incluso preocupante. ¿Estará enfermo? Por favor que no esté enfermo. Tor mira a Mati, que está pegada a una pared del patio como lagartija, mirando el piso y mordiéndose el labio inferior.

Me están espantando, dice Tor.

Andreas la mira, parece haberse desinflado después de gritar, y el sol lo está poniendo rojo, que es de todos los colores el que le sienta peor.

¿Qué pasa?, pregunta ella, honestamente preocupada. Andreas es un hombre callado pero no por falta de palabras.

Chingados, dice Matilde, pero Andreas le alza ambas manos.